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Capítulo 51
Alby se levantó tan deprisa que la silla se cayó hacia atrás. Sus ojos inyectados en sangre destacaban
en contraste con el vendaje blanco de su frente. Dio dos pasos hacia delante antes de detenerse, como
si estuviera a punto de atacar a Thomas.
—Eres un fuco idiota —dijo, fulminando a Thomas con la mirada— o un traidor. ¿Cómo vamos a
confiar en ti, si ayudaste a diseñar este sitio? ¡Si nos pusiste aquí! Si no podemos con un lacerador en
nuestro propio terreno, mucho menos vamos a luchar contra toda una horda en su agujerito. ¿Qué
pretendes?
Thomas se sintió furioso.
—¿Qué pretendo? ¡Nada! ¿Por qué iba a inventarme todo esto?
Los brazos de Alby se tensaron con los puños apretados.
—Por lo que sabemos, te enviaron para que nos mataran a todos. ¿Por qué íbamos a confiar en ti?
Thomas se quedó con la vista fija, sin dar crédito a lo que oía.
—Alby, ¿tienes un problema de memoria a corto plazo? Arriesgué mi vida para salvarte en el
Laberinto. ¡Estarías muerto si no fuera por mí!
—A lo mejor fue un truco para ganarte nuestra confianza. Si estuvieras conchabado con esos
fucos que nos enviaron aquí, no habrías tenido que preocuparte por que los laceradores te hicieran
daño; quizá fue todo teatro.
El enfado de Thomas disminuyó un poco al oír eso y se convirtió en lástima. Algo le extrañaba,
era sospechoso.
—Alby —terció por fin Minho, aliviando a Thomas—, esa es la teoría más tonta que he oído en
mi vida. Hace tres noches le destrozaron. ¿Crees que eso también era teatro?
Alby asintió una vez de manera cortante.
—Quizás.
—Lo hice —dijo Thomas, proyectando todo el fastidio posible en su voz— para obtener
recuerdos, para ayudarnos a salir de aquí. ¿Hace falta que te enseñe los cortes y morados que tengo
por todo el cuerpo?
Alby no dijo nada y su rostro siguió temblando por la cólera. Los ojos le lloraban y las venas se
le hinchaban en el cuello.
—¡No podemos regresar! —gritó por fin, y se volvió para mirar a todos los presentes en la sala
—. He visto cómo eran nuestras vidas. ¡No podemos regresar!
—¿Se trata de eso? —inquirió Newt—. ¿Estás de broma?
Alby se volvió hacia él con fiereza y hasta levantó un puño. Pero se detuvo, bajó el brazo, se
sentó en la silla, hundió la cara en las manos y se derrumbó. Thomas no podría haberse sorprendido
más. El intrépido líder de los clarianos estaba llorando.
—Alby, háblanos —le presionó Newt, pues no quería que dejara el tema—. ¿Qué pasa?
—Yo lo hice —respondió Alby entre incontrolables sollozos—. Yo lo hice.
—¿Qué hiciste? —preguntó Newt, que parecía tan confundido como se sentía Thomas.
Alby levantó la vista con los ojos llenos de lágrimas.
—Yo quemé los mapas. Yo lo hice. Me golpeé la cabeza con la mesa para que pensarais que
había sido otra persona; mentí, fui yo el que lo quemó todo. ¡Fui yo!
Los guardianes intercambiaron miradas; los ojos abiertos de par en par y las cejas enarcadas
dejaban clara su sorpresa. Aunque, para Thomas, ahora todo tenía sentido. Alby recordaba lo
horrible que era su vida antes de llegar allí y no quería volver.
—Bueno, menos mal que los salvamos —dijo Minho muy serio, casi burlándose—. Gracias por
el consejo que nos diste después del Cambio para que los protegiéramos.
Thomas miró a ver cómo respondía Alby al sarcasmo de Minho, a su comentario casi cruel, pero
este actuó como si no le hubiese oído.
Newt, en vez de enfadarse, pidió a Alby que se explicara. Thomas sabía por qué Newt no estaba
enfadado: los mapas estaban a salvo y el código se había descifrado. No importaba.
—Os lo digo yo —Alby sonaba como si estuviera suplicando, al borde de la histeria—: No
podemos volver al sitio de donde vinimos. Lo he visto y he recordado cosas espantosas. La tierra
quemada, una enfermedad llamada el Destello. Era horrible, muchísimo peor de lo que tenemos aquí.
