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Capítulo 39
Los ojos de Gally ardían de locura. Tenía la ropa hecha jirones y estaba sucio. Se dejó caer de
rodillas y permaneció allí, con el pecho sacudiéndosele por la agitada respiración. Echó un vistazo a
la habitación como un perro rabioso que busca a quién morder. Nadie pronunció palabra. Era como
si todos creyeran, al igual que Thomas, que Gally sólo era producto de su imaginación.
—¡Os matarán! —gritó Gally, con babas volando por todos sitios—. ¡Los laceradores os matarán
a todos, uno cada noche hasta que se haya acabado!
Thomas observó estupefacto cómo Gally se ponía de pie tambaleándose y avanzaba, arrastrando
la pierna derecha con una fuerte cojera. Nadie en la habitación movió un músculo mientras le
miraban, sin duda demasiado atónitos para hacer nada. Hasta Newt estaba boquiabierto. Thomas
tenía casi más miedo de la visita sorpresa que de los laceradores al otro lado de la ventana.
Gally se detuvo a unos pasos frente a Thomas y Newt, y señaló a Thomas con un dedo lleno de
sangre.
—Tú —espetó con un aire despectivo tan acusado que pasó por completo de cómico a
perturbador—, ¡es todo culpa tuya!
Sin previo aviso, apretó la mano izquierda hasta convertirla en un puño para intentar pegar a
Thomas y le dio en la oreja. El muchacho gritó y se cayó, más por la sorpresa que por el daño. Se
puso de pie como pudo en cuanto tocó el suelo.
Finalmente, Newt salió de su aturdimiento y empujó a Gally, que retrocedió a trompicones hasta
caer encima del escritorio que había junto a la ventana. La lámpara se volcó y cayó al suelo, donde
se rompió en mil pedazos. Thomas supuso que Gally contraatacaría, pero se irguió y miró a todos con
sus ojos de loco.
—No puede resolverse —dijo con una voz calmada y distante que daba miedo—. El fuco
Laberinto os matará a todos, pingajos… Os matarán los laceradores…, uno cada noche hasta que se
acabe… Yo… Es mejor así… —bajó la vista al suelo—. Sólo matarán a uno por noche… Sus
estúpidas Variables…
Thomas escuchó sobrecogido, intentando contener su miedo para poder memorizar todo lo que
decía el chico desquiciado. Newt dio un paso adelante.
—Gally, cierra el maldito pico. Hay un lacerador al otro lado de la ventana. Siéntate y cállate; tal
vez se marche.
Gally alzó la vista con los ojos entrecerrados.
—No te enteras, Newt. Eres demasiado estúpido, siempre has sido demasiado estúpido. No hay
salida. ¡No hay manera de ganar! ¡Os van a matar a todos, uno a uno!
Al gritar la última palabra, Gally se arrojó contra la ventana y empezó a arrancar las tablas de
madera como un animal salvaje que intenta escapar de una jaula. Antes de que Thomas o cualquier
otro pudiera reaccionar, ya había sacado un tablón, que tiró al suelo.
—¡No! —gritó Newt, y corrió hacia él.
Thomas le siguió para ayudarle, sin dar crédito a lo que estaba ocurriendo.
Gally arrancó la segunda tabla justo cuando Newt le alcanzó. La echó hacia atrás con ambas
manos, le dio a Newt en la cabeza y lo lanzó sobre la cama, donde un poco de sangre salpicó las
sábanas. Thomas se detuvo de golpe y se preparó para luchar.
—¡Gally! —gritó Thomas—. ¿Qué estás haciendo?
El chico escupió al suelo, jadeando como un perro sin aliento.
—¡Cállate la fuca boca, Thomas! ¡Cállate! Sé quién eres, pero ya no me importa. Sólo hago lo
correcto.
