60 61 y final 62

Capítulo 60
Finalmente, volvió a meterlo todo en su corazón y guardó la dolorosa oleada de sufrimiento. En el
Claro, Chuck se había convertido para él en un símbolo, en una señal de que podían arreglar el
mundo. Dormir en camas. Un beso de buenas noches. Desayunar beicon y huevos e ir a un colegio de
verdad. Ser felices.
Pero ahora Chuck ya no estaba. Y su cuerpo fláccido, al que todavía se aferraba Thomas, parecía
un frío talismán que no sólo le decía que aquel futuro optimista nunca iba a suceder, sino que la vida
nunca había sido de aquel modo. Que incluso a pesar de la huida, les esperaban unos días
deprimentes. Una vida de dolor.
Los recuerdos que volvían a su memoria eran muy vagos, pero no flotaba nada bueno entre toda
aquella porquería.
Thomas recogió el dolor y lo encerró en algún sitio de su interior. Lo hizo por Teresa, por Newt
y por Minho. Fuera cual fuera la oscuridad que les aguardaba, estarían juntos, y en aquel instante eso
era todo lo que importaba.
Soltó a Chuck y retrocedió, intentando no mirar la camiseta del niño, que estaba negra por la
sangre. Se limpió las lágrimas de las mejillas, se frotó los ojos y pensó que debería estar
avergonzado, aunque no se sentía así. Al final, levantó la vista. Miró a Teresa y a sus enormes ojos
azules, llenos de tristeza; tanto por él como por Chuck, de eso estaba seguro.
La chica le cogió de la mano y le ayudó a levantarse. En cuanto estuvo de pie, ella no le soltó y él
tampoco se apartó. Le apretó la mano y, al hacerlo, intentó transmitir lo que sentía. Nadie dijo ni una
palabra; la mayoría estaba con la vista clavada en el cuerpo de Chuck; sus rostros eran inexpresivos,
como si estuvieran más allá del sentimiento. Nadie miró a Gally, que respiraba, pero no se movía.
La mujer de CRUEL rompió el silencio:
—Todo pasa por una razón —dijo sin ningún signo de maldad en su voz—. Tenéis que
entenderlo.
Thomas la miró y lanzó todo su odio reprimido en una mirada fulminante. Pero no hizo nada.
Teresa colocó su otra mano sobre el brazo del chico y le agarró el bíceps.
Ahora, ¿qué? —le preguntó.
No lo sé —contestó él—. No puedo…
Su frase se vio interrumpida por una serie de gritos repentinos y un alboroto que provenía del
otro lado de la puerta por la que había entrado la mujer. El pánico de esta resultó evidente, y se
quedó aún más pálida cuando se volvió hacia la puerta. Thomas miró también en aquella dirección.
Varios hombres y mujeres vestidos con vaqueros mugrientos y abrigos empapados irrumpieron en
la sala con pistolas levantadas, gritando una palabra sobre otra. Era imposible entender lo que
decían. Sus armas —algunas eran rifles; otras, pistolas— parecían arcaicas, rústicas. Casi como
juguetes que llevaran años abandonados en el bosque y la siguiente generación de niños acabara de
descubrirlos para jugar a la guerra.
Thomas se quedó mirando cómo dos de los recién llegados tiraban a la mujer de CRUEL al
suelo. Luego uno de ellos retrocedió y la apuntó con la pistola.
«No puede ser —pensó Thomas—. No…».
El aire se iluminó cuando varios disparos salieron del arma e impactaron en el cuerpo de la
mujer. Estaba muerta, y todo estaba lleno de sangre.
Thomas retrocedió unos pasos, casi a trompicones.
Un hombre se acercó a los clarianos mientras los demás les rodeaban y disparaban de izquierda a
derecha con las armas a las ventanas de observación para romperlas. Thomas oyó gritos, vio sangre,
apartó la vista y se centró en el hombre que se acercaba a ellos. Tenía el pelo moreno y la cara
joven, pero con arrugas alrededor de los ojos, como si hubiese pasado todos los días de su vida
preocupado por cómo llegar al siguiente.