—¡Si nos quedamos aquí, moriremos todos! —gritó Minho—. ¿Es peor que eso?
Alby se quedó mirando a Minho fijamente un buen rato antes de contestar. Thomas sólo podía
pensar en las palabras que acababa de decir. El Destello. Le resultaba familiar, estaba justo en el
borde de su mente. Pero estaba seguro de que no había recordado nada de eso cuando había pasado
por el Cambio.
—Sí —contestó Alby al final—, es peor. Prefiero morir a regresar a casa.
Minho se rió y se recostó en la silla.
—Macho, déjame que te diga que eres la alegría de la huerta. Yo estoy con Thomas. Estoy con él
al cien por cien. Si vamos a morir, que sea luchando.
—Estemos dentro o fuera del Laberinto —añadió Thomas, aliviado por que Minho estuviera de
su parte. Se volvió hacia Alby y le miró con seriedad—, seguiremos viviendo en el mundo que
recuerdas.
Alby se levantó de nuevo y su rostro reflejó derrota.
—Haced lo que queráis —suspiró—. No importa. Moriremos de todas formas.
Y, tras decir eso, se dirigió hacia la puerta y abandonó la sala.
Newt resopló y sacudió la cabeza.
—No ha vuelto a ser el mismo desde que le picaron. Debió de tener unos recuerdos muy chungos.
¿Qué demonios es el Destello?
—No me importa —dijo Minho—. Prefiero cualquier cosa a morir aquí. Ya nos ocuparemos de
los creadores cuando salgamos. Pero, de momento, haremos lo que ellos planearon. Atravesaremos
el Agujero de los Laceradores y escaparemos. Si alguno de nosotros muere, que así sea.
Fritanga resopló.
—Pingajos, me estáis volviendo loco. No podemos salir del Laberinto, y la idea de estar con los
laceradores en su apartamento de soltero me parece la mayor gilipollez que he oído en mi vida. Ya
de paso, nos cortamos las venas.
Los demás guardianes empezaron a discutir, hablando todos a la vez. Finalmente, Newt gritó para
que se callaran. Thomas volvió a hablar una vez que se tranquilizaron:
—Voy a atravesar el agujero o moriré intentándolo. Parece que Minho también se apunta. Y estoy
seguro de que Teresa hará lo mismo. Si podemos combatir a los laceradores el tiempo suficiente
para que alguien teclee el código y los desconecte, podremos cruzar la puerta por la que ellos entran.
Habremos pasado las pruebas y podremos enfrentarnos a los creadores.
La sonrisa de Newt no reflejaba humor.
—¿Y crees que podemos combatir a los laceradores? Aunque no muramos, probablemente nos
piquen. Todos y cada uno de ellos nos estarán esperando cuando lleguemos al Precipicio. Las
cuchillas escarabajo están ahí constantemente. Los creadores se enterarán de que hemos ido hacia
allí.
Tenía miedo de contarlo, pero Thomas sabía que había llegado el momento de compartir la
última parte de su plan:
—No creo que nos piquen. El Cambio era una Variable cuando vivíamos aquí. Pero eso ya se
terminó. Además, puede que tengamos otra opción.
—¿Sí? —preguntó Newt, y puso los ojos en blanco—. Me muero por oírla.
—A los creadores no les beneficia en nada que muramos todos. Esto tiene que ser difícil, pero no
imposible. Creo que todos sabemos que los laceradores están programados para matar sólo a uno de
nosotros al día. Así que alguien puede sacrificarse para salvar a los demás mientras corremos hacia
el Agujero. Se supone que tendría que ser así.
La sala se quedó en silencio hasta que el guardián de la Casa de la Sangre soltó una fuerte
carcajada.
—¿Perdona? —espetó Winston—. ¿Estás sugiriendo que tiremos a un pobre chaval a los lobos
para que el resto podamos escapar? ¿Esa es tu magnífica sugerencia?
Thomas se negó admitir lo mal que sonaba, pero se le ocurrió una idea:
—Sí, Winston, me alegro de que prestes tanta atención —ignoró la mirada asesina que este le
lanzó—. Y creo que es obvio quién debería ser ese pobre chaval.
—¿Ah, sí? —contestó Winston—. ¿Quién?
Thomas se cruzó de brazos.
—Yo.
Capítulo 52
La reunión estalló en un coro de discusiones. Newt se levantó muy calmado, se acercó a Thomas y le
agarró del brazo para llevarle hasta la puerta.
—Ahora, vete.
