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Capítulo 57
Un frío glacial atravesó la piel de Thomas al entrar en el Agujero de los Laceradores, comenzando
desde los dedos de los pies hasta subirle por todo el cuerpo, como si hubiera saltado a una superficie
plana de agua helada. El mundo se hizo aún más oscuro a su alrededor cuando aterrizó en un suelo
resbaladizo y, luego, salió disparado, cayéndose hacia atrás, en los brazos de Teresa. Chuck y ella le
ayudaron a recuperar el equilibrio. Era un milagro que Thomas no le hubiera sacado un ojo a alguien
con su lanza.
El Agujero de los Laceradores habría estado más oscuro que boca de lobo si no hubiese sido por
la iluminación de la linterna de Teresa. Mientras Thomas se orientaba, se dio cuenta de que se
hallaban en un cilindro de piedra de tres metros de alto. Estaba mojado, cubierto de un aceite
brillante y mugriento, y se extendía delante de ellos varios kilómetros hasta desaparecer en la
oscuridad. Thomas se asomó por el Agujero a través del que habían entrado. Parecía una ventana
cuadrada que daba a un profundo espacio sin estrellas.
—El ordenador está por ahí —dijo Teresa, captando su atención.
Había apuntado con la linterna unos metros túnel abajo a un cuadrado de cristal sucio que
brillaba con un color verde apagado. Debajo había incrustado un teclado en la pared que sobresalía
lo suficiente para que alguien pudiera usarlo con facilidad aunque estuviese de pie. Allí estaba, listo
para que introdujeran el código. Thomas no pudo evitar pensar que era demasiado fácil, demasiado
bueno para ser verdad.
—¡Teclea las palabras! —gritó Chuck, dándole una palmada a Thomas en el hombro—. ¡Rápido!
Thomas le hizo un gesto a Teresa para que lo hiciera ella.
—Chuck y yo nos quedaremos aquí, vigilando para asegurarnos de que ningún lacerador
atraviesa el Agujero.
Tan sólo esperaba que los clarianos hubieran dejado de centrarse en crear un espacio para que
ellos pasaran y ahora estuvieran alejando a las criaturas del Precipicio.
—Vale —asintió Teresa. Thomas sabía que ella era demasiado inteligente para perder el tiempo
discutiendo.
La chica se acercó a la pantalla y, luego, empezó a teclear.
¡Espera! —le dijo Thomas en su mente—. ¿Estás segura de que sabes las palabras?
Se volvió hacia él con el entrecejo fruncido.
—No soy idiota, Tom. Sí, soy capaz de recordar…
Una fuerte explosión encima y detrás de ellos la interrumpió y sobresaltó a Thomas. Se dio la
vuelta y vio un lacerador cayendo por el Agujero, apareciendo como por arte de magia a través del
oscuro cuadrado negro. Aquel bicho había retraído los brazos y los pinchos para entrar. Cuando
aterrizó con un golpe blando, volvieron a salir un montón de objetos desagradables y afilados, con un
aspecto más letal que nunca.
Thomas puso a Chuck detrás de él y se enfrentó a la criatura, agarrando su lanza como si con ella
pudiera protegerse.
—¡Sigue tecleando, Teresa! —chilló.
Una delgada barra metálica salió de la carne húmeda del lacerador y se desplegó hasta
convertirse en un largo apéndice con tres cuchillas giratorias que iban directas a la cara de Thomas.
Agarró el extremo de su lanza con ambas manos y lo apretó con fuerza mientras bajaba hacia el
suelo la punta con un cuchillo atado. El brazo de las cuchillas avanzó unos centímetros más,
dispuesto a cortarle en trocitos. Cuando estaba a pocos centímetros, Thomas tensó los músculos y
levantó la lanza hacia el techo todo lo fuerte que pudo. Dio al brazo de metal y envió aquella cosa
hacia el cielo, girando en arco hasta que se hundió en el cuerpo del lacerador. El monstruo pegó un
grito de furia y retrocedió varios pasos, con los pinchos retraídos. Thomas resollaba por el esfuerzo.
A lo mejor puedo derrotarlo —le dijo rápidamente a Teresa—. Pero ¡date prisa!
Ya casi he acabado —respondió ella.
Los pinchos del lacerador volvieron a salir. Avanzó, y otro brazo salió de su carne y se estiró
hacia delante con unas zarpas enormes que intentaron coger la lanza. Thomas atacó con todas sus
fuerzas, esta vez por encima de su cabeza. La lanza chocó con la base de las garras. Con un golpazo
metálico y un sonido viscoso, el brazo entero se soltó de su cavidad y cayó al suelo. Entonces, por
algún tipo de boca que Thomas no llegaba a ver, el lacerador soltó un alarido alto y penetrante, y los
pinchos desaparecieron.
—¡A estas cosas se las puede vencer! —gritó Thomas.
¡No me deja introducir la última palabra! —dijo Teresa en su mente.
Sin apenas oírla ni entenderla, soltó un rugido y se abalanzó sobre el lacerador para
aprovecharse de su debilidad. Balanceó la lanza violentamente, saltó sobre el cuerpo bulboso de la
criatura y aporreó dos brazos de metal para quitárselos de encima con un fuerte chasquido. Levantó
la lanza sobre su cabeza, apoyó bien los pies —notó cómo se hundían en aquella grasa repugnante—
y, luego, clavó la lanza al monstruo. Un pringue amarillo y viscoso brotó de su carne y salpicó las
piernas de Thomas mientras clavaba la lanza lo más profundo posible en el cuerpo del bicho.
Después, soltó la empuñadura del arma, saltó y corrió hasta Chuck y Teresa.
Thomas observó con una fascinación malsana cómo el lacerador se retorcía incontrolablemente y
escupía el aceite amarillento en todas las direcciones. Los pinchos entraban y salían de su piel; los
brazos que le quedaban se movían en un amasijo de confusión e, incluso, atravesaban su propio
cuerpo. No tardó en comenzar a ralentizarse, en perder la energía por la pérdida de sangre —o de
carburante—.
Unos segundos más tarde, dejó de moverse por completo. Thomas no podía creérselo. No daba
crédito. Acababa de vencer a un lacerador, uno de los monstruos que llevaban aterrorizando a los
clarianos más de dos años.
Miró a Chuck, que estaba detrás de él con los ojos abiertos de par en par.
—Lo has matado —dijo el niño, y se rió como si aquel acto hubiera resuelto todos sus
problemas.
—No ha costado tanto —farfulló Thomas, y luego se volvió para ver a Teresa tecleando
desesperadamente. Entonces supo que algo iba mal.
—¿Qué pasa? —preguntó, casi gritando. Se acercó corriendo para mirar por encima del hombro
de la chica y vio que esta escribía todo el rato la palabra «PULSA», pero no aparecía nada en la
pantalla.
Teresa señaló el cuadrado sucio de cristal, en blanco salvo por el resplandor verdoso que
anunciaba que estaba encendido.
—He puesto todas las palabras y una a una han ido apareciendo en la pantalla. Entonces ha
sonado un pitido y han desaparecido. Pero no me ha dejado escribir la última palabra. ¡No pasa
nada!
El frío inundó las venas de Thomas mientras asimilaba lo que Teresa acababa de decir.
—Bueno… ¿Por qué?
—¡No lo sé!
Volvió a intentarlo una y otra vez, pero no aparecía nada.
—¡Thomas! —gritó Chuck detrás de ellos.
Thomas se volvió para ver que el niño señalaba el Agujero de los Laceradores, donde otra
criatura estaba asomando. Mientras la contemplaba, esta cayó encima de su hermano muerto y otro
lacerador empezó a entrar por el Agujero.
—¡¿Por qué tardáis tanto?! —chilló Chuck, desesperado—. ¡Dijiste que se apagarían cuando
teclearais el código!
Los dos laceradores se había enderezado y habían extendido sus pinchos; estaban avanzando
hacia ellos.
