45-47
Capítulo 45
Según el reloj de Thomas, era media mañana cuando Minho y él cruzaron la Puerta Oeste de regreso
al Claro. Thomas estaba tan cansado que quería tumbarse allí mismo a echar una siesta. Llevaban en
el Laberinto unas veinticuatro horas.
Sorprendentemente, a pesar de la luz mortecina y de que todo estaba desbaratándose, el día en el
Claro parecía desarrollarse como era habitual: se trabajaba en los campos, en los huertos, y se
limpiaba. No pasó mucho tiempo hasta que algunos chicos notaron su presencia. Avisaron a Newt y
este enseguida fue hasta allí corriendo.
—Sois los primeros en volver —dijo mientras se acercaba—. ¿Qué ha pasado? —la expresión
de esperanza infantil en su rostro le rompió a Thomas el corazón. Sin duda, creía que habían
encontrado algo importante—. Decidme que tenéis buenas noticias.
Minho tenía los ojos apagados, clavados en algún punto de la distancia gris.
—Nada —respondió—. El Laberinto es una puta broma.
Newt miró a Thomas, confundido.
—¿Qué dice este?
—Está desanimado —contestó Thomas, y encogió sus cansados hombros—. No hemos
encontrado nada diferente. Las paredes no se han movido, no hay salidas, nada. ¿Vinieron los
laceradores ayer por la noche?
Newt hizo una pausa y una sombra le atravesó el rostro. Al final, hizo un gesto de asentimiento.
—Sí. Se llevaron a Adam.
Thomas no reconoció aquel nombre y se sintió culpable por no sentir nada.
«Sólo uno otra vez —pensó—. Quizá Gally tenía razón».
Newt estaba a punto de decir algo más cuando Minho perdió el control, asustando a Thomas:
—¡Estoy harto de todo esto! —escupió en la hiedra y las venas se le hincharon en el cuello—.
¡Estoy harto! ¡Se acabó! —se quitó la mochila y la tiró al suelo—. No hay salida; nunca la ha habido
y nunca la habrá. Estamos todos fucados.
Con la garganta seca, Thomas observó cómo Minho se marchaba pisando fuerte hacia la
Hacienda. Se preocupó. Si Minho se rendía, todos tendrían grandes problemas.
Newt no dijo ni una palabra y, llevado por su propio aturdimiento, dejó a Thomas allí plantado.
La desesperación flotaba en el ambiente como el humo de la Sala de Mapas, espesa y ácida.
Los otros corredores regresaron al cabo de una hora y, por lo que Thomas oyó, ninguno había
encontrado nada, al final se habían rendido igualmente. Por todas partes en el Claro había rostros
apesadumbrados; la mayoría de los trabajadores había abandonado sus tareas diarias.
Thomas sabía que el código del Laberinto era ahora su única esperanza. Tenía que desvelar algo.
Tenía que hacerlo. Y, después de deambular por el Claro oyendo las historias de los demás
corredores, se quitó el miedo de encima.
¿Teresa?—dijo en su cabeza, cerrando los ojos como si así fuera a conseguirlo—. ¿Dónde
estás? ¿Has averiguado algo?
Tras una larga pausa, casi se había rendido, pues creía que no había funcionado.
¿Eh? Tom, ¿has dicho algo?
Sí —contestó, entusiasmado por haber contactado con ella otra vez—. ¿Me oyes? ¿Estoy
haciéndolo bien?
A veces se corta, pero funciona. Es raro, ¿eh?
Thomas se quedó pensando. Lo cierto era que se estaba acostumbrando a aquello.
No está tan mal. ¿Todavía estáis en el sótano? Antes he visto a Newt, pero ha vuelto a
desaparecer.
Seguimos aquí. Newt ha traído a tres o cuatro clarianos para que nos ayuden a calcar los
mapas. Creo que ya tenemos todo el código.
A Thomas le saltó el corazón a la garganta.
¿En serio?
Baja aquí.
Voy.
Ya se estaba moviendo cuando lo dijo; de repente, había dejado de estar tan cansado.
• • •
Newt le dejó entrar.
—Minho aún no ha aparecido —comentó mientras bajaban las escaleras hacia el sótano—. A
veces se le va la olla.
A Thomas le sorprendió que Newt perdiera el tiempo enfurruñándose, sobre todo con las
posibilidades que ofrecía el código. Apartó aquella idea al entrar en la habitación. Varios clarianos
que no conocía estaban reunidos alrededor de la mesa, de pie; parecían agotados, tenían los ojos
hundidos. Había montones de mapas esparcidos por todos lados, incluido el suelo. Parecía que un
tornado hubiera aterrizado en medio del sótano.
Teresa estaba apoyada en unas estanterías, leyendo una hoja de papel. Alzó la vista cuando entró
el chico, pero luego volvió a concentrarse en lo que fuese que estuviera sosteniendo. Aquello le
entristeció un poco; esperaba que se alegrara al verle, pero luego se sintió estúpido por habérsele
ocurrido que ella reaccionaría de forma distinta. Sin duda, estaba ocupada intentando descifrar el
código.
