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Capítulo 48
—Thomas —la voz era distante, con gorjeos, como un eco en un largo túnel—, Thomas, ¿me oyes?
No quería contestar. Su mente se había cerrado al no poder soportar el dolor; tenía miedo de
recordar todo si se permitía volver a estar consciente. Percibió la luz al otro lado de sus párpados,
pero sabía que no podía abrir los ojos. No hizo nada.
—Thomas, soy Chuck. ¿Estás bien? Por favor, no te mueras, tío.
Su mente recuperó todo de golpe: el Claro, los laceradores, las agujas punzantes, el Cambio. Los
recuerdos. El Laberinto no podía resolverse. La única manera de salir era algo que no se esperaban.
Algo aterrador. Se vio dominado por la desesperación.
Gruñó y se esforzó por abrir los ojos, entrecerrándolos al principio. La cara regordeta de Chuck
estaba allí, mirándole con unos ojos asustados. Pero, entonces, se iluminaron y una sonrisa le
atravesó el rostro. A pesar de todo, a pesar de toda aquella porquería, Chuck estaba sonriendo.
—¡Se ha despertado! —gritó el niño a nadie en particular—. ¡Thomas se ha despertado!
El estruendo de su voz provocó que Thomas hiciera un gesto de dolor y volviera a cerrar los
ojos.
—Chuck, ¿es necesario que grites? No me encuentro muy bien.
—Lo siento, es sólo que me alegro de que estés vivo. Tienes suerte de que no te dé un besazo.
—Por favor, no lo hagas, Chuck —Thomas volvió a abrir los ojos para sentarse en la cama y
apoyó la espalda en la pared mientras estiraba las piernas. El dolor le consumía las articulaciones y
los músculos—. ¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó.
—Tres días —respondió Chuck—. Te metíamos en el Trullo por la noche para mantenerte a
salvo y te volvíamos a traer aquí durante el día. Desde que empezaste, me pareció que estabas
muerto unas treinta veces. ¡Pero, mírate, estás como nuevo!
Thomas se imaginó el mal aspecto que debía de tener.
—¿Han venido los laceradores?
La alegría de Chuck se estrelló visiblemente contra el suelo cuando bajó la vista.
—Sí, se llevaron a Zart y a un par más. Uno cada noche. Minho y los corredores han registrado el
Laberinto para intentar encontrar una salida o averiguar algún uso para ese estúpido código que
descubristeis. Pero nada. ¿Por qué crees que los laceradores se están llevando tan sólo a un pingajo
por noche?
A Thomas se le revolvió el estómago. Ahora sabía la respuesta exacta a aquella pregunta y a
algunas más. Lo suficiente para saber que a veces el conocimiento da asco.
—Ve a buscar a Newt y a Alby —dijo al final—. Diles que necesitamos convocar una Reunión.
Lo antes posible.
—¿En serio?
Thomas dejó escapar un suspiro.
—Chuck, acabo de pasar por el Cambio. ¿Tú qué crees?
Sin decir ni una palabra más, Chuck se puso de pie de un salto y salió corriendo de la habitación
mientras sus gritos llamando a Newt se desvanecían conforme se alejaba.
Thomas cerró los ojos y apoyó la cabeza en la pared. Entonces, la llamó con su mente:
Teresa.
No contestó de inmediato, pero luego su voz apareció en medio de sus pensamientos, tan clara
como si la chica estuviese sentada a su lado:
Eso ha sido una estupidez, Tom. Una estupidez como una casa.
Tenía que hacerlo —respondió.
Te he odiado bastante estos dos últimos días. Deberías haberte visto. Tu piel, tus venas…
¿Me has odiado? —le entusiasmaba que ella se preocupara tanto por él.
La joven hizo una pausa.
Es mi forma de decirte que te habría matado si hubieras llegado a morirte.
Thomas sintió un estallido de calor en su pecho; levantó la mano y se lo tocó, para su sorpresa.
Bueno…, gracias. Supongo.
Y bien, ¿qué recuerdas?
Hizo una pausa.
Lo suficiente. Lo que dijiste sobre nosotros dos y lo que les hicimos a ellos…
¿Era cierto?
Hicimos cosas malas, Teresa.
Percibió frustración en ella, como si tuviese millones de preguntas y no supiera por dónde
empezar.
