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Capítulo 54
Justo antes del momento en que solían cerrarse las puertas, Fritanga preparó la última comida, que
les daría fuerzas aquella noche. El ambiente entre los clarianos mientras cenaban no podía haber sido
más sombrío o lleno de temor. Thomas estaba sentado al lado de Chuck y, distraídamente, iba
picando de su plato.
—Y… Thomas —dijo el chico mientras engullía una gran cucharada de puré de patatas—, ¿a mí
por qué me pusieron este apodo?
Thomas no pudo evitar sacudir la cabeza. Allí estaban, a punto de embarcarse en probablemente
la misión más arriesgada de sus vidas, y Chuck tenía curiosidad por saber de dónde venía su apodo.
—No lo sé. ¿Darwin, tal vez? El tío que descubrió lo de la evolución.
—Me apuesto lo que quieras a que nadie le ha llamado «tío» antes —Chuck se metió otra
cucharada en la boca y, por lo visto, creyó que era el mejor momento para hablar, incluso con la
boca llena—. ¿Sabes?, no estoy tan asustado. Bueno, las últimas noches, sentado en la Hacienda,
esperando a que viniera un lacerador y se llevara a uno de nosotros, fue lo peor que había hecho
nunca. Pero ahora vamos a por ellos, vamos a intentar algo. Y por lo menos…
—Por lo menos, ¿qué? —preguntó Thomas, que no se creía ni por un segundo que Chuck no
tuviera miedo; casi le dolía ver cómo se hacía el valiente.
—Bueno, todos hacen conjeturas sobre que sólo pueden matar a uno. Quizá suene como un cara
fuco, pero me da esperanza. Como mínimo, la mayoría conseguiremos pasar de esta y sólo morirá un
pobre imbécil. Eso es mejor que todos.
A Thomas le ponía enfermo que la gente se aferrara al hecho de que sólo iba a morir una persona.
Cuanto más lo pensaba, menos creía que fuera verdad. Los creadores conocían el plan y podían haber
reprogramado a los laceradores. Pero hasta las falsas esperanzas eran mejor que nada.
—Quizá todos sobrevivamos. Depende de si todos luchamos.
Chuck dejó por un segundo de meterse comida en la boca y miró a Thomas con detenimiento.
—¿Lo dices en serio o sólo para animarme?
—Podemos hacerlo —Thomas comió su último bocado y bebió un buen trago de agua. No se
había sentido tan mentiroso en toda su vida. Iba a morir gente. Pero iba a hacer todo lo posible para
asegurarse de que Chuck no fuera uno de ellos. Ni tampoco Teresa—. No olvides mi promesa. Aún
puedes contar con ella.
Chuck frunció el ceño.
—¡Vaya! No paro de oír que el mundo está como una clonc.
—Eh, tal vez sí, pero encontraremos a las personas que se preocupan por nosotros, ya lo verás.
Chuck se levantó.
—Bueno, no quiero pensar en eso —anunció—. Tú sácame del Laberinto y ya seré un tío feliz.
—Bien —asintió Thomas.
Un alboroto que provenía de las otras mesas atrajo su atención. Newt y Alby estaban reuniendo a
los clarianos, les decían que había llegado la hora de marcharse. Alby parecía casi él mismo, pero
Thomas aún estaba preocupado por el estado mental del chico. En su mente, Newt estaba al mando,
pero este a veces también podía ser un peligro.
El miedo glacial y el pánico que Thomas había vivido con tanta frecuencia aquellos últimos días
le azotaron de nuevo con todas sus fuerzas. Ya estaba. Se iban. Trató de no pensar en ello, sólo
actuar, y cogió su mochila. Chuck hizo lo mismo y se dirigieron hacia la Puerta Oeste, la que daba al
Precipicio.
Thomas se encontró a Minho y a Teresa hablando cerca de la parte izquierda de la puerta,
repasando los planes ideados a toda prisa para introducir el código de escape una vez que entraran
en el Agujero.
