42-44
Capítulo 42
Minho encendió la luz, lo que hizo a Thomas entrecerrar los ojos un instante hasta que se acostumbró
a la iluminación. Unas sombras amenazadoras se aferraban a las cajas de las armas esparcidas por la
mesa y el suelo; los cuchillos, los palos y demás artefactos de aspecto desagradable parecían estar
esperando allí, preparados para quitarle la vida a cualquiera de ellos y matar al primer estúpido que
se acercase lo suficiente. El olor a humedad no hacía más que acrecentar la escalofriante sensación
que embargaba al entrar en aquel cuarto.
—Hay un armario oculto ahí detrás —explicó Minho al pasar por las estanterías de un rincón
oscuro—. Sólo unos cuantos sabemos que existe.
Thomas oyó el crujido de una vieja puerta de madera y Minho sacó a rastras una caja de cartón.
El sonido que hacía al rozar el suelo era como un cuchillo sobre un hueso.
—Puse el contenido de los baúles en cajas, ocho en total. Están todas ahí.
—¿Cuál es esta? —preguntó Thomas. Se arrodilló junto a ella, ansioso por empezar.
—Ábrela y lo verás. Las hojas están marcadas, ¿recuerdas?
Thomas tiró de las tapas entrecruzadas hasta abrirla. Los mapas de la Sección 2 se hallaban en un
montón desordenado. Thomas metió la mano y sacó una pila.
—Vale —dijo—. Los corredores siempre los han comparado día a día para ver si había algún
patrón que les ayudara a averiguar dónde estaba la salida. Tú mismo dijiste que no sabías lo que
estabais buscando, pero seguíais estudiándolos de todas formas, ¿no?
Minho asintió de brazos cruzados. Parecía como si estuviera esperando que alguien fuera a
revelar el secreto de la vida eterna.
—Bueno —continuó Thomas—, ¿y si todos los movimientos de las paredes no tenían nada que
ver con un mapa, un laberinto o algo por el estilo? ¿Y si en vez de un patrón deletreaban unas
palabras? Algún tipo de pista para ayudarnos a escapar.
Minho señaló los mapas que Thomas tenía en la mano, dejando escapar un suspiro de frustración.
—Tío, no tienes ni idea de cuánto hemos estudiado estos chismes. ¿No crees que nos habríamos
dado cuenta si estuviesen deletreando fucas palabras?
—Quizá cueste mucho verlo a simple vista si se compara un día con otro. Quizá no teníais que
comparar un día con otro, sino mirarlos todos a la vez.
Newt se rió.
—Tommy, puede que no sea el más perspicaz del Claro, pero lo que estás diciendo me parece
una chorrada.
Mientras Thomas iba hablando, su cabeza no dejaba de trabajar, incluso más rápido que antes. La
respuesta estaba ahí mismo; sabía que ya casi la tenía, sólo que era muy difícil expresarla con
palabras.
—Vale, vale —dijo, volviendo a empezar—. Siempre has asignado una sección a un corredor,
¿verdad?
—Sí —contestó Minho. Parecía realmente interesado y dispuesto a entenderlo.
—Y ese corredor dibuja un mapa cada día y lo compara con los de los días anteriores, de esa
misma sección. ¿Y si hubierais comparado cada día las ocho secciones entre ellas? ¿Y que cada día
fuera una pista por separado o un código? ¿Alguna vez habéis comparado una sección con otra?
Minho se restregó la barbilla y asintió.
—Sí, algo parecido. Tratamos de ver si hacían algo cuando las juntábamos. ¡Claro que lo hemos
hecho! Lo hemos intentado todo.
Thomas se sentó sobre las piernas y estudió los mapas que tenía en su regazo. Apenas podía ver
las líneas del Laberinto dibujadas en la segunda hoja a través de la que había arriba del todo. En
aquel instante, supo lo que tenían que hacer y alzó la vista hacia el resto.
—Papel encerado.
—¿Eh? —balbuceó Minho—. ¿Qué…?
—Confía en mí. Necesitamos papel encerado y unas tijeras. Y todos los rotuladores negros y los
lápices que encuentres.
• • •
A Fritanga no le hizo mucha gracia que le quitaran dos cajas de papel encerado, y menos aún ahora
que les habían dejado de mandar suministros. Dijo que era una de las cosas que siempre pedía, que
lo usaba para cocinar en el horno. Al final, tuvieron que contarle para qué lo necesitaban y así
consiguieron que se callara.
Al cabo de diez minutos de buscar lápices y rotuladores —antes, la mayoría estaba en la Sala de
Mapas y el fuego los había destruido—, Thomas se sentó con Newt, Minho y Teresa en la mesa de
trabajo del sótano de las armas. No habían encontrado unas tijeras, así que Thomas había cogido el
cuchillo más afilado que encontró.
—Más vale que merezca la pena —dijo Minho con aire amenazador, pero sus ojos mostraban
interés.
Newt se inclinó hacia delante y apoyó los codos en la mesa como si quisiera ver un truco de
magia.
—Empieza de una vez, verducho.
—Vale —Thomas tenía muchas ganas de hacerlo, pero le daba muchísimo miedo que al final
todo se quedara en nada. Le pasó el cuchillo a Minho y, luego, señaló el papel encerado—. Empieza
a cortar rectángulos de más o menos el tamaño de los mapas. Newt y Teresa, podéis ayudarme a
coger los diez primeros mapas de la caja de cada sección.
—¿Qué son todas estas manualidades infantiles? —Minho levantó el cuchillo y lo miró con cara
de asco—. ¿Por qué no nos dices por qué foño estamos haciendo esto?
—Estoy en ello —contestó Thomas, pues sabía que sólo necesitaban ver lo que tenía en la
cabeza. Se levantó para rebuscar en el trastero—. Así es más fácil enseñártelo. Si me equivoco, pues
me equivoco y volveremos a correr por el Laberinto como ratones.
Minho suspiró, sin duda irritado; luego masculló algo. Teresa llevaba callada un rato, pero habló
dentro de la cabeza de Thomas:
Creo que sé lo que estás haciendo. De hecho, es brillante.
Thomas se sobresaltó, pero hizo cuanto pudo por ocultarlo. Sabía que tenía que fingir que no oía
voces en su cabeza porque los demás pensarían que estaba loco.
Ven… a… ayudarme… —intentó decir, pensando las palabras por separado, tratando de
visualizar el mensaje, de enviarlo. Pero la chica no respondió.