¿Averiguaste algo que nos ayude a salir de aquí?—preguntó, como si no quisiera saber cuál era
su participación en todo aquello—. ¿Para qué sirve el código?
Thomas se calló; no quería hablar de aquello todavía, no antes de aclarar su mente. Su única
posibilidad de escape tal vez fuera desear la muerte.
Quizás —dijo al final—, pero no será fácil. Tenemos que reunimos. Pediré que te dejen estar
presente, no tengo energía para contarlo todo dos veces.
Ninguno de los dos dijo nada durante un rato; un sentimiento de desesperanza flotaba entre ambas
mentes.
¿Teresa?
¿Sí?
El Laberinto no puede resolverse.
La joven permaneció callada durante un rato antes de contestar: Creo que eso ya lo sabemos
todos.
Thomas odió el dolor que transmitía su voz; podía sentirlo en su mente.
No te preocupes. Los creadores quieren que escapemos. Tengo un plan —quería darle algo de
esperanza, sin importar lo escasa que fuera.
¿De verdad?
Sí. Es horrible y algunos de nosotros puede que muramos. Suena prometedor, ¿a que sí?
Genial. ¿Qué es?
Tenemos que…
Antes de que terminara la frase, Newt entró en la habitación y le interrumpió.
Te lo contaré más tarde —dijo Thomas rápidamente.
¡Date prisa! —exclamó la chica, y luego se fue.
Newt se había acercado a la cama y estaba sentado a su lado.
—Tommy, apenas pareces enfermo.
Thomas hizo un gesto de asentimiento.
—Estoy un poco mareado, pero, aparte de eso, me encuentro bien. Creía que sería mucho peor.
Newt negó con la cabeza, con una mezcla de enfado y temor.
—Lo que hiciste fue muy valiente, pero también una maldita estupidez. Parece que se te da muy
bien eso —hizo una pausa y volvió a negar con la cabeza—. Sé por qué lo hiciste. ¿Qué recuerdos
has tenido? ¿Hay algo que pueda ayudarnos?
—Tenemos que convocar una Reunión —dijo Thomas, cambiando las piernas de postura para
estar más cómodo. Aunque pareciese sorprendente, no sentía mucho dolor, sólo estaba atontado—.
Antes de que empiece a olvidarme de todo.
—Sí, Chuck me lo ha dicho; lo haremos. Pero ¿por qué? ¿Qué has averiguado?
—Es una prueba, Newt. Todo es una prueba.
Newt asintió.
—Como un experimento.
Thomas negó con la cabeza.
—No, no lo entiendes. Nos están eliminando, quieren ver si nos rendimos para encontrar a los
mejores. Nos tiran variables e intentan que nos rindamos. Ponen a prueba nuestra capacidad de tener
esperanza y luchar. Que enviaran a Teresa aquí y lo desconectaran todo era sólo la última parte, pero
aún falta el análisis final. Ha llegado la hora de la última prueba. La de escapar.
Newt arrugó la frente por la confusión.
—¿A qué te refieres? ¿Sabes cómo salir?
—Sí. Convoca la Reunión. Ya.
Capítulo 49
Una hora más tarde, Thomas estaba sentado enfrente de los guardianes para comenzar la Reunión,
igual que lo había estado hacía una o dos semanas. No habían dejado entrar a Teresa, lo que le
fastidió tanto como a ella. Ahora, Newt y Minho confiaban en ella, pero los demás tenían sus dudas.
—Muy bien, verducho —dijo Alby, que estaba con mucho mejor aspecto, sentado en medio del
semicírculo de sillas, al lado de Newt. Los demás asientos estaban todos ocupados, salvo dos, un
crudo recuerdo de que los laceradores se habían llevado a Gally y a Zart—. Olvídate de dar rodeos y
empieza a hablar.
Thomas, todavía un poco mareado por el Cambio, se obligó a tomarse un segundo para recuperar
la compostura. Tenía mucho que contar, pero quería asegurarse de que pareciera lo menos estúpido
posible.