—¿Estáis preparados, pingajos? —inquirió Minho cuando se acercaron—. Thomas, esto fue idea
tuya, así que será mejor que funcione. Si no, te mataré antes de que lo hagan los laceradores.
—Gracias —contestó Thomas, pero no pudo quitarse el retortijón de sus tripas. ¿Y si se había
equivocado? ¿Y si los recuerdos que le habían venido a la mente eran falsos? ¿Y si se los habían
implantado de algún modo? Aquella idea le aterrorizó y la apartó de su mente. No había vuelta atrás.
Miró a Teresa, que cambió los pies de posición y se retorció las manos.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Muy bien —respondió ella con una sonrisita que dejaba claro lo contrario—. Tan sólo tengo
ganas de acabar con todo esto.
—Amén, hermana —dijo Minho. Miró a Thomas de lo más tranquilo, muy seguro y apenas
asustado. Thomas le envidió.
Cuando por fin Newt los tuvo a todos reunidos, pidió silencio y Thomas se dio la vuelta para oír
lo que tenía que decir.
—Somos cuarenta y uno —tiró de la mochila que llevaba en los hombros y levantó un grueso
poste de madera con alambre de espino alrededor de la punta. Tenía un aspecto mortífero—.
Aseguraos de que tenéis vuestras armas. Aparte de eso, poco más me queda por decir; ya os han
contado el plan. Vamos a abrirnos camino hasta el Agujero de los Laceradores, Tommy tecleará el
código mágico y luego saldaremos cuentas con los creadores. Así de simple.
Thomas apenas había oído a Newt, pues había visto a Alby enfurruñado a un lado, apartado del
grupo principal de los clarianos, solo. Estaba pellizcando la cuerda de su arco, con la mirada
clavada en el suelo. Una aljaba de flechas colgaba de su hombro. Thomas cada vez estaba más
preocupado por la inestabilidad de Alby, por que pudiera fastidiarlo todo de alguna manera. Decidió
que, si podía, lo vigilaría de cerca.
—¿No debería alguien dar un discurso para animarnos? —preguntó Minho, y atrajo la atención
de Thomas.
—Adelante —contestó Newt.
Minho asintió y miró al grupo.
—Tened cuidado —dijo secamente—. No muráis.
Thomas se habría reído si hubiese podido, pero estaba demasiado asustado para que le saliera.
—Estupendo. Ahora estamos inspiradísimos —replicó Newt, y luego señaló por encima de su
hombro, hacia el Laberinto—. Todos conocéis el plan. Después de que nos trataran durante dos años
como a ratones, esta noche vamos a resistirnos. Esta noche se la devolveremos a los creadores. Esta
noche más les vale a los laceradores temernos.
Alguien aplaudió y, luego, otro más. No tardaron en oírse gritos de batalla, que aumentaron de
volumen y llenaron el aire como un trueno. Thomas sintió un cosquilleo de valor en su interior. Lo
agarró, se aferró a él y le instó a crecer. Newt tenía razón: aquella noche lucharían. Aquella noche
opondrían resistencia de una vez por todas.
Thomas estaba preparado. Rugió con los demás clarianos. Sabía que deberían estar en silencio
para no llamar demasiado la atención, pero no le importaba. El juego había empezado.
Newt lanzó su arma al aire y gritó:
—¡Oíd esto, creadores! ¡Vamos a por vosotros!
Y, tras decir eso, se dio la vuelta y corrió hacia el Laberinto con su cojera apenas perceptible.
Hacia el aire gris que parecía más oscuro que el Claro, lleno de sombras y oscuridad. Los clarianos
que rodeaban a Thomas, aún vitoreando, cogieron sus armas y corrieron detrás de él, incluso Alby.
Thomas les siguió alineado entre Teresa y Chuck, levantando una gran lanza de madera con un
cuchillo sujeto en la punta. La repentina responsabilidad que sintió hacia sus amigos casi le abrumó e
hizo que le resultara más difícil correr. Pero continuó, decidido a ganar.
