9
Capítulo 9
Un extraño instante de completo silencio se cernió sobre el Claro. Fue como si un viento sobrenatural
hubiera barrido el sitio y se hubiera llevado consigo todo el sonido. Newt había leído el mensaje en
voz alta para los que no podían ver el papel, pero, en vez de estallar la confusión, todos los clarianos
se quedaron sin habla.
Thomas esperaba gritos y preguntas, discusiones. Pero nadie dijo ni una palabra. Todos los ojos
estaban fijos en la chica, que ahora se encontraba allí tumbada como dormida, con el pecho subiendo
y bajando por su suave respiración. Al contrario de lo que habían pensado al principio, estaba muy
viva.
Newt se puso de pie y Thomas esperó una explicación, una voz de la razón, una presencia
tranquilizante. Pero lo único que hizo fue estrujar la nota en su puño; las venas se le hincharon bajo la
piel mientras la apretaba. A Thomas se le cayó el alma a los pies. No sabía por qué, pero aquella
situación le inquietaba muchísimo.
Alby ahuecó las manos alrededor de la boca:
—¡Mediqueros!
Thomas se preguntó qué significaría aquella palabra; sabía que la había oído antes. Entonces le
apartaron con un golpe brusco. Dos chicos mayores se abrieron paso entre la multitud. Uno era alto,
con el pelo cortado al ras y una nariz del tamaño de un limón gordo. El otro era bajo y unas canas le
cubrían ya las sienes. Thomas esperaba que le dieran un poco de sentido a todo aquello.
—¿Y qué hacemos con ella? —preguntó el más alto con una voz mucho más aguda de lo que
Thomas esperaba.
—Y yo qué sé —respondió Alby—. Vosotros dos sois los mediqueros; averiguadlo.
«Los mediqueros —repitió Thomas en su cabeza, y una luz se apagó— deben de ser lo más
parecido que tienen a los médicos».
El bajo ya estaba en el suelo, arrodillado junto a la chica, tomándole el pulso, inclinado para
escucharle el latido del corazón.
—¿Quién iba a decir que Clint iba a ser el primero en montárselo con ella? —gritó alguien entre
el gentío y se oyeron varias carcajadas—. ¡Yo soy el siguiente!
«¿Cómo pueden bromear? —pensó Thomas—. La chica está medio muerta». Se le revolvió todo
por dentro.
Alby entrecerró los ojos y su boca esbozó una sonrisa apretada que no parecía tener nada que ver
con el humor.
—Si alguien toca a esta chica —dijo—, pasará la noche durmiendo con los laceradores en el
Laberinto. Está prohibido, no preguntéis —hizo una pausa y se dio la vuelta describiendo un lento
círculo, como si quisiera que cada uno de ellos le viera la cara—. ¡Más vale que no la toque nadie!
¡Nadie!
Fue la primera vez que a Thomas le gustó oír algo de lo que salía de la boca de Alby.
El chico bajo al que habían llamado mediquero —Clint, si estaba en lo cierto— se levantó al
acabar de examinarla.
—Parece que está bien. La respiración y las pulsaciones son normales. Aunque el latido del
corazón es un poco lento. Vete tú a saber, pero creo que está en coma. Jeff, llevémosla a la Hacienda.
Su compañero, Jeff, se acercó para cogerla por los brazos mientras Clint la sujetaba por los pies.
Thomas deseó poder hacer algo más aparte de mirar. Conforme pasaban los segundos, cada vez
dudaba más de que lo que había dicho antes fuera cierto. Sí que le resultaba familiar. Sentía una
conexión con ella, aunque era imposible que le viniera nada a la cabeza. Aquella idea le ponía
nervioso y miró a su alrededor, como si alguien hubiese podido oír sus pensamientos.
—A la de tres —estaba diciendo Jeff, el mediquero más alto, con su largo cuerpo agachado de
forma ridícula, como una mantis religiosa—. Una…, dos… ¡Tres!
La elevaron con un rápido movimiento que casi la lanzó por los aires —sin duda, pesaba menos
de lo que creían— y Thomas por poco les gritó que tuvieran más cuidado.