—No tenemos tiempo para explicarnos —dijo el hombre con una voz tan crispada como su cara
—. Seguidme y corred como si vuestra vida dependiera de ello. Porque así es.
Al decir aquello, el hombre hizo unas señas a sus compañeros, luego se dio la vuelta y salió
corriendo en dirección a las grandes puertas de cristal con la pistola sostenida rígidamente hacia
delante. Los disparos y los gritos de agonía todavía sacudían la sala, pero Thomas se esforzó por
ignorarlos y seguir las instrucciones.
—¡Vamos! —gritó desde atrás uno de los rescatadores (o eso se imaginó Thomas que eran).
Después de vacilar durante un breve instante, los clarianos les siguieron, casi chocando unos
contra otros al echar a correr para salir de la cámara, tan lejos de los laceradores y del Laberinto
como fuera posible. Thomas, que aún le agarraba la mano a Teresa, corrió con ellos, al final del
grupo. No les quedaba otra opción que dejar atrás el cuerpo de Chuck.
Thomas no sentía ninguna emoción; estaba totalmente atontado. Corrió por un largo pasillo hacia
un túnel poco iluminado. Subió por unas sinuosas escaleras. Todo estaba a oscuras y olía como a
sistemas electrónicos. Bajó por otro pasillo. Subió más escaleras. Más pasillos. Thomas quería
echar de menos a Chuck, entusiasmarse por su huida, alegrarse de que Teresa estuviera allí con él.
Pero había visto demasiado. Ahora sólo había un enorme vacío. Siguió avanzando.
Mientras corrían, algunos hombres y mujeres les guiaban por delante, y otros lanzaban gritos de
ánimo desde atrás.
Llegaron a otras puertas de cristal y, al cruzarlas, vieron que un gran chaparrón caía de un cielo
negro. No se veía nada, pero la cortina de agua reflejaba unos destellos mates.
El líder no dejó de moverse hasta que llegaron a un autobús enorme, cuyos laterales estaban
abollados y con marcas de arañazos, y la mayoría de las ventanas, llena de grietas. La lluvia
chorreaba por todo el vehículo y Thomas se lo imaginó como una bestia gigantesca saliendo del
océano.
—¡Subid! —gritó el hombre—. ¡Deprisa!
Le obedecieron y formaron un grupo apretado tras la puerta para entrar uno a uno. Aquello
pareció durar una eternidad. Los clarianos se empujaban y se tropezaban los unos con los otros
mientras subían los tres peldaños y se dirigían a los asientos. Thomas estaba al final, con Teresa
justo delante de él. Alzó la vista hacia el cielo y notó cómo el agua le caía en la cara. Estaba
caliente, casi demasiado, y tenía un extraño espesor. Curiosamente, eso le hizo quitarse el miedo de
encima y le puso alerta. Quizá no era más que la ferocidad del diluvio. Se concentró en el autobús, en
Teresa, en la huida.
Estaba casi en la puerta cuando, de repente, una mano le alcanzó y le agarró de la camiseta.
Alguien tiró de él hacia atrás; él gritó y se soltó de Teresa. La vio girarse justo al caerse él al suelo y
salpicar de agua a los demás. Sintió un fuerte dolor en la espalda cuando la cabeza de una mujer
apareció unos centímetros por encima de él, bocabajo, bloqueando la vista de Teresa.
El pelo grasiento que colgaba y rozaba a Thomas enmarcaba una cara oculta en las sombras. Un
horrible olor, como a leche agria y huevos podridos, le inundó las fosas nasales. La mujer se retiró lo
bastante para que la linterna de alguien revelara sus rasgos: una piel pálida y arrugada llena de
horribles llagas que rezumaban pus. Un terror en estado puro inundó a Thomas y lo dejó paralizado.
—¡Vas a salvarnos a todos! —dijo aquella espantosa mujer mientras escupía saliva y salpicaba a
Thomas—. ¡Vas a salvarnos del Destello! —se rió, aunque no fue más que una tos áspera.
