7-8

Capítulo 7
Empezaron por la Caja, que en aquel momento tenía cerradas las puertas dobles de metal, planas en
el suelo, pintadas de blanco, descoloridas y agrietadas. El día se había aclarado considerablemente y
las sombras se habían extendido en dirección contraria a lo que Thomas había visto el día anterior.
Todavía no había localizado el sol, pero parecía como si fuera a asomar por el muro del este en
cualquier momento.
Alby señaló las puertas.
—Esto de aquí es la Caja. Una vez al mes llega un novato, como tú; nunca falla. Una vez a la
semana, nos llegan provisiones, ropa, algo de comida. No necesitamos mucho, nos las arreglamos
bastante bien en el Claro.
Thomas asintió; se moría por hacerle un montón de preguntas.
«Necesito cinta adhesiva para ponérmela en la boca», pensó.
—No sabemos ni jota sobre la Caja, ¿me entiendes? —continuó Alby—. De dónde viene, cómo
llega aquí o quién está a cargo de ella. Los pingajos que nos la envían no nos dicen nada. Tenemos
toda la electricidad que necesitamos, cultivamos y criamos la mayoría de nuestra comida, hacemos
nuestra ropa y esas cosas. Una vez intentamos devolver con la Caja a un verducho gilipullo, pero la
cosa no se movió hasta que no le sacamos.
Thomas se preguntó qué había debajo de aquellas puertas cuando la Caja no estaba, pero mantuvo
la boca cerrada. Sentía una mezcla de emociones: curiosidad, frustración y asombro, unidas al horror
persistente por el lacerador que había visto aquella mañana.
Alby siguió hablando sin molestarse en mirar a Thomas a los ojos:
—El Claro está dividido en cuatro partes —levantó los dedos para contar las cuatro zonas—: los
Huertos, la Casa de la Sangre, la Hacienda y los Muertos. ¿Lo pillas?
Thomas vaciló y negó con la cabeza, confundido. Alby parpadeó un instante mientras continuaba.
Era como si estuviera pensando en mil cosas que preferiría estar haciendo en vez de estar allí.
Señaló el rincón noreste, donde estaban situados los campos y los árboles frutales.
—Los Huertos, donde tenemos los cultivos. El agua llega a través de unas tuberías en el suelo.
Siempre han estado ahí o, si no, nos hubiéramos muerto de hambre hace mucho tiempo. Aquí nunca
llueve. Nunca —señaló hacia el rincón sureste, hacia los establos y los corrales de los animales—.
La Casa de la Sangre, donde criamos y sacrificamos a los animales —señaló la lamentable
residencia—. La Hacienda, un estúpido lugar que es el doble de grande que cuando llegamos aquí,
porque seguimos añadiéndole cosas cuando nos mandan madera y otras cloncs. No es bonito, pero
hace su función. Aunque muchos de nosotros dormimos fuera.
Thomas se sintió mareado. Tenía tantas preguntas en la cabeza que no podía controlarlas. Alby
señaló hacia el rincón suroeste, la zona boscosa revestida de bancos y varios árboles enfermos.
—A eso lo llamamos los Muertos. El cementerio está en esa esquina, en la espesura del bosque.
Y no hay mucho más. Puedes ir allí a sentarte y descansar, a pasar el rato o lo que sea —se aclaró la
garganta, como si quisiera cambiar de tema—. Pasarás las próximas dos semanas trabajando con un
guardián diferente hasta que sepamos qué se te da mejor: ser un deambulante, un ladrillero, un
embolsador, un excavador… Seguro que en algo te colocamos. Vamos.
Alby caminó hacia la Puerta Sur, situada entre lo que había llamado los Muertos y la Casa de
Sangre. Thomas le siguió y arrugó la nariz al venirle el olor a estiércol de los corrales de los
animales.
«¿Un cementerio? —pensó—. ¿Por qué necesitan un cementerio en un sitio que está lleno de
adolescentes?».