Tienes que verlo —dijo Teresa justo cuando Newt dio permiso a sus ayudantes para que se
marcharan.
Los muchachos subieron torpemente las escaleras, un par de ellos refunfuñando por haber hecho
todo aquel trabajo para nada. Thomas se sobresaltó, preocupado durante un instante por que Newt
supiera lo que estaba sucediendo.
No me hables mentalmente mientras Newt esté cerca de mí. No quiero que sepa lo de nuestro…
don.
—Venid a ver esto —ordenó Teresa en voz alta, sin apenas ocultar la sonrisita de complicidad
que le atravesó el rostro.
—Me arrodillaré para besar tus malditos pies si has averiguado algo —respondió Newt.
Thomas se acercó a Teresa, impaciente por ver adónde habían llegado. Ella les mostró el papel,
con las cejas arqueadas.
—No cabe duda de que es correcto —dijo—, pero no tengo ni idea de lo que significa.
Thomas cogió el papel y lo examinó rápidamente. Había círculos numerados del uno al seis en
todo el margen izquierdo. Al lado de cada uno, había una palabra escrita en letras mayúsculas:
EMERGE
ATRAPA
SANGRA
MUERTE
DIFÍCIL
PULSA
Eso era todo. Seis palabras.
A Thomas le envolvió la decepción. Había estado seguro de que el propósito de aquel código
sería evidente en cuanto lo descifraran. Levantó la vista hacia Teresa con el corazón en un puño.
—¿Eso es todo? ¿Estáis seguros de que están en el orden correcto?
La joven volvió a coger el papel.
—El Laberinto lleva meses repitiendo esas palabras. Lo dejamos cuando estuvo bien claro. Cada
vez, después de la palabra PULSA, viene una semana entera sin aparecer ninguna letra y luego
empieza con EMERGE de nuevo. Así que nos imaginamos que esa era la primera palabra y que ese
era el orden.
Thomas cruzó los brazos y se apoyó en las estanterías, al lado de Teresa. Sin pensarlo, memorizó
las seis palabras, grabándolas en su mente. Emerge. Atrapa. Sangra. Muerte. Difícil. Pulsa. No
sonaba muy bien.
—Alentador, ¿no crees? —dijo Newt, reflejando exactamente lo que estaba pensando.
—Sí —contestó Thomas con un gruñido de frustración—. Tenemos que hacer que Minho baje
aquí. A lo mejor él sabe algo que nosotros no sabemos. Si tuviésemos más pistas… —se quedó
inmóvil, azotado por un mareo que le habría hecho caerse al suelo si no hubiese tenido unas
estanterías en las que apoyarse. Se le acababa de ocurrir una idea. Una idea horrible, terrible,
espantosa. La peor idea de la historia de las ideas horribles, terribles y espantosas.
Pero el instinto le decía que tenía razón. Que era algo que debía hacer.
—¿Tommy? —le llamó Newt, y se acercó a él con una mirada de preocupación que le hizo
arrugar la frente—. ¿Qué te pasa? Te has puesto blanco como un fantasma.
Thomas negó con la cabeza y recuperó la compostura.
—Ah…, nada, perdona. Me duelen los ojos, creo que necesito dormir —se frotó las sienes para
darle más efecto.
¿Estás bien? —le preguntó Teresa en su mente.
Thomas advirtió que estaba igual de preocupada que Newt, lo que le gustó.
Sí. Estoy cansado, en serio. Sólo me hace falta descansar un poco.
—Bueno —dijo Newt, que extendió la mano para apretar el hombro de Thomas—, has estado
toda la maldita noche en el Laberinto. Ve a echarte un rato.
Thomas miró a Teresa y luego a Newt. Quería contarles su idea, pero decidió hacer lo contrario.
Se limitó a asentir y se dirigió hacia las escaleras. De todos modos, Thomas ahora tenía un plan.
Aunque fuese malo, al menos era un plan.
Necesitaban más pistas sobre el código. Necesitaban recuerdos. Así que iba a hacer que le picara
un lacerador. Iba a pasar por el Cambio. Adrede.
Capítulo 46
Thomas se negó a hablar con nadie el resto del día.
Teresa lo intentó varias veces, pero él no dejaba de repetir que no se encontraba bien, que le
apetecía estar solo, dormir en su rincón detrás del bosque y, tal vez, pasar un tiempo reflexionando
para intentar descubrir un lugar secreto en su mente que les ayudara a saber cómo actuar. Pero la
verdad era que estaba mentalizándose para lo que había planeado realizar aquella noche,
convenciéndose de que era lo correcto. Lo único que podía hacer. Además, estaba aterrorizado y no
quería que los otros se dieran cuenta.