—No nos deja poner la palabra PULSA —respondió Thomas, distraído; no hablaba realmente
con Chuck, sino que trataba de buscar una solución.
No lo entiendo —dijo Teresa.
Los laceradores se acercaban; estaban a tan sólo unos metros. Al notar que su voluntad se
desvanecía en la negrura, Thomas clavó los pies en el suelo y levantó los puños sin ganas. Se
suponía que tenía que funcionar. Se suponía que el código…
—Quizá sólo tengas que pulsar ese botón —sugirió Chuck.
A Thomas le sorprendió tanto aquella afirmación al azar que apartó la vista de los laceradores
para mirar al niño. Chuck estaba señalando un sitio cerca del suelo, justo debajo de la pantalla y del
teclado.
Antes de que le diera tiempo a moverse, Teresa ya se había agachado. Muerto de curiosidad y
con una ligera esperanza, Thomas se acercó a ella y se tiró al suelo para verlo mejor. Oyó el gemido
y el rugido del lacerador detrás de él y notó un fuerte dolor cuando una zarpa afilada le agarró por la
camiseta. Sin embargo, sus ojos seguían clavados en aquel sitio.
En la pared, a tan sólo unos centímetros del suelo, había un pequeño botón de color rojo con tres
palabras escritas en negro. Estaba tan claro que no podía creer que no lo hubiera visto antes.
APAGAR EL LABERINTO
El dolor que sintió después le hizo salir de su estupor. El lacerador le había cogido con dos
instrumentos y había empezado a arrastrarle hacia atrás. El otro había ido a por Chuck y estaba a
punto de atacar al niño con una larga cuchilla.
Un botón.
—¡Púlsalo! —gritó Thomas más alto de lo que creía que fuera posible.
Teresa lo hizo. Pulsó el botón y todo se quedó en perfecto silencio. Entonces, de algún sitio al
final del túnel, se oyó el sonido de una puerta que se abría.
Capítulo 58
Casi en el mismo instante, los laceradores se desactivaron por completo, los instrumentos se
introdujeron en su carne fofa, sus luces se apagaron y sus mecanismos internos dejaron de funcionar.
Y aquella puerta…
Thomas cayó al suelo después de que las garras de su captor le soltaran y, a pesar del dolor de
todas las laceraciones que tenía en la espalda y en los hombros, le invadió tal euforia que no supo
cómo reaccionar. Emitió un grito ahogado, después se rió, luego comenzó a sollozar y acabó por reír
de nuevo.
Chuck se alejó pitando de los laceradores y chocó con Teresa, que le apretó contra ella en un
intenso abrazo.
—Lo has conseguido, Chuck —dijo Teresa—. Estábamos tan preocupados por las estúpidas
palabras del código que no pensamos en buscar algo que pulsar, que justo era la última palabra, la
última pieza del puzzle.
Thomas volvió a reírse, sin creerse que aquello fuera posible después de todo por lo que habían
pasado.
—Tiene razón, Chuck. ¡Nos has salvado, tío! ¡Te dije que te necesitábamos! —Thomas se puso
de pie como pudo y se fundió con los otros dos en un abrazo, loco de alegría—. ¡Chuck es un fuco
héroe!
—¿Y los demás? —preguntó Teresa, señalando el Agujero de los Laceradores con la cabeza.
Thomas notó cómo su euforia desaparecía; retrocedió y se volvió hacia el Agujero.
Como respondiendo a su pregunta, alguien cayó por el cuadrado negro. Era Minho, y parecía que
le hubieran arañado o herido en el noventa por ciento de su cuerpo.
—¡Minho! —gritó Thomas, lleno de alivio—. ¿Estás bien? ¿Y los demás?
Minho avanzó a trompicones por la pared curva del túnel y, luego, se apoyó allí mientras
resollaba.
—Hemos perdido a un montón de gente… Ahí arriba está todo lleno de sangre… Y luego se
desconectaron —hizo una pausa para coger una gran bocanada de aire y lo soltó con fuerza—. Lo
habéis conseguido. No me puedo creer que de verdad haya funcionado.
Entonces llegó Newt, seguido de Fritanga. Después, Winston y otros. Enseguida, dieciocho
chicos se reunieron con Thomas y sus amigos en el túnel, lo que hizo un total de veintiún clarianos.
Hasta el último de los que se habían quedado atrás para luchar estaba cubierto de la porquería de los
laceradores y de sangre humana, y sus ropas estaban hechas jirones.
—¿Y el resto? —preguntó Thomas, temiendo la respuesta.
—La mitad —contestó Newt con voz débil— ha muerto.
Nadie pronunció palabra. Nadie pronunció palabra durante un buen rato.
—¿Sabéis qué? —dijo Minho, irguiéndose un poco—, puede que muriera la mitad, pero la otra
fuca mitad ha sobrevivido. Y no han picado a nadie, justo como Thomas pensaba. Tenemos que salir
de aquí.
«Demasiados», pensó Thomas. Habían sido demasiados. Su alegría desapareció y se convirtió en
un profundo duelo por las veinte personas que habían perdido la vida. A pesar de la alternativa, a
pesar de saber que, si no lo hubiesen intentado, puede que todos hubieran muerto, aunque no los
conociera a todos muy bien…, aun así, dolía. ¿Cómo podía considerarse una victoria con tanta
muerte?
—Larguémonos de aquí —dijo Newt—. Ya.
—¿Adonde vamos? —preguntó Minho.
Thomas señaló túnel abajo.
—He oído que una puerta se abría por ahí.
Intentó apartar el dolor que le producía todo, los horrores de la batalla que acaban de ganar. Las
pérdidas. Lo apartó de su mente, pues sabía que aún no estaban a salvo.
—Bien, vamos —ordenó Minho. Se dio la vuelta y empezó a caminar por el túnel sin esperar una
respuesta.
Newt hizo un gesto de asentimiento e indicó a los demás clarianos que le siguieran. Pasaron uno a
uno hasta que sólo quedaron Thomas y Teresa.
—Yo iré el último —dijo Thomas.
Nadie se opuso. Pasó Newt, luego Chuck y después Teresa hacia el negro túnel. Hasta la luz de
las linternas parecía ser absorbida por la oscuridad. Thomas les siguió sin molestarse en mirar el
lacerador muerto.
Al cabo de unos minutos caminando, oyó un chillido delante, seguido de otro y otro y, después,
otro. Los gritos se perdían como si estuvieran cayendo…
Los murmullos recorrieron la fila y, al final, Teresa se volvió hacia Thomas.
—Por lo visto, ahí delante hay un tobogán que te lleva abajo.
A Thomas se le revolvió el estómago al oír aquello. Parecía un juego, al menos para el que había
construido el edificio.
Uno a uno, oyó los gritos cada vez más débiles de los clarianos. Entonces le tocó a Newt y,
luego, a Chuck. Teresa iluminó con su linterna un descenso empinado, una rampa negra de metal
resbaladizo.
Supongo que no nos queda otra opción —le dijo en su mente.
Supongo que no.
Thomas tuvo la impresión de que aquel no era el modo de salir de su pesadilla. Sólo esperaba
que no le llevara a otro grupo de laceradores.
Teresa bajó por el tobogán con un chillido casi alegre y Thomas la siguió antes de poder
convencerse a sí mismo de que cualquier cosa era mejor que el Laberinto.
Su cuerpo se deslizó por el empinado descenso, resbaladizo por un pringue aceitoso que olía
fatal, como a plástico quemado y a maquinaria demasiado usada. Thomas giró el cuerpo hasta tener
los pies delante y, después, trató de sujetarse con las manos para disminuir la velocidad de su
bajada. Fue inútil, ya que aquella cosa grasienta cubría cada centímetro de la piedra; no se podía
agarrar a nada.