Thomas notó como si tuviera los pies pegados al suelo. Se sentía totalmente desconcertado por lo
que Gally estaba diciendo. Vio cómo el chico arrancaba la última tabla. En cuanto el trozo de madera
del que se había deshecho tocó el suelo, el vidrio de la ventana explotó hacia dentro como un
enjambre de avispas de cristal. Thomas se tapó la cara y se tiró al suelo, arrastrándose con las
piernas lo máximo posible. Cuando chocó contra la cama, se preparó y alzó la vista para ver cómo
acababa su mundo.
El cuerpo palpitante y bulboso de un lacerador se retorcía a través de la ventana destrozada, con
sus brazos metálicos repletos de tenazas que se abrían y cerraban en todas las direcciones. Thomas
estaba tan asustado que apenas se había dado cuenta de que los que estaban en la habitación habían
salido huyendo por el pasillo; todos, excepto Newt, que se hallaba inconsciente, tumbado sobre la
cama.
Paralizado, Thomas observó cómo uno de los largos brazos del lacerador se extendía hacia el
cuerpo inmóvil. Eso fue todo lo que le hizo falta para librarse del miedo. Se puso de pie enseguida y
buscó un arma en el suelo a su alrededor. Lo único que vio fueron cuchillos, y ahora no le servían de
ayuda. El pánico le inundó y le consumió.
Entonces Gally se puso a hablar de nuevo y el lacerador echó hacia atrás su brazo, como si lo
necesitara para observar y escuchar. Pero su cuerpo seguía agitándose, para seguir avanzando hacia
el interior.
—¡Nadie lo entiende! —gritaba el chico por encima del espantoso ruido de la criatura, que se
abría camino cada vez más hacia el interior de la Hacienda y destrozaba la pared en mil pedazos—.
¡Nadie entiende lo que he visto, lo que me hizo el Cambio! ¡No vuelvas al mundo real, Thomas! ¡No
querrás… recordar!
Gally le lanzó a Thomas una larga mirada de angustia, con los ojos llenos de terror; luego se dio
la vuelta y se echó hacia el retorcido cuerpo del lacerador. Thomas dio un grito mientras observaba
cómo todos los brazos extendidos del monstruo se retraían de inmediato para agarrar los brazos y las
piernas de Gally, de modo que ni pudiera escapar ni ser rescatado. El cuerpo del chico se hundió
varios centímetros en la carne blanda de la criatura con un espantoso ruido de succión. Entonces, a
una velocidad pasmosa, el lacerador salió por el marco roto de la ventana y comenzó a descender
hacia el suelo.
Thomas corrió hasta el agujero irregular y miró hacia abajo justo a tiempo de ver el lacerador
aterrizar y desaparecer rodando. El cuerpo de Gally aparecía y desaparecía mientras aquel bicho
avanzaba. Las luces del monstruo brillaban con fuerza, proyectando un extraño resplandor amarillo
por la piedra de la Puerta Oeste, por donde el lacerador salió hacia las profundidades del Laberinto.
Después, unos segundos más tarde, varios laceradores fueron tras él, zumbando y chasqueando como
si celebrasen su victoria.
Thomas se encontraba tan mal que hasta tenía ganas de vomitar. Empezó a apartarse de la
ventana, pero algo en el exterior atrajo su atención. Enseguida se asomó para verlo mejor. Una figura
corría por el patio del Claro hacia la salida por la que se habían llevado a Gally.
A pesar de la poca luz que había, Thomas se dio cuenta inmediatamente de quién era. Gritó para
que se detuviera, pero era demasiado tarde.
Minho, corriendo a toda velocidad, desapareció en el Laberinto.
Capítulo 40
Las luces brillaban por toda la Hacienda. Los clarianos corrían de un lado a otro, todos hablando al
mismo tiempo. Un par de chicos lloraba en un rincón. Reinaba el caos.
Thomas lo ignoró todo. Corrió hacia el pasillo y bajó los escalones de tres en tres. Se abrió paso
entre un grupo que había en el vestíbulo, salió de la Hacienda y se dirigió como una flecha hacia la
Puerta Oeste. Se paró de golpe en la entrada al Laberinto cuando su instinto le obligó a pensárselo
dos veces. A su espalda, Newt le llamó y retrasó su decisión.