Al final, cuando su reloj señaló que ya había llegado el atardecer, fue a la Hacienda con todos
los demás. Apenas notó que tenía hambre hasta que vio la comida que Fritanga había preparado a
toda prisa: galletas y sopa de tomate. Había llegado el momento de otra noche sin dormir.
Los constructores habían cerrado con tablas los agujeros que habían dejado los monstruos que se
llevaron a Gally y a Adam. El resultado final a Thomas se le antojaba como si una cuadrilla de
borrachos hubiera hecho el trabajo, pero al menos era lo bastante resistente. Newt y Alby, que ya se
encontraba bien para estar por ahí, aunque con la cabeza llena de vendas, insistieron en que se debían
hacer turnos para dormir.
Thomas acabó en el gran salón de la planta baja de la Hacienda con las mismas personas con las
que había dormido las dos noches anteriores. Enseguida, el silencio reinó en la habitación, aunque no
sabía si era porque todos se habían dormido o porque estaban asustados, esperando en silencio,
contra toda esperanza, que los laceradores no volvieran. A diferencia de las dos noches anteriores,
permitieron a Teresa quedarse en el edificio con el resto de clarianos. Estaba junto a él, acurrucada
en dos mantas. De algún modo, podía percibir que estaba durmiendo. Durmiendo de verdad.
Thomas no podía dormir, aunque sabía que su cuerpo lo necesitaba desesperadamente. Lo intentó,
intentó con todas sus fuerzas mantener los ojos cerrados y se obligó a relajarse, pero no hubo suerte.
La noche se le hacía interminable y la pesada sensación de saber lo que iba a ocurrir le aplastaba el
pecho.
Entonces, tal y como todos habían esperado, se oyeron los inquietantes sonidos metálicos de los
laceradores en el exterior. Había llegado el momento.
Todo el mundo se apiñó contra la pared más apartada de las ventanas y se esforzó por mantener
el silencio. Thomas estaba acurrucado en un rincón al lado de Teresa, abrazándose las rodillas, con
los ojos clavados en la ventana. La realidad de la terrible decisión que había tomado le golpeó como
si una mano le estrujara el corazón. Pero sabía que todo dependía de aquello.
La tensión en la habitación aumentaba a un ritmo constante. Los clarianos estaban callados; no se
movía ni un alma. El lejano sonido del metal arañando la madera retumbó en la casa. A Thomas le
sonó como si un lacerador estuviese subiendo por la parte trasera de la Hacienda, al otro lado de
donde ellos se hallaban. Unos segundos más tarde, se oyeron más ruidos; venían de todas partes, y el
más cercano procedía de su propia ventana. El aire del salón pareció congelarse hasta convertirse en
hielo, y Thomas apretó los puños contra sus ojos, con la expectativa del ataque poniéndole de los
nervios.
Una explosión retumbó cuando arrancaron la madera y rompieron el cristal en algún sitio de la
planta superior, lo que sacudió toda la casa. Thomas se quedó petrificado cuando se oyeron varios
chillidos, seguidos por las pisadas apresuradas de gente huyendo. Unos fuertes crujidos anunciaron
que toda una horda de clarianos corría hacia la primera planta.
—¡Han cogido a Dave! —gritó alguien con la voz aguda por el terror.
Nadie movió un músculo en la habitación de Thomas. Éste sabía que todos se sentían
probablemente culpables por el alivio de no haber sido uno de ellos. De que, quizás, estaban a salvo
una noche más. Durante dos días seguidos, se habían llevado a un chico por noche y la gente estaba
empezando a pensar que lo que había dicho Gally era verdad.
Thomas se sobresaltó cuando se oyó un terrible estrépito justo al otro lado de la puerta,
acompañado de gritos y de madera astillándose, como si un monstruo con fauces de hierro se
estuviese comiendo la escalera entera. Un segundo más tarde, se oyó otra explosión de madera
arrancada: la puerta principal. El lacerador había entrado en la casa y se estaba marchando.
Una oleada de miedo atravesó a Thomas. Era ahora o nunca.
Se puso de pie, echó a correr hacia la puerta del salón y la abrió de un tirón. Oyó gritar a Newt,
pero le ignoró y siguió corriendo por el pasillo, esquivando y saltando trozos de madera partida. Vio
que donde había estado la puerta principal ahora había un agujero recortado que daba a la noche gris.
Fue hasta allí y salió a toda velocidad hacia el Claro.
¡Tom!—gritó Teresa dentro de su cabeza—. ¿Qué estás haciendo?
La ignoró y continuó corriendo.
El lacerador que se había llevado a Dave, un chico con el que Thomas nunca había hablado,
rodaba sobre sus pinchos hacia la Puerta Oeste, agitándose y zumbando. Los demás laceradores ya se
habían reunido en el patio y seguían a su compañero hacia el Laberinto. Sin dudarlo, a sabiendas de
que el resto pensaría que estaba cometiendo un acto de suicidio, Thomas corrió en su dirección hasta
que se encontró en medio de aquellas criaturas. Al haberlos pillado por sorpresa, los laceradores
vacilaron.