«Puedes hacerlo —pensó—. Sólo tienes que llegar hasta el Agujero».
Capítulo 55
Thomas mantuvo un ritmo constante mientras corría con los demás clarianos por los caminos de
piedra hacia el Precipicio. Se había ido acostumbrando a correr por el Laberinto, pero aquello era
completamente distinto. Los sonidos de las pisadas retumbaban por las paredes y las luces rojas de
las cuchillas escarabajo brillaban más amenazadoras entre la hiedra. No cabía duda de que los
creadores estaban observando, escuchando. De un modo u otro, iba a haber una pelea.
¿Estás asustado? —le preguntó Teresa mientras corrían.
No, me gustan las cosas hechas de grasa y acero. Me muero por verlas.
No sintió alegría ni ganas de reír, y se preguntó si en algún momento volvería a sentirse así.
¡Qué gracioso! —respondió ella.
La chica iba justo a su lado, pero tenía los ojos clavados al frente.
No nos pasará nada. Tú quédate cerca de mí y de Minho.
Ah, mi caballero de la brillante armadura. ¿Qué pasa, no crees que pueda arreglármelas por
mí misma?
La verdad era que pensaba más bien lo contrario. Teresa parecía tan fuerte como cualquiera de
los que estaban allí.
No, sólo intento ser amable.
El grupo estaba repartido por todo lo ancho del pasillo y corría a un ritmo constante, pero rápido;
Thomas se preguntó cuánto tiempo aguantarían los que no eran corredores. Como si fuera una
respuesta a aquel pensamiento, Newt retrocedió y le dio unos golpecitos a Minho en el hombro.
—Ahora, ponte tú a la cabeza —le oyó decir.
Minho hizo un gesto de asentimiento y corrió para ponerse al frente y guiar a los clarianos por
todos los giros necesarios. Para Thomas, cada paso que daba era terrible. El valor que había
conseguido reunir se había transformado en terror y no dejaba de preguntarse cuándo empezarían a
perseguirles los laceradores. Cuándo comenzaría la batalla.
Y así siguió mientras continuaron avanzando. Los clarianos que no estaban acostumbrados a
correr tales distancias jadeaban con grandes bocanadas de aire. Pero ninguno se rindió. Continuaron
corriendo, sin rastro de los laceradores. Y conforme el tiempo pasaba, Thomas permitió que un hilito
de esperanza entrara en su organismo, pues quizá llegaran antes de que les atacaran. Quizá.
Finalmente, después de la hora más larga de la vida de Thomas, siguieron por el largo callejón
que daba al último giro antes del Precipicio, un corto pasillo a la derecha que se bifurcaba en forma
de T. Thomas, con el corazón latiéndole con fuerza y el sudor resbalándole por la piel, se había
colocado justo detrás de Minho y tenía a Teresa a su lado. Minho aminoró el paso en la esquina,
luego se paró y levantó una mano para decirles a Thomas y a los demás que hicieran lo mismo.
Después, se dio la vuelta con una expresión de horror en el rostro.
—¿Oís eso? —susurró.
Thomas negó con la cabeza, tratando de eliminar el terror que le había transmitido la cara de
Minho. Minho avanzó sigilosamente y se asomó por el borde de piedra para echar un vistazo al
Precipicio. Thomas ya le había visto hacer aquello antes, cuando siguieron a un lacerador hasta aquel
mismo sitio. Igual que la otra vez, Minho retrocedió bruscamente y se volvió hacia él.
—Oh, no —dijo el guardián con un gemido—. Oh, no.
Entonces Thomas lo oyó. Los sonidos de los laceradores. Era como si hubieran estado
escondidos, esperando, y ahora hubiesen vuelto a la vida. Ni siquiera tuvo que mirar; sabía lo que
Minho iba a decir antes de que lo dijera:
—Hay, como mínimo, una docena. Tal vez, quince —se frotó los ojos con las palmas de las
manos—. ¡Nos están esperando!