—¡Minho ha ido ahí fuera! —gritó cuando Newt le alcanzó, con una toalla pequeña haciendo
presión sobre la herida de la cabeza. Una mancha de sangre se había filtrado en el tejido blanco.
—Lo he visto —dijo Newt, retirándose la toalla para mirarla; hizo una mueca y volvió a
ponérsela—. Foder, esto duele un huevo. Minho debe de haber perdido su última neurona, por no
mencionar a Gally. Siempre he sabido que estaba loco.
Thomas sólo podía pensar en Minho.
—Voy a buscarle.
—¿Es hora de volver a ser un maldito héroe?
Thomas miró a Newt con cara de pocos amigos, dolido por la reprimenda.
—¿Crees que lo hago para impresionaros? Por favor, pingajo. Lo único que importa es salir de
aquí.
—Sí, bueno, eres un tipo duro. Pero ahora mismo tenemos problemas más serios.
—¿Qué? —Thomas sabía que, si quería alcanzar a Minho, no tenía tiempo para aquello.
—Alguien… —empezó a decir Newt.
—¡Ahí está! —gritó Thomas. Minho acababa de doblar una esquina e iba directo hacia ellos.
Thomas ahuecó las manos alrededor de su boca—. ¡¿Qué haces, idiota?!
Minho esperó hasta que volvió a atravesar la puerta, luego se inclinó hacia delante con las manos
en las rodillas y respiró con dificultad antes de contestar.
—Sólo… quería… asegurarme.
—¿Asegurarte de qué? —preguntó Newt—. Has tenido suerte de que no se te llevaran como a
Gally.
Minho se irguió y se puso las manos en las caderas, todavía con la respiración afectada.
—¡Cortad el rollo, chicos! Sólo quería ver si iban hacia el Precipicio. Hacia el Agujero de los
Laceradores.
—¿Y? —dijo Thomas.
—¡Bingo! —Minho se limpió el sudor de la frente.
—No me lo puedo creer —murmuró Newt casi en un susurro—. Menuda noche.
Thomas trató de pensar en el Agujero y en qué significaba todo aquello, pero no podía quitarse
de la cabeza lo que Newt estaba a punto de decir antes de que viera a Minho regresar.
—¿Qué estabas a punto de contarme? —inquirió—. Has dicho que teníamos problemas…
—Sí —Newt señaló con el pulgar por encima del hombro—. Aún puede verse el puñetero humo.
Thomas miró en aquella dirección. La pesada puerta metálica de la Sala de Mapas estaba
entornada y una fina estela de humo negro se elevaba hacia el cielo gris.
—Alguien ha quemado los baúles de los mapas —dijo Newt—. Hasta el último de ellos.
• • •
Por alguna razón, a Thomas no le importaba mucho lo de los mapas. De todos modos, parecían
inútiles. Estaba al otro lado de la ventana del Trullo, después de separarse de Newt y Minho, que
habían ido a investigar el sabotaje de la Sala de Mapas. Thomas se había dado cuenta de la extraña
mirada que habían intercambiado antes de marcharse, casi como si se comunicaran un secreto con los
ojos. Pero él sólo podía pensar en una cosa:
—¿Teresa? —la llamó.
Su cara apareció; se restregó los ojos con las manos.
—¿Han matado a alguien? —preguntó, un poco dormida.
—¿Estabas durmiendo? —inquirió Thomas. Se sintió aliviado, relajado, al ver que parecía estar
bien.
—Sí —respondió—, hasta que oí que algo se hacía pedazos en la Hacienda. ¿Qué ha pasado?
Thomas negó con la cabeza, sin dar crédito.
—No sé cómo has podido dormir con el ruido que hacían todos esos laceradores.