—Es una larga historia —comenzó—. No tenemos tiempo para repasarla entera, pero os contaré
lo fundamental. Cuando pasé por el Cambio, vi imágenes, cientos de ellas, como una proyección de
diapositivas en avance rápido. Me vinieron muchas, pero sólo unas están lo bastante claras como
para hablar de ellas. Lo demás se ha ido o está desapareciendo —hizo una pausa y ordenó sus ideas
una última vez—. Pero recuerdo lo suficiente. Los creadores nos están probando. El Laberinto nunca
fue para que lo resolviéramos. Todo ha sido una prueba. Quieren a los ganadores, o a los
supervivientes, para que hagan algo importante —se calló, confundido porque no sabía en qué orden
contar las cosas.
—¿Qué? —preguntó Newt.
—Empezaré de nuevo —dijo Thomas, restregándose los ojos—. Nos escogieron cuando éramos
muy pequeños. No recuerdo cómo o por qué. Sólo tengo visiones y sensaciones de que las cosas
cambiaron en el mundo, de que pasó algo muy malo. No tengo ni idea de qué fue. Los creadores se
nos llevaron, y creo que ellos pensaron que sus motivos estaban justificados. De algún modo,
averiguaron que nuestra inteligencia era superior a la media y por eso nos eligieron. No sé, casi todo
esto es muy vago y, de todas formas, tampoco tiene tanta importancia.
»No recuerdo nada de mi familia o de lo que le sucedió. Pero, después de que nos cogieran,
pasamos unos años aprendiendo en escuelas especiales, viviendo una vida normal hasta que, por fin,
fueron capaces de financiar y construir el Laberinto. Nuestros nombres son sólo apodos estúpidos
que se inventaron. Alby por Albert Einstein, Newt por Isaac Newton, y yo me llamo Thomas por
Edison.
Parecía que a Alby le hubieran dado una bofetada.
—Nuestros nombres… ¿Ni siquiera nos llamamos así de verdad?
Thomas negó con la cabeza.
—Por lo que sé, seguramente nunca hemos sabido nuestros nombres reales.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Fritanga—. ¿Que somos unos putos huérfanos criados por
científicos?
—Sí —contestó Thomas, esperando que su expresión no revelara lo deprimido que se sentía—.
Supuestamente, somos muy inteligentes y estudian todos los movimientos que hacemos, nos analizan.
Para ver quién se rinde y quién no. Para ver quién sobrevive a todo. No me extraña que haya tantas
cuchillas escarabajo en este sitio. Además, algunos de nosotros tienen cosas… alteradas en el
cerebro.
—Me creo esta clonc igual que creo que te gusta la comida de Fritanga —refunfuñó Winston, con
aire cansado e indiferente.
—¿Por qué iba a inventarme tal cosa? —exclamó Thomas, subiendo el tono de voz. ¡Había
dejado que le picaran adrede para recordar!—. Mejor aún, ¿cuál crees tú que es la explicación?
¿Que vivimos en un planeta alienígena?
—Sigue hablando —dijo Alby—. Pero no entiendo por qué nadie recuerda eso. Yo he pasado
por el Cambio y lo único que vi fue… —miró enseguida a su alrededor, como si acabara de decir
algo que no debía—. No averigüé nada.
—Ahora mismo te diré por qué creo que me he enterado de más cosas que los demás —
respondió Thomas, temiendo esa parte de la historia—. ¿Sigo o no?
—Habla —asintió Newt.
Thomas respiró hondo, como si estuviera a punto de empezar una carrera.
—Vale. No sé cómo, nos borraron la memoria; no sólo nuestra infancia, sino también todo lo
referente a cómo entramos en el Laberinto. Nos metieron en la Caja y nos enviaron aquí arriba. Al
principio, éramos un gran grupo y luego enviaron uno al mes durante los últimos dos años.
—Pero ¿por qué? —preguntó Newt—. ¿Qué sentido tiene?
Thomas alzó una mano para pedir silencio.
—Ya voy. Como he dicho, querían probarnos, ver cómo reaccionaríamos a lo que ellos llaman
Variables y ante un problema que no tiene solución. Querían ver si podíamos trabajar juntos, incluso
si construíamos una comunidad. Nos suministraban de todo y el problema planteado era uno de los
puzzles más comunes conocidos por la civilización: un laberinto. A todo esto le añadimos que nos
hicieron creer que había una solución para animarnos a trabajar duro al mismo tiempo que
aumentaban nuestro desánimo al no encontrar nada —hizo una pausa para mirar a su alrededor y
asegurarse de que todos estaban escuchando—. Lo que estoy diciendo es que no hay solución.
