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Capítulo 37
Thomas se quedó sin habla. Ahora todo sería distinto. No había sol ni provisiones, ni estaban
protegidos de los laceradores. Teresa había tenido razón desde el principio: todo había cambiado.
Thomas notó como si su respiración se hubiese solidificado hasta quedarse atascada en la garganta.
Alby señaló a la chica.
—Quiero que la encerremos. Ya. ¡Billy! ¡Jackson! Metedla en el Trullo e ignorad cualquier
palabra que salga de su fuca boca.
Teresa no reaccionó, pero Thomas ya lo hizo por ambos:
—¿Qué dices? Alby, no puedes… —se calló cuando los encendidos ojos de Alby le lanzaron una
mirada de ira que afectó a los latidos de su corazón—. Pero… ¿cómo puedes echarle la culpa de que
no se cierren los muros?
Newt dio un paso adelante y colocó suavemente una mano en el pecho de Alby para empujarle
hacia atrás.
—¿Por qué no, Tommy? Lo ha admitido ella misma.
Thomas se volvió hacia Teresa, pálido por la tristeza que reflejaban sus ojos azules. Era como si
algo se le hubiera metido en el pecho y le oprimiera el corazón.
—Alégrate de no acompañarla, Thomas —dijo Alby. Les lanzó una mirada asesina a los dos
antes de marcharse. Thomas nunca había tenido tantas ganas de darle un puñetazo a alguien.
Billy y Jackson avanzaron y cogieron a Teresa por ambos brazos para llevársela, aunque, antes
de que cruzaran por entre los árboles, Newt les detuvo.
—Quedaos con ella. Pase lo que pase, nadie va a tocar a esta chica. Juradlo por vuestras vidas.
Los dos guardias asintieron y, después, se marcharon con Teresa a la zaga. A Thomas le dolió
incluso más ver que ella no oponía resistencia. No podía creerse lo triste que se sentía; quería seguir
hablando con ella.
«Pero la acabo de conocer —pensó—. Ni siquiera sé quién es».
Sin embargo, él sabía que aquello no era cierto. Sentía que tenían una estrecha relación y eso
sólo podía ser porque la conocía de antes de que le borraran la memoria al enviarlo al Claro.
Ven a verme —le dijo ella en su mente.
No sabía cómo hacerlo, cómo hablar con ella de ese modo. Pero lo intentó de todas formas:
Iré. Al menos, allí estarás a salvo.
No contestó.
¿Teresa?
Nada.
Los siguientes treinta minutos fueron un estallido de confusión en masa.
Aunque no se había producido ningún cambio perceptible en la luz desde que el sol y el cielo
azul no habían aparecido aquella mañana, era como si la oscuridad se extendiera por el Claro.
Mientras Newt y Alby reunían a los guardianes para que asignaran las tareas y metieran a sus grupos
en la Hacienda en una hora, Thomas no se sentía más que como un espectador, sin estar seguro de si
podía ayudar.
A los constructores —sin su líder, Gally, que seguía perdido— les ordenaron que levantaran
barricadas a ambos lados de cada puerta abierta; obedecieron, aunque Thomas sabía que no quedaba
tiempo suficiente y no había materiales que sirvieran de mucho. Casi le parecía que los guardianes
querían que la gente estuviera ocupada, que querían retrasar los inevitables ataques de pánico.
Thomas ayudó a los constructores a reunir todas las cosas sueltas que pudieron encontrar para
apilarlas en los espacios vacíos y las aseguraron tanto como fue posible para que no se cayeran.
Tenían muy mala pinta y le parecían patéticas, además de darle un miedo de muerte, pues de ningún
modo iban a impedir que los laceradores entraran.
Mientras Thomas trabajaba, alcanzó a ver el resto de actividades que tenían lugar en el Claro.
Juntaron todas las linternas que había y las repartieron entre todos los que pudieron; Newt dijo
que habían previsto que todo el mundo durmiera en la Hacienda esa noche y que apagarían las luces,
salvo en caso de emergencia. La tarea de Fritanga era sacar toda la comida no perecedera de la
cocina y almacenarla en la Hacienda, en caso de que se quedaran allí atrapados. Thomas se imaginó
lo horrible que sería aquello. Otros estaban recogiendo provisiones y herramientas. Thomas vio a
Minho llevando armas del sótano al edificio principal. Alby había dejado claro que no podían
arriesgarse: iban a convertir la Hacienda en su fortaleza y debían hacer lo que fuese necesario para
defenderla.