Los gritos de los otros clarianos resonaban en las paredes del túnel mientras se deslizaban por la
aceitosa rampa. El pánico alcanzó el corazón de Thomas. No podía quitarse de la cabeza la imagen
de que una bestia gigante se los había tragado, estaban bajando por su largo esófago y en cualquier
momento aterrizarían en su estómago. Y, como si se hubieran materializado sus pensamientos, los
olores cambiaron hacia algo más enmohecido y putrefacto. Le empezaron a entrar arcadas y tuvo que
reunir todas sus fuerzas para no vomitarse encima.
El túnel empezó a girar, convirtiéndose en una brusca espiral, lo justo para que fueran más
despacio, y los pies de Thomas le dieron a Teresa en toda la cabeza. El chico retrocedió y una
sensación de sufrimiento invadió todo su ser. Seguían cayendo. El tiempo parecía extenderse y
hacerse interminable.
Continuaron dando vueltas en el tubo. Las náuseas hacían que le ardiera el estómago; el sonido de
aquel pringue contra su cuerpo, el olor, el movimiento en círculos… Estaba a punto de volver la
cabeza a un lado para vomitar cuando Teresa pegó un fuerte chillido. Esta vez, no hubo eco. Un
segundo más tarde, Thomas salió volando del túnel y aterrizó sobre la muchacha.
Había cuerpos esparcidos por todos lados, gente encima de gente, quejándose, retorciéndose,
confundidos mientras trataban de apartarse los unos de otros. Thomas movió los brazos y las piernas
para apartarse rápidamente de Teresa y, luego, gateó unos pasos más para vomitar y vaciar su
estómago.
Aún temblando por la experiencia, se limpió la boca con la mano y se dio cuenta de que estaba
llena de una porquería viscosa. Se incorporó, frotó ambas manos en el suelo y, por fin, se fijó en
adonde habían llegado. Boquiabierto, también se percató de que los demás se habían reunido en un
grupo mientras asimilaban el nuevo entorno. Thomas había alcanzado a verlo durante el Cambio,
pero no se acordó de verdad hasta aquel mismo momento.
Estaban en una enorme cámara subterránea lo bastante grande para contener nueve o diez
Haciendas. De arriba abajo, de lado a lado, aquel lugar estaba lleno de todo tipo de mecanismos y de
cables, de conductos y de ordenadores. En un lado de la sala, a su derecha, había una fila de unas
cuarenta vainas blancas que parecían enormes ataúdes. En la otra punta había unas grandes puertas de
cristal, aunque la iluminación hacía que fuera imposible ver lo que había al otro lado.
—¡Mirad! —gritó alguien, pero Thomas ya lo había visto y se le había cortado la respiración. Se
le puso la piel de gallina en todo el cuerpo y un escalofrío de terror le recorrió la espalda como una
araña mojada.
Justo delante de ellos, una fila de unas veinte ventanas oscuras se extendía por la sala
horizontalmente, una detrás de otra. Detrás de cada una de ellas había una persona: hombres y
mujeres, todos pálidos y delgados. Estaban sentados, observando a los clarianos, mirando fijamente
por los cristales con los ojos entrecerrados. Thomas se estremeció; todos parecían fantasmas. Unas
enojadas apariciones siniestras y famélicas de gente que nunca había sido feliz en vida y, menos aún,
muerta.
Pero, por supuesto, Thomas sabía que no eran fantasmas. Eran los que les habían enviado al
Claro. Los que les habían arrebatado sus vidas. Los creadores.
Capítulo 59
Thomas retrocedió un paso y se dio cuenta de que otros hacían lo mismo. Un silencio sepulcral dejó
el lugar desprovisto de vida mientras todos los clarianos tenían la vista clavada en la fila de
ventanas, en la fila de observadores. Thomas vio que uno de ellos bajaba la cabeza para apuntar
algo; otro se puso unas gafas. Todos llevaban chaquetas negras sobre camisas blancas con una
palabra bordada en la parte derecha del pecho; no podía distinguir lo que ponía. Ninguno de ellos
mostraba una expresión discernible. Todos tenían un aspecto cetrino y demacrado; daba lástima
mirarlos.
Continuaron observando a los clarianos; un hombre negó con la cabeza y una mujer asintió. Otro
hombre se rascó la nariz, y ese fue el gesto más humano que Thomas les vio hacer.
—¿Quiénes son esas personas? —susurró Chuck, pero su voz retumbó en la sala con un tono
ronco.
—Los creadores —respondió Minho, y luego escupió en el suelo—. ¡Os voy a partir la cara! —
gritó tan fuerte que Thomas casi se tapó los oídos con las manos.
—¿Qué hacemos? —inquirió Thomas—. ¿A qué están esperando?
—Lo más seguro es que hagan volver a los laceradores —dijo Newt—. Puede que estén viniendo
ahora…
Un pitido alto y lento le interrumpió, como el sonido de advertencia de un enorme camión dando
marcha atrás, pero mucho más potente. Provenía de todas partes, resonaba y retumbaba por toda la
cámara.
—Y ahora, ¿qué? —preguntó Chuck, sin ocultar la preocupación en su voz.
Por algún motivo, todos miraron a Thomas; él se encogió de hombros. Ya no recordaba nada más;
estaba tan despistado como el resto. Y asustado. Estiró el cuello mientras examinaba el lugar de
arriba abajo para tratar de averiguar de dónde procedía el pitido. Pero no había cambiado nada.
Entonces, por el rabillo del ojo, advirtió que los demás clarianos miraban en dirección a las puertas
y él hizo lo mismo. El corazón se le aceleró cuando vio que una de las puertas se abría hacia ellos.
El pitido cesó y la sala se sumió en un silencio tan profundo como el espacio exterior. Thomas
esperó, aguantando la respiración, y se preparó para cualquier cosa horrible que pudiese aparecer
volando por la puerta.
Pero sólo entraron dos personas en la sala. Una de ellas era una mujer. Una adulta. Parecía muy
normal, con aquellos pantalones negros y una camisa blanca abotonada con un logo en el pecho en el
que se leía CRUEL escrito en azul. Llevaba el pelo castaño cortado por los hombros y tenía la cara
delgada y los ojos oscuros. Al acercarse al grupo, no sonrió ni frunció el ceño. Era casi como si no
advirtiera su presencia o no le importara que estuviesen allí.
«La conozco», pensó Thomas. Pero era un recuerdo algo borroso, no podía acordarse de su
nombre ni de qué tenía que ver con el Laberinto, pero le resultaba familiar. Y no sólo por su aspecto,
sino por cómo caminaba, por sus gestos… duros, sin rastro de alegría. Se detuvo a varios pasos
enfrente de los clarianos y miró despacio de izquierda a derecha para contemplarlos a todos.
La otra persona, que estaba de pie a su lado, era un chico que llevaba puesto un chándal
demasiado grande para él, con la capucha levantada, ocultándole el rostro.
—Bienvenidos de nuevo —dijo finalmente la mujer—. Han sido más de dos años y sólo han
muerto unos pocos. Increíble.
Thomas notó cómo se quedaba boquiabierto y la rabia le enrojecía la cara.
—¿Perdone? —balbuceó Newt.
Los ojos de la mujer volvieron a examinar al grupo antes de posarse en Newt.
—Todo ha ido de acuerdo con el plan, señor Newton. Aunque esperábamos que unos cuantos más
se rindieran en el camino.
Miró a su compañero y le bajó la capucha al chico, que levantó la cabeza, con los ojos llenos de
lágrimas. Todos los clarianos se quedaron atónitos. Thomas notó que le fallaban las rodillas.
Era Gally. Thomas parpadeó y se frotó los ojos como si fuera un dibujo animado. Estaba
sorprendido, pero también enfadado. Era Gally.
—¡Qué está haciendo este aquí! —gritó Minho.
—Ahora estáis a salvo —respondió la mujer como si no le hubiera oído—. Por favor,
tranquilizaos.
—¿Que nos tranquilicemos? —soltó Minho—. ¿Tú quién eres para decirnos que nos
tranquilicemos? Queremos ver a la policía, al alcalde, al presidente, ¡a alguien!