—Supongo que tendremos que observar lo que hace —dijo Jeff a nadie en particular—. Si no se
despierta pronto, le podemos dar de comer líquidos.
—Limitaos a no quitarle el ojo de encima —replicó Newt—. Debe de tener algo especial o, si
no, no la hubiesen enviado aquí.
A Thomas se le tensó la tripa. Sabía que la chica y él estaban conectados de algún modo. Habían
llegado con un día de diferencia y ella le resultaba familiar. Tenía la necesidad de convertirse en un
corredor, a pesar de haberse enterado de algunas cosas terribles… ¿Qué significaba todo aquello?
Alby se inclinó para mirarle la cara antes de que se la llevaran.
—Ponedla al lado de la habitación de Ben y vigílala día y noche. Será mejor que no ocurra nada
sin que yo me entere. No me importa si habla en sueños o si se hace clonc, contadme cualquier cosa.
—Sí —dijo Jeff entre dientes.
Luego Clint y él se fueron arrastrando los pies con el cuerpo de la chica rebotando mientras
caminaban, y el resto de clarianos por fin empezó a hablar del tema, dispersándose mientras las
teorías bullían en el aire.
Thomas lo contempló todo en absoluto silencio. No era el único que notaba aquella extraña
conexión. Las acusaciones no muy disimuladas que habían lanzado contra él hacía tan sólo unos
minutos demostraban que los demás también sospechaban algo, pero ¿el qué? Ya estaba totalmente
confundido. Que le echaran la culpa sólo le hacía sentirse peor. Como si le leyera la mente, Alby se
acercó a él y le agarró por el hombro.
—¿Nunca la habías visto antes? —preguntó.
Thomas vaciló antes de contestar.
—No… No, que yo recuerde —esperó que su voz temblorosa no revelara sus dudas. ¿Y si la
conocía de algún modo? ¿Qué significaría?
—¿Estás seguro? —insistió Newt, que estaba al lado de Alby.
—Yo… no, no lo creo. ¿Por qué me estáis acribillando a preguntas de esta manera?
Lo único que quería Thomas en aquel momento era que se hiciera de noche para poder estar solo
e irse a dormir. Alby negó con la cabeza, luego se volvió hacia Newt y soltó el hombro de Thomas.
—Algo no va bien. Convoca una Reunión.
Lo dijo tan bajo que Thomas creyó que nadie más lo había oído, pero sonó siniestro. Después, el
líder y Newt se marcharon, y Thomas se sintió aliviado al ver que Chuck se acercaba.
—Chuck, ¿qué es una Reunión?
Chuck parecía orgulloso de saber la respuesta:
—Es cuando los guardianes se reúnen. Sólo convocan una cuando ocurre algo raro o terrible.
—Bueno, creo que hoy podría ser por las dos cosas —las tripas de Thomas sonaron e
interrumpieron sus pensamientos—. No me he acabado el desayuno. ¿Podemos coger algo por ahí?
Me estoy muriendo de hambre.
Chuck le miró con las cejas arqueadas.
—¿Te ha entrado hambre al ver a la chavala esa flipando? Debes de ser más psicópata de lo que
pensaba.
Thomas suspiró.
—Tú consígueme algo de comida y calla.
• • •
La cocina era pequeña, pero tenía todo lo necesario para hacer una buena comida. Un horno grande,
un microondas, un lavaplatos y un par de mesas. Parecía vieja y destartalada, pero estaba limpia. Al
ver los electrodomésticos y la distribución familiar, Thomas sintió como si los recuerdos, unos
recuerdos reales y sólidos, estuvieran justo en el borde de su mente. Pero, una vez más, faltaban las
partes esenciales: nombres, caras, lugares y acontecimientos. Era exasperante.
—Siéntate —dijo Chuck—. Te traeré algo, pero te juro que esta será la última vez. Alégrate de
que Fritanga no esté por aquí. Odia que asaltemos su nevera.
Thomas se sentía aliviado porque estaban solos. Mientras Chuck revolvía entre los platos y las
cosas de la nevera, Thomas sacó una silla de madera de debajo de una mesita de plástico y se sentó.
—Esto es una locura. ¿Cómo puede ser real? Alguien nos ha enviado aquí. Alguien malo.