Al final, Thomas se escabulló de los constructores y ayudó a Minho a llevar unas cajas de
cuchillos y unos palos envueltos en alambre de espino. Entonces Minho dijo que Newt le había
mandado hacer algo especial; más o menos, le ordenó a Thomas que se perdiera y se negó a contestar
a ninguna de sus preguntas.
Aquello hirió los sentimientos de Thomas, pero se marchó de todos modos, pues quería hablar
con Newt sobre otra cosa. Finalmente, le encontró mientras cruzaba el Claro hacia la Casa de la
Sangre.
—¡Newt! —le llamó, corriendo para alcanzarle—. Tienes que escucharme.
Newt se paró tan de pronto que Thomas casi chocó con él. El chico mayor se volvió y le miró
con tal desdén que se lo pensó dos veces antes de decir nada.
—Rapidito —dijo Newt.
Thomas casi enmudeció, pues no estaba seguro de cómo decir lo que estaba pensando.
—Tienes que soltar a la chica. Teresa —sabía que ella sólo iba a ayudar y que aún podía
recordar algo valioso.
—Ah, me alegra saber que ahora sois colegas —Newt empezó a caminar—. No me hagas perder
el tiempo, Tommy.
Thomas le agarró del brazo.
—¡Escúchame! Hay algo en ella… Creo que nos enviaron para ayudar a terminar con todo esto.
—Sí, ¿ayudar a que entren los laceradores y nos maten a todos? He oído planes malísimos,
verducho, pero este se lleva la palma.
Thomas resopló para que Newt viera lo frustrado que sentía.
—No, no creo que el hecho de que los muros estén abiertos sea para eso.
Newt se cruzó de brazos; parecía exasperado.
—Verducho, ¿de qué estás hablando?
Desde que Thomas había visto las palabras escritas en la pared del Laberinto, «CATÁSTROFE
RADICAL: UNIDAD DE EXPERIMENTOS LETALES», no había dejado de pensar en ellas. Sabía
que si alguien podía creerle, ese era Newt.
—Creo… Creo que estamos aquí como parte de algún extraño experimento, prueba o algo
parecido. Pero se supone que tiene que terminar de algún modo. No podemos vivir aquí para
siempre. Los que nos han enviado quieren que acabemos. De un modo u otro —Thomas se sintió
aliviado al sacárselo del pecho.
Newt se frotó los ojos.
—¿Y se supone que así vas a convencerme de que todo está bien para que suelte a la chica?
¿Porque la tenemos aquí y, de repente, todo es «haz algo o muere»?
—No, no me estás entendiendo. No creo que tenga nada que ver con que nosotros estemos aquí.
No es más que un peón. Nos la han enviado como nuestra última herramienta o pista, o lo que sea,
para ayudarnos a salir —Thomas respiró hondo—. Y creo que a mí también me enviaron con ese
propósito. Sólo porque haya provocado el Final no significa que sea mala.
Newt miró hacia el Trullo.
—¿Sabes qué? Ahora mismo no me importa una clonc. Puede pasar una noche ahí. En cualquier
caso, estará más a salvo que nosotros.
Thomas asintió; estaba de acuerdo.
—Vale, pasaremos esta noche como sea. Mañana, cuando sea de día y estemos a salvo, ya
veremos qué hacemos con ella. Averiguaremos lo que se supone que tenemos que hacer.
Newt resopló.
—Tommy, ¿qué tendrá mañana de diferente? Llevamos aquí dos malditos años, ¿sabes?
Thomas tenía el presentimiento de que todos aquellos cambios eran un estímulo, un catalizador
para el final.
—Que ahora tenemos que resolverlo. Nos han obligado. No podemos seguir viviendo así, día a
día, pensando en que lo más importante es regresar al Claro antes de que se cierren las puertas para
estar cómodos y seguros.