—Si alguna vez te despiertas de un coma, ya verás cómo puedes.
Responde a mi pregunta —dijo dentro de su cabeza.
Thomas parpadeó, por un instante sorprendido por la voz, ya que hacía rato que la chica no le
hablaba mentalmente.
—Corta ya ese rollo.
—Dime lo que ha pasado.
Thomas suspiró. Era una historia muy larga y no le apetecía contarlo todo.
—No conoces a Gally, pero es un chaval que está como una cabra y huyó hace unos días.
Apareció, saltó encima de un lacerador y entraron los dos en el Laberinto. Fue muy raro —todavía no
podía creerse que hubiera ocurrido de verdad.
—Que ya es decir mucho —añadió Teresa.
—Sí —miró detrás de él, con la esperanza de ver a Alby por algún lado, seguro de que ahora
soltaría a la chica. Los clarianos estaban esparcidos por todo el complejo, pero no había ni rastro de
su líder. Volvió a mirar a Teresa—. No lo entiendo. ¿Por qué se han marchado los laceradores
después de llevarse a Gally? Dijo algo de que matarían a un chico por noche hasta que estuviésemos
todos muertos. Lo dijo por lo menos dos veces.
Teresa pasó las manos por entre los barrotes y apoyó los antebrazos en el alféizar de cemento.
—¿Sólo uno cada noche? ¿Por qué?
—No lo sé. También dijo que tenía que ver con… unas pruebas. O unas variables. Algo así.
Thomas sentía el mismo impulso que la noche anterior: quería cogerla de las manos, aunque se
contuvo.
—Tom, he estado pensando sobre lo que me comentaste que dije. Que el Laberinto era un código.
Al estar aquí encerrada, el cerebro se pone a funcionar.
—¿Qué crees que significa?
Sumamente interesado, trató de ignorar los gritos y el parloteo que comenzaron a oírse por todo
el Claro a medida que los demás iban descubriendo que alguien había quemado la Sala de Mapas.
—Bueno, las paredes se mueven todos los días, ¿no?
—Sí.
Parecía que de verdad había averiguado algo.
—Y Minho opina que siguen un patrón, ¿verdad?
—Sí.
Los engranajes empezaron a funcionar también en la cabeza de Thomas, casi como si un recuerdo
empezara a desatarse.
—Bien, no me acuerdo de por qué te dije lo del código. Sé que, cuando estaba saliendo del
coma, daban vueltas en mi mente muchas ideas y recuerdos, como si pudiera sentir cómo alguien me
la vaciaba, absorbiéndolo todo. Y sentí que tenía que decir lo del código antes de que lo perdiera.
Así que debe de haber una razón importante.
Thomas apenas la oía. Estaba esforzándose mucho por pensar.
—Siempre comparan las secciones del mapa con las del día anterior y el día anterior a ese, y así
sucesivamente, todos los días; cada corredor analiza su sección. ¿Y si se supone que deberían
comparar los mapas con los de las otras secciones…? —se calló porque tuvo la sensación de estar a
punto de llegar a algún sitio.
Teresa parecía ignorarle y continuaba con sus propias teorías:
—La palabra código me hace pensar en letras. En las letras del alfabeto. A lo mejor, el Laberinto
está intentando deletrear algo.
Todo encajó tan rápido en la mente de Thomas que casi oyó un clic, como si las piezas se
colocaran en su sitio todas a la vez.
—Tienes razón, ¡tienes razón! Pero los corredores lo han estado mirando mal todo este tiempo.
¡Lo han estado analizando de forma equivocada!
Teresa se agarró a los barrotes y los nudillos se le pusieron blancos; apretó la cara contra las
barras de hierro.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando?
Thomas se aferró a las dos barras que había junto a las que ella sujetaba y se acercó lo bastante
como para olerla; un aroma sorprendentemente agradable a sudor y a flores.
