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Capítulo 6
Alguien zarandeó a Thomas para despertarlo. Abrió los ojos de golpe, vio una cara demasiado
pegada a la suya, con la mirada clavada en él, y todo en calma a su alrededor, ensombrecido por la
oscuridad de la primera hora de la mañana. Abrió la boca para hablar, pero una mano fría se la tapó
y se la cerró. El pánico se adueñó de él hasta que vio quién era.
—Shh, verducho. No querrás despertar a Chucky, ¿no?
Era Newt, el que parecía ser el segundo al mando; el aire se llevó su aliento matutino.
Aunque Thomas estaba sorprendido, la inquietud desapareció al instante. No podía evitar tener
curiosidad y se preguntaba qué quería aquel chico de él. Thomas asintió, esforzándose por decir que
sí con los ojos, hasta que al fin Newt retiró la mano y luego se echó hacia atrás, en cuclillas.
—Vamos, verducho —susurró el chico alto mientras se ponía de pie. Extendió la mano y ayudó a
Thomas a levantarse. Era tan fuerte que casi parecía que le fuera a desencajar el brazo—. Se supone
que te tengo que enseñar algo antes de que se despierten.
Cualquier resquicio de sueño persistente ya había desaparecido de la mente de Thomas.
—Vale —se limitó a decir, y le siguió. Sabía que debería abrigar sospechas, pues aún no tenía
motivos para confiar en nadie, pero venció la curiosidad. Rápidamente se agachó para ponerse los
zapatos—. ¿Adónde vamos?
—Tú sígueme. Y pégate a mí.
Caminaron a hurtadillas entre los cuerpos que dormían esparcidos por el suelo y Thomas estuvo a
punto de tropezar varias veces. Le pisó la mano a alguien y, como respuesta, recibió un grito agudo
de dolor y un puñetazo en la pantorrilla.
—Perdón —susurró, e ignoró la mirada asesina de Newt.
En cuanto dejaron atrás el prado y alcanzaron la piedra gris y dura del suelo del patio, Newt echó
a correr en dirección a la pared oeste. Thomas al principio vaciló, preguntándose por qué se había
puesto a correr, pero reaccionó de inmediato y le siguió a la misma velocidad.
La luz era tenue, pero cualquier obstáculo aparecía como una sombra más oscura y, así, pudo
avanzar rápidamente. Se detuvo cuando Newt lo hizo, junto al inmenso muro que descollaba por
encima de ellos como un rascacielos, otra imagen al azar que flotaba en el turbio charco de su
memoria borrada. Thomas vio unas lucecitas rojas que brillaban por la pared: se movían, se paraban,
se encendían y se apagaban.
—¿Qué es eso? —susurró tan alto como se atrevió mientras se preguntaba si su voz sonaba tan
temblorosa como él la notaba. El destello rojo titilante de las luces tenía un trasfondo de advertencia.
Newt se quedó a medio metro enfrente de la espesa cortina de hiedra del muro.
—Cuando lo tengas que saber, lo sabrás, verducho.
—Bueno, es un poco estúpido mandarme a un sitio donde nada tiene sentido y nadie responde a
mis preguntas —Thomas se detuvo, sorprendido ante sus palabras—. Pingajo —añadió, vertiendo
todo el sarcasmo posible en cada sílaba.
Newt soltó una carcajada, pero enseguida la cortó.
—Me gustas, verducho. Ahora cállate y deja que te enseñe algo.
Newt dio un paso adelante y hundió las manos en la espesa hiedra para retirar la enredadera de la
pared y revelar una ventana llena de polvo, un cuadrado de unos sesenta centímetros de ancho. En
aquel momento estaba oscura, como si alguien la hubiera pintado de negro.
—¿Qué estamos buscando? —susurró Thomas.
—Agárrate bien fuerte, chaval. Está a punto de salir uno.
Pasó un minuto; luego, dos. Varios más. Thomas empezó a mover los pies mientras se preguntaba
cómo Newt podía estar allí tan paciente y callado, con la vista clavada en la oscuridad.
Entonces la escena cambió.