—Teresa —dijo en voz alta—, ¿puedes ayudarme un segundo? —señaló hacia el trastero.
Los dos entraron en el pequeño cuarto polvoriento, abrieron todas las cajas y cogieron un
montoncito de mapas de cada una. Al volver a la mesa, Thomas se encontró con que Minho ya había
cortado veinte trozos y hecho una pila desordenada a su derecha mientras seguía amontonando más
encima.
Thomas se sentó y cogió unos cuantos. Puso uno de los papeles a la luz para ver cómo lo
atravesaba un brillo lechoso. Era exactamente lo que necesitaba. Cogió un rotulador.
—Muy bien, que todo el mundo calque los últimos diez días en un trozo como este. Aseguraos de
escribir la información en la parte superior para que sepamos qué es qué. Cuando hayamos acabado,
tal vez veamos algo.
—¿Qué…? —empezó a decir Minho.
—Tú sigue cortando, foder —ordenó Newt—. Creo que sé adónde quiere ir a parar con esto.
Thomas se sintió aliviado de que alguien por fin lo hubiera captado.
Se pusieron a calcar los mapas originales en el papel encerado, uno a uno, tratando de que
quedara limpio y bien a la vez que iban lo más rápido posible. Thomas utilizó el lado de una tabla
suelta como regla improvisada para que no se torcieran las líneas. No tardó en completar cinco
mapas y, luego, otros cinco más. Los demás llevaban el mismo ritmo, trabajaban febrilmente.
Mientras Thomas dibujaba, empezó a sentir cierto temor, una extraña sensación de que lo que
estaban haciendo era una completa pérdida de tiempo. Pero Teresa, que estaba sentada a su lado, era
un modelo de concentración; su lengua asomaba por una comisura de la boca mientras trazaba líneas
arriba y abajo, de un lado a otro. Parecía estar segurísima de que iban a averiguar algo.
Continuaron, caja por caja, sección por sección.
—Yo ya estoy —anunció finalmente Newt, rompiendo el silencio—. Me arden los dedos. Mira a
ver si funciona.
Thomas dejó su rotulador y dobló los dedos con la esperanza de haber acertado.
—Vale, dadme los últimos diez días de cada sección. Haced montones ordenados en la mesa,
desde la Sección 1 hasta la Sección 8. La 1, aquí —señaló a un extremo— y la 8, allí —señaló al
otro extremo.
En silencio, hicieron lo que les pidió, revisando lo que habían dibujado hasta colocar en fila
ocho montones bajos de papel encerado sobre la mesa.
Nervioso, Thomas cogió una hoja de cada pila, se aseguró de que todas fueran del mismo día y
las mantuvo en orden. Entonces las puso unas encima de otras para que todos los dibujos del
Laberinto coincidieran con los del mismo día por arriba y por abajo hasta ver las ocho secciones del
Laberinto a la vez. Lo que vio le dejó atónito. Casi como por arte de magia, como una imagen
desenfocada que pasa a verse con nitidez, algo empezó a distinguirse. Teresa dejó escapar un gritito
ahogado.
Las líneas se entrecruzaban, arriba y abajo, de modo que lo que Thomas sostenía en las manos
era una especie de cuadrícula. Pero había unas líneas en medio, unas líneas que aparecían
casualmente con más frecuencia que las demás y dibujaban una imagen más oscura que el resto. Era
sutil, pero no cabía duda de que estaba allí. Justo en el centro de la hoja estaba la letra E.
Capítulo 43
Thomas sintió un torrente de emociones distintas: alivio porque había funcionado, sorpresa y
entusiasmo, pero también se preguntó adonde les conduciría.
—Tío —dijo Minho, resumiendo los sentimientos de Thomas con una palabra.
—Podría ser una coincidencia —apuntó Teresa—. Haz más, rápido.
Thomas continuó poniendo las ocho páginas de cada día en orden, desde la Sección 1 a la
Sección 8. En cada ocasión se formaba una letra con claridad en medio del montón de líneas
entrecruzadas. Después de la E vino la M, luego la E, después la R, la G y una E. Luego, A… T.
—Mira —exclamó Thomas, señalando la fila de montones que habían formado, confundido, pero
contento de que las letras estuvieran tan claras—. Dice EMERGE y, luego, AT.
—¿Emerge At? —repitió Newt—. A mí eso no me parece un código de rescate.
—Tenemos que continuar —dijo Thomas.
Al hacer un par de combinaciones más, se dieron cuenta de que, en realidad, la segunda palabra
era ATRAPA. EMERGE y ATRAPA.
—Definitivamente, no es una coincidencia —aseguró Minho.
—Eso está claro —afirmó Thomas. No podía esperar a ver más.
Teresa señaló hacia el trastero.
—Tenemos que revisar todas esas cajas de ahí dentro.
—Sí —asintió Thomas—. Vamos.
—No podemos ayudar —dijo Minho.
Los tres le fulminaron con la mirada y él hizo otro tanto.
—Al menos, Thomas y yo. Tenemos que salir al Laberinto con los corredores.
—¿Qué? —exclamó Thomas—. ¡Esto es muchísimo más importante!
—Tal vez —respondió Minho, tranquilo—, pero no podemos dejar de salir allí ni un día. Ahora,
no.
Thomas sintió una oleada de decepción. Correr por el Laberinto le parecía una pérdida de tiempo
comparado con descifrar el código.
—¿Por qué, Minho? Dices que el patrón se ha estado repitiendo durante meses… Un día más no
significará nada.
Minho golpeó la mesa con la mano.
—¡Eso es una patochada, Thomas! De todos los días, este puede que sea el más importante al no
cerrarse las puñeteras paredes; creo que podríamos probar tu idea, pasar allí la noche para explorar
con más detenimiento.
Aquello despertó el interés de Thomas; estaba deseando hacerlo. Indeciso, preguntó:
—Pero ¿qué hay del código? ¿Qué…?
—Tommy —dijo Newt con voz consoladora—, Minho tiene razón. Pingajos, salid y corred. Yo
reuniré a algunos clarianos en los que podamos confiar y seguiremos trabajando en esto —sonó más
que nunca como un líder.
—Yo me quedaré aquí y también ayudaré a Newt —se ofreció Teresa.
Thomas la miró.
—¿Estás segura?
Se moría por descifrar el código él mismo, pero decidió que Newt y Minho tenían razón. La
chica sonrió y se cruzó de brazos.