Un glacial escalofrío de miedo azotó a Thomas con más fuerza que nunca. Miró a Teresa y estuvo
a punto de decirle algo, pero se detuvo cuando vio la expresión de su pálida cara. Nunca había visto
que el terror se presentase de forma tan descarnada.
Newt y Alby se habían acercado a la fila de los expectantes clarianos para unirse a Thomas y a
los demás. Por lo visto, la declaración de Minho ya se había susurrado entre las filas, porque lo
primero que Newt dijo fue:
—Bueno, sabíamos que tendríamos que luchar —pero el temblor de la voz le delató; sólo trataba
de decir lo correcto.
Thomas también se sintió así. Había sido muy fácil hablar de la lucha cuando no había nada que
perder, de la esperanza de que sólo se llevarían a uno, de la oportunidad de por fin escapar. Y ya
había llegado; de hecho, la tenían literalmente a la vuelta de la esquina. Las dudas sobre si podría
llevarlo a cabo comenzaron a filtrarse en su mente y su corazón. Se preguntó por qué los laceradores
estaban esperándoles; sin duda, las cuchillas escarabajo les habían avisado de que los clarianos se
acercaban. ¿Estaban disfrutando los creadores con todo aquello?
Se le ocurrió una idea:
—A lo mejor ya se han llevado a un chaval del Claro. A lo mejor podemos pasar a su lado. De lo
contrario, ¿por qué iban a estar ahí…?
Un fuerte ruido que venía de atrás le interrumpió. Se dio la vuelta y vio más laceradores
avanzando por el pasadizo hacia ellos, con los pinchos sacados y los brazos de metal estirados;
venían del Claro. Thomas estaba a punto de decir algo cuando oyó unos sonidos que procedían de la
otra punta del callejón y vio aún más laceradores. El enemigo estaba por todos lados; los tenían
acorralados.
Los clarianos se pegaron a Thomas, formando un grupo apretado, obligándole a salir hacia la
intersección abierta donde el pasillo del Precipicio se encontraba con el largo callejón. Vio los
laceradores entre ellos y el Precipicio, con los pinchos extendidos y su húmeda piel latiendo. Les
esperaban, les observaban. Los otros dos grupos de laceradores se habían acercado y se detuvieron a
tan sólo unos pasos de los clarianos, también esperando, observando.
Thomas se dio la vuelta despacio y luchó contra el miedo mientras asimilaba la situación.
Estaban rodeados. Ahora no tenían elección, no tenían dónde ir. Sintió una punzada de dolor en los
ojos.
Los clarianos se apretaron aún más a su alrededor, todos mirando hacia fuera, apiñados en el
centro de la intersección en forma de T. Thomas estaba pegado a Newt y Teresa; notaba cómo Newt
temblaba. Nadie dijo ni una palabra. Los únicos sonidos eran los inquietantes gemidos y zumbidos
del mecanismo de los laceradores que estaban allí sentados, como si disfrutaran de la pequeña
trampa que habían puesto a los humanos. Sus repugnantes cuerpos se contraían con su respiración
mecánica.
¿Qué están haciendo? —le preguntó Thomas a Teresa—. ¿A qué están esperando?
La chica no respondió, lo que le preocupó. Extendió el brazo para apretarle la mano. Los
clarianos a su alrededor estaban callados y asían con fuerza sus armas escasas. Thomas miró a Newt.
—¿Tienes alguna idea?
—No —respondió este con la voz un poquito temblorosa—, no entiendo a qué están esperando.
—No deberíamos haber venido —dijo Alby. Había estado tan callado que su voz sonaba extraña,
sobre todo por el eco que creaban las paredes del Laberinto.
Thomas no estaba de humor para oír quejas; tenían que hacer algo.
—Bueno, esto es mejor que la Hacienda. Odio decirlo, pero prefiero que uno de nosotros muera
a que muramos todos.
Esperó que fuera cierto lo de una persona por noche. Al ver todos aquellos laceradores tan cerca,
volvió de improviso a la cruda realidad. ¿Podrían luchar contra todos?