Todos empezaron a hablar a la vez y las preguntas se solaparon unas con otras. Thomas volvió a
alzar la mano, deseando transmitir sus pensamientos a los cerebros de los demás.
—¿Veis? Vuestra reacción demuestra lo que acabo de decir. La mayoría de la gente ya se hubiera
rendido. Pero creo que somos distintos. No podemos aceptar que un problema no pueda resolverse,
sobre todo cuando es algo tan simple como un laberinto. Seguimos esforzándonos sin importar que no
haya esperanza —Thomas se dio cuenta de que su voz se iba alzando cada vez más y notó que le
ardía la cara—. ¡Sea cual sea la razón, me pone enfermo! Todo esto, los laceradores, las paredes que
se mueven, el Precipicio… no son más que elementos de una estúpida prueba. Nos han usado y
manipulado. Los creadores querían que nuestras mentes buscaran una solución que nunca ha existido.
Y lo mismo respecto a que enviaran aquí a Teresa, que la utilizaran como el desencadenante del
Final, signifique lo que signifique; que cerraran este sitio, que el cielo se volviera gris, etcétera,
etcétera. Nos lanzan locuras para ver nuestra reacción y probar nuestra voluntad. Para ver si nos
volvemos los unos contra los otros. Al final, quieren a los supervivientes para hacer algo importante.
Fritanga se levantó.
—¿Matando gente? ¿Esa es la parte bonita del plan?
Por un instante, Thomas sintió miedo; le preocupaba que los guardianes se enfadaran con él por
saber tanto. Y las cosas se iban a poner mucho peor.
—Sí, Fritanga, matando gente. El único motivo por el que los laceradores lo están haciendo uno a
uno es para que no muramos todos antes de que acabe como se supone que tiene que acabar.
Sobrevivirán los más apropiados. Sólo los mejores podrán escapar.
Fritanga le dio una patada a su silla.
—¡Bueno, pues será mejor que empieces a hablar de esa huida mágica!
—Lo hará —dijo Newt, tranquilo—. Cállate y escucha.
Minho, que había estado en silencio todo el tiempo, se aclaró la garganta.
—Algo me dice que no me va a gustar lo que estoy a punto de oír.
—Probablemente, no —contestó Thomas. Cerró los ojos un segundo y se cruzó de brazos. Los
próximos minutos iban a ser cruciales—. Los creadores quieren a los mejores para lo que sea que
hayan planeado. Pero nos lo tenemos que ganar —la sala se quedó en absoluto silencio y todos los
ojos se posaron sobre él—. El código.
—¿El código? —repitió Fritanga con una voz iluminada por un rayo de esperanza—. ¿Qué pasa
con el código?
Thomas le miró e hizo una pausa para darle más dramatismo.
—Estaba oculto en los mecanismos de las paredes del Laberinto por una razón. Yo debería
saberlo, porque estaba allí cuando los creadores lo hicieron.
Capítulo 50
Durante un buen rato, nadie dijo nada y lo único que Thomas vio fue caras inexpresivas. Notó el
sudor en la frente, resbalando por sus manos; le aterrorizaba continuar hablando. Newt parecía
totalmente desconcertado y, finalmente, rompió el silencio:
—¿De qué estás hablando?
—Bueno, antes quiero compartir con vosotros algo sobre Teresa y sobre mí. Existe una razón por
la que Gally me acusó de todo aquello y por la que me reconocen los que han pasado por el Cambio
—esperaba preguntas, un estallido de voces, pero la sala estaba en completo silencio—. Teresa y yo
somos… diferentes —continuó—. Éramos parte de las Pruebas del Laberinto desde el principio,
pero en contra de nuestra voluntad, lo juro.
Minho fue el que habló a continuación:
—Thomas, ¿de qué estás hablando?
—Los creadores nos utilizaron a Teresa y a mí. Si os devolvieran vuestros recuerdos,
seguramente querríais matarnos. Pero tenía que contároslo para demostraros que ahora podéis confiar
en nosotros. Así que tendréis que creerme cuando os diga la única forma que hay de salir de aquí.