Thomas se quedó helado.
—¿Que me vaya? ¿Por qué?
—Creo que ya has dicho bastante. Necesitamos hablar para decidir qué hacer sin que estés aquí
—ya había llegado a la puerta y Newt le dio un empujoncito para sacarle de la sala—. Espérame
junto a la Caja. Cuando hayamos acabado, tú y yo hablaremos.
Había empezado a darse la vuelta cuando Thomas le agarró.
—Tienes que creerme, Newt. Es el único modo de salir de aquí. Podemos hacerlo, te lo juro.
Tenemos que hacerlo.
Newt se le acercó a la cara y le habló, enfadado, con una voz áspera y susurrante:
—Sí, me ha encantado la parte en la que te has ofrecido voluntario para que te maten.
—Estoy dispuesto a hacerlo.
Thomas lo decía en serio, pero sólo por la culpa que le atormentaba. Se sentía culpable por haber
ayudado a diseñar el Laberinto. Pero, en lo más profundo de su corazón, se aferraba a la esperanza
de poder resistir lo suficiente para teclear el código y desconectar a los laceradores antes de que les
mataran. De abrir la puerta.
—¿Ah, sí? —dijo Newt con aire molesto—. Eres el señor Noble, ¿no?
—Tengo bastantes razones para hacerlo. De algún modo, es culpa mía que estemos aquí —se
calló y respiró hondo para recobrar la compostura—. Bueno, voy a ir de todas formas, así que mejor
que no desaproveches la oportunidad.
Newt frunció el entrecejo y, de pronto, sus ojos se llenaron de compasión.
—Si de verdad ayudaste a diseñar el Laberinto, Tommy, no es culpa tuya. Eras un niño, no
pudiste evitar lo que te obligaron a hacer.
Pero no importaba lo que Newt dijera. Lo que nadie dijera. Thomas cargaba con aquella
responsabilidad y se hacía más pesada cuanto más lo pensaba.
—Es que… es como si tuviese que salvaros a todos. Para redimirme.
Newt se apartó y negó con la cabeza lentamente.
—¿Sabes qué es gracioso, Tommy?
—¿Qué? —contestó Thomas, con recelo.
—Yo te creo. Tus ojos no reflejan ni una pizca de mentira. Y no puedo creerme que esté a punto
de decir esto —hizo una pausa—, pero voy a entrar ahí para convencer a esos pingajos de que
tenemos que atravesar el Agujero de los Laceradores, como tú has dicho. Puede que tengamos que
luchar contra los laceradores en vez de quedarnos aquí sentados permitiendo que se nos lleven uno a
uno —levantó un dedo—. Pero escúchame: no quiero oír ni una puñetera palabra más de que vas a
morir y toda esa clonc heroica. Si vamos a hacerlo, nos arriesgaremos todos. ¿Me oyes?
Thomas levantó las manos, abrumado por el alivio.
—Alto y claro. Sólo quería que vierais que merece la pena arriesgarse. Si de todos modos va a
morir alguien cada noche, deberíamos usarlo para nuestro beneficio.
Newt frunció el ceño.
—¡Vaya, qué alegre!
Thomas se dio la vuelta para marcharse, pero Newt le llamó:
—¿Tommy?
—¿Sí?
Se detuvo, pero no se volvió.
—Si convenzo a esos pingajos, y sólo si lo consigo, el mejor momento para salir será por la
noche. Para entonces, muchos de los laceradores estarán por el Laberinto, no en ese Agujero suyo.
—Bien —estuvo de acuerdo Thomas. Sólo esperaba que pudiera convencer a los guardianes. Se
volvió para mirar a Newt e hizo un gesto de asentimiento.
Newt le dedicó una sonrisa que apenas se dibujó en su mueca de preocupación.
—Deberíamos hacerlo esta noche antes de que maten a nadie más.
Y, antes de que Thomas pudiera decir nada, Newt desapareció de vuelta a la reunión.
Thomas, un poco impresionado por aquella última frase, salió de la Hacienda y fue hasta un viejo
banco junto a la Caja, donde se sentó y empezó a darle vueltas a la cabeza. No dejaba de pensar en lo
que Alby había dicho del Destello y en lo que podría significar. El chico también había mencionado
algo acerca de tierra quemada y una enfermedad. Thomas no recordaba nada de aquello, pero, si era
cierto, el mundo al que intentaban volver no tenía muy buena pinta. Aun así, ¿qué otra opción les
quedaba? Aparte del hecho de que los laceradores les estaban atacando todas las noches, el Claro
básicamente se había cerrado.