Newt lo pensó un segundo allí de pie, con el ajetreo de los preparativos de los clarianos a su
alrededor.
—Tenemos que ir más allá. Quedarnos ahí fuera mientras las paredes se mueven.
—Exacto —convino Thomas—. A eso me refería precisamente. Y quizá podamos levantar una
barricada o volar por los aires la entrada del Agujero de los Laceradores. Hacer tiempo para
analizar el Laberinto.
—Alby es el único que no permitirá que soltemos a la chica —dijo Newt, y señaló con la cabeza
hacia la Hacienda—. A ese tío no le moláis mucho vosotros dos. Pero ahora mismo tenemos que
callarnos y conseguir llegar a mañana.
Thomas asintió.
—Podemos vencerlos.
—Ya lo has hecho antes, ¿eh, Hércules?
Sin sonreír ni esperar una respuesta, Newt se marchó y empezó a gritar a la gente que acabara y
se metiera en la Hacienda.
Thomas se alegró de haber tenido aquella conversación. Había ido tan bien como podía haber
esperado. Decidió darse prisa e ir a hablar con Teresa antes de que fuese demasiado tarde. Mientras
corría hacia el Trullo, en la parte trasera de la Hacienda, observó cómo los clarianos empezaban a
entrar, la mayoría con los brazos cargados de cosas.
Thomas se paró fuera de la pequeña cárcel y recobró el aliento.
—¿Teresa? —la llamó por fin a través de los barrotes de la ventana de la celda sin luz.
Su rostro apareció al otro lado, sobresaltándole. A Thomas se le escapó un gritito antes de poder
contenerse y tardó un segundo en recuperarse.
—¡Menudo susto me has dado!
—¡Qué bonito! —replicó ella—. Gracias —en la oscuridad, sus ojos azules brillaban como los
de un gato.
—De nada —respondió él, ignorando su sarcasmo—. Oye, he estado pensando —se dejó caer en
el suelo para poner en orden sus ideas.
—Más de lo que se puede decir de ese gilipollas de Alby —masculló.
Thomas estaba de acuerdo, pero se moría de ganas de contar lo que le había ido a decir.
—Tiene que haber un modo de salir de este sitio. Sólo tenemos que seguir buscando, quedarnos
en el Laberinto más tiempo. Lo que escribiste en tu brazo y lo que dijiste del código tienen que
significar algo, ¿verdad?
«Tiene que ser algo», pensó. No podía evitar tener esperanza.
—Sí, he estado pensando lo mismo. Pero, antes que nada, ¿puedes sacarme de aquí?
Sus manos aparecieron para agarrar los barrotes de la ventana. Thomas sintió unas ganas
ridículas de alargar sus propias manos para tocarlas.
—Bueno, Newt ha dicho que tal vez salgas mañana —Thomas estaba contento por haber
conseguido aquella concesión—. Tendrás que pasar la noche ahí dentro. Puede que sea el lugar más
seguro del Claro.
—Gracias por preguntarle. Será divertido dormir en este suelo frío —señaló detrás de ella con el
pulgar—. Aunque supongo que los laceradores no podrán atravesar esta ventana, así que estaré bien,
¿no?
La mención de los laceradores le sorprendió. No recordaba haberle hablado de ellos todavía.
—Teresa, ¿estás segura de que lo has olvidado todo?
Ella se quedó pensando un segundo.
—¡Qué raro! Me imagino que recuerdo algunas cosas. A menos que haya oído hablar a la gente
mientras estaba en coma.
—Bueno, supongo que ahora mismo no tiene importancia. Sólo quería verte antes de pasar la
noche dentro.
Pero no se quería marchar, casi deseaba meterse en el Trullo con ella. Sonrió para sus adentros;
se imaginaba lo que diría Newt ante aquella petición.
—¿Tom? —dijo Teresa.
Thomas se dio cuenta de que estaba en las nubes.
—Ah, perdona. ¿Sí?
Ella retiró las manos hacia dentro y estas desaparecieron. Lo único que podía ver eran sus ojos y
el brillo pálido de su piel blanca.
—No sé si podré pasar la noche encerrada en esta cárcel.