A Thomas le preocupaba lo que Minho pudiese hacer, pero, por otro lado, casi quería que le
pegara un puñetazo a la mujer en la cara.
Ella entrecerró los ojos al mirar a Minho.
—No tienes ni idea de lo que estás hablando, niño. Esperaba más madurez por parte de alguien
que ha pasado las Pruebas del Laberinto.
Su tono condescendiente impresionó a Thomas. Minho se dispuso a replicar, pero Newt le dio un
codazo en la barriga.
—Gally —dijo Newt—, ¿qué pasa?
El moreno le miró. Los ojos le brillaron un momento y sacudió un poco la cabeza. Pero no
respondió.
«Le pasa algo», pensó Thomas. Algo peor que antes.
La mujer asintió como si estuviera orgullosa de él.
—Un día estaréis agradecidos por lo que hemos hecho por vosotros. Sólo puedo prometeros eso,
y confío en que vuestras mentes lo acepten. Si no lo hacéis, entonces todo habrá sido un error. Son
tiempos oscuros, señor Newton. Tiempos oscuros —hizo una pausa—. Por supuesto, hay una última
Variable —retrocedió.
Thomas se concentró en Gally. Todo el cuerpo del chico estaba temblando y tenía la cara pálida,
lo que hacía que sus ojos rojos y vidriosos parecieran manchas de sangre sobre un papel. Apretó los
labios y la piel de alrededor tembló como si quisiera hablar, pero no pudiera.
—¿Gally? —le llamó Thomas, tratando de contener el odio que sentía por él.
Las palabras salieron de sopetón de la boca de Gally:
—Pueden… controlarme… No… —los ojos se le salieron de las órbitas y se echó una mano al
cuello como si quisiera estrangularse—. Tengo… que… —cada palabra que decía era con voz
ronca. Luego se tranquilizó: la cara se le calmó y su cuerpo se relajó.
Era lo mismo que le había pasado a Alby en la cama, cuando estaban en el Claro, después del
Cambio. Lo mismo le había pasado a él. ¿Qué…?
Pero Thomas no tuvo tiempo de seguir pensando porque Gally sacó algo largo y brillante de su
bolsillo trasero. Las luces de la sala iluminaron la superficie plateada de un puñal de aspecto
horroroso que el chico sujetaba fuertemente con los dedos. A una velocidad inesperada, retrocedió y
le lanzó el cuchillo a Thomas. Mientras lo hacía, Thomas oyó un grito a su derecha y percibió un
movimiento. Hacia él.
Thomas vio cómo el cuchillo giraba como si el mundo fuera a cámara lenta, como si su único
propósito fuese hacer que sintiera el terror de ver tal cosa. Conforme el arma se acercaba, dando
vueltas sin parar, directa a él, un grito ahogado se le formó en la garganta. Quería moverse, pero no
podía.
Entonces, inexplicablemente, Chuck apareció allí y se puso delante de él. Thomas notaba los pies
como si estuvieran dentro de bloques de hielo; sólo podía contemplar, impotente, la escena de horror
que tenía lugar ante sus ojos.
Con un escalofriante sonido hueco y mojado, el puñal se clavó hasta el mango en el pecho de
Chuck. El niño gritó y cayó al suelo, con el cuerpo ya sacudiéndose. La sangre salía de la herida, roja
oscura. Sus piernas golpeaban el suelo, los pies daban patadas al tuntún, anunciando una muerte
inminente. Los labios rezumaban saliva manchada de sangre. Thomas sintió que el mundo a su
alrededor se derrumbaba y le destrozaba el corazón.
Se tiró al suelo y cogió en sus brazos el cuerpo tembloroso de Chuck.
—¡Chuck! —gritó, y notó la voz como un ácido desgarrándole la garganta—. ¡Chuck!
El niño se convulsionó descontroladamente y la sangre lo manchó todo, incluidas las manos de
Thomas. Sus ojos se quedaron en blanco. La sangre le salía por la nariz y la boca.
—Chuck… —susurró Thomas. Tenían que poder hacer algo. Podían salvarle. Ellos…
El chico dejó de moverse y se quedó quieto. Los ojos volvieron a su posición normal y miraron a
Thomas, aferrándose a la vida.
—Tho… mas.
Lo único que pudo decir fue esa palabra.
—Aguanta, Chuck —dijo Thomas—. No te mueras, lucha. ¡Que alguien nos ayude!
Nadie se movió y, en el fondo, Thomas supo por qué. Ya no podían hacer nada. Se había
acabado. Unas manchas negras flotaron entre los ojos de Thomas. La sala se inclinó y se balanceó.
«No —pensó—. Chuck, no. Chuck, no. Cualquiera, menos Chuck».
—Thomas —susurró Chuck—, encuentra a… mi madre —una tos salió de sus pulmones y salpicó
todo de sangre—. Dile…
No terminó la frase. Sus ojos se cerraron y su cuerpo quedó fláccido. Un último aliento salió con
dificultad de su boca.
Thomas se quedó mirando el cuerpo inerte de su amigo.
Algo ocurrió en el interior de Thomas. Empezó en lo más profundo de su pecho, una semilla de
cólera. De venganza. De odio. Algo oscuro y terrible. Y, después, explotó, estalló en sus pulmones,
atravesó su garganta y se repartió por los brazos y las piernas. Por su cabeza.
Soltó a Chuck, se levantó tembloroso y se volvió hacia los nuevos visitantes. Entonces, Thomas
estalló. Estalló por completo.
Echó a correr, se tiró encima de Gally y trató de agarrarle con los dedos como si fueran zarpas.
Encontró el cuello del chico, se lo apretó y se cayó al suelo sobre él. Se sentó a horcajadas en su
torso y le sostuvo con las piernas para que no pudiera escaparse. Luego empezó a darle puñetazos.
Mantuvo a Gally pegado al suelo con la mano izquierda, lo empujó hacia abajo por el cuello
mientras su puño derecho golpeaba una y otra vez la cara del joven. Le dio una paliza con los
nudillos en las mejillas y la nariz. Se oyeron crujidos, hubo sangre y gritos horribles. Thomas no
supo cuáles eran más fuertes, si los de Gally o los suyos. Le golpeó hasta liberar la última pizca de
ira que llevaba dentro.
Y, entonces, Minho y Newt tiraron de él, aunque sus brazos seguían sacudiéndose incluso cuando
ya sólo daba al aire. Le arrastraron por el suelo; él se resistió, se retorció y gritó que le dejaran en
paz. Sus ojos continuaban clavados en Gally, que estaba allí tumbado, inmóvil. Thomas sintió cómo
el odio salía a raudales, igual que si una visible línea de llamas les conectara.
Y, entonces, así como así, todo se desvaneció. Sólo pudo pensar en Chuck.
Se soltó de Minho y Newt y corrió hasta el cuerpo fláccido e inerte de su amigo. Le cogió y lo
abrazó, ignorando la sangre, ignorando la gélida mirada de la muerte en el rostro del muchacho.
—¡No! —gritó Thomas mientras le consumía la tristeza—. ¡No! —Teresa se acercó y le puso la
mano en el hombro. El se la quitó de encima—. ¡Se lo había prometido! —aulló, y se dio cuenta de
que, mientras lo decía, a su voz la acompañaba algo que no estaba bien. Casi la locura—. ¡Le había
prometido que le salvaría, que le llevaría a casa! ¡Se lo había prometido!
Teresa no respondió, tan sólo asintió, con los ojos fijos en el suelo.
Thomas abrazó a Chuck contra su pecho y le apretó lo más fuerte posible, como si, de alguna
manera, aquello pudiera revivirle o darle las gracias por haberle salvado la vida, por ser su amigo
cuando nadie más lo era.
Thomas lloró como nunca antes lo había hecho. Sus grandes e incontrolables sollozos retumbaron
por la sala como el sonido de una tormenta.