Pasó un buen rato antes de que Alby contestara:
—Quizá debería… —se calló y empezó a caminar hacia delante, en dirección al Precipicio,
despacio, como si estuviese en trance. Thomas le observó con un sobrecogimiento distante; no daba
crédito a sus ojos.
—¿Alby? —le llamó Newt—. ¡Vuelve aquí!
En vez de responder, Alby echó a correr, directo hacia el grupo de laceradores que estaba entre
él y el Precipicio.
—¡Alby! —gritó Newt.
Thomas empezó a decir algo, pero Alby ya había alcanzado a los monstruos y había saltado sobre
uno. Newt se apartó de Thomas y fue en dirección a Alby, pero cinco o seis laceradores se habían
activado y atacaban al chico en una masa de metal y piel. Thomas agarró a Newt de los brazos antes
de que fuera más lejos y tiró de él hacia atrás.
—¡Suéltame! —aulló Newt, retorciéndose para librarse de él.
—¡Estás loco! —gritó Thomas—. ¡No puedes hacer nada!
Dos laceradores más salieron del grupo y se apiñaron sobre Alby, colocándose unos encima de
otros, partiendo y cortando, como si quisieran restregárselo por la cara, demostrarles su despiadada
crueldad. Por increíble que pareciera, Alby no gritó. Thomas perdió de vista el cuerpo mientras
forcejeaba con Newt, agradecido por la distracción. Al final, Newt se dio por vencido y se desplomó
hacia atrás.
Alby se había vuelto loco de una vez por todas, pensó Thomas mientras trataba de que su
estómago no se deshiciera de sus contenidos. Su líder tenía tanto miedo de volver a lo que fuese que
hubiera visto que había decidido sacrificarse. Se había ido. Ya no estaba.
Thomas ayudó a Newt a ponerse de pie. El clariano no podía apartar la mirada del lugar donde
su amigo había desaparecido.
—No me lo puedo creer —susurró Newt—. No me puedo creer que haya hecho eso…
Thomas sacudió la cabeza, incapaz de contestar. Ver a Alby derrumbarse de aquella manera
había llenado su interior de un nuevo tipo de dolor que no había sentido hasta aquel momento. Un
dolor enfermo y trastornado. Era peor que el dolor físico. Y ni siquiera sabía si tenía algo que ver
con Alby, pues nunca le había gustado demasiado aquel tío. Pero la idea de que aquello le pasara a
Chuck o a Teresa…
Minho se acercó a sus dos amigos y le apretó el hombro a Newt.
—No podemos desaprovechar lo que ha hecho —se volvió hacia Thomas—. Lucharemos contra
ellos si tenemos que hacerlo, os abriremos camino a ti y a Teresa hasta el Precipicio. Meteos en el
Agujero y haced vuestro rollo. Les mantendremos alejados hasta que nos hagáis la señal para que os
sigamos.
Thomas miró los tres grupos de laceradores —ninguno se había movido aún hacia los clarianos
— y asintió.
—Espero que sigan inactivos un rato. Tan sólo necesitaremos un par de minutos para teclear el
código.
—Tíos, ¿cómo podéis tener tan poco corazón? —murmuró Newt, y a Thomas le sorprendió la
indignación que reflejaba su voz.
—¿Qué quieres, Newt? —espetó Minho—. ¿Deberíamos vestirnos de luto y celebrar un funeral?
Newt no respondió y siguió con la vista clavada en el sitio donde los laceradores parecían estar
alimentándose de Alby. Thomas no pudo evitar echar un vistazo. Vio una mancha de color rojo
brillante en el cuerpo de una de las criaturas. Se le revolvió el estómago y enseguida apartó la
mirada.
Minho continuó:
—Alby no quería volver a su vida anterior. Se sacrificó por nosotros. No están atacando, así que
tal vez haya funcionado. No tendríamos corazón si no lo aprovecháramos.