Aquello le molestó incluso más que no conocer algunas de las palabras que Alby continuaba
diciendo, como deambulante y embolsador y que no sonaban nada bien. De nuevo estuvo a punto de
interrumpir a Alby, pero mantuvo la boca cerrada.
Frustrado, centró su atención en los corrales de la Casa de la Sangre. Varias vacas
mordisqueaban y masticaban el heno verdoso que había en un comedero. Los cerdos holgazaneaban
en un barrizal y de vez en cuando movían el rabo, la única señal de que estaban vivos. En otro corral
había ovejas; también había un gallinero y jaulas con pavos. Los trabajadores iban de aquí para allá
y parecía que llevaran toda su vida en una granja.
«¿Por qué me acuerdo de estos animales?», se preguntó Thomas. No veía nada nuevo ni
interesante en ellos. Sabía cómo se llamaban, lo que solían comer y qué aspecto tenían. ¿Por qué ese
tipo de cosas aún estaban alojadas en su memoria, pero no dónde había visto antes esos animales o
con quién? Su pérdida de memoria le desconcertaba debido a su complejidad.
Alby señaló el gran establo que había en el rincón, cuya pintura roja descolorida se había
quedado de un tono mate oxidado.
—Allí es donde trabajan los cortadores. Eso sí que es desagradable. Asqueroso. Si te gusta la
sangre, puedes convertirte en cortador.
Thomas negó con la cabeza. Lo de ser cortador tenía muy mala pinta. Mientras seguían
caminando, centró su atención en el otro lado del Claro, en la parte que Alby había llamado los
Muertos. Los árboles eran más espesos y densos conforme se adentraban en aquella esquina, estaban
más vivos y llenos de hojas. Unas sombras oscuras cubrían las profundidades de la zona boscosa, a
pesar de la hora que era. Thomas alzó la vista, entrecerrando los ojos para ver el sol, que por fin era
visible, aunque tenía un aspecto extraño; era más anaranjado de lo normal. Y pensó que aquel era
otro ejemplo de lo extraña que era la memoria selectiva que tenía.
Volvió la mirada hacia los Muertos, con un disco brillante todavía en la retina. Parpadeó para
que desapareciera y, de repente, volvió a ver las luces rojas que titilaban y se deslizaban en la
oscuridad del bosque.
«¿Qué son esas cosas?», se preguntó, irritado porque Alby no le había contestado antes. Tanto
secreto le molestaba.
Alby se detuvo y Thomas se sorprendió al ver que habían llegado a la Puerta Sur. Los dos muros
que flanqueaban la salida se elevaban por encima de sus cabezas. Los gruesos bloques de piedra gris
estaban agrietados y cubiertos de hiedra, tan antiguos como ninguna otra cosa que Thomas pudiera
imaginar. Estiró el cuello para ver la parte superior de los muros, pero su mente empezó a dar
vueltas con la extraña sensación de que estaba mirando hacia abajo, no hacia arriba. Retrocedió un
paso tambaleándose, sobrecogido una vez más por la estructura de su nuevo hogar, y luego volvió a
centrar su atención en Alby, que estaba de espaldas a la salida.
—Ahí fuera está el Laberinto.
Alby señaló con el pulgar por encima de su hombro y, después, se calló. Thomas clavó los ojos
en aquella dirección, a través del espacio entre los muros que servía como salida del Claro. Los
pasillos de allí fuera parecían similares a los que había visto por la ventana de la Puerta Este a
primera hora de esa misma mañana. Aquella idea le produjo un escalofrío y se preguntó si el
lacerador podría atacarlos. En cualquier momento. Retrocedió un paso antes de darse cuenta de lo
que estaba haciendo.
«Cálmate», se reprendió, avergonzado.