Un frío glacial atravesó la piel de Thomas al entrar en el Agujero de los Laceradores, comenzando
desde los dedos de los pies hasta subirle por todo el cuerpo, como si hubiera saltado a una superficie
plana de agua helada. El mundo se hizo aún más oscuro a su alrededor cuando aterrizó en un suelo
resbaladizo y, luego, salió disparado, cayéndose hacia atrás, en los brazos de Teresa. Chuck y ella le
ayudaron a recuperar el equilibrio. Era un milagro que Thomas no le hubiera sacado un ojo a alguien
con su lanza.
El Agujero de los Laceradores habría estado más oscuro que boca de lobo si no hubiese sido por
la iluminación de la linterna de Teresa. Mientras Thomas se orientaba, se dio cuenta de que se
hallaban en un cilindro de piedra de tres metros de alto. Estaba mojado, cubierto de un aceite
brillante y mugriento, y se extendía delante de ellos varios kilómetros hasta desaparecer en la
oscuridad. Thomas se asomó por el Agujero a través del que habían entrado. Parecía una ventana
cuadrada que daba a un profundo espacio sin estrellas.
—El ordenador está por ahí —dijo Teresa, captando su atención.
Había apuntado con la linterna unos metros túnel abajo a un cuadrado de cristal sucio que
brillaba con un color verde apagado. Debajo había incrustado un teclado en la pared que sobresalía
lo suficiente para que alguien pudiera usarlo con facilidad aunque estuviese de pie. Allí estaba, listo
para que introdujeran el código. Thomas no pudo evitar pensar que era demasiado fácil, demasiado
bueno para ser verdad.
—¡Teclea las palabras! —gritó Chuck, dándole una palmada a Thomas en el hombro—. ¡Rápido!
Thomas le hizo un gesto a Teresa para que lo hiciera ella.
—Chuck y yo nos quedaremos aquí, vigilando para asegurarnos de que ningún lacerador
atraviesa el Agujero.
Tan sólo esperaba que los clarianos hubieran dejado de centrarse en crear un espacio para que
ellos pasaran y ahora estuvieran alejando a las criaturas del Precipicio.
—Vale —asintió Teresa. Thomas sabía que ella era demasiado inteligente para perder el tiempo
discutiendo.
La chica se acercó a la pantalla y, luego, empezó a teclear.
¡Espera! —le dijo Thomas en su mente—. ¿Estás segura de que sabes las palabras?
Se volvió hacia él con el entrecejo fruncido.
—No soy idiota, Tom. Sí, soy capaz de recordar…
Una fuerte explosión encima y detrás de ellos la interrumpió y sobresaltó a Thomas. Se dio la
vuelta y vio un lacerador cayendo por el Agujero, apareciendo como por arte de magia a través del
oscuro cuadrado negro. Aquel bicho había retraído los brazos y los pinchos para entrar. Cuando
aterrizó con un golpe blando, volvieron a salir un montón de objetos desagradables y afilados, con un
aspecto más letal que nunca.
Thomas puso a Chuck detrás de él y se enfrentó a la criatura, agarrando su lanza como si con ella
pudiera protegerse.
—¡Sigue tecleando, Teresa! —chilló.
Una delgada barra metálica salió de la carne húmeda del lacerador y se desplegó hasta
convertirse en un largo apéndice con tres cuchillas giratorias que iban directas a la cara de Thomas.
Agarró el extremo de su lanza con ambas manos y lo apretó con fuerza mientras bajaba hacia el
suelo la punta con un cuchillo atado. El brazo de las cuchillas avanzó unos centímetros más,
dispuesto a cortarle en trocitos. Cuando estaba a pocos centímetros, Thomas tensó los músculos y
levantó la lanza hacia el techo todo lo fuerte que pudo. Dio al brazo de metal y envió aquella cosa
hacia el cielo, girando en arco hasta que se hundió en el cuerpo del lacerador. El monstruo pegó un
grito de furia y retrocedió varios pasos, con los pinchos retraídos. Thomas resollaba por el esfuerzo.
A lo mejor puedo derrotarlo —le dijo rápidamente a Teresa—. Pero ¡date prisa!
Ya casi he acabado —respondió ella.
Los pinchos del lacerador volvieron a salir. Avanzó, y otro brazo salió de su carne y se estiró
hacia delante con unas zarpas enormes que intentaron coger la lanza. Thomas atacó con todas sus
fuerzas, esta vez por encima de su cabeza. La lanza chocó con la base de las garras. Con un golpazo
metálico y un sonido viscoso, el brazo entero se soltó de su cavidad y cayó al suelo. Entonces, por
algún tipo de boca que Thomas no llegaba a ver, el lacerador soltó un alarido alto y penetrante, y los
pinchos desaparecieron.
—¡A estas cosas se las puede vencer! —gritó Thomas.
¡No me deja introducir la última palabra! —dijo Teresa en su mente.
Sin apenas oírla ni entenderla, soltó un rugido y se abalanzó sobre el lacerador para
aprovecharse de su debilidad. Balanceó la lanza violentamente, saltó sobre el cuerpo bulboso de la
criatura y aporreó dos brazos de metal para quitárselos de encima con un fuerte chasquido. Levantó
la lanza sobre su cabeza, apoyó bien los pies —notó cómo se hundían en aquella grasa repugnante—
y, luego, clavó la lanza al monstruo. Un pringue amarillo y viscoso brotó de su carne y salpicó las
piernas de Thomas mientras clavaba la lanza lo más profundo posible en el cuerpo del bicho.
Después, soltó la empuñadura del arma, saltó y corrió hasta Chuck y Teresa.
Thomas observó con una fascinación malsana cómo el lacerador se retorcía incontrolablemente y
escupía el aceite amarillento en todas las direcciones. Los pinchos entraban y salían de su piel; los
brazos que le quedaban se movían en un amasijo de confusión e, incluso, atravesaban su propio
cuerpo. No tardó en comenzar a ralentizarse, en perder la energía por la pérdida de sangre —o de
carburante—.
Unos segundos más tarde, dejó de moverse por completo. Thomas no podía creérselo. No daba
crédito. Acababa de vencer a un lacerador, uno de los monstruos que llevaban aterrorizando a los
clarianos más de dos años.
Miró a Chuck, que estaba detrás de él con los ojos abiertos de par en par.
—Lo has matado —dijo el niño, y se rió como si aquel acto hubiera resuelto todos sus
problemas.
—No ha costado tanto —farfulló Thomas, y luego se volvió para ver a Teresa tecleando
desesperadamente. Entonces supo que algo iba mal.
—¿Qué pasa? —preguntó, casi gritando. Se acercó corriendo para mirar por encima del hombro
de la chica y vio que esta escribía todo el rato la palabra «PULSA», pero no aparecía nada en la
pantalla.
Teresa señaló el cuadrado sucio de cristal, en blanco salvo por el resplandor verdoso que
anunciaba que estaba encendido.
—He puesto todas las palabras y una a una han ido apareciendo en la pantalla. Entonces ha
sonado un pitido y han desaparecido. Pero no me ha dejado escribir la última palabra. ¡No pasa
nada!
El frío inundó las venas de Thomas mientras asimilaba lo que Teresa acababa de decir.
—Bueno… ¿Por qué?
—¡No lo sé!
Volvió a intentarlo una y otra vez, pero no aparecía nada.
—¡Thomas! —gritó Chuck detrás de ellos.
Thomas se volvió para ver que el niño señalaba el Agujero de los Laceradores, donde otra
criatura estaba asomando. Mientras la contemplaba, esta cayó encima de su hermano muerto y otro
lacerador empezó a entrar por el Agujero.
—¡¿Por qué tardáis tanto?! —chilló Chuck, desesperado—. ¡Dijiste que se apagarían cuando
teclearais el código!
Los dos laceradores se había enderezado y habían extendido sus pinchos; estaban avanzando
hacia ellos.