—Si vais a descifrar un código secreto de un grupo complejo de laberintos diferentes, estoy
segurísima de que necesitaréis que una chica lleve la voz cantante —su amplia sonrisa se convirtió
en una sonrisita de suficiencia.
—Si tú lo dices…
Cruzó los brazos, se quedó mirándola con una sonrisa y, de repente, no quiso marcharse de
nuevo.
—Bien —asintió Minho, y se dio la vuelta para irse—. Estupendo. Vamos.
Comenzó a caminar hacia la puerta, pero luego se detuvo cuando advirtió que Thomas no iba tras
él.
—No te preocupes, Tommy —dijo Newt—. Tu novia estará bien.
Thomas notó que millones de pensamientos le pasaban por la cabeza en aquel momento. Se moría
por descifrar el código, le daba vergüenza lo que Newt pensaba de Teresa y él, estaba intrigado por
lo que podían encontrar en el Laberinto… y tenía miedo.
Pero se deshizo de todo aquello. Sin ni siquiera despedirse, acabó por seguir a Minho y subieron
las escaleras.
• • •
Thomas ayudó a Minho a reunir a los corredores para darles la noticia y organizar el gran viaje. Le
sorprendió que todos accedieran de buena gana a explorar más a fondo el Laberinto y pasar allí la
noche. Aunque estaba nervioso y asustado, le dijo a Minho que podía llevar una de las secciones él
solo, pero el guardián se negó. Tenían ocho corredores con experiencia para dicha tarea. Thomas iba
a acompañarle, y para él fue un gran alivio, lo que casi le hizo sentir vergüenza de sí mismo.
Minho y él metieron en sus mochilas más provisiones de las habituales, pues no sabían cuánto
tiempo estarían allí fuera. A pesar de su miedo, Thomas no podía evitar estar también entusiasmado,
pues aquel podía ser el día en que encontrasen una salida.
Ambos estaban estirando las piernas junto a la Puerta Oeste cuando Chuck se acercó para
despedirse.
—Iría con vosotros —dijo el niño con un tono que estaba lejos de ser jovial—, pero no quiero
tener una muerte horripilante.
Thomas se rió, sorprendiéndose de su reacción.
—Gracias por los ánimos.
—Tened cuidado —pidió Chuck, y su tono de voz se transformó enseguida en auténtica
preocupación—. Ojalá pudiera ayudaros, tíos.
A Thomas le llegó al alma. Se apostó cualquier cosa a que, si hiciese falta y se lo pidieran,
Chuck saldría al Laberinto.
—Gracias, Chuck. Tendremos mucho cuidado.
Minho resopló.
—Tener cuidado no nos ha servido en absoluto. Ahora es todo o nada, chaval.
—Será mejor que nos vayamos —dijo Thomas. Sentía un hormigueo en la barriga y sólo quería
moverse, dejar de pensar. Al fin y al cabo, salir al Laberinto no era peor que quedarse en el Claro
con las puertas abiertas. Aunque aquella idea no le hacía sentirse mucho mejor.
—Sí —respondió Minho, tranquilo.
—Bueno —murmuró Chuck, y bajó la vista hacia sus pies antes de volver a mirar a Thomas—,
buena suerte. Si tu novia se siente sola sin ti, yo la consolaré.
Thomas puso los ojos en blanco.
—No es mi novia, cara fuco.
—¡Vaya! —exclamó Chuck—. Ya estás usando las palabrotas de Alby —estaba claro que
intentaba fingir que no estaba asustado por los últimos acontecimientos, pero sus ojos revelaban la
verdad—. En serio, buena suerte.
—Gracias, eso es muy importante —contestó Minho poniendo los ojos en blanco—. Nos vemos,
pingajo.
—Sí, nos vemos —masculló Chuck, y luego se dio la vuelta para marcharse.
Thomas sintió una punzada de tristeza. Quizá ya no volviera a ver a Chuck, a Teresa o a
cualquiera de los demás, y de repente sintió la necesidad de decir:
—¡No olvides mi promesa! —gritó—. ¡Te llevaré a casa!
Chuck se volvió y alzó el pulgar, con los ojos vidriosos por las lágrimas. Thomas alzó los dos
pulgares; luego, Minho y él se pusieron las mochilas y entraron en el Laberinto.
Capítulo 44
Thomas y Minho no pararon hasta que estuvieron a medio camino del último callejón sin salida de la
Sección 8. Ahora que el cielo estaba gris, Thomas se alegraba de llevar su reloj de pulsera. Habían
conseguido llegar en poco tiempo porque enseguida fue evidente que las paredes no se habían
movido desde el día anterior. Todo estaba exactamente igual. No había necesidad de dibujar mapas
ni de tomar notas, su único deber era llegar hasta el final y dar la vuelta en busca de cosas que antes
no hubieran advertido, cualquier cosa. Minho permitió veinte minutos de descanso y, después,
siguieron con su trabajo.
Permanecieron callados mientras corrían. Minho le había enseñado a Thomas que hablar no era
más que un gasto de energía, así que se concentraba en su ritmo y su respiración. Regular. Uniforme.
Inspirar, expirar. Inspirar, expirar. Cada vez más metidos en el Laberinto, acompañados tan sólo de
sus pensamientos y los sonidos de sus pasos sobre el duro suelo de piedra.
Al cabo de tres horas, Teresa le sorprendió hablando en su mente desde el Claro:
Estamos progresando. Ya hemos encontrado un par de palabras más. Pero aún no tiene
sentido.
El primer impulso de Thomas fue ignorarla, negar una vez más que alguien tenía la capacidad de
entrar en su cabeza, de invadir su privacidad. Pero quería hablar con ella.
¿Puedes oírme? —preguntó, imaginando las palabras en su mente y enviándoselas mentalmente
de una forma que nunca podría explicar. Se concentró y repitió—: ¿Puedes oírme?
¡Sí! —contestó ella—. Te he oído muy claro la segunda vez que lo has dicho.
Thomas estaba impresionado, tanto que casi dejó de correr. ¡Había funcionado!
Me pregunto por qué podemos hacer esto —dijo con la mente.
Le costaba muchísimo hablar con la chica y empezó a notar que le dolía la cabeza, como si
tuviera un bulto en el cerebro.
A lo mejor éramos amantes —respondió Teresa.
Thomas se tropezó y cayó al suelo. Sonrió avergonzado a Minho, que se había dado la vuelta
para mirar sin aminorar la marcha. Thomas se puso de pie otra vez y le alcanzó.
¿Qué? —preguntó al final.
Percibió cómo ella se reía, una imagen llena de color.