Thomas saltó sobre el que llevaba a Dave e intentó soltar al chico con la esperanza de que el
bicho reaccionara. El grito de Teresa en el interior de su cabeza fue tan alto que sintió como si le
clavaran un puñal en el cráneo.
Tres laceradores se echaron sobre él a la vez, con sus largas pinzas y agujas volando por todos
lados. Thomas sacudió los brazos y las piernas para retirar los horribles brazos metálicos mientras
daba patadas a los cuerpos vibrantes de los laceradores. Tan sólo quería que le picaran, no que se lo
llevaran como a Dave. Su incesante ataque se intensificó y Thomas notó que el dolor estallaba en
todo su cuerpo; los pinchazos de unas agujas le avisaron de que había tenido éxito. Gritó, pataleó,
empujó y golpeó hasta hacerse un ovillo, intentando librarse de ellos. Forcejeó, lleno de adrenalina,
y por fin encontró un espacio abierto para meter los pies; después, echó a correr con todas sus
fuerzas.
En cuanto escapó de los instrumentos de los laceradores, se dieron por vencidos, se retiraron y
desaparecieron en el Laberinto. Thomas se desplomó en el suelo, quejándose de dolor.
Newt apareció sobre él al cabo de un segundo, seguido inmediatamente de Chuck, Teresa y otros.
Newt le cogió por los hombros y le levantó agarrándole por debajo de los brazos.
—¡Cogedle las piernas! —gritó.
Thomas notó el mundo dando vueltas a su alrededor, le entraron náuseas y se puso a delirar.
Alguien, no supo quién, obedeció la orden de Newt. Le estaban llevando por el patio; cruzaron la
puerta de la Hacienda, pasaron por el pasillo hecho pedazos hacia una habitación, donde le
colocaron sobre un sofá. El mundo continuaba dando vueltas.
—¡Qué estabas haciendo! —exclamó Newt en su cara—. ¡Cómo puedes ser tan estúpido!
Thomas tenía que hablar antes de desaparecer en la oscuridad:
—No…, Newt… No lo entiendes…
—¡Cállate! —gritó Newt—. ¡No malgastes tu energía!
Thomas notó que alguien le examinaba los brazos y las piernas y le arrancaba la ropa del cuerpo
para comprobar los daños. Oyó la voz de Chuck y no pudo evitar sentirse aliviado porque su amigo
estuviera bien. Un mediquero dijo algo sobre que le habían picado un montón de veces.
Teresa estaba a sus pies y le apretaba el tobillo derecho con la mano.
¿Por qué, Tom? ¿Por qué lo has hecho?
Porque… —no tenía fuerzas para concentrarse.
Newt gritó para que le trajeran el Suero de la Laceración y, un minuto más tarde, Thomas sintió
un pinchazo en el brazo. El calor se extendió desde aquel punto a todo su cuerpo, calmando y
aliviando el dolor. Pero el mundo parecía seguir derrumbándose, y sabía que todo se acabaría para
él en unos segundos.
La habitación daba vueltas, los colores se fusionaban y todo giraba cada vez más rápido. Le
costó mucho esfuerzo, pero dijo una última cosa antes de que la oscuridad se lo llevara:
—No os preocupéis —susurró, esperando que le oyeran—. Lo he hecho a propósito…
Capítulo 47
Thomas no fue consciente del tiempo mientras pasaba por el Cambio.
Empezó, más o menos, como su primer recuerdo en la Caja, frío y oscuro. Pero esta vez tenía la
sensación de que ni sus pies ni su cuerpo tocaban nada. Flotaba en el vacío, con la vista clavada en
la negrura. No veía nada, no oía nada, no olía nada. Era como si alguien le hubiese robado sus cinco
sentidos, dejándole en el vacío.
El tiempo se extendía más y más. El miedo se convirtió en curiosidad y, luego, en aburrimiento.
Se levantó un viento distante, que no sentía pero sí oía. Entonces, un remolino blanco y neblinoso
apareció a lo lejos, un tornado de humo que giraba como un largo embudo y se estiraba hasta que ya
no pudo ver ni la parte superior ni la inferior del torbellino blanco. Después, notó que el vendaval se
transformaba en un ciclón; sopló por detrás de él y tiró de su ropa y de su pelo como si fueran
banderas cortadas a tiras, atrapadas por la tormenta.
La torre de espesa niebla empezó a moverse hacia él —o él se acercaba a ella, no lo sabía— a
una velocidad alarmante. Donde hacía unos segundos había podido diferenciar la forma del embudo,
ahora sólo veía una planicie blanca que le consumió.