Unas luces extrañas brillaron a través de la ventana y proyectaron un espectro tembloroso de
colores en la cara y el cuerpo de Newt, como si estuviera junto a una piscina iluminada. Thomas se
quedó en absoluto silencio, con los ojos entrecerrados, mientras trataba de averiguar qué había al
otro lado. Se le hizo un nudo en la garganta.
«¿Qué es eso?», pensó.
—Ahí fuera está el Laberinto —susurró Newt con los ojos abiertos como si estuviera en trance
—. Todo lo que hacemos (nuestra vida, verducho) gira en torno a él. Pasamos cada bonito segundo
de cada bonito día honrando al Laberinto, intentando resolver algo que ni siquiera sabemos si tiene
una maldita solución, ¿sabes? Y queremos enseñarte que no es un sitio donde quieras meterte. Te
enseñaremos por qué cierran los puñeteros muros todas las noches. Te enseñaremos por qué no
debes nunca, y digo nunca, sacar tu culo ahí fuera.
Newt retrocedió, todavía sujeto a la enredadera. Le hizo una señal a Thomas para que ocupara su
sitio y mirara a través de la ventana. Thomas le hizo caso y se inclinó hasta que su nariz tocó la fría
superficie de cristal. Tardó unos segundos en centrar los ojos en el objeto que se movía al otro lado,
en mirar más allá de la mugre y el polvo para ver lo que Newt quería que viera. Y, cuando lo
consiguió, notó que el aliento se le quedaba retenido en la garganta, como si allí soplara un viento
glacial que hubiera congelado su respiración.
Una criatura grande y bulbosa, del tamaño de una vaca, pero sin ninguna forma definida, se
retorcía furiosa en el suelo del pasillo exterior. Trepó por el muro de enfrente y luego saltó hacia la
ventana de grueso cristal con un fuerte golpe. Thomas pegó un grito antes de poder contenerlo y se
apartó de allí sobresaltado, pero aquella cosa rebotó hacia atrás, dejando el vidrio intacto.
Thomas respiró profundamente dos veces y volvió a asomarse. Estaba muy oscuro para
distinguirlo con claridad, pero unas luces extrañas, que salían de no se sabía dónde, revelaban una
masa de pinchos plateados y carne brillante. Unos malvados apéndices con instrumentos en la punta
sobresalían de su cuerpo como si fueran brazos: la hoja de una sierra, unas tijeras grandes y unas
barras largas que a saber para qué servían.
La criatura era una espantosa mezcla de animal y máquina, y parecía darse cuenta de que la
estaban observando, parecía saber lo que había en el interior de los muros del Claro, parecía querer
entrar y darse un festín de carne humana. Thomas notó que un terror glacial crecía en su pecho,
expandiéndose como un tumor y dificultando su respiración. Hasta con la memoria borrada estaba
segurísimo de que nunca había visto nada tan horrible.
Retrocedió, y el valor que había sentido la noche anterior desapareció.
—¿Qué es esa cosa? —inquirió. Notó un escalofrío en sus tripas y se preguntó si alguna vez
volvería a comer.
—Los llamamos laceradores —contestó Newt—. Es un bicho asqueroso, ¿eh? Alégrate de que
sólo salgan de noche y da las gracias por estos muros.
Thomas tragó saliva y pensó en cómo iba a salir de allí. Su deseo de convertirse en corredor era
demasiado aventurado. Pero tenía que hacerlo. De algún modo, sabía que tenía que hacerlo. Era muy
raro que sintiera aquello, después de lo que acababa de ver.
Newt siguió mirando por la ventana, distraído.
—Ahora ya sabes las mierdas que acechan en el laberinto, amigo mío. Ahora ya sabes que no es
ninguna broma. Te han enviado al Claro, verducho, y esperamos que sobrevivas y nos ayudes a
conseguir el propósito por el que nos han traído aquí.
—¿Y cuál es? —preguntó Thomas, aunque le aterraba conocer la respuesta.
Newt se volvió para mirarle directo a los ojos. Le iluminaban las primeras luces del alba y
Thomas pudo ver todos los detalles del rostro de Newt, su piel tensa y la frente arrugada.