Frustrado, inquieto, harto de pensar, llamó a Teresa:
¿Me oyes?
Sí —contestó ella—. ¿Dónde estás?
Al lado de la Caja.
Ahora voy.
Thomas se dio cuenta de lo mucho que necesitaba su compañía.
Bien, te contaré el plan. Creo que ya está en marcha.
¿Qué tenemos que hacer?
Thomas se recostó en el banco y colocó el pie derecho sobre la rodilla mientras se preguntaba
cómo reaccionaría Teresa al oír lo que iba a decirle.
Tenemos que atravesar el Agujero de los Laceradores, utilizar el código para desconectar a
los laceradores y abrir una puerta que hay ahí fuera.
Hubo una pausa.
Ya me había imaginado algo parecido.
Thomas se quedó pensando un segundo y, luego, añadió:
A menos que tengas un plan mejor.
No. Va a ser horrible.
Se golpeó con el puño derecho la mano izquierda, incluso aunque sabía que ella no podía verle.
Podemos lograrlo.
Lo dudo.
Bueno, tenemos que intentarlo.
Hubo otra pausa. Thomas podía sentir la resolución de la chica.
Tienes razón.
Creo que saldremos esta noche. Ven aquí para que hablemos más sobre el tema.
Llegaré en unos minutos.
A Thomas se le hizo un nudo en el estómago. La realidad de lo que había sugerido, el plan del
que Newt intentaba convencer a los guardianes, estaba empezando a afectarle. Sabía que era
peligroso; la idea de luchar contra los laceradores, no únicamente escapar de ellos, era aterradora.
En el mejor de los casos, sólo uno de los clarianos moriría, pero ni siquiera podían confiar en eso.
Quizá los creadores reprogramaran a las criaturas y, en tal caso, no tendrían ninguna posibilidad.
Intentó no pensar en ello.
• • •
Antes de lo que esperaba, Teresa le encontró y se sentó a su lado, con el cuerpo pegado al suyo, a
pesar de todo el espacio libre que había en el banco. Extendió el brazo y le agarró la mano. Él se la
apretó tan fuerte que supo que debía de haberle hecho daño.
—Cuéntame —dijo ella.
Thomas así lo hizo, recitando cada una de las palabras que les había dicho a los guardianes, y
odió cómo se le llenaron los ojos de preocupación y de terror a Teresa.
—El plan ha sido fácil de contar —explicó una vez que hubo terminado—, pero Newt cree que
deberíamos salir esta noche y ahora ya no me suena tan bien.
Sobre todo, le aterrorizaba la idea de Chuck y Teresa ahí fuera. Ya se había enfrentado a los
laceradores y sabía cómo era aquello.
Quería proteger a sus amigos de aquella horrible experiencia, pero sabía que no podía.
—Podemos hacerlo —afirmó ella en voz baja.
Al oírla decir eso, se preocupó aún más.
—Hostia, estoy asustado.
—Hostia, eres humano. Deberías estar asustado.
Thomas no respondió y se quedaron allí un buen rato, cogidos de la mano, sin mediar palabra en
sus mentes o en voz alta. Por un breve instante, sintió una ligera paz y trató de disfrutarla mientras
duró.
Capítulo 53
Thomas casi se puso triste cuando finalmente acabó la Reunión. Cuando Newt salió de la Hacienda,
supo que el tiempo de descanso había terminado.
El guardián les vio y se acercó a ellos corriendo con dificultad por la cojera. Thomas se dio
cuenta de que había soltado la mano de Teresa sin pararse a pensarlo. Finalmente, Newt se detuvo y
cruzó los brazos sobre el pecho mientras les miraba a los dos sentados en el banco.
—Es una locura; lo sabéis, ¿no? —por su expresión, no supieron lo que había pasado, pero sus
ojos reflejaban un rastro de victoria.
Thomas se levantó y sitió una oleada de entusiasmo que le inundó todo el cuerpo.
—Entonces, ¿están de acuerdo?
Newt hizo un gesto de asentimiento.
—Todos. No ha sido tan difícil como yo pensaba. Los pingajos ya han visto lo que pasa por la
noche cuando se quedan abiertas esas malditas puertas. No podemos salir del estúpido Laberinto.
Tenemos que intentar hacer algo —se dio la vuelta para mirar a los guardianes, que empezaban a
reunirse con sus respectivos grupos—. Ahora sólo tenemos que convencer a los clarianos.