Chuck se detuvo.
—Deja de quejarte. Acéptalo y no pienses más.
—Sí, claro —Thomas miró por la ventana. Parecía un buen momento para sacar una de las
millones de preguntas que rebotaban en su cerebro—. ¿Y de dónde viene la electricidad?
—¿A quién le importa? Se usa y punto.
«Menuda sorpresa —pensó Thomas—. No hay respuesta».
Chuck llevó a la mesa dos platos con sándwiches y zanahorias. El pan era grueso y blanco, y las
zanahorias, de un color naranja brillante. El estómago de Thomas le suplicaba que se diera prisa.
Cogió su sándwich y empezó a devorarlo.
—Tío —masculló con la boca llena—, al menos la comida está buena.
Thomas pudo comer lo que le quedaba sin que Chuck le dirigiera ni una palabra. Y tuvo suerte de
que el niño no tuviera ganas de hablar, porque, a pesar de todas las cosas raras que habían pasado
desde que tenía memoria, estaba otra vez tranquilo. Con el estómago lleno, la energía renovada y la
mente agradecida por unos instantes en silencio, decidió que a partir de entonces dejaría de quejarse
y afrontaría los hechos.
Después del último mordisco, Thomas se recostó en la silla.
—Bueno, Chuck —dijo mientras se limpiaba la boca con una servilleta—, ¿qué tengo que hacer
para convertirme en un corredor?
—No empieces otra vez.
Chuck alzó la vista del plato del que había estado cogiendo miguitas. Soltó un eructo grave y
gutural que hizo que Thomas se encogiera.
—Alby me dijo que pronto empezarían mis pruebas con los guardianes. ¿Cuándo me tocará ir con
los corredores?
Thomas esperó pacientemente para obtener algún tipo de información real por parte de Chuck,
pero el niño puso los ojos en blanco con dramatismo, dejando claro lo estúpida que le parecía
aquella idea.
—Deberían estar de vuelta en pocas horas. ¿Por qué no les preguntas a ellos?
Thomas ignoró su sarcasmo e indagó aún más:
—¿Qué hacen cuando vuelven cada noche? ¿Qué hay en el edificio de cemento?
—Mapas. Se reúnen justo a la vuelta, antes de que se les olvide.
«¿Mapas?», pensó Thomas.
—Pero si están intentando hacer un mapa, ¿no tendrían que llevar un papel para escribir mientras
están ahí fuera?
Mapas. Aquello le intrigaba más que todo lo demás que había oído. Era la primera cosa que le
sugería una solución potencial a su aprieto.
—Pues claro que lo llevan, pero, aun así, necesitan hablar, debatir, analizar y toda esa clonc.
Además —el chico puso los ojos en blanco—, pasan casi todo el tiempo corriendo, no escribiendo.
Por eso se les llama corredores.
Thomas reflexionó sobre los corredores y los mapas. ¿Podía ser el Laberinto tan increíblemente
enorme como para que después de dos años aún no hubiesen encontrado la salida? Parecía
imposible. Pero entonces recordó lo que Alby había dicho sobre las paredes movibles. ¿Y si todos
estaban sentenciados a vivir allí hasta que murieran?
«Sentenciados». Aquella palabra le hizo sentir una ráfaga de pánico y la pizca de esperanza que
le había traído la comida se esfumó con un silbido silencioso.
—Chuck, ¿y si todos somos delincuentes? Me refiero a si somos asesinos o algo por el estilo.
—¿Eh? —Chuck levantó la vista para mirarlo como si estuviera loco—. ¿De dónde ha venido ese
pensamiento tan positivo?
—Piénsalo. Nos han borrado la memoria. Vivimos dentro de un sitio que parece no tener salida,
rodeado de unos monstruosos guardias sedientos de sangre. ¿No te parece una cárcel? —al decirlo en
voz alta, le resultó aún más posible y sintió náuseas en el pecho.
—Seguramente yo tenga doce años, tío —Chuck se señaló—. Trece, a lo sumo. ¿De verdad crees
que he hecho algo para que me envíen a prisión el resto de mi vida?