—No nos deja poner la palabra PULSA —respondió Thomas, distraído; no hablaba realmente
con Chuck, sino que trataba de buscar una solución.
No lo entiendo —dijo Teresa.
Los laceradores se acercaban; estaban a tan sólo unos metros. Al notar que su voluntad se
desvanecía en la negrura, Thomas clavó los pies en el suelo y levantó los puños sin ganas. Se
suponía que tenía que funcionar. Se suponía que el código…
—Quizá sólo tengas que pulsar ese botón —sugirió Chuck.
A Thomas le sorprendió tanto aquella afirmación al azar que apartó la vista de los laceradores
para mirar al niño. Chuck estaba señalando un sitio cerca del suelo, justo debajo de la pantalla y del
teclado.
Antes de que le diera tiempo a moverse, Teresa ya se había agachado. Muerto de curiosidad y
con una ligera esperanza, Thomas se acercó a ella y se tiró al suelo para verlo mejor. Oyó el gemido
y el rugido del lacerador detrás de él y notó un fuerte dolor cuando una zarpa afilada le agarró por la
camiseta. Sin embargo, sus ojos seguían clavados en aquel sitio.
En la pared, a tan sólo unos centímetros del suelo, había un pequeño botón de color rojo con tres
palabras escritas en negro. Estaba tan claro que no podía creer que no lo hubiera visto antes.
APAGAR EL LABERINTO
El dolor que sintió después le hizo salir de su estupor. El lacerador le había cogido con dos
instrumentos y había empezado a arrastrarle hacia atrás. El otro había ido a por Chuck y estaba a
punto de atacar al niño con una larga cuchilla.
Un botón.
—¡Púlsalo! —gritó Thomas más alto de lo que creía que fuera posible.
Teresa lo hizo. Pulsó el botón y todo se quedó en perfecto silencio. Entonces, de algún sitio al
final del túnel, se oyó el sonido de una puerta que se abría.
Capítulo 58
Casi en el mismo instante, los laceradores se desactivaron por completo, los instrumentos se
introdujeron en su carne fofa, sus luces se apagaron y sus mecanismos internos dejaron de funcionar.
Y aquella puerta…
Thomas cayó al suelo después de que las garras de su captor le soltaran y, a pesar del dolor de
todas las laceraciones que tenía en la espalda y en los hombros, le invadió tal euforia que no supo
cómo reaccionar. Emitió un grito ahogado, después se rió, luego comenzó a sollozar y acabó por reír
de nuevo.
Chuck se alejó pitando de los laceradores y chocó con Teresa, que le apretó contra ella en un
intenso abrazo.
—Lo has conseguido, Chuck —dijo Teresa—. Estábamos tan preocupados por las estúpidas
palabras del código que no pensamos en buscar algo que pulsar, que justo era la última palabra, la
última pieza del puzzle.
Thomas volvió a reírse, sin creerse que aquello fuera posible después de todo por lo que habían
pasado.
—Tiene razón, Chuck. ¡Nos has salvado, tío! ¡Te dije que te necesitábamos! —Thomas se puso
de pie como pudo y se fundió con los otros dos en un abrazo, loco de alegría—. ¡Chuck es un fuco
héroe!
—¿Y los demás? —preguntó Teresa, señalando el Agujero de los Laceradores con la cabeza.
Thomas notó cómo su euforia desaparecía; retrocedió y se volvió hacia el Agujero.
Como respondiendo a su pregunta, alguien cayó por el cuadrado negro. Era Minho, y parecía que
le hubieran arañado o herido en el noventa por ciento de su cuerpo.
—¡Minho! —gritó Thomas, lleno de alivio—. ¿Estás bien? ¿Y los demás?
Minho avanzó a trompicones por la pared curva del túnel y, luego, se apoyó allí mientras
resollaba.
—Hemos perdido a un montón de gente… Ahí arriba está todo lleno de sangre… Y luego se
desconectaron —hizo una pausa para coger una gran bocanada de aire y lo soltó con fuerza—. Lo
habéis conseguido. No me puedo creer que de verdad haya funcionado.
Entonces llegó Newt, seguido de Fritanga. Después, Winston y otros. Enseguida, dieciocho
chicos se reunieron con Thomas y sus amigos en el túnel, lo que hizo un total de veintiún clarianos.
Hasta el último de los que se habían quedado atrás para luchar estaba cubierto de la porquería de los
laceradores y de sangre humana, y sus ropas estaban hechas jirones.
—¿Y el resto? —preguntó Thomas, temiendo la respuesta.
—La mitad —contestó Newt con voz débil— ha muerto.
Nadie pronunció palabra. Nadie pronunció palabra durante un buen rato.
—¿Sabéis qué? —dijo Minho, irguiéndose un poco—, puede que muriera la mitad, pero la otra
fuca mitad ha sobrevivido. Y no han picado a nadie, justo como Thomas pensaba. Tenemos que salir
de aquí.
«Demasiados», pensó Thomas. Habían sido demasiados. Su alegría desapareció y se convirtió en
un profundo duelo por las veinte personas que habían perdido la vida. A pesar de la alternativa, a
pesar de saber que, si no lo hubiesen intentado, puede que todos hubieran muerto, aunque no los
conociera a todos muy bien…, aun así, dolía. ¿Cómo podía considerarse una victoria con tanta
muerte?
—Larguémonos de aquí —dijo Newt—. Ya.
—¿Adonde vamos? —preguntó Minho.
Thomas señaló túnel abajo.
—He oído que una puerta se abría por ahí.
Intentó apartar el dolor que le producía todo, los horrores de la batalla que acaban de ganar. Las
pérdidas. Lo apartó de su mente, pues sabía que aún no estaban a salvo.
—Bien, vamos —ordenó Minho. Se dio la vuelta y empezó a caminar por el túnel sin esperar una
respuesta.
Newt hizo un gesto de asentimiento e indicó a los demás clarianos que le siguieran. Pasaron uno a
uno hasta que sólo quedaron Thomas y Teresa.
—Yo iré el último —dijo Thomas.
Nadie se opuso. Pasó Newt, luego Chuck y después Teresa hacia el negro túnel. Hasta la luz de
las linternas parecía ser absorbida por la oscuridad. Thomas les siguió sin molestarse en mirar el
lacerador muerto.
Al cabo de unos minutos caminando, oyó un chillido delante, seguido de otro y otro y, después,
otro. Los gritos se perdían como si estuvieran cayendo…
Los murmullos recorrieron la fila y, al final, Teresa se volvió hacia Thomas.
—Por lo visto, ahí delante hay un tobogán que te lleva abajo.
A Thomas se le revolvió el estómago al oír aquello. Parecía un juego, al menos para el que había
construido el edificio.
Uno a uno, oyó los gritos cada vez más débiles de los clarianos. Entonces le tocó a Newt y,
luego, a Chuck. Teresa iluminó con su linterna un descenso empinado, una rampa negra de metal
resbaladizo.
Supongo que no nos queda otra opción —le dijo en su mente.
Supongo que no.
Thomas tuvo la impresión de que aquel no era el modo de salir de su pesadilla. Sólo esperaba
que no le llevara a otro grupo de laceradores.
Teresa bajó por el tobogán con un chillido casi alegre y Thomas la siguió antes de poder
convencerse a sí mismo de que cualquier cosa era mejor que el Laberinto.
Su cuerpo se deslizó por el empinado descenso, resbaladizo por un pringue aceitoso que olía
fatal, como a plástico quemado y a maquinaria demasiado usada. Thomas giró el cuerpo hasta tener
los pies delante y, después, trató de sujetarse con las manos para disminuir la velocidad de su
bajada. Fue inútil, ya que aquella cosa grasienta cubría cada centímetro de la piedra; no se podía
agarrar a nada.