Notó que la neblina se llevaba su mente y los recuerdos flotaron en sus pensamientos. Todo lo
demás se convirtió en dolor
Según el reloj de Thomas, era media mañana cuando Minho y él cruzaron la Puerta Oeste de regreso
al Claro. Thomas estaba tan cansado que quería tumbarse allí mismo a echar una siesta. Llevaban en
el Laberinto unas veinticuatro horas.
Sorprendentemente, a pesar de la luz mortecina y de que todo estaba desbaratándose, el día en el
Claro parecía desarrollarse como era habitual: se trabajaba en los campos, en los huertos, y se
limpiaba. No pasó mucho tiempo hasta que algunos chicos notaron su presencia. Avisaron a Newt y
este enseguida fue hasta allí corriendo.
—Sois los primeros en volver —dijo mientras se acercaba—. ¿Qué ha pasado? —la expresión
de esperanza infantil en su rostro le rompió a Thomas el corazón. Sin duda, creía que habían
encontrado algo importante—. Decidme que tenéis buenas noticias.
Minho tenía los ojos apagados, clavados en algún punto de la distancia gris.
—Nada —respondió—. El Laberinto es una puta broma.
Newt miró a Thomas, confundido.
—¿Qué dice este?
—Está desanimado —contestó Thomas, y encogió sus cansados hombros—. No hemos
encontrado nada diferente. Las paredes no se han movido, no hay salidas, nada. ¿Vinieron los
laceradores ayer por la noche?
Newt hizo una pausa y una sombra le atravesó el rostro. Al final, hizo un gesto de asentimiento.
—Sí. Se llevaron a Adam.
Thomas no reconoció aquel nombre y se sintió culpable por no sentir nada.
«Sólo uno otra vez —pensó—. Quizá Gally tenía razón».
Newt estaba a punto de decir algo más cuando Minho perdió el control, asustando a Thomas:
—¡Estoy harto de todo esto! —escupió en la hiedra y las venas se le hincharon en el cuello—.
¡Estoy harto! ¡Se acabó! —se quitó la mochila y la tiró al suelo—. No hay salida; nunca la ha habido
y nunca la habrá. Estamos todos fucados.
Con la garganta seca, Thomas observó cómo Minho se marchaba pisando fuerte hacia la
Hacienda. Se preocupó. Si Minho se rendía, todos tendrían grandes problemas.
Newt no dijo ni una palabra y, llevado por su propio aturdimiento, dejó a Thomas allí plantado.
La desesperación flotaba en el ambiente como el humo de la Sala de Mapas, espesa y ácida.
Los otros corredores regresaron al cabo de una hora y, por lo que Thomas oyó, ninguno había
encontrado nada, al final se habían rendido igualmente. Por todas partes en el Claro había rostros
apesadumbrados; la mayoría de los trabajadores había abandonado sus tareas diarias.
Thomas sabía que el código del Laberinto era ahora su única esperanza. Tenía que desvelar algo.
Tenía que hacerlo. Y, después de deambular por el Claro oyendo las historias de los demás
corredores, se quitó el miedo de encima.
¿Teresa?—dijo en su cabeza, cerrando los ojos como si así fuera a conseguirlo—. ¿Dónde
estás? ¿Has averiguado algo?
Tras una larga pausa, casi se había rendido, pues creía que no había funcionado.
¿Eh? Tom, ¿has dicho algo?
Sí —contestó, entusiasmado por haber contactado con ella otra vez—. ¿Me oyes? ¿Estoy
haciéndolo bien?
A veces se corta, pero funciona. Es raro, ¿eh?
Thomas se quedó pensando. Lo cierto era que se estaba acostumbrando a aquello.
No está tan mal. ¿Todavía estáis en el sótano? Antes he visto a Newt, pero ha vuelto a
desaparecer.
Seguimos aquí. Newt ha traído a tres o cuatro clarianos para que nos ayuden a calcar los
mapas. Creo que ya tenemos todo el código.
A Thomas le saltó el corazón a la garganta.
¿En serio?
Baja aquí.
Voy.
Ya se estaba moviendo cuando lo dijo; de repente, había dejado de estar tan cansado.
• • •
Newt le dejó entrar.
—Minho aún no ha aparecido —comentó mientras bajaban las escaleras hacia el sótano—. A
veces se le va la olla.
A Thomas le sorprendió que Newt perdiera el tiempo enfurruñándose, sobre todo con las
posibilidades que ofrecía el código. Apartó aquella idea al entrar en la habitación. Varios clarianos
que no conocía estaban reunidos alrededor de la mesa, de pie; parecían agotados, tenían los ojos
hundidos. Había montones de mapas esparcidos por todos lados, incluido el suelo. Parecía que un
tornado hubiera aterrizado en medio del sótano.
Teresa estaba apoyada en unas estanterías, leyendo una hoja de papel. Alzó la vista cuando entró
el chico, pero luego volvió a concentrarse en lo que fuese que estuviera sosteniendo. Aquello le
entristeció un poco; esperaba que se alegrara al verle, pero luego se sintió estúpido por habérsele
ocurrido que ella reaccionaría de forma distinta. Sin duda, estaba ocupada intentando descifrar el
código.