—No me importa lo que hiciste o dejaste de hacer. De un modo u otro, te han enviado a una
cárcel. ¿Acaso te parece esto unas vacaciones?
«Jo, tío —pensó Thomas—, por favor, que me esté equivocando».
Chuck se quedó reflexionando un momento.
—No lo sé. Es mejor que…
—Sí, ya, es mejor que vivir sobre un montón de clonc —Thomas se puso de pie y volvió a
colocar la silla debajo de la mesa. Le gustaba Chuck, pero intentar mantener una conversación
inteligente con él era imposible. Por no mencionar lo frustrante y molesto que resultaba—. Ve a
hacerte otro sándwich. Yo me voy a explorar. Nos vemos esta noche.
Salió de la cocina y se dirigió al patio antes de que Chuck le ofreciera su compañía. El Claro
había vuelto a la actividad de siempre: la gente trabajaba en lo suyo, las puertas de la Caja estaba
cerradas y el sol resplandecía. Cualquier rastro de una chica enloquecida con una nota de un terrible
destino había desaparecido.
Como le habían interrumpido la visita, decidió ir a dar un paseo a solas por el Claro para echar
un vistazo y conocer el sitio. Se dirigió a la esquina noreste, hacia unas grandes filas de altos tallos
verdes de maíz que parecían estar listos para la cosecha. También había otras cosas: tomates,
lechugas, guisantes y mucho más que Thomas no sabía identificar.
Respiró hondo y le encantó el aroma fresco a tierra y a plantas en crecimiento. Estaba casi seguro
de que aquel olor le traería algún tipo de recuerdo agradable, pero no fue así. A medida que se
acercaba, vio a varios chicos arrancando las malas hierbas y recogiendo las frutas en los campos
pequeños. Uno de ellos le saludó con la mano y una sonrisa. Una sonrisa de verdad.
«A lo mejor este sitio no es tan malo, después de todo —pensó Thomas—. Puede que no todos
los que viven aquí sean estúpidos».
Volvió a respirar hondo para disfrutar de aquel aire tan agradable y se apartó de sus
pensamientos. Había más cosas que quería ver.
Al lado estaba el rincón sureste, donde unas vallas de madera mal hechas guardaban vacas,
cabras, ovejas y cerdos. Aunque no había caballos.
«Menudo rollo —pensó Thomas—. Unos jinetes serían mucho más rápidos que los corredores».
Al acercarse, supuso que en su vida anterior al Claro tuvo que tratar con animales. Su olor y sus
sonidos le resultaban muy familiares.
El olor no era tan agradable como el de los cultivos, pero, aun así, imaginó que podía haber sido
mucho peor. Mientras exploraba la zona, se fue dando cuenta de lo bien que cuidaban los clarianos
aquel lugar, de lo limpio que estaba. Le impresionaba por lo organizados que debían de estar, lo duro
que debían de trabajar todos. Y se imaginó lo horroroso que podría llegar a ser un sitio como aquel
si todo el mundo fuera vago y estúpido.
Finalmente, fue hacia la parte suroeste, cerca del bosque.
Se estaba acercando a los árboles pelados y esqueléticos que había enfrente del bosque más
frondoso, cuando le sobresaltó algo que se movió a sus pies, seguido de un traqueteo rápido. Bajó la
vista justo a tiempo de ver el sol reflejado en algo metálico —una rata de juguete— que pasaba
delante de él correteando hacia el bosquecillo. La cosa estaba a unos tres metros cuando advirtió que
no era una rata.
Se parecía más a un lagarto, con al menos seis patas que salían de aquel largo torso plateado.
Era una cuchilla escarabajo. Alby había dicho que era así cómo les observaban.
Captó el reflejo de una luz roja que recorría el suelo delante de la criatura como si saliera de sus
ojos. Por lógica, tenía que ser la mente, que le estaba jugando una mala pasada, pero habría jurado
ver la palabra «CRUEL» garabateada en su redonda espalda, escrita con grandes letras verdes. Tenía
que investigar aquella cosa tan rara.