Esto es muy extraño —dijo Teresa—. Es como si fueras un desconocido, pero sé que te
conozco.
Thomas sintió un escalofrío agradable, aunque estaba sudando.
Siento desilusionarte, pero sí soy un desconocido. Nos vimos por primera vez hace poco,
¿recuerdas?
No seas tonto, Tom. Creo que alguien nos alteró el cerebro, que nos puso algo para que
tuviéramos este rollo telepático. Antes de venir aquí. Lo que me hace pensar que ya nos
conocíamos.
Thomas reflexionó sobre ello y pensó que probablemente tenía razón. Al menos, lo esperaba,
porque le empezaba a gustar mucho.
¿Que nos han alterado el cerebro?—preguntó—. ¿Cómo?
No lo sé, hay recuerdos a los que no llego. Creo que hicimos algo importante.
Thomas pensó en la conexión que siempre había sentido hacia ella desde que había llegado al
Claro. Quería profundizar un poco más para ver qué decía la chica.
¿De qué estás hablando?
Ojalá lo supiera. Sólo trato de compartir ideas contigo para ver si algo despierta en tu mente.
Thomas pensó en lo que Gally, Ben y Alby habían dicho sobre él; por algún motivo, sospechaban
que estaba en contra de ellos, que no era alguien en quien se pudiera confiar. Pensó también en lo que
Teresa le había contado la primera vez que se habían visto, que él y ella, de algún modo, les habían
hecho todo aquello a los demás.
Ese código tiene que significar algo —añadió la chica—. Y lo que escribí en mi brazo:
«CRUEL es buena».
A lo mejor no importa —contestó—, a lo mejor encontramos una salida. Quién sabe.
Mientras corría, Thomas cerró los ojos con fuerza durante unos segundos para concentrarse. Una
bolsa de aire parecía flotar en su pecho cada vez que hablaba, una hinchazón que medio le enfadaba,
medio le emocionaba. Abrió de repente los ojos al darse cuenta de que ella quizá podía leerle la
mente hasta cuando él no intentaba comunicarse. Esperó una respuesta, pero no la recibió.
¿Sigues ahí? —preguntó.
Sí, pero esto siempre me da dolor de cabeza.
Thomas se sintió aliviado al oír que no era el único.
A mí también me duele.
Vale —dijo la chica—, hasta luego.
¡No, espera!
No quería que se marchara, le estaba ayudando a que el tiempo pasara más rápido; de algún
modo, hacía que correr fuese más fácil.
Adiós, Tom. Te avisaré si descubrimos algo.
Teresa, ¿qué hay de lo que escribiste en tu brazo?
Pasaron varios minutos. No hubo respuesta.
¿Teresa?
Se había ido. Thomas sintió como si aquella burbuja de aire en su pecho hubiera estallado,
liberando toxinas por todo su cuerpo. Le dolía el estómago y, de pronto, la idea de pasarse todo el
día corriendo le deprimió. En parte, quería contarle a Minho cómo hablaban Teresa y él para
compartir lo que estaba pasando antes de que su cerebro explotara. Pero no se atrevía. No le parecía
muy buena idea añadir la telepatía a aquella situación. Ya era todo bastante raro.
Thomas bajó la cabeza y respiró hondo. Permanecería con la boca cerrada y seguiría corriendo.
Dos pausas más adelante, Minho por fin aflojó el paso hasta caminar mientras recorrían un largo
pasillo que acababa en un callejón sin salida. Se detuvo y se sentó con la espalda apoyada en la
pared. La hiedra era especialmente espesa en aquella zona y ocultaba la dura e impenetrable piedra.
Thomas hizo lo mismo y ambos atacaron su modesto almuerzo de bocadillos y trozos de fruta.
—Ya está —dijo Minho después de su segundo mordisco—. Hemos corrido por toda la sección.
Sorpresa, sorpresa: no hay salida.
Thomas ya lo sabía, pero al oírlo se le cayó todavía más el alma a los pies. Sin mediar palabra,
terminó su comida y se preparó para explorar; para buscar quién sabía qué.
Minho y él dedicaron las siguientes horas a rastrear el suelo, a palpar las paredes y a trepar por
las enredaderas en sitios al azar. No encontraron nada, y Thomas cada vez estaba más desanimado.
Lo único interesante fue otro de aquellos extraños carteles en los que ponía: CATÁSTROFE
RADICAL: UNIDAD DE EXPERIMENTOS LETALES. Minho ni siquiera le echó un segundo
vistazo.
Volvieron a comer y, luego, buscaron un poco más. No hallaron nada, y Thomas empezaba a estar
dispuesto a aceptar lo inevitable: no había nada que encontrar. Cuando se acercó la hora del cierre
de las puertas, comenzó a buscar alguna señal de los laceradores. Una helada vacilación le asaltaba
al doblar cada esquina. Minho y él siempre llevaban cuchillos bien agarrados en ambas manos, pero
no apareció nada hasta casi medianoche.
Minho vio un lacerador que desaparecía por una esquina delante de ellos y no volvía. Treinta
minutos más tarde, Thomas vio otro haciendo exactamente lo mismo. Una hora después, otro atravesó
el Laberinto y pasó a su lado sin ni siquiera detenerse. Thomas casi se desplomó por la repentina
oleada de terror.
Minho y él continuaron.
—Creo que están jugando con nosotros —dijo Minho un rato más tarde. Thomas se dio cuenta de
que había dejado de buscar en las paredes y caminaba de vuelta al Claro, alicaído.
—¿A qué te refieres? —preguntó Thomas.
El guardián suspiró.
—Me parece que los creadores quieren que sepamos que no hay salida. Las paredes ya ni
siquiera se mueven. Es como si esto sólo hubiese sido un estúpido juego y hubiera llegado el
momento de terminarlo. Quieren que regresemos y se lo digamos a los demás clarianos. ¿Cuánto te
apuestas a que, cuando volvamos, otro lacerador se habrá llevado a alguien, como ayer por la noche?
Creo que Gally tenía razón: van a seguir matándonos.
Thomas no respondió y sintió la verdad de lo que Minho acababa de decir. Cualquier esperanza
que hubiera albergado al salir se había desvanecido hacía mucho rato.
—Vámonos a casa —dijo Minho con voz cansada.
Thomas odiaba admitir la derrota, pero asintió para dar su consentimiento. El código parecía ser
su única esperanza, y decidió concentrarse en eso.
Minho y él regresaron en silencio al Claro. No vieron un solo lacerador en todo el camino.