Tienes que verlo —dijo Teresa justo cuando Newt dio permiso a sus ayudantes para que se
marcharan.
Los muchachos subieron torpemente las escaleras, un par de ellos refunfuñando por haber hecho
todo aquel trabajo para nada. Thomas se sobresaltó, preocupado durante un instante por que Newt
supiera lo que estaba sucediendo.
No me hables mentalmente mientras Newt esté cerca de mí. No quiero que sepa lo de nuestro…
don.
—Venid a ver esto —ordenó Teresa en voz alta, sin apenas ocultar la sonrisita de complicidad
que le atravesó el rostro.
—Me arrodillaré para besar tus malditos pies si has averiguado algo —respondió Newt.
Thomas se acercó a Teresa, impaciente por ver adónde habían llegado. Ella les mostró el papel,
con las cejas arqueadas.
—No cabe duda de que es correcto —dijo—, pero no tengo ni idea de lo que significa.
Thomas cogió el papel y lo examinó rápidamente. Había círculos numerados del uno al seis en
todo el margen izquierdo. Al lado de cada uno, había una palabra escrita en letras mayúsculas:
EMERGE
ATRAPA
SANGRA
MUERTE
DIFÍCIL
PULSA
Eso era todo. Seis palabras.
A Thomas le envolvió la decepción. Había estado seguro de que el propósito de aquel código
sería evidente en cuanto lo descifraran. Levantó la vista hacia Teresa con el corazón en un puño.
—¿Eso es todo? ¿Estáis seguros de que están en el orden correcto?
La joven volvió a coger el papel.
—El Laberinto lleva meses repitiendo esas palabras. Lo dejamos cuando estuvo bien claro. Cada
vez, después de la palabra PULSA, viene una semana entera sin aparecer ninguna letra y luego
empieza con EMERGE de nuevo. Así que nos imaginamos que esa era la primera palabra y que ese
era el orden.
Thomas cruzó los brazos y se apoyó en las estanterías, al lado de Teresa. Sin pensarlo, memorizó
las seis palabras, grabándolas en su mente. Emerge. Atrapa. Sangra. Muerte. Difícil. Pulsa. No
sonaba muy bien.
—Alentador, ¿no crees? —dijo Newt, reflejando exactamente lo que estaba pensando.
—Sí —contestó Thomas con un gruñido de frustración—. Tenemos que hacer que Minho baje
aquí. A lo mejor él sabe algo que nosotros no sabemos. Si tuviésemos más pistas… —se quedó
inmóvil, azotado por un mareo que le habría hecho caerse al suelo si no hubiese tenido unas
estanterías en las que apoyarse. Se le acababa de ocurrir una idea. Una idea horrible, terrible,
espantosa. La peor idea de la historia de las ideas horribles, terribles y espantosas.
Pero el instinto le decía que tenía razón. Que era algo que debía hacer.
—¿Tommy? —le llamó Newt, y se acercó a él con una mirada de preocupación que le hizo
arrugar la frente—. ¿Qué te pasa? Te has puesto blanco como un fantasma.
Thomas negó con la cabeza y recuperó la compostura.
—Ah…, nada, perdona. Me duelen los ojos, creo que necesito dormir —se frotó las sienes para
darle más efecto.
¿Estás bien? —le preguntó Teresa en su mente.
Thomas advirtió que estaba igual de preocupada que Newt, lo que le gustó.
Sí. Estoy cansado, en serio. Sólo me hace falta descansar un poco.
—Bueno —dijo Newt, que extendió la mano para apretar el hombro de Thomas—, has estado
toda la maldita noche en el Laberinto. Ve a echarte un rato.
Thomas miró a Teresa y luego a Newt. Quería contarles su idea, pero decidió hacer lo contrario.
Se limitó a asentir y se dirigió hacia las escaleras. De todos modos, Thomas ahora tenía un plan.
Aunque fuese malo, al menos era un plan.
Necesitaban más pistas sobre el código. Necesitaban recuerdos. Así que iba a hacer que le picara
un lacerador. Iba a pasar por el Cambio. Adrede.
Capítulo 46
Thomas se negó a hablar con nadie el resto del día.
Teresa lo intentó varias veces, pero él no dejaba de repetir que no se encontraba bien, que le
apetecía estar solo, dormir en su rincón detrás del bosque y, tal vez, pasar un tiempo reflexionando
para intentar descubrir un lugar secreto en su mente que les ayudara a saber cómo actuar. Pero la
verdad era que estaba mentalizándose para lo que había planeado realizar aquella noche,
convenciéndose de que era lo correcto. Lo único que podía hacer. Además, estaba aterrorizado y no
quería que los otros se dieran cuenta.