Thomas echó a correr detrás del espía, que salió disparado, y en cuestión de segundos entró en la
espesa arboleda y el mundo se sumió en tinieblas
Un extraño instante de completo silencio se cernió sobre el Claro. Fue como si un viento sobrenatural
hubiera barrido el sitio y se hubiera llevado consigo todo el sonido. Newt había leído el mensaje en
voz alta para los que no podían ver el papel, pero, en vez de estallar la confusión, todos los clarianos
se quedaron sin habla.
Thomas esperaba gritos y preguntas, discusiones. Pero nadie dijo ni una palabra. Todos los ojos
estaban fijos en la chica, que ahora se encontraba allí tumbada como dormida, con el pecho subiendo
y bajando por su suave respiración. Al contrario de lo que habían pensado al principio, estaba muy
viva.
Newt se puso de pie y Thomas esperó una explicación, una voz de la razón, una presencia
tranquilizante. Pero lo único que hizo fue estrujar la nota en su puño; las venas se le hincharon bajo la
piel mientras la apretaba. A Thomas se le cayó el alma a los pies. No sabía por qué, pero aquella
situación le inquietaba muchísimo.
Alby ahuecó las manos alrededor de la boca:
—¡Mediqueros!
Thomas se preguntó qué significaría aquella palabra; sabía que la había oído antes. Entonces le
apartaron con un golpe brusco. Dos chicos mayores se abrieron paso entre la multitud. Uno era alto,
con el pelo cortado al ras y una nariz del tamaño de un limón gordo. El otro era bajo y unas canas le
cubrían ya las sienes. Thomas esperaba que le dieran un poco de sentido a todo aquello.
—¿Y qué hacemos con ella? —preguntó el más alto con una voz mucho más aguda de lo que
Thomas esperaba.
—Y yo qué sé —respondió Alby—. Vosotros dos sois los mediqueros; averiguadlo.
«Los mediqueros —repitió Thomas en su cabeza, y una luz se apagó— deben de ser lo más
parecido que tienen a los médicos».
El bajo ya estaba en el suelo, arrodillado junto a la chica, tomándole el pulso, inclinado para
escucharle el latido del corazón.
—¿Quién iba a decir que Clint iba a ser el primero en montárselo con ella? —gritó alguien entre
el gentío y se oyeron varias carcajadas—. ¡Yo soy el siguiente!
«¿Cómo pueden bromear? —pensó Thomas—. La chica está medio muerta». Se le revolvió todo
por dentro.
Alby entrecerró los ojos y su boca esbozó una sonrisa apretada que no parecía tener nada que ver
con el humor.
—Si alguien toca a esta chica —dijo—, pasará la noche durmiendo con los laceradores en el
Laberinto. Está prohibido, no preguntéis —hizo una pausa y se dio la vuelta describiendo un lento
círculo, como si quisiera que cada uno de ellos le viera la cara—. ¡Más vale que no la toque nadie!
¡Nadie!
Fue la primera vez que a Thomas le gustó oír algo de lo que salía de la boca de Alby.
El chico bajo al que habían llamado mediquero —Clint, si estaba en lo cierto— se levantó al
acabar de examinarla.
—Parece que está bien. La respiración y las pulsaciones son normales. Aunque el latido del
corazón es un poco lento. Vete tú a saber, pero creo que está en coma. Jeff, llevémosla a la Hacienda.
Su compañero, Jeff, se acercó para cogerla por los brazos mientras Clint la sujetaba por los pies.
Thomas deseó poder hacer algo más aparte de mirar. Conforme pasaban los segundos, cada vez
dudaba más de que lo que había dicho antes fuera cierto. Sí que le resultaba familiar. Sentía una
conexión con ella, aunque era imposible que le viniera nada a la cabeza. Aquella idea le ponía
nervioso y miró a su alrededor, como si alguien hubiese podido oír sus pensamientos.
—A la de tres —estaba diciendo Jeff, el mediquero más alto, con su largo cuerpo agachado de
forma ridícula, como una mantis religiosa—. Una…, dos… ¡Tres!
La elevaron con un rápido movimiento que casi la lanzó por los aires —sin duda, pesaba menos
de lo que creían— y Thomas por poco les gritó que tuvieran más cuidado.