Minho encendió la luz, lo que hizo a Thomas entrecerrar los ojos un instante hasta que se acostumbró
a la iluminación. Unas sombras amenazadoras se aferraban a las cajas de las armas esparcidas por la
mesa y el suelo; los cuchillos, los palos y demás artefactos de aspecto desagradable parecían estar
esperando allí, preparados para quitarle la vida a cualquiera de ellos y matar al primer estúpido que
se acercase lo suficiente. El olor a humedad no hacía más que acrecentar la escalofriante sensación
que embargaba al entrar en aquel cuarto.
—Hay un armario oculto ahí detrás —explicó Minho al pasar por las estanterías de un rincón
oscuro—. Sólo unos cuantos sabemos que existe.
Thomas oyó el crujido de una vieja puerta de madera y Minho sacó a rastras una caja de cartón.
El sonido que hacía al rozar el suelo era como un cuchillo sobre un hueso.
—Puse el contenido de los baúles en cajas, ocho en total. Están todas ahí.
—¿Cuál es esta? —preguntó Thomas. Se arrodilló junto a ella, ansioso por empezar.
—Ábrela y lo verás. Las hojas están marcadas, ¿recuerdas?
Thomas tiró de las tapas entrecruzadas hasta abrirla. Los mapas de la Sección 2 se hallaban en un
montón desordenado. Thomas metió la mano y sacó una pila.
—Vale —dijo—. Los corredores siempre los han comparado día a día para ver si había algún
patrón que les ayudara a averiguar dónde estaba la salida. Tú mismo dijiste que no sabías lo que
estabais buscando, pero seguíais estudiándolos de todas formas, ¿no?
Minho asintió de brazos cruzados. Parecía como si estuviera esperando que alguien fuera a
revelar el secreto de la vida eterna.
—Bueno —continuó Thomas—, ¿y si todos los movimientos de las paredes no tenían nada que
ver con un mapa, un laberinto o algo por el estilo? ¿Y si en vez de un patrón deletreaban unas
palabras? Algún tipo de pista para ayudarnos a escapar.
Minho señaló los mapas que Thomas tenía en la mano, dejando escapar un suspiro de frustración.
—Tío, no tienes ni idea de cuánto hemos estudiado estos chismes. ¿No crees que nos habríamos
dado cuenta si estuviesen deletreando fucas palabras?
—Quizá cueste mucho verlo a simple vista si se compara un día con otro. Quizá no teníais que
comparar un día con otro, sino mirarlos todos a la vez.
Newt se rió.
—Tommy, puede que no sea el más perspicaz del Claro, pero lo que estás diciendo me parece
una chorrada.
Mientras Thomas iba hablando, su cabeza no dejaba de trabajar, incluso más rápido que antes. La
respuesta estaba ahí mismo; sabía que ya casi la tenía, sólo que era muy difícil expresarla con
palabras.
—Vale, vale —dijo, volviendo a empezar—. Siempre has asignado una sección a un corredor,
¿verdad?
—Sí —contestó Minho. Parecía realmente interesado y dispuesto a entenderlo.
—Y ese corredor dibuja un mapa cada día y lo compara con los de los días anteriores, de esa
misma sección. ¿Y si hubierais comparado cada día las ocho secciones entre ellas? ¿Y que cada día
fuera una pista por separado o un código? ¿Alguna vez habéis comparado una sección con otra?
Minho se restregó la barbilla y asintió.
—Sí, algo parecido. Tratamos de ver si hacían algo cuando las juntábamos. ¡Claro que lo hemos
hecho! Lo hemos intentado todo.
Thomas se sentó sobre las piernas y estudió los mapas que tenía en su regazo. Apenas podía ver
las líneas del Laberinto dibujadas en la segunda hoja a través de la que había arriba del todo. En
aquel instante, supo lo que tenían que hacer y alzó la vista hacia el resto.
—Papel encerado.
—¿Eh? —balbuceó Minho—. ¿Qué…?
—Confía en mí. Necesitamos papel encerado y unas tijeras. Y todos los rotuladores negros y los
lápices que encuentres.
• • •
A Fritanga no le hizo mucha gracia que le quitaran dos cajas de papel encerado, y menos aún ahora
que les habían dejado de mandar suministros. Dijo que era una de las cosas que siempre pedía, que
lo usaba para cocinar en el horno. Al final, tuvieron que contarle para qué lo necesitaban y así
consiguieron que se callara.
Al cabo de diez minutos de buscar lápices y rotuladores —antes, la mayoría estaba en la Sala de
Mapas y el fuego los había destruido—, Thomas se sentó con Newt, Minho y Teresa en la mesa de
trabajo del sótano de las armas. No habían encontrado unas tijeras, así que Thomas había cogido el
cuchillo más afilado que encontró.
—Más vale que merezca la pena —dijo Minho con aire amenazador, pero sus ojos mostraban
interés.
Newt se inclinó hacia delante y apoyó los codos en la mesa como si quisiera ver un truco de
magia.
—Empieza de una vez, verducho.
—Vale —Thomas tenía muchas ganas de hacerlo, pero le daba muchísimo miedo que al final
todo se quedara en nada. Le pasó el cuchillo a Minho y, luego, señaló el papel encerado—. Empieza
a cortar rectángulos de más o menos el tamaño de los mapas. Newt y Teresa, podéis ayudarme a
coger los diez primeros mapas de la caja de cada sección.
—¿Qué son todas estas manualidades infantiles? —Minho levantó el cuchillo y lo miró con cara
de asco—. ¿Por qué no nos dices por qué foño estamos haciendo esto?
—Estoy en ello —contestó Thomas, pues sabía que sólo necesitaban ver lo que tenía en la
cabeza. Se levantó para rebuscar en el trastero—. Así es más fácil enseñártelo. Si me equivoco, pues
me equivoco y volveremos a correr por el Laberinto como ratones.
Minho suspiró, sin duda irritado; luego masculló algo. Teresa llevaba callada un rato, pero habló
dentro de la cabeza de Thomas:
Creo que sé lo que estás haciendo. De hecho, es brillante.
Thomas se sobresaltó, pero hizo cuanto pudo por ocultarlo. Sabía que tenía que fingir que no oía
voces en su cabeza porque los demás pensarían que estaba loco.
Ven… a… ayudarme… —intentó decir, pensando las palabras por separado, tratando de
visualizar el mensaje, de enviarlo. Pero la chica no respondió.