Thomas sintió una tristeza increíble. Quería robar las llaves de Newt y ayudarla a escapar. Pero
sabía que era una tontería. Tendría que sufrir y apañárselas. Se quedó con la vista clavada en
aquellos ojos brillantes.
—Al menos, no estarás totalmente a oscuras. Por lo visto, ahora estamos atrapados en esta
especie de crepúsculo las veinticuatro horas del día.
—Sí… —miró detrás de él, hacia la Hacienda, y luego volvió a centrarse en Thomas—. Soy una
chica fuerte, estaré bien.
El chico se sintió fatal por tener que dejarla allí, pero sabía que no le quedaba otra opción.
—Me aseguraré de que lo primero que hagan mañana sea sacarte de aquí, ¿vale?
Ella sonrió para hacerle sentir mejor.
—¿Me lo prometes?
—Prometido —Thomas se dio unos golpecitos en la sien derecha—. Y si te sientes sola, puedes
hablarme con tu… truco todo lo que quieras. Intentaré responderte.
Ya lo había aceptado y casi quería que lo hiciera. Sólo esperaba saber cómo contestarle para
poder mantener una conversación.
No tardarás en conseguirlo —le aseguró Teresa en su mente.
—Ojalá.
Se quedó allí, sin ningunas ganas de marcharse. En absoluto.
—Será mejor que te vayas —dijo la muchacha—. No quiero que te maten brutalmente por mi
culpa.
Thomas se las arregló para sonreír al oír sus palabras.
—Muy bien. Hasta mañana.
Y, antes de que pudiera cambiar de opinión, se escabulló por una esquina hacia la puerta
principal de la Hacienda, justo cuando el último par de clarianos entraba y Newt los empujaba como
si fuesen gallinas descarriadas. Thomas también entró, seguido de Newt, que cerró la puerta detrás
de él.
Justo antes de que pasara el pestillo, Thomas creyó oír el primer gemido estremecedor de los
laceradores, que venían de algún sitio del interior del Laberinto.
La noche había empezado.
Capítulo 38
Normalmente, la mayoría dormía fuera, así que meter todos aquellos cuerpos en la Hacienda hizo que
todos estuvieran muy apretados. Los guardianes habían organizado y distribuido a los clarianos por
las habitaciones, con mantas y almohadas. A pesar del número de personas y del caos que suponía
aquel cambio, un silencio inquietante acompañaba las actividades, como si nadie quisiera llamar la
atención.
Para cuando todos estuvieron instalados, Thomas ya se encontraba arriba con Newt, Alby y
Minho, y por fin pudieron terminar la discusión que habían empezado antes en el patio. Alby y Newt
estaban sentados en la única cama de la habitación. Thomas y Minho se sentaron junto a ellos en unas
sillas. Los otros muebles eran un tocador de madera inclinado y una mesa pequeña sobre la que había
una lámpara que les daba toda la luz que tenían. La oscuridad gris parecía presionar en la ventana
desde fuera, con promesas de que algo malo iba a llegar.
—Es lo más cerca que he estado de tirar la toalla —estaba diciendo Newt—, de mandarlo todo a
la clonc y darle a un lacerador un beso de buenas noches. Nos quitan las provisiones, el maldito
cielo se vuelve gris y los muros no se cierran. Pero no podemos rendirnos, y todos lo sabemos. Los
cabrones que nos enviaron aquí o nos quieren ver muertos o nos están dando un empujón. Sea una
cosa u otra, tenemos que ponernos a currar hasta que estemos muertos o no.
Thomas asintió con la cabeza, pero no dijo nada. Estaba totalmente de acuerdo, pero no tenía
ninguna idea concreta sobre qué hacer. Si sobrevivían a aquella noche, quizá Teresa y él pudieran
pensar en algo para ayudar.
Thomas miró a Alby, que tenía la vista clavada en el suelo, al parecer perdido en sus propios
pensamientos sombríos. Su rostro aún reflejaba un cansado aspecto de depresión, con los ojos
hundidos y vacíos. El Cambio hacía honor a su nombre, teniendo en cuenta lo que le había hecho.