—Encontrar la salida, verducho —respondió Newt—, resolver el puñetero Laberinto para
encontrar el camino de vuelta a casa.
• • •
Un par de horas más tarde, una vez que las puertas volvieron a abrirse, retumbando y haciendo
temblar el suelo hasta que acabaron, Thomas se sentó en una vieja mesa de picnic que había en el
exterior de la Hacienda. Sólo podía pensar en los laceradores, en cuál sería su intención y en qué
harían allí fuera durante la noche. En cómo sería ser atacado por algo tan espantoso.
Trató de sacarse aquella imagen de la cabeza y pensar en otra cosa. En los corredores. Se habían
marchado sin decir ni una palabra a nadie, habían salido disparados hacia el Laberinto a toda
velocidad y habían desaparecido al doblar las esquinas. Se los imaginó mientras cogía los huevos y
el beicon con un tenedor, sin hablar con nadie, ni siquiera con Chuck, que comía en silencio a su
lado. El pobre chaval se había cansado de intentar entablar una conversación con Thomas, que se
negaba a responder. Lo único que quería era que le dejaran en paz.
No lo entendía, su cerebro estaba sobrecargado intentando calcular la imposibilidad total de la
situación. ¿Cómo podía ser un laberinto, con las paredes tan altas y sólidas, tan grande que un montón
de chicos no hubiera podido resolverlo después de llevar intentándolo a saber cuánto tiempo? ¿Cómo
podía existir una estructura como aquella? Y más importante: ¿por qué? ¿Cuál era el propósito de tal
cosa? ¿Por qué estaban todos allí? ¿Cuánto tiempo llevaban allí?
Aunque trataba de evitarlo, su mente no dejaba de volver a la imagen del feroz lacerador. Su
compañero fantasma parecía asaltarle cada vez que parpadeaba o se frotaba los ojos.
Thomas sabía que era un chico listo; de algún modo, tenía esa corazonada. Pero no tenía sentido
nada de lo que ocurría en aquel sitio. Excepto una cosa. Se suponía que él debía ser un corredor.
¿Por qué lo sentía con tanta fuerza? Incluso ahora, después de ver lo que habitaba en el laberinto.
Unos golpecitos en el hombro le apartaron de sus pensamientos. Levantó la vista y vio a Alby
detrás de él, con los brazos cruzados.
—¿No pareces muy fresco? —dijo Alby—. ¿Has visto algo bonito esta mañana por la ventana?
Thomas se levantó con la esperanza de que hubiera llegado el momento de las respuestas o de
que, tal vez, algo le distrajera la atención de aquellos pensamientos lúgubres.
—Ha bastado para que quiera saber más cosas sobre este lugar —repuso, esperando no provocar
el mal genio que había sacado aquel tío el día anterior.
Alby asintió.
—Tú y yo, pingajo. La Visita empieza ahora —empezó a moverse, pero luego se detuvo y levantó
un dedo—. No hagas preguntas hasta el final, ¿me entiendes? No tengo tiempo para estar contigo todo
el día de cháchara.
—Pero… —Thomas se calló cuando Alby arqueó las cejas. ¿Por qué aquel tío tenía que ser tan
capullo?—, pero cuéntamelo todo, quiero saberlo todo.
La noche anterior había decidido no contarle a nadie más lo curiosamente familiar que le
resultaba aquel sitio, que tenía la extraña sensación de haber estado allí antes, de que podía recordar
cosas. Compartir aquel dato no parecía muy buena idea.
—Te diré lo que yo quiera, verducho. Vamos.
—¿Puedo ir? —preguntó Chuck desde la mesa.
Alby le retorció la oreja al niño.
—¡Ay! —chilló Chuck.
—¿Es que no tienes trabajo, gilipullo? —espetó Alby—. Hay mucho que deambular.
Chuck puso los ojos en blanco y luego miró a Thomas.
—Que te diviertas.
—Lo intentaré.
De repente, lo sintió por Chuck, pues quería que la gente tratara mejor a aquel niño. Pero no
podía hacer nada para remediarlo, tenía que marcharse.
Se alejó con Alby y esperó que la Visita hubiera empezado oficialmente

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