Alby continuó:
—Llevo dos años aquí. Pocos han durado tanto tiempo. Casi todos han muerto —Thomas notó
que los ojos se le abrían de par en par y el corazón le latía más rápido—. Hace dos años que
intentamos resolver esta cosa, pero no ha habido suerte. Los fucos muros de allí fuera se mueven por
la noche, igual que las puertas. Hacer un mapa no es nada fácil, nada fácil —señaló con la cabeza
hacia el edificio de cemento en el que habían desaparecido los corredores la noche anterior.
Otra punzada de dolor atravesó la mente de Thomas; había demasiadas cosas que calcular a la
vez. ¿Llevaban allí dos años? ¿Las paredes del Laberinto se movían? ¿Cuántos habían muerto?
Caminó hacia delante, con la intención de ver el Laberinto con sus propios ojos, como si las
respuestas estuvieran escritas en los muros de ahí fuera.
Alby extendió el brazo, empujó a Thomas en el pecho y le hizo tropezar hacia atrás.
—No vas a salir ahí, pingajo.
Thomas tuvo que tragarse su orgullo.
—¿Por qué no?
—¿Crees que he mandado a Newt antes de que los otros se despertaran nada más que por pura
diversión? Pirado, esa es la Regla Número Uno, la única que no debes infringir nunca. Nadie, y digo
nadie, puede salir al Laberinto, excepto los corredores. Como rompas esa norma, si no te matan los
laceradores, te mataremos nosotros mismos, ¿te enteras?
Thomas asintió, refunfuñando para sus adentros, seguro de que Alby estaba exagerando. Esperaba
que así fuera. De todos modos, si le quedaba alguna duda sobre lo que le había dicho a Chuck la
noche anterior, ahora lo tenía clarísimo. Quería ser un corredor. Sería un corredor. En lo más
profundo de su ser sabía que tenía que ir ahí fuera, al Laberinto. A pesar de todo lo que le habían
contado y lo que había visto de primera mano, le llamaba tanto como el hambre o la sed.
Un movimiento arriba, en el muro a la izquierda de la Puerta Sur, atrajo su atención. Reaccionó
enseguida, asustado, y miró justo a tiempo de ver un destello plateado. Un trozo de hiedra se agitó
cuando la cosa desapareció por allí.
Thomas señaló el muro.
—¿Qué era eso? —preguntó antes de que le mandaran callar de nuevo.
Alby no se molestó en mirar.
—No hagas preguntas hasta el final, pingajo. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? —hizo una
pausa y dejó escapar un suspiro—. Son cuchillas escarabajo; así nos vigilan los creadores. Será
mejor que…
Fue interrumpido por una alarma retumbante que sonaba en todas las direcciones. Thomas se tapó
los oídos con las manos, mirando a su alrededor mientras la sirena atronaba y su corazón estaba a
punto de salírsele del pecho. Pero, al volver a mirar a Alby, se detuvo.
Alby no estaba actuando como si estuviera asustado. Parecía… confundido. Sorprendido. La
alarma resonó en el aire.
—¿Qué pasa? —preguntó Thomas.
El alivio le inundó el pecho, pues al parecer su guía turístico no pensaba que se acabara el
mundo; pero, aun así, Thomas estaba empezando a hartarse de ser asaltado por oleadas de pánico.
—Qué raro —fue todo lo que dijo Alby mientras examinaba el Claro con los ojos entrecerrados.
Thomas advirtió que había gente echando un vistazo en la Casa de la Sangre, por lo visto igual de
confundida. Uno de ellos, un muchacho flaco y bajito empapado de barro, le gritó algo a Alby.
—¿Qué pasa? —preguntó el chico, mirando a Thomas por alguna razón.
—No lo sé —murmuró Alby con voz distante.
Pero Thomas no pudo soportarlo más:
—¡Alby! ¿Qué está ocurriendo?
—¡La Caja, cara fuco, la Caja! —exclamó Alby antes de salir a paso rápido hacia el centro del
Claro, y a Thomas le dio la impresión de que estaba aterrado.