Newt se limitó a encogerse de hombros y cerró los ojos. Minho se dio la vuelta y miró al grupo
de clarianos apiñados.
—¡Escuchad! La prioridad número uno es proteger a Thomas y a Teresa para que puedan llegar
al Precipicio, atravesar el Agujero y así…
Los sonidos de los laceradores volviendo a la vida le interrumpieron. Thomas alzó la vista,
aterrorizado. Las criaturas a ambos lados del grupo parecían haber advertido de nuevo su presencia.
Sacaban y metían los pinchos de su carne fofa, sus cuerpos temblaban y latían. Entonces los
monstruos avanzaron al unísono, despacio, con los apéndices de sus instrumentos desplegados,
señalando a Thomas y a los clarianos, listos para matar. Los laceradores apretaron más su formación
de acorralamiento como una soga y cargaron hacia ellos a un ritmo constante.
Lamentablemente, el sacrificio de Alby había sido en vano.
Capítulo 56
Thomas agarró a Minho del brazo.
—¡Tengo que atravesar eso de algún modo! —señaló con la cabeza el grupo rodante de
laceradores que había entre ellos y el Precipicio. Parecía una gran mole de grasa estridente con
pinchos que brillaba por los destellos de luz que reflejaba el acero. Resultaban incluso más
amenazadores bajo aquella luz grisácea.
Thomas esperó una respuesta mientras Minho y Newt intercambiaban una larga mirada. El hecho
de saber que iban a luchar era casi peor que el miedo que sentían.
—¡Ya están aquí! —gritó Teresa—. ¡Tenemos que hacer algo!
—Guíanos tú —le dijo por fin Newt a Minho con una voz que apenas era un susurro—. Ábreles
un maldito camino a Tommy y a la chica. Hazlo.
Minho hizo un gesto de asentimiento y una firme mirada de determinación le endureció los rasgos.
Luego se volvió hacia los clarianos.
—¡Vamos directos al Precipicio! Luchad por el centro, empujad a esas fucas cosas hacia las
paredes. ¡Lo más importante es que Thomas y Teresa lleguen al Agujero de los Laceradores!
Thomas dejó de mirarle y se centró en los monstruos que se aproximaban; tan sólo estaban a unos
metros de distancia. Cogió con fuerza la lanza que no merecía tal nombre.
Tenemos que mantenernos muy juntos —le dijo a Teresa—. Dejémosles luchar a ellos;
nosotros tenemos que atravesar el Agujero —se sintió como un cobarde, pero sabía que la lucha o
las muertes serían en vano si no tecleaban el código para abrir la puerta y llegar a los creadores.
Lo sé—contestó ella—. Tenemos que estar pegados.
—¡Listo! —le gritó Minho a Thomas, levantando al aire su garrote envuelto en alambre de espino
con una mano y, con la otra, un cuchillo largo y plateado. Señaló con el cuchillo la horda de
laceradores y la hoja proyectó un destello—. ¡Ahora!
El guardián echó a correr sin esperar una respuesta. Newt fue detrás de él, pisándole los talones,
y les siguió el resto de clarianos, un grupo apretado de chicos rugiendo, directo a una batalla
sangrienta, con las armas alzadas. Thomas le dio la mano a Teresa, dejó que todos pasaran, notó
cómo chocaban contra él, olió su sudor, percibió su miedo y esperó la oportunidad perfecta para
salir a toda mecha.
Justo cuando inundaron el aire los primeros sonidos de los chicos chocando contra los
laceradores, junto con los gritos y rugidos de la maquinaria y la madera contra el acero, Chuck pasó
al lado de Thomas, que enseguida le agarró del brazo.
Chuck retrocedió a trompicones y le miró con los ojos tan llenos de terror que a Thomas se le
partió el alma. En aquella milésima de segundo, tomó una decisión.
—Chuck, tú te vienes con Teresa y conmigo —dijo con energía y autoridad, sin dejar lugar a
dudas.
Chuck miró hacia la batalla que ya había comenzado.