—Teresa —dijo en voz alta—, ¿puedes ayudarme un segundo? —señaló hacia el trastero.
Los dos entraron en el pequeño cuarto polvoriento, abrieron todas las cajas y cogieron un
montoncito de mapas de cada una. Al volver a la mesa, Thomas se encontró con que Minho ya había
cortado veinte trozos y hecho una pila desordenada a su derecha mientras seguía amontonando más
encima.
Thomas se sentó y cogió unos cuantos. Puso uno de los papeles a la luz para ver cómo lo
atravesaba un brillo lechoso. Era exactamente lo que necesitaba. Cogió un rotulador.
—Muy bien, que todo el mundo calque los últimos diez días en un trozo como este. Aseguraos de
escribir la información en la parte superior para que sepamos qué es qué. Cuando hayamos acabado,
tal vez veamos algo.
—¿Qué…? —empezó a decir Minho.
—Tú sigue cortando, foder —ordenó Newt—. Creo que sé adónde quiere ir a parar con esto.
Thomas se sintió aliviado de que alguien por fin lo hubiera captado.
Se pusieron a calcar los mapas originales en el papel encerado, uno a uno, tratando de que
quedara limpio y bien a la vez que iban lo más rápido posible. Thomas utilizó el lado de una tabla
suelta como regla improvisada para que no se torcieran las líneas. No tardó en completar cinco
mapas y, luego, otros cinco más. Los demás llevaban el mismo ritmo, trabajaban febrilmente.
Mientras Thomas dibujaba, empezó a sentir cierto temor, una extraña sensación de que lo que
estaban haciendo era una completa pérdida de tiempo. Pero Teresa, que estaba sentada a su lado, era
un modelo de concentración; su lengua asomaba por una comisura de la boca mientras trazaba líneas
arriba y abajo, de un lado a otro. Parecía estar segurísima de que iban a averiguar algo.
Continuaron, caja por caja, sección por sección.
—Yo ya estoy —anunció finalmente Newt, rompiendo el silencio—. Me arden los dedos. Mira a
ver si funciona.
Thomas dejó su rotulador y dobló los dedos con la esperanza de haber acertado.
—Vale, dadme los últimos diez días de cada sección. Haced montones ordenados en la mesa,
desde la Sección 1 hasta la Sección 8. La 1, aquí —señaló a un extremo— y la 8, allí —señaló al
otro extremo.
En silencio, hicieron lo que les pidió, revisando lo que habían dibujado hasta colocar en fila
ocho montones bajos de papel encerado sobre la mesa.
Nervioso, Thomas cogió una hoja de cada pila, se aseguró de que todas fueran del mismo día y
las mantuvo en orden. Entonces las puso unas encima de otras para que todos los dibujos del
Laberinto coincidieran con los del mismo día por arriba y por abajo hasta ver las ocho secciones del
Laberinto a la vez. Lo que vio le dejó atónito. Casi como por arte de magia, como una imagen
desenfocada que pasa a verse con nitidez, algo empezó a distinguirse. Teresa dejó escapar un gritito
ahogado.
Las líneas se entrecruzaban, arriba y abajo, de modo que lo que Thomas sostenía en las manos
era una especie de cuadrícula. Pero había unas líneas en medio, unas líneas que aparecían
casualmente con más frecuencia que las demás y dibujaban una imagen más oscura que el resto. Era
sutil, pero no cabía duda de que estaba allí. Justo en el centro de la hoja estaba la letra E.
Capítulo 43
Thomas sintió un torrente de emociones distintas: alivio porque había funcionado, sorpresa y
entusiasmo, pero también se preguntó adonde les conduciría.
—Tío —dijo Minho, resumiendo los sentimientos de Thomas con una palabra.
—Podría ser una coincidencia —apuntó Teresa—. Haz más, rápido.
Thomas continuó poniendo las ocho páginas de cada día en orden, desde la Sección 1 a la
Sección 8. En cada ocasión se formaba una letra con claridad en medio del montón de líneas
entrecruzadas. Después de la E vino la M, luego la E, después la R, la G y una E. Luego, A… T.
—Mira —exclamó Thomas, señalando la fila de montones que habían formado, confundido, pero
contento de que las letras estuvieran tan claras—. Dice EMERGE y, luego, AT.
—¿Emerge At? —repitió Newt—. A mí eso no me parece un código de rescate.
—Tenemos que continuar —dijo Thomas.
Al hacer un par de combinaciones más, se dieron cuenta de que, en realidad, la segunda palabra
era ATRAPA. EMERGE y ATRAPA.
—Definitivamente, no es una coincidencia —aseguró Minho.
—Eso está claro —afirmó Thomas. No podía esperar a ver más.
Teresa señaló hacia el trastero.
—Tenemos que revisar todas esas cajas de ahí dentro.
—Sí —asintió Thomas—. Vamos.
—No podemos ayudar —dijo Minho.
Los tres le fulminaron con la mirada y él hizo otro tanto.
—Al menos, Thomas y yo. Tenemos que salir al Laberinto con los corredores.
—¿Qué? —exclamó Thomas—. ¡Esto es muchísimo más importante!
—Tal vez —respondió Minho, tranquilo—, pero no podemos dejar de salir allí ni un día. Ahora,
no.
Thomas sintió una oleada de decepción. Correr por el Laberinto le parecía una pérdida de tiempo
comparado con descifrar el código.
—¿Por qué, Minho? Dices que el patrón se ha estado repitiendo durante meses… Un día más no
significará nada.
Minho golpeó la mesa con la mano.
—¡Eso es una patochada, Thomas! De todos los días, este puede que sea el más importante al no
cerrarse las puñeteras paredes; creo que podríamos probar tu idea, pasar allí la noche para explorar
con más detenimiento.
Aquello despertó el interés de Thomas; estaba deseando hacerlo. Indeciso, preguntó:
—Pero ¿qué hay del código? ¿Qué…?
—Tommy —dijo Newt con voz consoladora—, Minho tiene razón. Pingajos, salid y corred. Yo
reuniré a algunos clarianos en los que podamos confiar y seguiremos trabajando en esto —sonó más
que nunca como un líder.
—Yo me quedaré aquí y también ayudaré a Newt —se ofreció Teresa.
Thomas la miró.
—¿Estás segura?
Se moría por descifrar el código él mismo, pero decidió que Newt y Minho tenían razón. La
chica sonrió y se cruzó de brazos.
—Si vais a descifrar un código secreto de un grupo complejo de laberintos diferentes, estoy
segurísima de que necesitaréis que una chica lleve la voz cantante —su amplia sonrisa se convirtió
en una sonrisita de suficiencia.