—Minho dijo que los patrones se repetían, sólo que no habían averiguado qué significaba. Pero
siempre los habían estudiado sección por sección, comparando un día con el siguiente. ¿Y si cada día
es una pieza distinta del código y se supone que tienen que usar las ocho secciones juntas de algún
modo?
—¿Crees que tal vez cada día revela una palabra? —preguntó Teresa—. ¿Con los movimientos
de los muros?
Thomas hizo un gesto de asentimiento.
—Quizás una letra al día, no sé. Pero siempre han creído que los movimientos revelarían la
manera de escapar, no que deletrearían algo. Lo estudiaban como un mapa, no como la imagen de
algo. Tenemos que… —entonces se calló al recordar lo que le acababa de decir Newt—. Oh, no.
Los ojos de Teresa brillaron de preocupación.
—¿Qué pasa?
—Oh, no, oh, no, oh, no…
Thomas soltó los barrotes y retrocedió un paso a trompicones cuando se dio cuenta. Se dio la
vuelta hacia la Sala de Mapas. El humo había disminuido, pero aún salía por la puerta, una nube
oscura y neblinosa que tapaba toda la zona.
—¿Qué pasa? —repitió Teresa, que no veía la Sala de Mapas desde aquel ángulo.
Thomas volvió a mirarla.
—No creía que importase…
—¡Qué! —insistió ella.
—Alguien ha quemado todos los mapas. Si había un código, ya no está.
Capítulo 41
—Volveré —dijo Thomas, y se dio la vuelta para marcharse. Sentía el estómago lleno de ácido—.
Tengo que encontrar a Newt y ver si algunos de los mapas se han salvado.
—¡Espera! —chilló Teresa—. ¡Sácame de aquí!
Pero no había tiempo, y Thomas se sintió fatal por ello.
—No puedo… Volveré, te lo prometo.
Se dio la vuelta antes de que ella pudiese protestar y echó a correr hacia la Sala de Mapas y su
oscura y brumosa nube de humo. Unas agujas de dolor le pincharon por dentro. Si Teresa tenía razón
y habían estado tan cerca de llegar a algún tipo de pista para salir de allí, verlo perderse literalmente
en las llamas era tan preocupante que hasta dolía.
Lo primero que Thomas vio al llegar fue a un grupo de clarianos apiñados junto a la puerta de
acero, que aún estaba entreabierta y tenía el borde ennegrecido por el hollín. Pero, al acercarse más,
se dio cuenta de que estaban rodeando algo que había en el suelo y todos lo miraban. Allí en medio
vio a Newt, arrodillado, inclinado sobre un cuerpo.
Minho estaba detrás de él; parecía sucio y consternado, y fue el primero en advertir la presencia
de Thomas.
—¿Adónde has ido? —preguntó.
—A hablar con Teresa. ¿Qué ha pasado?
Esperó ansioso el siguiente montón de malas noticias. Minho arrugó la frente por el enfado.
—Nuestra Sala de Mapas se incendia, ¿y tú te vas corriendo a hablar con tu fuca novia? ¿Tú de
qué vas?
Thomas sabía que la reprimenda debería haberle afectado, pero su mente estaba demasiado
preocupada.
—No creo que eso importe ya. Si no habíais averiguado para qué eran los mapas…
Minho parecía indignado, y la luz pálida y el humo hacían que su rostro fuera casi siniestro.
—Sí, es justo el mejor momento para rendirse. ¿Qué demo…?
—Lo siento. Cuéntame qué ha pasado.
Thomas se apoyó en el hombro de un chico delgaducho que había delante de él para echar un
vistazo al cuerpo tendido en el suelo.
Era Alby; estaba boca arriba, con un enorme corte en la frente. La sangre le caía por ambos lados
de la cabeza y también hacia los ojos, donde se acumulaba. Newt se la estaba limpiando con un trapo
húmedo, con cuidado, y le susurraba preguntas demasiado bajo para oírlas. Thomas, preocupado por
Alby a pesar de su reciente mal humor, se volvió hacia Minho y repitió su pregunta.