Thomas sabía que aquello costaría más que persuadir a los guardianes.
—¿Crees que aceptarán? —preguntó Teresa, que al final se levantó para unirse a ellos.
—No todos —contestó Newt, y Thomas vio la frustración en sus ojos—. Algunos se quedarán y
se arriesgarán, eso seguro.
Thomas no dudaba de que la gente palidecería ante la idea de salir al Laberinto. Pedirles que
lucharan contra los laceradores era pedirles mucho.
—¿Y Alby?
—¿Quién sabe? —respondió Newt, y echó un vistazo al Claro, observando a los guardianes y a
sus grupos—. Estoy convencido de que a ese cabrón le da más miedo volver que los mismos
laceradores. Pero conseguiré que venga con nosotros, no te preocupes.
Thomas deseaba acordarse de las cosas que atormentaban a Alby, pero no le venía nada a la
cabeza.
—¿Cómo vas a convencerle?
Newt se rió.
—Me inventaré alguna clonc. Le diré que encontraremos una nueva vida en otra parte del mundo
y seremos felices para siempre.
Thomas se encogió de hombros.
—Bueno, tal vez sí. Le prometí a Chuck que le llevaría de vuelta a casa, ¿sabes? O, al menos,
que le encontraría un hogar.
—Sí, bueno —murmuró Teresa—. Cualquier cosa será mejor que este sitio.
Thomas miró a su alrededor y vio las discusiones que estaban estallando en el Claro. Los
guardianes hacían lo que podían para convencer a la gente de que se arriesgara y luchara para abrirse
camino hasta el Agujero de los Laceradores. Algunos clarianos se marcharon malhumorados, pero la
mayoría parecía escuchar y, por lo menos, se lo estaba planteando.
—Y ahora, ¿qué? —preguntó Teresa.
Newt respiró hondo.
—Veremos quién va y quién se queda. Nos prepararemos. Cogeremos comida, armas y todo eso.
Luego, nos marcharemos. Thomas, te pondría al mando porque fue idea tuya, pero ya está siendo
bastante difícil conseguir que la gente esté de nuestro lado sin tener al verducho como líder; sin
ánimo de ofender. Pasa desapercibido, ¿vale? Os dejaremos lo del código a ti y a Teresa. Podrás
llevarlo desde la retaguardia.
Thomas estaba más que de acuerdo con lo de pasar desapercibido. Para él ya era suficiente
responsabilidad encontrar la central informática y teclear el código. Además de aquella carga sobre
los hombros, tenía que luchar contra una oleada de pánico en aumento.
—Lo haces parecer facilísimo —dijo al final, intentando con todas sus fuerzas quitarle
importancia a la situación. O, como mínimo, que sonara como si lo estuviese haciendo.
Newt se cruzó de brazos y le miró con detenimiento.
—Como has dicho, si nos quedamos aquí, morirá un pingajo cada noche. Si nos vamos, también
morirá un pingajo. ¿Cuál es la diferencia? —señaló a Thomas—. Si es que tienes razón.
—La tengo.
Thomas sabía que no se equivocaba respecto al Agujero, el código, la puerta y la necesidad de
luchar. Pero no tenía ni idea de si iban a morir una o muchas personas. Sin embargo, lo que sí le
decía su instinto era que no admitiese sus dudas.
Newt le dio una palmada en la espalda.
—Bien, manos a la obra.
• • •
Las horas siguientes fueron frenéticas.
La mayoría de los clarianos acabó estando de acuerdo, incluso más de los que Thomas habría
supuesto. Hasta Alby decidió unirse a ellos. Aunque nadie lo admitía, Thomas estaba segurísimo de
que todos contaban con que los laceradores sólo matarían a una persona y se imaginaban que tenían
bastantes posibilidades de no ser el infeliz desafortunado. Los que decidieron quedarse en el Claro
eran pocos, pero mantenían su elección alto y firme.
Principalmente, deambulaban enfurruñados, tratando de decirle al resto lo tontos que eran; pero,
al final, se dieron por vencidos y mantuvieron las distancias.
En cuanto a Thomas y los demás que querían escapar, tenían muchísimo trabajo por hacer.