Thomas estudió rápidamente los rostros de los guardianes y se preguntó por última vez si debía
contarlo, si lo entenderían. Pero sabía que tenía que hacerlo. Tenía que hacerlo. Respiró hondo y,
entonces, lo dijo:
—Teresa y yo ayudamos a diseñar el Laberinto. Ayudamos a crearlo todo.
Todos parecieron demasiado atónitos para responder y se le quedaron mirando otra vez
inexpresivos. Thomas se figuró que no lo habían entendido o que no le creían.
—Y eso ¿qué significa? —preguntó Newt al final—. Tienes dieciséis malditos años. ¿Cómo ibas
a crear un Laberinto?
Thomas no pudo evitar dudar él también un poco, pero sabía lo que había recordado. Aunque
fuese una locura, sabía que era cierto.
—Éramos… inteligentes. Y creo que puede ser una parte de las Variables. Pero lo más
importante es que Teresa y yo tenemos… un don que nos hizo muy valiosos mientras diseñaban y
construían este lugar —se detuvo, pues sabía que todo debía de sonar absurdo.
—¡Habla! —gritó Newt—. ¡Desembucha!
—¡Somos telépatas! ¡Podemos comunicarnos en nuestras puñeteras cabezas! —al decirlo en voz
alta, casi se sintió avergonzado, como si hubiera confesado ser un ladrón. Newt parpadeó por la
sorpresa; alguien tosió—. Pero escuchadme —continuó Thomas, ansioso por defenderse—, ellos nos
obligaron a que les ayudáramos. No sé cómo ni por qué, pero lo hicieron —hizo una pausa—. Quizá
para ver si nos ganábamos vuestra confianza, a pesar de haber sido parte de ellos. Quizá nuestra
función siempre fue revelar cómo escapar. Sea cual sea el motivo, con vuestros mapas desciframos
el código y ahora tenemos que usarlo.
Thomas miró a su alrededor y vio que, sorprendente y asombrosamente, nadie parecía estar
enfadado. Casi todos los clarianos siguieron mirándole pasmados o sacudieron la cabeza sin dar
crédito a sus oídos. Y, por alguna extraña razón, Minho estaba sonriendo.
—Es verdad, y lo siento —continuó Thomas—. Pero os diré una cosa: ahora estoy en el mismo
barco que vosotros. A Teresa y a mí nos enviaron como al resto y podemos morir con la misma
facilidad. Los creadores han visto suficiente, ha llegado la hora de la última prueba. Supongo que
necesitaba el Cambio para encajar las últimas piezas del puzzle. Bueno, quería que supierais la
verdad y que existe una posibilidad de salir de esta.
Newt sacudió la cabeza adelante y atrás, y se quedó con la vista clavada en el suelo. Luego,
levantó la cabeza y miró a los guardianes.
—Los creadores son los que nos han hecho esto, no Tommy ni Teresa. Los creadores. Y se
arrepentirán.
—Lo que tú digas —replicó Minho—, a quién le importa una clonc todo eso. Sigue contando
cómo escapar.
A Thomas se le hizo un nudo en la garganta. Se sentía tan aliviado que apenas podía hablar.
Estaba tan seguro de que se enfurecerían al oír su confesión, si es que no le tiraban por el Precipicio,
que ahora lo que le quedaba por decir le resultaba fácil.
—Hay una central informática situada en un sitio donde nunca hemos mirado. El código abrirá la
puerta y podremos salir del Laberinto. También desconecta a los laceradores para que no puedan
seguirnos, si es que podemos sobrevivir tanto tiempo como para llegar hasta allí.
—¿Un sitio donde nunca hemos mirado? —repitió Alby—. ¿Qué crees que hemos estado
haciendo durante dos años?
—Creedme, nunca habéis estado allí.
Minho se levantó.
—Bueno, ¿dónde está?
—Es casi un suicidio —dijo Thomas, a sabiendas de que postergaba la respuesta—. Los
laceradores irán detrás de nosotros en cuanto descubran lo que pretendemos hacer. Todos. Es la
prueba final.
Quería asegurarse de que habían entendido lo que estaba en juego. Había muy pocas
probabilidades de que todos sobrevivieran.
—¿Y dónde está? —preguntó Newt, inclinándose hacia delante en la silla.
—En el Precipicio —respondió Thomas—. Tenemos que atravesar el Agujero de los
Laceradores

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