Al final, cuando su reloj señaló que ya había llegado el atardecer, fue a la Hacienda con todos
los demás. Apenas notó que tenía hambre hasta que vio la comida que Fritanga había preparado a
toda prisa: galletas y sopa de tomate. Había llegado el momento de otra noche sin dormir.
Los constructores habían cerrado con tablas los agujeros que habían dejado los monstruos que se
llevaron a Gally y a Adam. El resultado final a Thomas se le antojaba como si una cuadrilla de
borrachos hubiera hecho el trabajo, pero al menos era lo bastante resistente. Newt y Alby, que ya se
encontraba bien para estar por ahí, aunque con la cabeza llena de vendas, insistieron en que se debían
hacer turnos para dormir.
Thomas acabó en el gran salón de la planta baja de la Hacienda con las mismas personas con las
que había dormido las dos noches anteriores. Enseguida, el silencio reinó en la habitación, aunque no
sabía si era porque todos se habían dormido o porque estaban asustados, esperando en silencio,
contra toda esperanza, que los laceradores no volvieran. A diferencia de las dos noches anteriores,
permitieron a Teresa quedarse en el edificio con el resto de clarianos. Estaba junto a él, acurrucada
en dos mantas. De algún modo, podía percibir que estaba durmiendo. Durmiendo de verdad.
Thomas no podía dormir, aunque sabía que su cuerpo lo necesitaba desesperadamente. Lo intentó,
intentó con todas sus fuerzas mantener los ojos cerrados y se obligó a relajarse, pero no hubo suerte.
La noche se le hacía interminable y la pesada sensación de saber lo que iba a ocurrir le aplastaba el
pecho.
Entonces, tal y como todos habían esperado, se oyeron los inquietantes sonidos metálicos de los
laceradores en el exterior. Había llegado el momento.
Todo el mundo se apiñó contra la pared más apartada de las ventanas y se esforzó por mantener
el silencio. Thomas estaba acurrucado en un rincón al lado de Teresa, abrazándose las rodillas, con
los ojos clavados en la ventana. La realidad de la terrible decisión que había tomado le golpeó como
si una mano le estrujara el corazón. Pero sabía que todo dependía de aquello.
La tensión en la habitación aumentaba a un ritmo constante. Los clarianos estaban callados; no se
movía ni un alma. El lejano sonido del metal arañando la madera retumbó en la casa. A Thomas le
sonó como si un lacerador estuviese subiendo por la parte trasera de la Hacienda, al otro lado de
donde ellos se hallaban. Unos segundos más tarde, se oyeron más ruidos; venían de todas partes, y el
más cercano procedía de su propia ventana. El aire del salón pareció congelarse hasta convertirse en
hielo, y Thomas apretó los puños contra sus ojos, con la expectativa del ataque poniéndole de los
nervios.
Una explosión retumbó cuando arrancaron la madera y rompieron el cristal en algún sitio de la
planta superior, lo que sacudió toda la casa. Thomas se quedó petrificado cuando se oyeron varios
chillidos, seguidos por las pisadas apresuradas de gente huyendo. Unos fuertes crujidos anunciaron
que toda una horda de clarianos corría hacia la primera planta.
—¡Han cogido a Dave! —gritó alguien con la voz aguda por el terror.
Nadie movió un músculo en la habitación de Thomas. Éste sabía que todos se sentían
probablemente culpables por el alivio de no haber sido uno de ellos. De que, quizás, estaban a salvo
una noche más. Durante dos días seguidos, se habían llevado a un chico por noche y la gente estaba
empezando a pensar que lo que había dicho Gally era verdad.
Thomas se sobresaltó cuando se oyó un terrible estrépito justo al otro lado de la puerta,
acompañado de gritos y de madera astillándose, como si un monstruo con fauces de hierro se
estuviese comiendo la escalera entera. Un segundo más tarde, se oyó otra explosión de madera
arrancada: la puerta principal. El lacerador había entrado en la casa y se estaba marchando.
Una oleada de miedo atravesó a Thomas. Era ahora o nunca.
Se puso de pie, echó a correr hacia la puerta del salón y la abrió de un tirón. Oyó gritar a Newt,
pero le ignoró y siguió corriendo por el pasillo, esquivando y saltando trozos de madera partida. Vio
que donde había estado la puerta principal ahora había un agujero recortado que daba a la noche gris.
Fue hasta allí y salió a toda velocidad hacia el Claro.
¡Tom!—gritó Teresa dentro de su cabeza—. ¿Qué estás haciendo?
La ignoró y continuó corriendo.
El lacerador que se había llevado a Dave, un chico con el que Thomas nunca había hablado,
rodaba sobre sus pinchos hacia la Puerta Oeste, agitándose y zumbando. Los demás laceradores ya se
habían reunido en el patio y seguían a su compañero hacia el Laberinto. Sin dudarlo, a sabiendas de
que el resto pensaría que estaba cometiendo un acto de suicidio, Thomas corrió en su dirección hasta
que se encontró en medio de aquellas criaturas. Al haberlos pillado por sorpresa, los laceradores
vacilaron.