—¿Qué? —preguntó al tiempo que corría para alcanzarlo, pero en realidad lo que quería gritar
era: «¡Háblame!».
Alby no contestó ni aminoró la marcha y, a medida que se acercaban a la Caja, Thomas vio a un
montón de chicos correr por el patio. Se encontró con Newt y le llamó, mientras trataba de contener
el miedo en aumento y se decía a sí mismo que todo iba a salir bien, que debía de haber una
explicación razonable.
—Newt, ¿qué pasa? —gritó.
Newt le miró, le saludó con la cabeza y se acercó a él, extrañamente calmado en medio de aquel
caos. Le dio un manotazo a Thomas en la espalda.
—Significa que va a llegar un puñetero novato en la Caja —hizo una pausa como si esperara que
Thomas estuviera impresionado—. Ahora mismo.
—¿Y?
Cuando Thomas miró a Newt con más detenimiento, se dio cuenta de que lo que había confundido
con calma era, en realidad, desconcierto. Quizás, incluso, entusiasmo.
—¿Y? —repitió Newt, abriendo un poco la boca—. Verducho, nunca hemos tenido a dos novatos
en el mismo mes, y menos aún en dos días seguidos.
Y, al decir eso, salió corriendo hacia la Hacienda.
Capítulo 8
La alarma por fin paró, después de atronar durante dos minutos enteros. Una multitud se había
reunido en medio del patio, alrededor de las puertas de acero por las que Thomas, como advirtió
sorprendido, había llegado el día anterior.
«¿Fue ayer? —pensó—. ¿Hace tan sólo un día?».
Alguien le dio unos golpecitos en el codo y, al mirar, vio que Chuck estaba de nuevo a su lado.
—¿Qué tal, judía verde? —preguntó.
—Muy bien —contestó, aunque no podía estar más lejos de la verdad. Señaló las puertas de la
Caja—. ¿Por qué está todo el mundo alucinando? ¿No es por eso por lo que todos estáis aquí?
Chuck se encogió de hombros.
—No sé, supongo que siempre ha sido muy regular. Una vez al mes, cada mes, el mismo día. A lo
mejor el que está a cargo de todo esto ha decidido que tú eras un gran error y ha mandado a alguien
para que te sustituya.
Le dio un codazo en las costillas y soltó una risita, una risa aguda que inexplicablemente hizo que
el chico le cayera mejor. Thomas le lanzó una mirada asesina en broma.
—¡Estás hecho un incordio!
—Sí, pero ahora somos colegas, ¿no? —esta vez, Chuck se rió de verdad con una especie de
resoplido chillón.
—Según parece, no me dejas muchas más opciones.
Pero la verdad era que necesitaba un amigo y Chuck le venía bien.
El niño se cruzó de brazos, con aire de estar muy satisfecho.
—Me alegro de que lo hayamos aclarado, verducho. Todos necesitamos un colega en este sitio.
Thomas agarró a Chuck del cuello y siguió bromeando:
—Vale, colega, entonces llámame por mi nombre: Thomas. O te tiraré al agujero cuando se
marche la Caja —aquello desencadeno una idea en su cabeza cuando soltó a Chuck—. Espera un
momento, ¿alguna vez lo habéis…?
—¿Intentado? —le interrumpió Chuck antes de que Thomas pudiera terminar la frase.
—Intentar, ¿qué?
—Bajar a la Caja después de que deje la entrega —contestó Chuck—. No hace nada. No baja
hasta que no está completamente vacía.
Thomas recordó que Alby le había contado lo mismo.
—Eso ya lo sé, pero ¿qué hay de…?
—Lo hemos intentado.
Thomas tuvo que reprimir un quejido; aquello le estaba resultando molesto.
—Tío, es difícil hablar contigo. ¿Qué es lo que habéis intentado?
—Atravesar el agujero que queda cuando se va la Caja. No se puede. Las puertas se abren, pero
sólo hay vacío, oscuridad, nada. No hay cuerdas ni nada. No se puede hacer.