Los gritos de los otros clarianos resonaban en las paredes del túnel mientras se deslizaban por la
aceitosa rampa. El pánico alcanzó el corazón de Thomas. No podía quitarse de la cabeza la imagen
de que una bestia gigante se los había tragado, estaban bajando por su largo esófago y en cualquier
momento aterrizarían en su estómago. Y, como si se hubieran materializado sus pensamientos, los
olores cambiaron hacia algo más enmohecido y putrefacto. Le empezaron a entrar arcadas y tuvo que
reunir todas sus fuerzas para no vomitarse encima.
El túnel empezó a girar, convirtiéndose en una brusca espiral, lo justo para que fueran más
despacio, y los pies de Thomas le dieron a Teresa en toda la cabeza. El chico retrocedió y una
sensación de sufrimiento invadió todo su ser. Seguían cayendo. El tiempo parecía extenderse y
hacerse interminable.
Continuaron dando vueltas en el tubo. Las náuseas hacían que le ardiera el estómago; el sonido de
aquel pringue contra su cuerpo, el olor, el movimiento en círculos… Estaba a punto de volver la
cabeza a un lado para vomitar cuando Teresa pegó un fuerte chillido. Esta vez, no hubo eco. Un
segundo más tarde, Thomas salió volando del túnel y aterrizó sobre la muchacha.
Había cuerpos esparcidos por todos lados, gente encima de gente, quejándose, retorciéndose,
confundidos mientras trataban de apartarse los unos de otros. Thomas movió los brazos y las piernas
para apartarse rápidamente de Teresa y, luego, gateó unos pasos más para vomitar y vaciar su
estómago.
Aún temblando por la experiencia, se limpió la boca con la mano y se dio cuenta de que estaba
llena de una porquería viscosa. Se incorporó, frotó ambas manos en el suelo y, por fin, se fijó en
adonde habían llegado. Boquiabierto, también se percató de que los demás se habían reunido en un
grupo mientras asimilaban el nuevo entorno. Thomas había alcanzado a verlo durante el Cambio,
pero no se acordó de verdad hasta aquel mismo momento.
Estaban en una enorme cámara subterránea lo bastante grande para contener nueve o diez
Haciendas. De arriba abajo, de lado a lado, aquel lugar estaba lleno de todo tipo de mecanismos y de
cables, de conductos y de ordenadores. En un lado de la sala, a su derecha, había una fila de unas
cuarenta vainas blancas que parecían enormes ataúdes. En la otra punta había unas grandes puertas de
cristal, aunque la iluminación hacía que fuera imposible ver lo que había al otro lado.
—¡Mirad! —gritó alguien, pero Thomas ya lo había visto y se le había cortado la respiración. Se
le puso la piel de gallina en todo el cuerpo y un escalofrío de terror le recorrió la espalda como una
araña mojada.
Justo delante de ellos, una fila de unas veinte ventanas oscuras se extendía por la sala
horizontalmente, una detrás de otra. Detrás de cada una de ellas había una persona: hombres y
mujeres, todos pálidos y delgados. Estaban sentados, observando a los clarianos, mirando fijamente
por los cristales con los ojos entrecerrados. Thomas se estremeció; todos parecían fantasmas. Unas
enojadas apariciones siniestras y famélicas de gente que nunca había sido feliz en vida y, menos aún,
muerta.
Pero, por supuesto, Thomas sabía que no eran fantasmas. Eran los que les habían enviado al
Claro. Los que les habían arrebatado sus vidas. Los creadores.
Capítulo 59
Thomas retrocedió un paso y se dio cuenta de que otros hacían lo mismo. Un silencio sepulcral dejó
el lugar desprovisto de vida mientras todos los clarianos tenían la vista clavada en la fila de
ventanas, en la fila de observadores. Thomas vio que uno de ellos bajaba la cabeza para apuntar
algo; otro se puso unas gafas. Todos llevaban chaquetas negras sobre camisas blancas con una
palabra bordada en la parte derecha del pecho; no podía distinguir lo que ponía. Ninguno de ellos
mostraba una expresión discernible. Todos tenían un aspecto cetrino y demacrado; daba lástima
mirarlos.
Continuaron observando a los clarianos; un hombre negó con la cabeza y una mujer asintió. Otro
hombre se rascó la nariz, y ese fue el gesto más humano que Thomas les vio hacer.
—¿Quiénes son esas personas? —susurró Chuck, pero su voz retumbó en la sala con un tono
ronco.
—Los creadores —respondió Minho, y luego escupió en el suelo—. ¡Os voy a partir la cara! —
gritó tan fuerte que Thomas casi se tapó los oídos con las manos.
—¿Qué hacemos? —inquirió Thomas—. ¿A qué están esperando?
—Lo más seguro es que hagan volver a los laceradores —dijo Newt—. Puede que estén viniendo
ahora…
Un pitido alto y lento le interrumpió, como el sonido de advertencia de un enorme camión dando
marcha atrás, pero mucho más potente. Provenía de todas partes, resonaba y retumbaba por toda la
cámara.
—Y ahora, ¿qué? —preguntó Chuck, sin ocultar la preocupación en su voz.
Por algún motivo, todos miraron a Thomas; él se encogió de hombros. Ya no recordaba nada más;
estaba tan despistado como el resto. Y asustado. Estiró el cuello mientras examinaba el lugar de
arriba abajo para tratar de averiguar de dónde procedía el pitido. Pero no había cambiado nada.
Entonces, por el rabillo del ojo, advirtió que los demás clarianos miraban en dirección a las puertas
y él hizo lo mismo. El corazón se le aceleró cuando vio que una de las puertas se abría hacia ellos.
El pitido cesó y la sala se sumió en un silencio tan profundo como el espacio exterior. Thomas
esperó, aguantando la respiración, y se preparó para cualquier cosa horrible que pudiese aparecer
volando por la puerta.
Pero sólo entraron dos personas en la sala. Una de ellas era una mujer. Una adulta. Parecía muy
normal, con aquellos pantalones negros y una camisa blanca abotonada con un logo en el pecho en el
que se leía CRUEL escrito en azul. Llevaba el pelo castaño cortado por los hombros y tenía la cara
delgada y los ojos oscuros. Al acercarse al grupo, no sonrió ni frunció el ceño. Era casi como si no
advirtiera su presencia o no le importara que estuviesen allí.
«La conozco», pensó Thomas. Pero era un recuerdo algo borroso, no podía acordarse de su
nombre ni de qué tenía que ver con el Laberinto, pero le resultaba familiar. Y no sólo por su aspecto,
sino por cómo caminaba, por sus gestos… duros, sin rastro de alegría. Se detuvo a varios pasos
enfrente de los clarianos y miró despacio de izquierda a derecha para contemplarlos a todos.
La otra persona, que estaba de pie a su lado, era un chico que llevaba puesto un chándal
demasiado grande para él, con la capucha levantada, ocultándole el rostro.
—Bienvenidos de nuevo —dijo finalmente la mujer—. Han sido más de dos años y sólo han
muerto unos pocos. Increíble.
Thomas notó cómo se quedaba boquiabierto y la rabia le enrojecía la cara.
—¿Perdone? —balbuceó Newt.
Los ojos de la mujer volvieron a examinar al grupo antes de posarse en Newt.
—Todo ha ido de acuerdo con el plan, señor Newton. Aunque esperábamos que unos cuantos más
se rindieran en el camino.
Miró a su compañero y le bajó la capucha al chico, que levantó la cabeza, con los ojos llenos de
lágrimas. Todos los clarianos se quedaron atónitos. Thomas notó que le fallaban las rodillas.
Era Gally. Thomas parpadeó y se frotó los ojos como si fuera un dibujo animado. Estaba
sorprendido, pero también enfadado. Era Gally.
—¡Qué está haciendo este aquí! —gritó Minho.
—Ahora estáis a salvo —respondió la mujer como si no le hubiera oído—. Por favor,
tranquilizaos.
—¿Que nos tranquilicemos? —soltó Minho—. ¿Tú quién eres para decirnos que nos
tranquilicemos? Queremos ver a la policía, al alcalde, al presidente, ¡a alguien!