Repartieron las mochilas y las llenaron de provisiones. Fritanga —Newt le había dicho a Thomas
que el cocinero había sido el último guardián en aceptar ir— estaba a cargo de reunir toda la comida
y distribuirla a partes iguales entre el grupo. Las jeringuillas con el Suero de la Laceración estaban
incluidas, aunque Thomas pensaba que los laceradores no les iban a picar. Chuck se encargaba de
rellenar las botellas de agua y de repartirlas a todos. Teresa le ayudó y Thomas pidió a la chica que
le endulzara el viaje al niño todo lo que pudiera, incluso si tenía que mentirle descaradamente, y ese
fue el caso. Chuck había intentado hacerse el valiente desde que supo que iban a salir al Laberinto,
pero la piel sudada y los ojos aturdidos revelaban la verdad.
Minho fue al Precipicio con un grupo de corredores y cogieron piedras y enredaderas para
probar por última vez el invisible Agujero de los Laceradores. Tenían la esperanza de que las
criaturas mantuvieran sus costumbres y no salieran durante las horas diurnas. Thomas había estado
considerando el momento en que saltaría hacia el Agujero e intentaría teclear el código rápidamente,
pero no tenía ni idea de lo que habría allí, de lo que podía estar esperándole. Newt tenía razón: era
mejor esperar hasta la noche y cruzar los dedos para que la mayoría de los laceradores estuviese en
el Laberinto en vez de en el Agujero.
Cuando Minho regresó sano y salvo, Thomas creyó que era muy optimista al pensar que de
verdad había una salida. O una entrada. Dependía de cómo se mirara.
Thomas ayudó a Newt a distribuir las armas y, ante la desesperación, se crearon unas más
innovadoras para prepararse contra los laceradores. Convirtieron postes de madera en lanzas y
enrollaron alambre de espino a su alrededor. Afilaron los cuchillos y ataron cáñamo en los extremos
de ramas resistentes que habían cortado de los árboles del bosque; pusieron esparadrapo en trozos de
cristales rotos para usarlos a modo de palas. Al final del día, los clarianos se habían convertido en
un pequeño ejército. Un ejército ridículo y poco preparado, pensó Thomas, pero un ejército, después
de todo.
Una vez que Teresa y él acabaron de ayudar, fueron al lugar secreto en los Muertos para planear
una estrategia y saber qué hacer en la central, dentro del Agujero de los Laceradores, y cómo teclear
el código.
—Tenemos que hacerlo nosotros dos —dijo Thomas mientras apoyaban la espalda contra unos
árboles de áspera corteza, cuyas hojas, que antes eran verdes, empezaban a volverse grises por la
falta de sol artificial—. De ese modo, si nos separamos, podemos seguir en contacto y ayudarnos.
Teresa había cogido un palo y lo estaba pelando.
—Pero necesitamos apoyo por si nos pasa algo.
—Por supuesto. Minho y Newt conocen las palabras del código. Les diremos que tendrán que
teclearlas en el ordenador si nosotros… Bueno, ya sabes.
Thomas no quería pensar en todo lo malo que podía pasar.
—No hay mucho más que añadir.
Teresa bostezó como si la vida fuera completamente normal.
—Pues no. Lucharemos contra los laceradores, teclearemos el código y escaparemos por la
puerta. Luego nos encargaremos de los creadores, cueste lo que cueste.
—El código tiene seis palabras; a saber cuántos laceradores nos esperan —Teresa partió el palo
por la mitad—. Por cierto, ¿qué crees que significa CRUEL?
Thomas se sintió como si le acabaran de dar un puñetazo en el estómago. Por alguna razón, el
hecho de oír esa palabra en boca de otro en ese momento golpeó algo en su mente que hizo clic. Se
quedó helado por no haber visto antes la conexión.
—¿Recuerdas el cartel que vi en el Laberinto? ¿Aquel metálico que tenía grabadas unas
palabras?
El corazón de Thomas había empezado a acelerarse por el entusiasmo. Teresa arrugó la frente un
segundo por la confusión y, entonces, una luz pareció titilar en sus ojos.
—¡Hala! Catástrofe Radical: Unidad de Experimentos Letales. CRUEL. En mi brazo escribí:
«CRUEL es buena». Y eso ¿qué significa?
—No tengo ni idea, y por eso me da un miedo de muerte que lo que estamos a punto de hacer sea
una soberana estupidez. Podría ser una carnicería.
—Todos saben en lo que se están metiendo —Teresa le cogió de la mano—. ¿Recuerdas? No hay
nada que perder.
Thomas se acordó, pero, por algún motivo, las palabras de Teresa cayeron en saco roto, no le
dieron esperanzas.
—No hay nada que perder —repitió el chico

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