¿Cómo era posible?
—¿Lo habéis…?
—¿Intentado?
Thomas sí soltó un gruñido esta vez.
—Vale, ¿qué?
—Tiramos algunas cosas por el hueco y nunca las oímos ir a parar a ningún sitio, sino que
cayeron durante mucho rato.
Thomas hizo una pausa antes de responder; no quería que le interrumpiera de nuevo.
—¿A ti qué te pasa, lees la mente o algo por el estilo? —puso todo el sarcasmo que pudo en
aquel comentario.
—Soy brillante, eso es todo —el niño le guiñó el ojo.
—Chuck, no vuelvas a guiñarme el ojo —le dijo Thomas con una sonrisa. Chuck era un poco
pesado, pero había algo en él que hacía parecer las cosas menos terribles. Thomas respiró hondo y
miró al grupo que estaba reunido alrededor del agujero—. ¿Cuánto tiempo pasa hasta que llega el
envío?
—Normalmente tarda una media hora después de la alarma.
Thomas se quedó pensando un segundo. Tenía que haber algo que no hubiesen intentado.
—¿Estás seguro de lo del hueco? ¿Alguna vez habéis…? —se calló para esperar una
interrupción, pero no la hubo—. ¿Alguna vez habéis intentado hacer una cuerda?
—Sí, lo han hecho. Con la enredadera. La más larga que se podía hacer. Digamos que ese
pequeño experimento no salió muy bien.
—¿A qué te refieres?
«Ahora, ¿qué?», pensó Thomas.
—Yo no estaba aquí, pero he oído que el chico que se ofreció voluntario sólo había bajado tres
metros cuando algo pasó por el aire zumbando y le partió por la mitad.
—¿Qué? —Thomas se rió—. No me lo creo.
—¿Ah, no, chico listo? He visto los huesos de ese imbécil. Le cortaron por la mitad como un
cuchillo corta la mantequilla y lo guardaron en una caja para advertir a los chicos de que en el futuro
no fueran tan estúpidos.
Thomas esperó que Chuck se riera o sonriera, pues aún creía que era una broma. ¿Quién había
oído alguna vez que hubieran cortado a alguien por la mitad? Pero no se rió.
—¿Lo dices en serio?
Chuck se le quedó mirando fijamente.
—Yo no miento, verd…, eeeh, Thomas. Vamos, acerquémonos a ver quién viene. No puedo creer
que sólo hayas sido judía verde por un día. ¡Qué giliclonc!
Mientras caminaban, Thomas hizo la única pregunta que no había planteado hasta entonces:
¿Cómo sabes que no son provisiones o cualquier otra cosa?
—Entonces, no hubiera sonado la alarma —contestó Chuck Simplemente—. Los suministros
llegan todas las semanas a la misma hora. Eh, mira —Chuck se calló y señaló a alguien del grupo.
Era Gally, que tenía los ojos clavados en ellos—. Foder —dijo—. No le gustas ni en pintura, tío.
—Ya —masculló Thomas—. Me he dado cuenta.
Y el sentimiento era mutuo.
Chuck le dio un golpecito a Thomas con el codo y ambos siguieron caminando hacia el grupo;
luego esperaron en silencio. Cualquier pregunta que tuviera Thomas se le había olvidado. Se le
habían quitado las ganas de hablar al ver a Gally.
A Chuck, por lo visto, no:
—¿Por qué no vas y le preguntas qué problema tiene? —preguntó, intentando sonar duro.
Thomas quería pensar que era lo bastante valiente para hacerlo, pero en aquel momento le
parecía la peor idea del mundo.
—Bueno, por lo pronto, tiene más aliados que yo. No es alguien a quien me quiera enfrentar.
—Sí, pero tú eres más inteligente. Y seguro que más rápido. Podrías con él y con todos sus
colegas.