—Si tú lo dices…
Cruzó los brazos, se quedó mirándola con una sonrisa y, de repente, no quiso marcharse de
nuevo.
—Bien —asintió Minho, y se dio la vuelta para irse—. Estupendo. Vamos.
Comenzó a caminar hacia la puerta, pero luego se detuvo cuando advirtió que Thomas no iba tras
él.
—No te preocupes, Tommy —dijo Newt—. Tu novia estará bien.
Thomas notó que millones de pensamientos le pasaban por la cabeza en aquel momento. Se moría
por descifrar el código, le daba vergüenza lo que Newt pensaba de Teresa y él, estaba intrigado por
lo que podían encontrar en el Laberinto… y tenía miedo.
Pero se deshizo de todo aquello. Sin ni siquiera despedirse, acabó por seguir a Minho y subieron
las escaleras.
• • •
Thomas ayudó a Minho a reunir a los corredores para darles la noticia y organizar el gran viaje. Le
sorprendió que todos accedieran de buena gana a explorar más a fondo el Laberinto y pasar allí la
noche. Aunque estaba nervioso y asustado, le dijo a Minho que podía llevar una de las secciones él
solo, pero el guardián se negó. Tenían ocho corredores con experiencia para dicha tarea. Thomas iba
a acompañarle, y para él fue un gran alivio, lo que casi le hizo sentir vergüenza de sí mismo.
Minho y él metieron en sus mochilas más provisiones de las habituales, pues no sabían cuánto
tiempo estarían allí fuera. A pesar de su miedo, Thomas no podía evitar estar también entusiasmado,
pues aquel podía ser el día en que encontrasen una salida.
Ambos estaban estirando las piernas junto a la Puerta Oeste cuando Chuck se acercó para
despedirse.
—Iría con vosotros —dijo el niño con un tono que estaba lejos de ser jovial—, pero no quiero
tener una muerte horripilante.
Thomas se rió, sorprendiéndose de su reacción.
—Gracias por los ánimos.
—Tened cuidado —pidió Chuck, y su tono de voz se transformó enseguida en auténtica
preocupación—. Ojalá pudiera ayudaros, tíos.
A Thomas le llegó al alma. Se apostó cualquier cosa a que, si hiciese falta y se lo pidieran,
Chuck saldría al Laberinto.
—Gracias, Chuck. Tendremos mucho cuidado.
Minho resopló.
—Tener cuidado no nos ha servido en absoluto. Ahora es todo o nada, chaval.
—Será mejor que nos vayamos —dijo Thomas. Sentía un hormigueo en la barriga y sólo quería
moverse, dejar de pensar. Al fin y al cabo, salir al Laberinto no era peor que quedarse en el Claro
con las puertas abiertas. Aunque aquella idea no le hacía sentirse mucho mejor.
—Sí —respondió Minho, tranquilo.
—Bueno —murmuró Chuck, y bajó la vista hacia sus pies antes de volver a mirar a Thomas—,
buena suerte. Si tu novia se siente sola sin ti, yo la consolaré.
Thomas puso los ojos en blanco.
—No es mi novia, cara fuco.
—¡Vaya! —exclamó Chuck—. Ya estás usando las palabrotas de Alby —estaba claro que
intentaba fingir que no estaba asustado por los últimos acontecimientos, pero sus ojos revelaban la
verdad—. En serio, buena suerte.
—Gracias, eso es muy importante —contestó Minho poniendo los ojos en blanco—. Nos vemos,
pingajo.
—Sí, nos vemos —masculló Chuck, y luego se dio la vuelta para marcharse.
Thomas sintió una punzada de tristeza. Quizá ya no volviera a ver a Chuck, a Teresa o a
cualquiera de los demás, y de repente sintió la necesidad de decir:
—¡No olvides mi promesa! —gritó—. ¡Te llevaré a casa!
Chuck se volvió y alzó el pulgar, con los ojos vidriosos por las lágrimas. Thomas alzó los dos
pulgares; luego, Minho y él se pusieron las mochilas y entraron en el Laberinto.
Capítulo 44
Thomas y Minho no pararon hasta que estuvieron a medio camino del último callejón sin salida de la
Sección 8. Ahora que el cielo estaba gris, Thomas se alegraba de llevar su reloj de pulsera. Habían
conseguido llegar en poco tiempo porque enseguida fue evidente que las paredes no se habían
movido desde el día anterior. Todo estaba exactamente igual. No había necesidad de dibujar mapas
ni de tomar notas, su único deber era llegar hasta el final y dar la vuelta en busca de cosas que antes
no hubieran advertido, cualquier cosa. Minho permitió veinte minutos de descanso y, después,
siguieron con su trabajo.
Permanecieron callados mientras corrían. Minho le había enseñado a Thomas que hablar no era
más que un gasto de energía, así que se concentraba en su ritmo y su respiración. Regular. Uniforme.
Inspirar, expirar. Inspirar, expirar. Cada vez más metidos en el Laberinto, acompañados tan sólo de
sus pensamientos y los sonidos de sus pasos sobre el duro suelo de piedra.
Al cabo de tres horas, Teresa le sorprendió hablando en su mente desde el Claro:
Estamos progresando. Ya hemos encontrado un par de palabras más. Pero aún no tiene
sentido.
El primer impulso de Thomas fue ignorarla, negar una vez más que alguien tenía la capacidad de
entrar en su cabeza, de invadir su privacidad. Pero quería hablar con ella.
¿Puedes oírme? —preguntó, imaginando las palabras en su mente y enviándoselas mentalmente
de una forma que nunca podría explicar. Se concentró y repitió—: ¿Puedes oírme?
¡Sí! —contestó ella—. Te he oído muy claro la segunda vez que lo has dicho.
Thomas estaba impresionado, tanto que casi dejó de correr. ¡Había funcionado!
Me pregunto por qué podemos hacer esto —dijo con la mente.
Le costaba muchísimo hablar con la chica y empezó a notar que le dolía la cabeza, como si
tuviera un bulto en el cerebro.
A lo mejor éramos amantes —respondió Teresa.
Thomas se tropezó y cayó al suelo. Sonrió avergonzado a Minho, que se había dado la vuelta
para mirar sin aminorar la marcha. Thomas se puso de pie otra vez y le alcanzó.
¿Qué? —preguntó al final.
Percibió cómo ella se reía, una imagen llena de color.