—Pero… —se calló, y Thomas supo que al niño le había gustado la idea, aunque le daba
vergüenza admitirlo.
De inmediato, Thomas trató de salvar su dignidad:
—Necesitamos que nos ayuden en el Agujero de los Laceradores por si alguna de esas cosas está
allí dentro esperándonos.
Al instante, Chuck hizo un gesto de asentimiento, demasiado rápido. De nuevo, Thomas notó una
punzada de tristeza en el corazón y sintió más fuerte que nunca la necesidad de llevar a Chuck a casa
sano y salvo.
—Muy bien —dijo Thomas—, coge a Teresa de la otra mano. Vamos.
Chuck hizo lo que le dijo, esforzándose mucho por parecer valiente, y Thomas advirtió que, quizá
por primera vez en su vida, el niño no pronunció ni una palabra.
¡Han dejado una abertura! —gritó Teresa en la mente de Thomas, lo que le lanzó una punzada
de dolor al cráneo. Señaló al frente y Thomas vio cómo los clarianos, que luchaban como locos
contra los laceradores para empujarlos hacia las paredes, dejaban un hueco estrecho en medio del
pasillo.
—¡Ahora! —gritó Thomas.
Echó a correr a toda velocidad, tirando de Teresa a sus espaldas, que a su vez tiraba de Chuck,
con las lanzas y los cuchillos preparados para la guerra, avanzando hacia el pasillo de piedra,
ensangrentado y lleno de gritos. Hacia el Precipicio.
El fragor de la batalla les rodeaba. Los clarianos luchaban y la adrenalina provocada por el
pánico les hacía continuar. Los sonidos que retumbaban en las paredes eran cacofonías de terror:
alaridos humanos, metal chocando contra metal, motores rugiendo, chirridos inquietantes de los
laceradores, sierras girando, garras abriéndose y cerrándose y chicos gritando auxilio. Todo era una
masa ensangrentada y gris con destellos de acero. Thomas intentó no mirar ni a la izquierda ni a la
derecha, sólo adelante, y atravesó el estrecho hueco que habían dejado los clarianos.
Incluso mientras corrían, volvió a repasar las palabras del código: EMERGE, ATRAPA,
SANGRA, MUERTE, DIFÍCIL, PULSA. Sólo les faltaban unos pocos pasos más.
¡Algo me acaba de hacer un corte en el brazo! —gritó Teresa.
Mientras lo estaba diciendo, Thomas sintió que le hacían un fuerte tajo en la pierna. No se volvió
para mirar ni se molestó en contestar. La inquietante imposibilidad de su aprieto era como si
estuviese todo inundado de un agua negra que le arrastraba hacia la rendición. Se resistió e hizo un
esfuerzo por seguir adelante.
Allí estaba el Precipicio, abierto en medio de un cielo gris oscuro, a unos seis metros de
distancia. Avanzó, tirando de sus amigos.
Luchaban a ambos lados. Thomas no quiso mirar ni ayudar. Un lacerador apareció justo en medio
de su camino; un chico al que no se le veía la cara estaba agarrado en sus zarpas mientras, para
intentar escapar, apuñalaba sin piedad la gruesa piel de la criatura, parecida a la de una ballena.
Thomas se echó a la izquierda para esquivarlo y siguió corriendo. Oyó un grito al pasar, un gemido
desgarrador que sólo podía significar que un clariano había perdido la batalla y se había encontrado
con un terrible final. El grito continuó rompiendo el aire por encima de los otros sonidos de guerra,
hasta que desapareció. Thomas notó cómo le temblaba el corazón y esperó que no fuese alguien a
quien conociera.
¡Sigue corriendo! —dijo Teresa.
¡Ya! —gritó Thomas, esta vez muy fuerte.
Alguien adelantó a Thomas corriendo y chocó con él al pasar. Un lacerador atacaba por la
derecha con las cuchillas girando. Un clariano le cortó el paso, levantó dos largas espadas y el metal
repiqueteó contra el metal mientras luchaban. Thomas oyó una voz en la distancia que gritaba las
mismas palabras una y otra vez, algo que tenía que ver con él. Con protegerle mientras corría. Era
Minho, cuyos gritos rebosaban desesperación y cansancio. Thomas continuó.