La mujer dio un grito cuando uno de los rescatadores la agarró con ambas manos para alejarla de
Thomas, que se recuperó y se puso de pie como pudo. Volvió con Teresa y se quedó mirando al
hombre que se llevaba a rastras a la mujer, cuyas piernas daban débiles patadas mientras no apartaba
los ojos de Thomas. Ella le señaló y gritó:
—¡No te creas una palabra de lo que te digan! ¡Vas a salvarnos del Destello, lo harás!
Cuando el hombre estuvo a varios metros del autobús, dejó a la mujer en el suelo.
—¡Quédate aquí o te mato de un tiro! —le gritó, y luego se volvió hacia Thomas—. ¡Sube al
autobús!
Thomas, tan aterrorizado por la terrible experiencia que hasta le temblaba el cuerpo, se dio la
vuelta, subió las escaleras detrás de Teresa y entró en el autobús. Unos ojos abiertos de par en par le
observaron mientras caminaban hacia los asientos traseros, donde se dejaron caer y se acurrucaron
juntos. El agua negra resbalaba por el exterior de las ventanas. La lluvia golpeaba el techo con fuerza
y un trueno agitó el cielo sobre sus cabezas.
¿Qué ha sido eso? —preguntó Teresa en su mente.
Thomas no podía contestar y se limitó a negar con la cabeza. Los pensamientos sobre Chuck
volvieron a inundar su mente, reemplazando a la loca y calmando los latidos de su corazón. No le
importaba, no sentía ningún alivio por haber escapado del Laberinto. «Chuck…».
Una mujer, una de los rescatadores, estaba sentada cerca de Thomas y Teresa. El líder que había
hablado con ellos antes se subió al autobús, se sentó al volante, arrancó el motor y el vehículo
empezó a avanzar.
Al moverse, Thomas vio un movimiento fugaz al otro lado de la ventana. La mujer llena de llagas
se había puesto de pie y corría hacia la parte delantera del autobús. Sacudía los brazos como una
loca mientras gritaba algo que no se oyó por el ruido de la tormenta. Sus ojos estaban iluminados por
la locura o el terror; Thomas no lo sabía muy bien.
Se inclinó hacia la ventana mientras ella desaparecía de su vista por delante.
—¡Esperad! —chilló Thomas, pero nadie le oyó. O, si lo hicieron, le ignoraron.
El conductor aceleró y el autobús dio un bandazo cuando golpeó el cuerpo de la mujer. El
porrazo casi tiró a Thomas del asiento cuando las ruedas delanteras pasaron por encima de la mujer
y, enseguida, le siguió un segundo golpe de las ruedas traseras. Thomas miró a Teresa y vio en su
cara una expresión de asco que seguramente reflejaba la suya propia.
Sin mediar palabra, el conductor mantuvo el pie en el acelerador y el autobús siguió avanzando
hacia una noche barrida por la lluvia.
Capítulo 61
La siguiente hora fue un cúmulo de visiones y sonidos para Thomas.
El chófer conducía a una velocidad temeraria por pueblos y ciudades, y la fuerte lluvia ocultaba
la mayor parte del paisaje. Las luces y los edificios estaban distorsionados y acuosos, como algo
sacado de una alucinación provocada por las drogas. Hubo un momento en que la gente de fuera echó
a correr tras el autobús. Llevaban la ropa raída y el pelo enmarañado, y sus aterradores rostros
estaban cubiertos de las mismas llagas raras que Thomas había visto en aquella mujer. Aporreaban
los laterales del vehículo como si quisieran subirse, como si quisieran escapar de la espantosa vida
que podían estar viviendo.
El autobús no disminuyó la velocidad. Teresa siguió callada al lado de Thomas. Por fin, él se
armó del suficiente valor para hablar con la mujer que estaba sentada al otro lado del pasillo.
—¿Qué ocurre? —preguntó, sin estar seguro de cómo plantearlo.
La mujer le miró. Unos mechones de pelo negro mojado le rodeaban la cara. Tenía los ojos
llenos de pena.
—Es una historia muy larga.
La voz de la mujer era mucho más amable de lo que Thomas se había esperado y tuvo la
esperanza de que de verdad fuera una amiga, de que todos los rescatadores fueran amigos, a pesar de
que habían atropellado a sangre fría a una mujer.
—Por favor —dijo Teresa—. Por favor, cuéntenos algo.