Uno de los chicos que estaba delante de ellos miró por encima del hombro con cara de enfado.
«Debe de ser uno de los amigos de Gally», pensó Thomas.
—¿Quieres callarte? —le espetó a Chuck entre dientes.
Una puerta se cerró a sus espaldas. Thomas se dio la vuelta para ver a Alby y Newt acercándose
desde la Hacienda. Ambos parecían agotados. Al verlos, Ben le vino a la cabeza, así como la
horrible imagen de él retorciéndose en la cama.
—Chuck, tío, me tienes que contar qué es todo eso del Cambio. ¿Qué han estado haciendo ahí
dentro con el pobre Ben?
Chuck se encogió de hombros.
—No conozco los detalles. Los laceradores te hacen cosas malas y tu cuerpo pasa por algo
espantoso. Cuando se acaba, eres… diferente.
Thomas sintió que era la oportunidad para conseguir una respuesta en firme.
—¿Diferente? ¿A qué te refieres? ¿Y qué tiene que ver con los laceradores? ¿Es lo que Gally
quería decir con que te «pican»?
—Shhh —Chuck se puso un dedo en la boca.
Thomas casi gritó de frustración, pero permaneció en silencio. Ya haría que Chuck se lo contara
más tarde, quisiera el niño o no.
Alby y Newt habían llegado al gentío y se abrieron camino hacia delante para quedar justo al
lado de las puertas que daban a la Caja. Todo el mundo estaba en silencio y, por primera vez,
Thomas notó los chirridos y el traqueteo del ascensor que subía, lo que le hizo recordar la pesadilla
que había sido su viaje el día anterior. Le envolvió la tristeza, casi como si estuviera reviviendo
aquellos breves minutos terribles al despertar en la oscuridad y haber perdido la memoria. Sentía
lástima por quienquiera que fuese el chico nuevo, pues iba a pasar por lo mismo que él.
Un ruido sordo anunció que el extraño ascensor había llegado.
Thomas observó, a la espera, cómo Newt y Alby se colocaban el uno enfrente del otro, junto a las
puertas del hueco, para separar la rendija que había en el cuadrado de metal, justo en medio. Los dos
tiraron de los sencillos asideros en forma de gancho que había pegados a ambos lados. Con un
chirrido, las puertas se abrieron y una polvareda se levantó en el aire por la piedra de alrededor.
Se hizo un silencio absoluto entre los clarianos. Cuando Newt se inclinó para mirar con más
detenimiento el interior de la Caja, el débil balido de una cabra a lo lejos resonó en el patio. Thomas
se inclinó hacia delante todo lo que pudo con la esperanza de echarle un vistazo al recién llegado.
Con una repentina sacudida, Newt volvió a ponerse derecho, con la cara arrugada por la
confusión.
—Hostia… —musitó, mirando a su alrededor nada en concreto.
Para entonces, Alby también había echado una ojeada y había tenido una reacción similar:
—¡Qué fuerte! —murmuró, casi en trance.
Un coro de preguntas inundó el aire cuando todos empezaron a echarse hacia delante para mirar
por la pequeña abertura.
«¿Qué ven ahí abajo? —se preguntó Thomas—. ¡¿Qué ven?!».
Sintió una ligera punzada de miedo, parecida a la que había experimentado aquella mañana,
cuando caminó hacia la ventana para ver el lacerador.
—¡Esperad! —gritó Alby para que se callara todo el mundo—. ¡Esperad!
—Bueno, ¿qué pasa? —le preguntó alguien.
Alby se levantó.
—Dos novatos en dos días —respondió casi en un suspiro—. Y ahora, esto. En dos años no ha
habido nada diferente, y ahora esto —entonces, por alguna razón, miró directamente a Thomas—.
¿Qué pasa aquí, verducho?
Thomas se le quedó mirando, confundido, con la cara roja como un pimiento y el estómago
encogido.
—¿Cómo voy a saberlo yo?