—Winston le encontró aquí fuera, medio muerto, y con la Sala de Mapas ardiendo. Algunos
pingajos entraron y sofocaron el fuego, pero era demasiado tarde. Todos los baúles se han quemado
hasta volverse cenizas. Al principio, sospeché de Alby, pero fuera quien fuera el que hizo esto le
golpeó la fuca cabeza contra la mesa, ya ves dónde. Es asqueroso.
—¿Quién crees que lo ha hecho?
Thomas dudó si debía contarle el posible descubrimiento que Teresa y él habían hecho. Sin
mapas, era discutible.
—Tal vez fue Gally antes de presentarse en la Hacienda y volverse loco. O quizás los
laceradores. Ni lo sé ni me importa. Da igual.
A Thomas le sorprendió el repentino cambio de actitud.
—Y ahora, ¿quién es el que se rinde?
La cabeza de Minho se levantó con tanta rapidez que Thomas retrocedió un paso. Vio una ligera
expresión de ira que enseguida se convirtió en sorpresa o confusión.
—No me refiero a eso, pingajo.
Thomas entrecerró los ojos, lleno de curiosidad.
—¿Qué…?
—Mantén el pico cerrado de momento —Minho se llevó los dedos a los labios y miró a su
alrededor para ver si alguien le estaba observando—. Tú mantén el pico cerrado. Lo sabrás muy
pronto.
Thomas respiró hondo y se quedó reflexionando. Si esperaba que los demás fueran honestos, él
también tenía que serlo, así que decidió compartir lo del posible código del Laberinto, hubiera
mapas o no.
—Minho, necesito contaros algo a ti y a Newt. Y tenemos que soltar a Teresa. Seguro que se está
muriendo de hambre y puede servirnos de ayuda.
—Lo último que me preocupa es esa estúpida chica.
Thomas ignoró el insulto.
—Danos unos minutos, tenemos una idea. Quizá funcione si hay suficientes corredores que
recuerden sus mapas.
Aquello pareció atraer la atención de Minho, pero seguía habiendo una expresión rara en su
rostro, como si Thomas estuviera saltándose algo evidente.
—¿Qué idea?
—Venid conmigo al Trullo. Newt y tú.
Minho se quedó pensando un segundo.
—¡Newt! —le llamó.
—¿Sí?
Newt se levantó y volvió a doblar el trapo ensangrentado en busca de algún trozo limpio. Thomas
se dio cuenta de que estaba totalmente manchado de rojo. Minho señaló a Alby.
—Dejemos que los mediqueros se ocupen de él. Tenemos que hablar.
Newt le lanzó una mirada inquisidora y, después, le dio el trapo al clariano más próximo.
—Ve a buscar a Clint y dile que tenemos problemas más gordos que chicos con astillas clavadas
—cuando el chico se marchó corriendo para hacer lo que le habían mandado, Newt se apartó de
Alby—. ¿De qué tenemos que hablar?
Minho señaló a Thomas con la cabeza, pero no dijo nada.
—Venid conmigo —dijo Thomas.
Luego se dio la vuelta y se dirigió al Trullo sin esperar una respuesta.
• • •
—Sacadla de ahí —Thomas estaba junto a la celda, con los brazos cruzados—. Soltadla y después
hablaremos. Confiad en mí: vais a querer oírlo.
Newt estaba cubierto de hollín y suciedad y tenía el pelo apelmazado por el sudor. No parecía
estar de muy buen humor.
—Tommy, esto es…
—Por favor. Tú ábrela, sácala de ahí —no podía rendirse esta vez.
Minho estaba delante de la puerta con las manos en las caderas.
—¿Cómo vamos a confiar en ella? —preguntó—. En cuanto se despertó, todo este lugar se hizo
pedazos. Hasta ha admitido que ha provocado algo.
—Tiene razón —asintió Newt.
Thomas señaló a Teresa a través de la puerta.