La mujer miró a Thomas y, luego, a Teresa, y soltó un suspiro.
—Tardaréis un poco en recuperar vuestros recuerdos, si es que los recuperáis. Nosotros no
somos científicos, no tenemos ni idea de lo que os han hecho o de cómo os lo han hecho.
A Thomas se le cayó el alma a los pies al pensar que tal vez había perdido la memoria para
siempre, pero insistió:
—¿Quiénes son? —inquirió.
—Empezó con las erupciones solares —respondió la mujer, con la mirada cada vez más distante.
—¿Qué…? —empezó a preguntar Teresa, pero Thomas la hizo callar.
Déjala hablar —le dijo en su cabeza—. Parece que nos lo va contar.
Vale.
La mujer casi parecía estar en un trance mientras hablaba, y no apartaba los ojos de un punto
indefinido en la distancia.
—Las erupciones solares no pudieron predecirse. Suelen ser normales, pero estas fueron
inauditas, enormes, muy fuertes. Y, cuando se dieron cuenta, tan sólo pasaron unos minutos antes de
que su calor azotara la Tierra. Primero se quemaron nuestros satélites y miles de personas murieron
al instante, millones en días, e innumerables kilómetros se convirtieron en tierra baldía. Luego llegó
la enfermedad —se detuvo para coger aliento—. Conforme el ecosistema se venía abajo, se hizo
imposible controlar la enfermedad, incluso mantenerla en Sudamérica. Las selvas desaparecieron,
pero los insectos, no. La gente ahora lo llama el Destello. Es una cosa horrible. Sólo los más ricos
pueden recibir tratamiento, pero no se puede curar a nadie. A menos que los rumores de los Andes
sean verdad.
Thomas por poco rompió su propio consejo, pues las preguntas le inundaban la mente. El horror
crecía en su corazón. Se sentó y escuchó mientras la mujer continuaba:
—En cuanto a vosotros, todos vosotros, no sois más que unos cuantos de los millones de
huérfanos. Hicieron pruebas a miles y os escogieron para lo más importante. La última prueba. Todo
lo que habéis vivido fue calculado y planificado con detenimiento. Catalizadores para estudiar
vuestras reacciones, vuestras ondas cerebrales, vuestros pensamientos. Todo en un intento de
encontrar a aquellos capaces de ayudarnos a dar con el remedio para combatir el Destello —hizo
otra pausa y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja—. La mayoría de las consecuencias
físicas está causada por otras cosas. Primero empezaron las ideas delirantes y, luego, los instintos
animales empezaron a imponerse sobre los humanos. Al final, el Destello les consumió y destruyó su
humanidad. Está todo en el cerebro. El Destello vive en sus cerebros. Es algo espantoso. Es mejor
morir que contagiarse —la mujer dejó de mirar la nada y se centró en Thomas; después miró a
Teresa y, luego, a Thomas otra vez—. No dejaremos que les hagan esto a los niños. Hemos jurado
arriesgar nuestras vidas para luchar contra CRUEL. No podemos perder nuestra humanidad, no
importa el resultado final —juntó las manos en su regazo y las miró—. Ya sabréis más en su
momento. Vivimos lejos, al norte. Miles de kilómetros nos separan de los Andes. Lo llaman la
Quemadura; está entre aquí y allí. Está centrada alrededor de lo que antes llamaban el ecuador.
Ahora no hay nada más que calor y polvo, y está llena de salvajes consumidos por el Destello a los
que no se puede ayudar. Intentamos cruzar esa zona para encontrar una cura. Pero, hasta entonces,
lucharemos contra CRUEL y detendremos los experimentos y las pruebas —miró con recelo a
Thomas y, después, a Teresa—. Tenemos la esperanza de que os unáis a nosotros.
Entonces apartó la vista y miró por la ventana.
Thomas miró a Teresa y arqueó las cejas a modo de pregunta. La chica se limitó a negar con la
cabeza; luego, la apoyó en su hombro y cerró los ojos.
Estoy demasiado cansada para pensar—dijo—. Mantengámonos a salvo por ahora.
A lo mejor ya estamos a salvo —contestó—. A lo mejor.