—¿Por qué no nos dices qué coño hay ahí abajo, Alby? —gritó Gally.
Hubo más murmullos y otro empujón hacia delante.
—¡Callaos, pingajos! —chilló Alby—. Díselo, Newt.
Newt bajó la vista hacia la Caja una vez más y luego miró a la multitud, serio.
—Es una chica —dijo.
Todos empezaron a hablar a la vez y Thomas sólo pudo captar algunos fragmentos sueltos:
—¿Una chica?
—¡Me la pido!
—¿Cómo es?
—¿Cuántos años tiene?
Thomas se ahogaba en un mar de confusión. ¿Una chica? Ni siquiera se había planteado por qué
en el Claro sólo había chicos y no chicas. Lo cierto es que ni había tenido tiempo de darse cuenta.
«¿Quién es? —se preguntó—. ¿Por qué…?».
Newt volvió a hacerles callar:
—Eso no es todo —dijo, y señaló hacia la Caja—. Creo que está m
Un par de chicos cogió unas cuerdas hechas de enredaderas y bajó a Alby y a Newt hacia el interior
para que pudieran rescatar el cuerpo de la chica. Una atmósfera de sorpresa afectaba a la mayoría de
los clarianos, que daban vueltas con caras de circunstancias, dando patadas a las rocas sueltas, sin
apenas decir palabra. Nadie se atrevía a admitir que se moría de ganas de ver a la chica, pero
Thomas suponía que todos tenían tanta curiosidad como él.
Gally era uno de los jóvenes que sujetaban las cuerdas, preparado para sacar a los que ahora se
encontraban en la Caja. Thomas se fijó en él. Tenía los ojos llenos de algo oscuro, casi una
fascinación enfermiza, y aquel brillo hizo que de repente Thomas estuviera más asustado que hacía
unos minutos.
Desde el fondo del hueco se oyó la voz de Alby, que avisaba de que ya estaban listos, y Gally y
unos cuantos más empezaron a tirar de la cuerda. Tras unos resoplidos, sacaron a rastras el cuerpo
sin vida de la chica, por el borde de la puerta, hacia uno de los bloques de piedra que formaban el
suelo del Claro. De inmediato, todos corrieron hacia delante y el grupo se reunió a su alrededor,
donde el entusiasmo se palpaba en el aire. Pero Thomas se quedó atrás. Aquel inquietante silencio le
puso los pelos de punta, como si acabaran de abrir una tumba recién cavada.
A pesar de su curiosidad, Thomas no se molestó en intentar abrirse camino para echar un vistazo;
los cuerpos estaban demasiado pegados entre sí. Pero había alcanzado a verla antes de que le
bloquearan el paso. Era delgada, pero no muy pequeña. Por lo que había visto, quizá medía un metro
sesenta y ocho. Parecía tener unos quince o dieciséis años y tenía el pelo negro como la brea. Pero lo
que más le había llamado la atención era su piel: pálida, blanca como las perlas.
Newt y Alby salieron como pudieron de la Caja tras la muchacha; luego se abrieron camino hasta
el cuerpo sin vida y la multitud volvió a aglomerarse detrás, impidiéndole a Thomas verlos. Tan sólo
unos segundos más tarde, el grupo volvió a separarse y Newt señaló a Thomas directamente.
—Novato, ven aquí —dijo, sin molestarse en ser educado.
El corazón de Thomas le saltó a la garganta y las manos le empezaron a sudar. ¿Qué querrían de
él? Las cosas no paraban de ponerse cada vez peor. Se obligó a caminar hacia delante, tratando de
parecer inocente sin actuar como alguien que es culpable pero intenta parecer lo contrario.
«Cálmate —se dijo a sí mismo—. No has hecho nada malo».
No obstante, tenía la extraña sensación de que quizá sí lo hubiera hecho sin darse cuenta.