—Supongo que tendremos que observar lo que hace —dijo Jeff a nadie en particular—. Si no se
despierta pronto, le podemos dar de comer líquidos.
—Limitaos a no quitarle el ojo de encima —replicó Newt—. Debe de tener algo especial o, si
no, no la hubiesen enviado aquí.
A Thomas se le tensó la tripa. Sabía que la chica y él estaban conectados de algún modo. Habían
llegado con un día de diferencia y ella le resultaba familiar. Tenía la necesidad de convertirse en un
corredor, a pesar de haberse enterado de algunas cosas terribles… ¿Qué significaba todo aquello?
Alby se inclinó para mirarle la cara antes de que se la llevaran.
—Ponedla al lado de la habitación de Ben y vigílala día y noche. Será mejor que no ocurra nada
sin que yo me entere. No me importa si habla en sueños o si se hace clonc, contadme cualquier cosa.
—Sí —dijo Jeff entre dientes.
Luego Clint y él se fueron arrastrando los pies con el cuerpo de la chica rebotando mientras
caminaban, y el resto de clarianos por fin empezó a hablar del tema, dispersándose mientras las
teorías bullían en el aire.
Thomas lo contempló todo en absoluto silencio. No era el único que notaba aquella extraña
conexión. Las acusaciones no muy disimuladas que habían lanzado contra él hacía tan sólo unos
minutos demostraban que los demás también sospechaban algo, pero ¿el qué? Ya estaba totalmente
confundido. Que le echaran la culpa sólo le hacía sentirse peor. Como si le leyera la mente, Alby se
acercó a él y le agarró por el hombro.
—¿Nunca la habías visto antes? —preguntó.
Thomas vaciló antes de contestar.
—No… No, que yo recuerde —esperó que su voz temblorosa no revelara sus dudas. ¿Y si la
conocía de algún modo? ¿Qué significaría?
—¿Estás seguro? —insistió Newt, que estaba al lado de Alby.
—Yo… no, no lo creo. ¿Por qué me estáis acribillando a preguntas de esta manera?
Lo único que quería Thomas en aquel momento era que se hiciera de noche para poder estar solo
e irse a dormir. Alby negó con la cabeza, luego se volvió hacia Newt y soltó el hombro de Thomas.
—Algo no va bien. Convoca una Reunión.
Lo dijo tan bajo que Thomas creyó que nadie más lo había oído, pero sonó siniestro. Después, el
líder y Newt se marcharon, y Thomas se sintió aliviado al ver que Chuck se acercaba.
—Chuck, ¿qué es una Reunión?
Chuck parecía orgulloso de saber la respuesta:
—Es cuando los guardianes se reúnen. Sólo convocan una cuando ocurre algo raro o terrible.
—Bueno, creo que hoy podría ser por las dos cosas —las tripas de Thomas sonaron e
interrumpieron sus pensamientos—. No me he acabado el desayuno. ¿Podemos coger algo por ahí?
Me estoy muriendo de hambre.
Chuck le miró con las cejas arqueadas.
—¿Te ha entrado hambre al ver a la chavala esa flipando? Debes de ser más psicópata de lo que
pensaba.
Thomas suspiró.
—Tú consígueme algo de comida y calla.
• • •
La cocina era pequeña, pero tenía todo lo necesario para hacer una buena comida. Un horno grande,
un microondas, un lavaplatos y un par de mesas. Parecía vieja y destartalada, pero estaba limpia. Al
ver los electrodomésticos y la distribución familiar, Thomas sintió como si los recuerdos, unos
recuerdos reales y sólidos, estuvieran justo en el borde de su mente. Pero, una vez más, faltaban las
partes esenciales: nombres, caras, lugares y acontecimientos. Era exasperante.
—Siéntate —dijo Chuck—. Te traeré algo, pero te juro que esta será la última vez. Alégrate de
que Fritanga no esté por aquí. Odia que asaltemos su nevera.
Thomas se sentía aliviado porque estaban solos. Mientras Chuck revolvía entre los platos y las
cosas de la nevera, Thomas sacó una silla de madera de debajo de una mesita de plástico y se sentó.
—Esto es una locura. ¿Cómo puede ser real? Alguien nos ha enviado aquí. Alguien malo.