Oyó los suaves sonidos que ella emitía al dormir, pero supo que él no podría conciliar el sueño.
Sentía tal torrente de emociones contradictorias que no podía identificarlas. Aun así, era mejor que el
vacío monótono que había experimentado antes. Sólo pudo quedarse allí sentado, mirando fijamente
por la ventana la lluvia y la negrura, pensando en palabras como «Destello», «enfermedad»,
«experimento», «Quemadura» y «CRUEL». Tan sólo podía quedarse allí sentado y esperar que las
cosas fueran mejores ahora que en el Laberinto.
Pero, mientras se movía y se balanceaba con los movimientos del autobús, mientras sentía que la
cabeza de Teresa le golpeaba el hombro de tanto en tanto cuando había grandes baches, la oía
moverse y volverse a dormir otra vez, y oía los murmullos de las otras conversaciones de los
clarianos, había una cosa que le volvía a la mente:
Chuck.
• • •
Dos horas más tarde, el autobús se detuvo.
Había parado en un aparcamiento cubierto de barro que rodeaba un edificio sin nada de
particular, con varias filas de ventanas. La mujer y los otros rescatadores cruzaron con los
diecinueve chicos y la chica la puerta principal y subieron unas escaleras hacia un dormitorio
enorme, con una serie de literas alineadas en una de las paredes. Al otro lado había algunas mesas y
cómodas. Unas cortinas tapaban las ventanas que había por toda la habitación.
Thomas lo asimiló todo con un asombro ligero y distante. Ahora le costaba mucho que algo le
sorprendiera o le superara.
Aquel sitio se encontraba lleno de colores. Las paredes estaban pintadas de amarillo fuerte, las
mantas eran rojas y las cortinas, verdes. Después del gris soso del Claro, parecía que les hubieran
llevado a vivir a un arco iris. Al verlo todo, al ver las camas y las cómodas nuevas, la sensación de
que todo era normal le resultó casi sobrecogedora. Era demasiado bueno para ser verdad. Minho lo
expresó mejor al entrar en aquel nuevo mundo para ellos:
—Me han fucado y he ido al cielo.
A Thomas le costaba estar contento, como si estuviera traicionando a Chuck al hacerlo. Pero allí
había algo. Algo.
El líder que conducía el autobús dejó a los clarianos en manos de un pequeño grupo de
empleados: nueve o diez hombres y mujeres vestidos con pantalones negros ceñidos y camiseta
blanca, con el pelo inmaculado y la cara y las manos limpias. Estaban sonriendo.
Los colores. Las camas. El personal. Thomas sintió una felicidad imposible que trataba de
abrirse camino en su interior. Aunque un abismo enorme se ocultaba en medio, una oscura depresión
que no podía abandonarle: el recuerdo de Chuck y su brutal asesinato. Su sacrificio. Pero, a pesar de
aquello, a pesar de todo, a pesar de lo que le había contado la mujer del autobús sobre el mundo al
que habían vuelto, Thomas se sintió a salvo por primera vez desde que había salido de la Caja.
Les asignaron una cama, les repartieron ropa y cosas para el aseo y les sirvieron la cena. Pizza.
Una auténtica pizza real y grasienta.
Thomas devoró hasta el último bocado, el hambre acabó con todo lo demás y un ambiente de
satisfacción y alivio se palpó a su alrededor. Muchos de los clarianos habían permanecido callados
todo el rato, tal vez preocupados por que al hablar se desvaneciera todo. Pero ahora había gente
sonriendo. Thomas se había acostumbrado tanto a la desesperación que casi le desconcertaba ver
rostros felices. Sobre todo, cuando le costaba tanto a él sentirse así.
Después de comer, nadie discutió cuando les dijeron que había llegado la hora de irse a dormir.
Y menos aún Thomas, que se sentía como si pudiera dormir un mes entero.
Capítulo 62
Thomas compartió litera con Minho, que insistió en dormir en la de arriba; Newt y Fritanga estaban
justo en la de al lado. Los empleados pusieron a Teresa en una habitación distinta y se la llevaron
antes de que pudiera despedirse. Thomas la empezó a echar muchísimo de menos a los tres minutos
después de marcharse.