—¿Alby? —le llamó Newt—. ¿Vas a arrimar el hombro?
Alby levantó la vista y la sorpresa le atravesó el rostro como si no hubiera advertido que había
alguien más en la habitación.
—¿Eh? Ah, sí. Bien. Pero ya habéis visto lo que pasa por la noche. Sólo porque ese puñetero
verducho con superpoderes lo haya logrado no significa que el resto de nosotros podamos.
Thomas puso los ojos en blanco en dirección a Minho. Estaba harto de la actitud de Alby. Si
Minho sentía lo mismo, consiguió ocultarlo muy bien.
—Estoy con Thomas y Newt. Tenemos que dejar de lloriquear y compadecernos de nosotros
mismos —se restregó las manos y se inclinó hacia delante en la silla—. Mañana por la mañana lo
primero que haremos será formar equipos que estudien los mapas durante todo el día mientras los
corredores salimos al Laberinto. Prepararemos nuestras cosas y llenaremos nuestras mochilas hasta
los topes para poder pasar allí unos cuantos días.
—¿Qué? —exclamó Alby, y su voz por fin mostró alguna emoción—. ¿A qué te refieres con
«días»?
—Pues a días. Con las puertas abiertas y sin atardecer, no tiene sentido volver aquí. Ha llegado
la hora de quedarse allí para ver si se abre algo cuando las paredes se mueven. Si es que se mueven.
—Ni hablar —espetó Alby—. Tenemos la Hacienda para escondernos y, si eso no funciona, nos
quedan la Sala de Mapas y el Trullo. ¡No podemos pedirle a la gente que salga ahí a morir, Minho!
¿Quién se va a ofrecer voluntario?
—Yo —respondió Minho—. Y Thomas.
Todos miraron a Thomas y él se limitó a asentir. Aunque le daba un miedo de muerte, explorar el
Laberinto —explorarlo de verdad— era algo que quería hacer desde la primera vez que supo de su
existencia.
—Yo iré si tengo que hacerlo —se ofreció Newt, para sorpresa de Thomas. Aunque nunca
hablaba de ello, la cojera del chico era un recordatorio constante de que algo horrible le había
pasado en el Laberinto—. Y estoy seguro de que todos los corredores también lo harán.
—¿Con la pierna así? —preguntó Alby, y una risa cruel escapó de sus labios.
Newt frunció el entrecejo y miró el suelo.
—Bueno, no les voy a pedir a los clarianos que hagan algo que yo no esté dispuesto a hacer.
Alby retrocedió sobre la cama y subió los pies.
—Me da igual. Haz lo que quieras.
—¿Que haga lo que quiera? —repitió Newt, levantándose—. ¿Qué te pasa, macho? ¿Me estás
diciendo que tenemos otra opción? ¿Acaso tenemos que quedarnos sentados y esperar a que los
laceradores se nos cepillen?
Thomas quiso levantarse y aplaudir; estaba seguro de que Alby al final dejaría aquella actitud
pesimista. Pero su líder, por lo visto, no estaba nada afectado ni tenía cargo de conciencia:
—Bueno, a mí me parece mejor que correr hacia ellos.
Newt volvió a sentarse.
—Alby, tienes que empezar a razonar.
Aunque le costaba mucho admitirlo, Thomas sabía que necesitaban a Alby si querían conseguir
algo. Los clarianos le observaron. Al final, Alby respiró hondo y les miró a todos, uno a uno.
—Tíos, sabéis que estoy jodido. En serio, lo… siento. Ya no debería ser vuestro estúpido líder.
Thomas contuvo la respiración. No podía creerse que Alby acabara de decir aquello.
—Ay, maldito… —empezó a exclamar Newt.
—¡No! —gritó Alby, y su cara reflejó humildad, rendición—. No me refiero a eso. Escúchame.
No estoy diciendo que tengamos que cambiar ni nada de esa clonc. Sólo digo que… Creo que tengo
que dejar que toméis por mí las decisiones. No me fío de mí mismo. Así que… sí, haced lo que
queráis.
Thomas vio que Minho y Newt estaban tan sorprendidos como él.