Chuck se detuvo.
—Deja de quejarte. Acéptalo y no pienses más.
—Sí, claro —Thomas miró por la ventana. Parecía un buen momento para sacar una de las
millones de preguntas que rebotaban en su cerebro—. ¿Y de dónde viene la electricidad?
—¿A quién le importa? Se usa y punto.
«Menuda sorpresa —pensó Thomas—. No hay respuesta».
Chuck llevó a la mesa dos platos con sándwiches y zanahorias. El pan era grueso y blanco, y las
zanahorias, de un color naranja brillante. El estómago de Thomas le suplicaba que se diera prisa.
Cogió su sándwich y empezó a devorarlo.
—Tío —masculló con la boca llena—, al menos la comida está buena.
Thomas pudo comer lo que le quedaba sin que Chuck le dirigiera ni una palabra. Y tuvo suerte de
que el niño no tuviera ganas de hablar, porque, a pesar de todas las cosas raras que habían pasado
desde que tenía memoria, estaba otra vez tranquilo. Con el estómago lleno, la energía renovada y la
mente agradecida por unos instantes en silencio, decidió que a partir de entonces dejaría de quejarse
y afrontaría los hechos.
Después del último mordisco, Thomas se recostó en la silla.
—Bueno, Chuck —dijo mientras se limpiaba la boca con una servilleta—, ¿qué tengo que hacer
para convertirme en un corredor?
—No empieces otra vez.
Chuck alzó la vista del plato del que había estado cogiendo miguitas. Soltó un eructo grave y
gutural que hizo que Thomas se encogiera.
—Alby me dijo que pronto empezarían mis pruebas con los guardianes. ¿Cuándo me tocará ir con
los corredores?
Thomas esperó pacientemente para obtener algún tipo de información real por parte de Chuck,
pero el niño puso los ojos en blanco con dramatismo, dejando claro lo estúpida que le parecía
aquella idea.
—Deberían estar de vuelta en pocas horas. ¿Por qué no les preguntas a ellos?
Thomas ignoró su sarcasmo e indagó aún más:
—¿Qué hacen cuando vuelven cada noche? ¿Qué hay en el edificio de cemento?
—Mapas. Se reúnen justo a la vuelta, antes de que se les olvide.
«¿Mapas?», pensó Thomas.
—Pero si están intentando hacer un mapa, ¿no tendrían que llevar un papel para escribir mientras
están ahí fuera?
Mapas. Aquello le intrigaba más que todo lo demás que había oído. Era la primera cosa que le
sugería una solución potencial a su aprieto.
—Pues claro que lo llevan, pero, aun así, necesitan hablar, debatir, analizar y toda esa clonc.
Además —el chico puso los ojos en blanco—, pasan casi todo el tiempo corriendo, no escribiendo.
Por eso se les llama corredores.
Thomas reflexionó sobre los corredores y los mapas. ¿Podía ser el Laberinto tan increíblemente
enorme como para que después de dos años aún no hubiesen encontrado la salida? Parecía
imposible. Pero entonces recordó lo que Alby había dicho sobre las paredes movibles. ¿Y si todos
estaban sentenciados a vivir allí hasta que murieran?
«Sentenciados». Aquella palabra le hizo sentir una ráfaga de pánico y la pizca de esperanza que
le había traído la comida se esfumó con un silbido silencioso.
—Chuck, ¿y si todos somos delincuentes? Me refiero a si somos asesinos o algo por el estilo.
—¿Eh? —Chuck levantó la vista para mirarlo como si estuviera loco—. ¿De dónde ha venido ese
pensamiento tan positivo?
—Piénsalo. Nos han borrado la memoria. Vivimos dentro de un sitio que parece no tener salida,
rodeado de unos monstruosos guardias sedientos de sangre. ¿No te parece una cárcel? —al decirlo en
voz alta, le resultó aún más posible y sintió náuseas en el pecho.
—Seguramente yo tenga doce años, tío —Chuck se señaló—. Trece, a lo sumo. ¿De verdad crees
que he hecho algo para que me envíen a prisión el resto de mi vida?