Esto es muy extraño —dijo Teresa—. Es como si fueras un desconocido, pero sé que te
conozco.
Thomas sintió un escalofrío agradable, aunque estaba sudando.
Siento desilusionarte, pero sí soy un desconocido. Nos vimos por primera vez hace poco,
¿recuerdas?
No seas tonto, Tom. Creo que alguien nos alteró el cerebro, que nos puso algo para que
tuviéramos este rollo telepático. Antes de venir aquí. Lo que me hace pensar que ya nos
conocíamos.
Thomas reflexionó sobre ello y pensó que probablemente tenía razón. Al menos, lo esperaba,
porque le empezaba a gustar mucho.
¿Que nos han alterado el cerebro?—preguntó—. ¿Cómo?
No lo sé, hay recuerdos a los que no llego. Creo que hicimos algo importante.
Thomas pensó en la conexión que siempre había sentido hacia ella desde que había llegado al
Claro. Quería profundizar un poco más para ver qué decía la chica.
¿De qué estás hablando?
Ojalá lo supiera. Sólo trato de compartir ideas contigo para ver si algo despierta en tu mente.
Thomas pensó en lo que Gally, Ben y Alby habían dicho sobre él; por algún motivo, sospechaban
que estaba en contra de ellos, que no era alguien en quien se pudiera confiar. Pensó también en lo que
Teresa le había contado la primera vez que se habían visto, que él y ella, de algún modo, les habían
hecho todo aquello a los demás.
Ese código tiene que significar algo —añadió la chica—. Y lo que escribí en mi brazo:
«CRUEL es buena».
A lo mejor no importa —contestó—, a lo mejor encontramos una salida. Quién sabe.
Mientras corría, Thomas cerró los ojos con fuerza durante unos segundos para concentrarse. Una
bolsa de aire parecía flotar en su pecho cada vez que hablaba, una hinchazón que medio le enfadaba,
medio le emocionaba. Abrió de repente los ojos al darse cuenta de que ella quizá podía leerle la
mente hasta cuando él no intentaba comunicarse. Esperó una respuesta, pero no la recibió.
¿Sigues ahí? —preguntó.
Sí, pero esto siempre me da dolor de cabeza.
Thomas se sintió aliviado al oír que no era el único.
A mí también me duele.
Vale —dijo la chica—, hasta luego.
¡No, espera!
No quería que se marchara, le estaba ayudando a que el tiempo pasara más rápido; de algún
modo, hacía que correr fuese más fácil.
Adiós, Tom. Te avisaré si descubrimos algo.
Teresa, ¿qué hay de lo que escribiste en tu brazo?
Pasaron varios minutos. No hubo respuesta.
¿Teresa?
Se había ido. Thomas sintió como si aquella burbuja de aire en su pecho hubiera estallado,
liberando toxinas por todo su cuerpo. Le dolía el estómago y, de pronto, la idea de pasarse todo el
día corriendo le deprimió. En parte, quería contarle a Minho cómo hablaban Teresa y él para
compartir lo que estaba pasando antes de que su cerebro explotara. Pero no se atrevía. No le parecía
muy buena idea añadir la telepatía a aquella situación. Ya era todo bastante raro.
Thomas bajó la cabeza y respiró hondo. Permanecería con la boca cerrada y seguiría corriendo.
Dos pausas más adelante, Minho por fin aflojó el paso hasta caminar mientras recorrían un largo
pasillo que acababa en un callejón sin salida. Se detuvo y se sentó con la espalda apoyada en la
pared. La hiedra era especialmente espesa en aquella zona y ocultaba la dura e impenetrable piedra.
Thomas hizo lo mismo y ambos atacaron su modesto almuerzo de bocadillos y trozos de fruta.
—Ya está —dijo Minho después de su segundo mordisco—. Hemos corrido por toda la sección.
Sorpresa, sorpresa: no hay salida.
Thomas ya lo sabía, pero al oírlo se le cayó todavía más el alma a los pies. Sin mediar palabra,
terminó su comida y se preparó para explorar; para buscar quién sabía qué.
Minho y él dedicaron las siguientes horas a rastrear el suelo, a palpar las paredes y a trepar por
las enredaderas en sitios al azar. No encontraron nada, y Thomas cada vez estaba más desanimado.
Lo único interesante fue otro de aquellos extraños carteles en los que ponía: CATÁSTROFE
RADICAL: UNIDAD DE EXPERIMENTOS LETALES. Minho ni siquiera le echó un segundo
vistazo.
Volvieron a comer y, luego, buscaron un poco más. No hallaron nada, y Thomas empezaba a estar
dispuesto a aceptar lo inevitable: no había nada que encontrar. Cuando se acercó la hora del cierre
de las puertas, comenzó a buscar alguna señal de los laceradores. Una helada vacilación le asaltaba
al doblar cada esquina. Minho y él siempre llevaban cuchillos bien agarrados en ambas manos, pero
no apareció nada hasta casi medianoche.
Minho vio un lacerador que desaparecía por una esquina delante de ellos y no volvía. Treinta
minutos más tarde, Thomas vio otro haciendo exactamente lo mismo. Una hora después, otro atravesó
el Laberinto y pasó a su lado sin ni siquiera detenerse. Thomas casi se desplomó por la repentina
oleada de terror.
Minho y él continuaron.
—Creo que están jugando con nosotros —dijo Minho un rato más tarde. Thomas se dio cuenta de
que había dejado de buscar en las paredes y caminaba de vuelta al Claro, alicaído.
—¿A qué te refieres? —preguntó Thomas.
El guardián suspiró.
—Me parece que los creadores quieren que sepamos que no hay salida. Las paredes ya ni
siquiera se mueven. Es como si esto sólo hubiese sido un estúpido juego y hubiera llegado el
momento de terminarlo. Quieren que regresemos y se lo digamos a los demás clarianos. ¿Cuánto te
apuestas a que, cuando volvamos, otro lacerador se habrá llevado a alguien, como ayer por la noche?
Creo que Gally tenía razón: van a seguir matándonos.
Thomas no respondió y sintió la verdad de lo que Minho acababa de decir. Cualquier esperanza
que hubiera albergado al salir se había desvanecido hacía mucho rato.
—Vámonos a casa —dijo Minho con voz cansada.
Thomas odiaba admitir la derrota, pero asintió para dar su consentimiento. El código parecía ser
su única esperanza, y decidió concentrarse en eso.
Minho y él regresaron en silencio al Claro. No vieron un solo lacerador en todo el camino.
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