—Podemos confiar en ella. Cada vez que hablamos, es sobre cómo podemos salir de aquí. La han
enviado igual que a todos nosotros. Es una tontería pensar que es la responsable de esto.
Newt refunfuñó.
—Entonces, ¿qué coño quería decir con que ha provocado algo?
Thomas se encogió de hombros; se negaba a admitir que Newt tenía razón en eso. Tenía que
haber una explicación.
—Quién sabe. Su mente estaba haciendo cosas muy raras cuando despertó. Quizá todos pasamos
por lo mismo en la Caja y dijimos incoherencias antes de despertarnos del todo. Tú sácala de ahí.
Newt y Minho intercambiaron una larga mirada.
—Venga —insistió Thomas—. ¿Qué va a hacer, salir corriendo y apuñalar a todos los clarianos
hasta matarnos? Vamos.
Minho suspiró.
—Muy bien. Deja que salga esa tonta.
—¡Yo no soy tonta! —gritó Teresa con una voz amortiguada por las paredes—. ¡Estoy oyendo
todo lo que decís, imbéciles!
Newt abrió los ojos de par en par.
—Qué chica más dulce has elegido, Tommy.
—Date prisa —repuso Thomas—. Estoy seguro de que tenemos mucho que hacer antes de que los
laceradores vuelvan esta noche, si es que no vienen por el día.
Newt resopló y se acercó al Trullo mientras sacaba las llaves. Unos tintineos más tarde, la puerta
se abrió.
—Vamos.
Teresa salió del pequeño edificio y fulminó a Newt con la mirada al pasar junto a él. Le lanzó la
misma mirada desagradable a Minho y, luego, se detuvo al lado de Thomas. Su brazo rozó el del
chico, que notó un cosquilleo y se sintió muy avergonzado.
—Muy bien, habla —dijo Minho—. ¿Qué es tan importante?
Thomas miró a Teresa mientras se preguntaba qué decir.
—¿Qué? —exclamó ella—. ¿Se lo has dicho? Pero ¡si creen que soy una asesina en serie!
—Sí, pareces muy peligrosa —farfulló Thomas, pero se centró en Newt y Minho—. Vale; cuando
Teresa salió de su profundo sueño, le vinieron algunos recuerdos a la mente. Ummm… —se calló
antes de soltar que se lo había dicho telepáticamente—. Más tarde me dijo que se acordaba de que el
Laberinto era un código. Que, quizás, en vez de resolverlo para encontrar una salida, está intentando
enviarnos un mensaje.
—¿Un código? —inquirió Minho—. ¿Cómo va a ser un código?
Thomas sacudió la cabeza, deseando poder contestar.
—No lo sé exactamente, tú estás más familiarizado que yo con los mapas. Pero tengo una teoría.
Por eso esperaba que vosotros recordarais algo.
Minho miró a Newt con las cejas arqueadas, dudoso.
—¿Qué? —preguntó Thomas, harto de que aún le ocultaran información—. Vosotros dos seguís
actuando como si tuvierais un secreto.
Minho se frotó los ojos con ambas manos y respiró hondo.
—Hemos escondido los mapas, Thomas.
Al principio, no lo entendió.
—¿Eh?
Minho señaló hacia la Hacienda.
—Hemos escondido los puñeteros mapas en la sala de armas; los guardamos allí por la
advertencia de Alby. Y por el llamado Final que tu novia ha provocado.
Thomas se entusiasmó tanto al oír aquella noticia que, por un instante, se olvidó de lo horribles
que estaban las cosas. Recordó que Minho había actuado de manera sospechosa el día anterior,
cuando le dijo que le habían encomendado una tarea especial. Thomas miró a Newt, que asintió.
—Están sanos y salvos —afirmó Minho—. Todos y cada uno de esos cabrones. Así que, si tienes
una teoría, empieza a hablar.
—Llevadme hasta ellos —dijo Thomas, que se moría por echarles un vistazo.
—Vale, vamos

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