¡Uno por poco coge a Chuck! —chilló Teresa, retumbando de forma violenta en su cabeza.
Los laceradores seguían acercándose, pero también los clarianos, para ayudarles. Winston había
cogido el arco y las flechas de Alby y le lanzaba astas con puntas de acero a cualquier cosa no
humana que se movía, fallando más que acertando. Chicos que Thomas no conocía corrían a su lado,
golpeaban los instrumentos de los laceradores con sus armas improvisadas, saltaban sobre ellos y les
atacaban. Los sonidos —el repiqueteo del metal, los gritos, los gemidos lastimeros, el rugido de los
motores, las sierras giratorias, el chasquido de las cuchillas, el chirrido de los pinchos contra el
suelo, los ruegos de auxilio que ponían los pelos de punta— aumentaron hasta volverse
insoportables.
Thomas gritó, pero siguió corriendo hasta que llegaron al Precipicio, donde paró con un derrape,
justo en el borde. Teresa y Chuck chocaron contra él y casi acabaron los tres en aquel descenso
interminable. En una fracción de segundo, Thomas contempló la vista del Agujero de los
Laceradores. Allí, en medio de la nada, donde las enredaderas se extendían hacia ninguna parte.
Antes, Minho y un par de corredores habían hecho cuerdas de hiedra y las habían atado a las que
estaban sujetas a los muros. Habían tirado los extremos sueltos hacia el Precipicio, hasta el Agujero,
donde ahora seis o siete lianas colgaban desde el borde de piedra hacia el cuadrado invisible que
flotaba en el cielo vacío hasta desaparecer en la nada.
Había llegado el momento de saltar. Thomas dudó y sintió un último instante de intenso terror al
oír los horribles sonidos detrás de él y ver la ilusión que tenía delante. Entonces reaccionó.
—Tú primero, Teresa —quería pasar el último para asegurarse de que ningún lacerador la cogía
a ella o a Chuck.
Para su sorpresa, la chica no dudó. Tras apretar la mano de Thomas y, luego, el hombro de
Chuck, saltó del borde, tensó las piernas enseguida y mantuvo los brazos a los costados. Thomas
aguantó la respiración hasta que la muchacha se coló por el sitio de entre las cuerdas de hiedra y
desapareció. Parecía como si de golpe hubiese desaparecido de la faz de la Tierra.
—¡Hala! —gritó Chuck, y salió un poco del niño que había sido antes.
—Tienes razón, ¡hala! —dijo Thomas—. Te toca —antes de que el chico se pusiera a discutir,
Thomas le cogió por debajo de los brazos y apretó el torso de Chuck—. Empuja con las piernas, yo
te impulsaré. ¿Preparado? ¡Uno, dos…, tres! —gruñó por el esfuerzo y le levantó hacia el Agujero.
Chuck gritó mientras volaba por el aire y casi perdió el objetivo, pero sus pies entraron; luego, su
estómago y sus brazos rozaron los laterales del hueco invisible antes de que el niño desapareciera en
su interior. La valentía de aquel muchacho solidificó algo en el corazón de Thomas. Quería a Chuck.
Le quería igual que si fueran hermanos.
Thomas se ajustó la mochila y sujetó bien fuerte con la mano derecha la lanza improvisada para
la lucha. Los sonidos detrás de él eran horribles, espantosos. Se sentía culpable por no ayudar.
«Cumple con tu parte», se dijo a sí mismo.
Se armó de valor, dio unos golpecitos con la lanza en el suelo de piedra, plantó el pie izquierdo
en el borde del Precipicio y saltó, catapultándose hacia el cielo crepuscular. Se pegó la lanza al
torso, flexionó los dedos de los pies hacia abajo y tensó el cuerpo.
Luego entró por el Agujero.

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