Mientras se acomodaba en el blando colchón para pasar la noche, le interrumpieron:
—Eh, Thomas —dijo Minho por encima de él.
—¿Sí? —Thomas estaba tan cansado que apenas le salían las palabras.
—¿Qué crees que les ha pasado a los clarianos que se quedaron atrás?
Thomas no se lo había planteado. Había tenido la mente ocupada con Chuck y, ahora, con Teresa.
—No lo sé. Pero visto todos los que murieron para que llegáramos aquí, no me gustaría estar en
su lugar ahora mismo. Los laceradores probablemente lo hayan invadido todo —no podía creer lo
indiferente que sonaba su voz mientras lo decía.
—¿Crees que estamos a salvo con esta gente? —preguntó Minho.
Thomas reflexionó sobre aquella pregunta durante un momento. Sólo había una respuesta a la que
aferrarse:
—Sí, creo que estamos a salvo.
Minho dijo algo más, pero Thomas no le oyó. Le consumía el agotamiento; su mente vagó por el
corto periodo que había pasado en el Laberinto, por los días en que había sido corredor y lo mucho
que lo había deseado, incluso desde aquella primera noche en el Claro. Parecía que hubiesen pasado
cien años. Como si fuera un sueño.
Los murmullos de las conversaciones flotaban en la habitación, pero a Thomas le parecía que
venían de otro mundo. Se quedó mirando los tablones de madera cruzados de la cama de arriba,
notando cómo le arrastraba el sueño. Pero resistió porque quería hablar con Teresa.
¿Qué tal tu habitación?—le preguntó mentalmente—. Ojalá estuvieras aquí.
¿Ah, sí? —contestó ella—. ¿Con todos esos chicos apestosos? Creo que paso.
Supongo que tienes razón. Creo que Minho se ha tirado tres pedos en el último minuto —
Thomas sabía que era un chiste muy malo, pero era lo mejor que se le había ocurrido. Notó cómo se
reía la chica y deseó poder hacer él lo mismo. Hubo una larga pausa.
Lo siento mucho por Chuck —dijo al final la joven.
Thomas sintió una fuerte punzada y cerró los ojos mientras se hundía en el sufrimiento de la
noche.
Podía llegar a ser muy pesado —respondió. Hizo una pausa y pensó en aquella noche, cuando
Chuck le había dado un susto de muerte a Gally en el baño—. Pero duele. Me siento como si hubiese
perdido a un hermano.
Lo sé.
Le había prometido…
Déjalo ya, Tom.
¿Qué? —quería que Teresa le hiciera sentir mejor, que le dijera algo mágico para que el dolor
desapareciera.
Deja de decir que se lo prometiste. La mitad de nosotros lo consiguió. Habríamos muerto
todos si nos hubiéramos quedado en el Laberinto.
Pero Chuck no lo consiguió —repuso Thomas. La culpa le atormentaba porque sabía con toda
seguridad que habría cambiado a cualquiera de los clarianos de aquella sala por Chuck.
Murió por salvarte —contestó Teresa—. El tomó la decisión. No la desperdicies.
Thomas notó que las lágrimas inundaban sus ojos; una se escapó y bajó por su sien derecha hacia
su cabello. Pasó un minuto entero en el que no se dijeron ni una palabra. Entonces él la llamó:
¿Teresa?
¿Sí?
A Thomas le asustaba compartir sus pensamientos, pero lo hizo:
Quiero acordarme de ti. Acordarme de nosotros. Ya sabes, antes de todo esto.
Yo también.
Al parecer, éramos… —no sabía cómo decirlo.
Lo sé.
Me pregunto qué haremos mañana.
Lo descubriremos en unas horas.
Sí. Bueno, buenas noches —quería decirle más cosas, muchas más cosas, pero no se le ocurrió
nada.
Buenas noches —dijo ella justo cuando se apagaron las luces.
Thomas se dio la vuelta, contento por estar a oscuras y que nadie viera la cara que se le había
puesto. No era exactamente una sonrisa ni una expresión de felicidad. Pero casi.
Y, por ahora, «casi» estaba bastante bien

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