Thomas saltó sobre el que llevaba a Dave e intentó soltar al chico con la esperanza de que el
bicho reaccionara. El grito de Teresa en el interior de su cabeza fue tan alto que sintió como si le
clavaran un puñal en el cráneo.
Tres laceradores se echaron sobre él a la vez, con sus largas pinzas y agujas volando por todos
lados. Thomas sacudió los brazos y las piernas para retirar los horribles brazos metálicos mientras
daba patadas a los cuerpos vibrantes de los laceradores. Tan sólo quería que le picaran, no que se lo
llevaran como a Dave. Su incesante ataque se intensificó y Thomas notó que el dolor estallaba en
todo su cuerpo; los pinchazos de unas agujas le avisaron de que había tenido éxito. Gritó, pataleó,
empujó y golpeó hasta hacerse un ovillo, intentando librarse de ellos. Forcejeó, lleno de adrenalina,
y por fin encontró un espacio abierto para meter los pies; después, echó a correr con todas sus
fuerzas.
En cuanto escapó de los instrumentos de los laceradores, se dieron por vencidos, se retiraron y
desaparecieron en el Laberinto. Thomas se desplomó en el suelo, quejándose de dolor.
Newt apareció sobre él al cabo de un segundo, seguido inmediatamente de Chuck, Teresa y otros.
Newt le cogió por los hombros y le levantó agarrándole por debajo de los brazos.
—¡Cogedle las piernas! —gritó.
Thomas notó el mundo dando vueltas a su alrededor, le entraron náuseas y se puso a delirar.
Alguien, no supo quién, obedeció la orden de Newt. Le estaban llevando por el patio; cruzaron la
puerta de la Hacienda, pasaron por el pasillo hecho pedazos hacia una habitación, donde le
colocaron sobre un sofá. El mundo continuaba dando vueltas.
—¡Qué estabas haciendo! —exclamó Newt en su cara—. ¡Cómo puedes ser tan estúpido!
Thomas tenía que hablar antes de desaparecer en la oscuridad:
—No…, Newt… No lo entiendes…
—¡Cállate! —gritó Newt—. ¡No malgastes tu energía!
Thomas notó que alguien le examinaba los brazos y las piernas y le arrancaba la ropa del cuerpo
para comprobar los daños. Oyó la voz de Chuck y no pudo evitar sentirse aliviado porque su amigo
estuviera bien. Un mediquero dijo algo sobre que le habían picado un montón de veces.
Teresa estaba a sus pies y le apretaba el tobillo derecho con la mano.
¿Por qué, Tom? ¿Por qué lo has hecho?
Porque… —no tenía fuerzas para concentrarse.
Newt gritó para que le trajeran el Suero de la Laceración y, un minuto más tarde, Thomas sintió
un pinchazo en el brazo. El calor se extendió desde aquel punto a todo su cuerpo, calmando y
aliviando el dolor. Pero el mundo parecía seguir derrumbándose, y sabía que todo se acabaría para
él en unos segundos.
La habitación daba vueltas, los colores se fusionaban y todo giraba cada vez más rápido. Le
costó mucho esfuerzo, pero dijo una última cosa antes de que la oscuridad se lo llevara:
—No os preocupéis —susurró, esperando que le oyeran—. Lo he hecho a propósito…
Capítulo 47
Thomas no fue consciente del tiempo mientras pasaba por el Cambio.
Empezó, más o menos, como su primer recuerdo en la Caja, frío y oscuro. Pero esta vez tenía la
sensación de que ni sus pies ni su cuerpo tocaban nada. Flotaba en el vacío, con la vista clavada en
la negrura. No veía nada, no oía nada, no olía nada. Era como si alguien le hubiese robado sus cinco
sentidos, dejándole en el vacío.
El tiempo se extendía más y más. El miedo se convirtió en curiosidad y, luego, en aburrimiento.
Se levantó un viento distante, que no sentía pero sí oía. Entonces, un remolino blanco y neblinoso
apareció a lo lejos, un tornado de humo que giraba como un largo embudo y se estiraba hasta que ya
no pudo ver ni la parte superior ni la inferior del torbellino blanco. Después, notó que el vendaval se
transformaba en un ciclón; sopló por detrás de él y tiró de su ropa y de su pelo como si fueran
banderas cortadas a tiras, atrapadas por la tormenta.
La torre de espesa niebla empezó a moverse hacia él —o él se acercaba a ella, no lo sabía— a
una velocidad alarmante. Donde hacía unos segundos había podido diferenciar la forma del embudo,
ahora sólo veía una planicie blanca que le consumió.
Notó que la neblina se llevaba su mente y los recuerdos flotaron en sus pensamientos. Todo lo
demás se convirtió en dolor
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