A Thomas le preocupaba lo que Minho pudiese hacer, pero, por otro lado, casi quería que le
pegara un puñetazo a la mujer en la cara.
Ella entrecerró los ojos al mirar a Minho.
—No tienes ni idea de lo que estás hablando, niño. Esperaba más madurez por parte de alguien
que ha pasado las Pruebas del Laberinto.
Su tono condescendiente impresionó a Thomas. Minho se dispuso a replicar, pero Newt le dio un
codazo en la barriga.
—Gally —dijo Newt—, ¿qué pasa?
El moreno le miró. Los ojos le brillaron un momento y sacudió un poco la cabeza. Pero no
respondió.
«Le pasa algo», pensó Thomas. Algo peor que antes.
La mujer asintió como si estuviera orgullosa de él.
—Un día estaréis agradecidos por lo que hemos hecho por vosotros. Sólo puedo prometeros eso,
y confío en que vuestras mentes lo acepten. Si no lo hacéis, entonces todo habrá sido un error. Son
tiempos oscuros, señor Newton. Tiempos oscuros —hizo una pausa—. Por supuesto, hay una última
Variable —retrocedió.
Thomas se concentró en Gally. Todo el cuerpo del chico estaba temblando y tenía la cara pálida,
lo que hacía que sus ojos rojos y vidriosos parecieran manchas de sangre sobre un papel. Apretó los
labios y la piel de alrededor tembló como si quisiera hablar, pero no pudiera.
—¿Gally? —le llamó Thomas, tratando de contener el odio que sentía por él.
Las palabras salieron de sopetón de la boca de Gally:
—Pueden… controlarme… No… —los ojos se le salieron de las órbitas y se echó una mano al
cuello como si quisiera estrangularse—. Tengo… que… —cada palabra que decía era con voz
ronca. Luego se tranquilizó: la cara se le calmó y su cuerpo se relajó.
Era lo mismo que le había pasado a Alby en la cama, cuando estaban en el Claro, después del
Cambio. Lo mismo le había pasado a él. ¿Qué…?
Pero Thomas no tuvo tiempo de seguir pensando porque Gally sacó algo largo y brillante de su
bolsillo trasero. Las luces de la sala iluminaron la superficie plateada de un puñal de aspecto
horroroso que el chico sujetaba fuertemente con los dedos. A una velocidad inesperada, retrocedió y
le lanzó el cuchillo a Thomas. Mientras lo hacía, Thomas oyó un grito a su derecha y percibió un
movimiento. Hacia él.
Thomas vio cómo el cuchillo giraba como si el mundo fuera a cámara lenta, como si su único
propósito fuese hacer que sintiera el terror de ver tal cosa. Conforme el arma se acercaba, dando
vueltas sin parar, directa a él, un grito ahogado se le formó en la garganta. Quería moverse, pero no
podía.
Entonces, inexplicablemente, Chuck apareció allí y se puso delante de él. Thomas notaba los pies
como si estuvieran dentro de bloques de hielo; sólo podía contemplar, impotente, la escena de horror
que tenía lugar ante sus ojos.
Con un escalofriante sonido hueco y mojado, el puñal se clavó hasta el mango en el pecho de
Chuck. El niño gritó y cayó al suelo, con el cuerpo ya sacudiéndose. La sangre salía de la herida, roja
oscura. Sus piernas golpeaban el suelo, los pies daban patadas al tuntún, anunciando una muerte
inminente. Los labios rezumaban saliva manchada de sangre. Thomas sintió que el mundo a su
alrededor se derrumbaba y le destrozaba el corazón.
Se tiró al suelo y cogió en sus brazos el cuerpo tembloroso de Chuck.
—¡Chuck! —gritó, y notó la voz como un ácido desgarrándole la garganta—. ¡Chuck!
El niño se convulsionó descontroladamente y la sangre lo manchó todo, incluidas las manos de
Thomas. Sus ojos se quedaron en blanco. La sangre le salía por la nariz y la boca.
—Chuck… —susurró Thomas. Tenían que poder hacer algo. Podían salvarle. Ellos…
El chico dejó de moverse y se quedó quieto. Los ojos volvieron a su posición normal y miraron a
Thomas, aferrándose a la vida.
—Tho… mas.
Lo único que pudo decir fue esa palabra.
—Aguanta, Chuck —dijo Thomas—. No te mueras, lucha. ¡Que alguien nos ayude!
Nadie se movió y, en el fondo, Thomas supo por qué. Ya no podían hacer nada. Se había
acabado. Unas manchas negras flotaron entre los ojos de Thomas. La sala se inclinó y se balanceó.
«No —pensó—. Chuck, no. Chuck, no. Cualquiera, menos Chuck».
—Thomas —susurró Chuck—, encuentra a… mi madre —una tos salió de sus pulmones y salpicó
todo de sangre—. Dile…
No terminó la frase. Sus ojos se cerraron y su cuerpo quedó fláccido. Un último aliento salió con
dificultad de su boca.
Thomas se quedó mirando el cuerpo inerte de su amigo.
Algo ocurrió en el interior de Thomas. Empezó en lo más profundo de su pecho, una semilla de
cólera. De venganza. De odio. Algo oscuro y terrible. Y, después, explotó, estalló en sus pulmones,
atravesó su garganta y se repartió por los brazos y las piernas. Por su cabeza.
Soltó a Chuck, se levantó tembloroso y se volvió hacia los nuevos visitantes. Entonces, Thomas
estalló. Estalló por completo.
Echó a correr, se tiró encima de Gally y trató de agarrarle con los dedos como si fueran zarpas.
Encontró el cuello del chico, se lo apretó y se cayó al suelo sobre él. Se sentó a horcajadas en su
torso y le sostuvo con las piernas para que no pudiera escaparse. Luego empezó a darle puñetazos.
Mantuvo a Gally pegado al suelo con la mano izquierda, lo empujó hacia abajo por el cuello
mientras su puño derecho golpeaba una y otra vez la cara del joven. Le dio una paliza con los
nudillos en las mejillas y la nariz. Se oyeron crujidos, hubo sangre y gritos horribles. Thomas no
supo cuáles eran más fuertes, si los de Gally o los suyos. Le golpeó hasta liberar la última pizca de
ira que llevaba dentro.
Y, entonces, Minho y Newt tiraron de él, aunque sus brazos seguían sacudiéndose incluso cuando
ya sólo daba al aire. Le arrastraron por el suelo; él se resistió, se retorció y gritó que le dejaran en
paz. Sus ojos continuaban clavados en Gally, que estaba allí tumbado, inmóvil. Thomas sintió cómo
el odio salía a raudales, igual que si una visible línea de llamas les conectara.
Y, entonces, así como así, todo se desvaneció. Sólo pudo pensar en Chuck.
Se soltó de Minho y Newt y corrió hasta el cuerpo fláccido e inerte de su amigo. Le cogió y lo
abrazó, ignorando la sangre, ignorando la gélida mirada de la muerte en el rostro del muchacho.
—¡No! —gritó Thomas mientras le consumía la tristeza—. ¡No! —Teresa se acercó y le puso la
mano en el hombro. El se la quitó de encima—. ¡Se lo había prometido! —aulló, y se dio cuenta de
que, mientras lo decía, a su voz la acompañaba algo que no estaba bien. Casi la locura—. ¡Le había
prometido que le salvaría, que le llevaría a casa! ¡Se lo había prometido!
Teresa no respondió, tan sólo asintió, con los ojos fijos en el suelo.
Thomas abrazó a Chuck contra su pecho y le apretó lo más fuerte posible, como si, de alguna
manera, aquello pudiera revivirle o darle las gracias por haberle salvado la vida, por ser su amigo
cuando nadie más lo era.
Thomas lloró como nunca antes lo había hecho. Sus grandes e incontrolables sollozos retumbaron
por la sala como el sonido de una tormenta.
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