Los chicos que bordeaban el camino hasta Newt y la chica le fulminaron con la miraba mientras
él pasaba por su lado, como si fuera el responsable de todo aquel lío del Laberinto, el Claro y los
laceradores. Thomas se negó a mantener contacto visual con ninguno de ellos, por miedo a parecer
culpable.
Se acercó a Newt y a Alby, que estaban arrodillados junto a la chica. Thomas, que no quería
mirarles a los ojos, se concentró en la muchacha; a pesar de su palidez, era muy guapa. Más que
guapa. Preciosa. De pelo sedoso, piel impecable, labios perfectos y piernas largas. Le ponía enfermo
pensar de aquel modo sobre una chica que estaba muerta, pero no podía apartar la vista.
«No tendrá este aspecto durante mucho más tiempo —pensó con el estómago revuelto—. No
tardará en empezar a pudrirse». Le sorprendió tener un pensamiento tan morboso.
—¿Conoces a esta chica, pingajo? —preguntó Alby como si le fastidiara.
Thomas no se esperaba aquella pregunta.
—¿Que si la conozco? ¡Desde luego que no! No conozco a nadie. Salvo a vosotros.
—Eso no es… —empezó a decir Alby, y luego se detuvo con un suspiro frustrado—. Me refiero
a que si te resulta familiar. ¿Tienes la sensación de haberla visto antes?
—No. Nada.
Thomas cambió de postura, bajó la vista hacia sus pies y, después, volvió a mirar a la chica.
Alby arrugó la frente.
—¿Estás seguro?
Daba la impresión de que no se creía una palabra de lo que Thomas le decía. Casi parecía
enfadado.
«¿Por qué se le ha ocurrido que tengo algo que ver con esto?», pensó. Miró tranquilo a los ojos
llenos de ira de Alby y contestó del único modo que sabía:
—Sí. ¿Por qué?
—¡Foño! —refunfuñó Alby mientras miraba a la chica—. No puede ser una coincidencia. Dos
días, dos verduchos, uno vivo y otro muerto.
Entonces las palabras de Alby comenzaron a tener sentido y el pánico se apoderó de Thomas.
—No creerás que yo… —ni siquiera pudo terminar la frase.
—Corta, verducho —intervino Newt—. No estamos diciendo que hayas matado a la puñetera
chica.
A Thomas la cabeza le daba vueltas. Estaba seguro de que nunca la había visto antes, pero
entonces le surgió una ligera duda.
—Os juro que no me resulta nada familiar —insistió de todos modos. Ya había tenido suficientes
acusaciones.
—¿Estás…?
De pronto, antes de que Newt pudiera acabar, la chica se sentó. Mientras respiraba hondo, sus
ojos se abrieron de golpe y parpadeó, mirando a la multitud que la rodeaba. Alby soltó un chillido y
se cayó hacia atrás. Newt dio un grito ahogado y un salto para apartarse de ella a trompicones.
Thomas no se movió; siguió con la vista clavada en la joven, paralizado por el miedo.
Sus brillantes ojos azules se movían arriba y abajo a la vez que respiraba hondo. Los rosados
labios le temblaban mientras no paraba de farfullar algo indescifrable. Entonces, dijo una frase con
una voz apagada e intranquila, pero clara:
—Todo va a cambiar.
Thomas permaneció mirando fijamente, asombrado, mientras los ojos de la joven se ponían en
blanco y se caía de espaldas al suelo. Su puño derecho salió disparado al aire, rígido, después de
que ella se quedara en silencio, apuntando hacia el cielo. Tenía asido un trozo de papel enrollado.
Thomas intentó tragar saliva, pero tenía la boca demasiado seca. Newt se acercó corriendo y le
separó los dedos para coger el papel. Con las manos temblorosas, lo desplegó; luego se dejó caer de
rodillas y estiró la nota sobre el suelo. Thomas se colocó a su lado para echar un vistazo.
Garabateadas en el papel, con letras negras y gruesas, había siete palabras:
Ella es la última.
No llegarán más.

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