—No me importa lo que hiciste o dejaste de hacer. De un modo u otro, te han enviado a una
cárcel. ¿Acaso te parece esto unas vacaciones?
«Jo, tío —pensó Thomas—, por favor, que me esté equivocando».
Chuck se quedó reflexionando un momento.
—No lo sé. Es mejor que…
—Sí, ya, es mejor que vivir sobre un montón de clonc —Thomas se puso de pie y volvió a
colocar la silla debajo de la mesa. Le gustaba Chuck, pero intentar mantener una conversación
inteligente con él era imposible. Por no mencionar lo frustrante y molesto que resultaba—. Ve a
hacerte otro sándwich. Yo me voy a explorar. Nos vemos esta noche.
Salió de la cocina y se dirigió al patio antes de que Chuck le ofreciera su compañía. El Claro
había vuelto a la actividad de siempre: la gente trabajaba en lo suyo, las puertas de la Caja estaba
cerradas y el sol resplandecía. Cualquier rastro de una chica enloquecida con una nota de un terrible
destino había desaparecido.
Como le habían interrumpido la visita, decidió ir a dar un paseo a solas por el Claro para echar
un vistazo y conocer el sitio. Se dirigió a la esquina noreste, hacia unas grandes filas de altos tallos
verdes de maíz que parecían estar listos para la cosecha. También había otras cosas: tomates,
lechugas, guisantes y mucho más que Thomas no sabía identificar.
Respiró hondo y le encantó el aroma fresco a tierra y a plantas en crecimiento. Estaba casi seguro
de que aquel olor le traería algún tipo de recuerdo agradable, pero no fue así. A medida que se
acercaba, vio a varios chicos arrancando las malas hierbas y recogiendo las frutas en los campos
pequeños. Uno de ellos le saludó con la mano y una sonrisa. Una sonrisa de verdad.
«A lo mejor este sitio no es tan malo, después de todo —pensó Thomas—. Puede que no todos
los que viven aquí sean estúpidos».
Volvió a respirar hondo para disfrutar de aquel aire tan agradable y se apartó de sus
pensamientos. Había más cosas que quería ver.
Al lado estaba el rincón sureste, donde unas vallas de madera mal hechas guardaban vacas,
cabras, ovejas y cerdos. Aunque no había caballos.
«Menudo rollo —pensó Thomas—. Unos jinetes serían mucho más rápidos que los corredores».
Al acercarse, supuso que en su vida anterior al Claro tuvo que tratar con animales. Su olor y sus
sonidos le resultaban muy familiares.
El olor no era tan agradable como el de los cultivos, pero, aun así, imaginó que podía haber sido
mucho peor. Mientras exploraba la zona, se fue dando cuenta de lo bien que cuidaban los clarianos
aquel lugar, de lo limpio que estaba. Le impresionaba por lo organizados que debían de estar, lo duro
que debían de trabajar todos. Y se imaginó lo horroroso que podría llegar a ser un sitio como aquel
si todo el mundo fuera vago y estúpido.
Finalmente, fue hacia la parte suroeste, cerca del bosque.
Se estaba acercando a los árboles pelados y esqueléticos que había enfrente del bosque más
frondoso, cuando le sobresaltó algo que se movió a sus pies, seguido de un traqueteo rápido. Bajó la
vista justo a tiempo de ver el sol reflejado en algo metálico —una rata de juguete— que pasaba
delante de él correteando hacia el bosquecillo. La cosa estaba a unos tres metros cuando advirtió que
no era una rata.
Se parecía más a un lagarto, con al menos seis patas que salían de aquel largo torso plateado.
Era una cuchilla escarabajo. Alby había dicho que era así cómo les observaban.
Captó el reflejo de una luz roja que recorría el suelo delante de la criatura como si saliera de sus
ojos. Por lógica, tenía que ser la mente, que le estaba jugando una mala pasada, pero habría jurado
ver la palabra «CRUEL» garabateada en su redonda espalda, escrita con grandes letras verdes. Tenía
que investigar aquella cosa tan rara.
Thomas echó a correr detrás del espía, que salió disparado, y en cuestión de segundos entró en la
espesa arboleda y el mundo se sumió en tinieblas
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