—Eh… vale —dijo Newt despacio, como si no estuviese seguro—. Haremos que funciones, te lo
prometo. Ya lo verás.
—Sí —masculló Alby. Después de una larga pausa, habló con un extraño entusiasmo en la voz—:
Eh, os diré lo que haremos: Ponedme a cargo de los mapas. Haré que todos los puñeteros clarianos
se maten a estudiar esas cosas.
—Por mí, bien —asintió Minho.
Thomas quiso mostrarse de acuerdo, pero no sabía si le correspondía decir algo. Alby puso de
nuevo los pies en el suelo y se incorporó.
—¿Sabéis?, es una estupidez dormir aquí esta noche. Deberíamos estar en la Sala de Mapas,
trabajando.
Thomas pensó que aquella era la cosa más inteligente que había oído decir a Alby en mucho
tiempo. Minho se encogió de hombros.
—Seguramente tengas razón.
—Bueno…, pues iré —dijo Alby con un gesto de seguridad—. Ahora mismo.
Newt negó con la cabeza.
—Olvídalo, Alby. Ya he oído a los laceradores gemir por ahí. Podemos esperar hasta que
despertemos.
Alby se inclinó hacia delante con los codos en las rodillas.
—Eh, sois vosotros los que me estáis animando. No empecéis a lloriquear cuando estoy
escuchando de verdad. Si voy a hacerlo, tengo que hacerlo, ser el antiguo yo. Necesito algo en lo que
concentrarme.
El alivio invadió a Thomas. Se había hartado de toda aquella controversia. Alby se levantó.
—En serio, necesito hacerlo —fue hacia la puerta como si de verdad quisiera marcharse.
—¡No puedes hablar en serio! —exclamó Newt—. ¡No puedes salir ahora!
—Voy a ir y punto —Alby cogió las llaves de su bolsillo y las sacudió con sorna. Thomas no
podía creerse aquel valor repentino—. Nos vemos por la mañana, pingajos. Y se marchó.
• • •
Era raro saber que avanzaba la noche, que la oscuridad tenía que haberse tragado el mundo que les
rodeaba, pero afuera tan sólo se veía una pálida luz gris. Thomas se sentía raro, como si las ganas de
dormir, que aumentaban sin cesar conforme pasaban los minutos, de algún modo no fuesen naturales.
Los demás clarianos se instalaron y se acostaron con sus mantas y sus almohadas para lograr la
imposible tarea de dormir. Nadie hablaba mucho; los ánimos estaban apagados, por los suelos. Lo
único que se oía eran pies arrastrándose y susurros.
Thomas intentó con todas sus fuerzas ponerse a dormir, pues así pasaría el tiempo más rápido,
pero al cabo de dos horas seguía sin tener suerte. Estaba tumbado en el suelo de una de las
habitaciones del primer piso, sobre una manta gruesa, metido allí dentro con varios clarianos, casi
pegados cuerpo a cuerpo. La cama se la había quedado Newt.
Chuck había acabado en otra habitación y, por algún motivo, Thomas se lo imaginaba acurrucado
en un rincón oscuro, llorando, apretando las mantas contra su pecho como si fueran un oso de
peluche. Aquella imagen entristeció tanto al muchacho que intentó reemplazarla, pero fue en vano.
Casi todos tenían una linterna a su lado en caso de emergencia. Por otro lado, Newt había
ordenado que apagaran todas las luces, a pesar del resplandor pálido y mortecino de su nuevo cielo;
no tenía sentido atraer más atención de la necesaria. Todo lo que se podía preparar con tan poco
tiempo contra el ataque de los laceradores se había hecho: se habían cerrado las ventanas con tablas,
se habían colocado los muebles delante de las puertas, se habían repartido cuchillos para usarlos
como armas…
Pero nada de aquello hacía que Thomas se sintiera a salvo. El hecho de saber lo que podía
ocurrir era agobiante, un manto asfixiante de miedo y sufrimiento que empezaba a cobrar vida. Casi
deseaba que aquellos cabrones llegaran y acabaran con todo. La espera era insoportable. Los
gemidos distantes de los laceradores se iban acercando a medida que la noche avanzaba, y cada
minuto parecía durar más que el anterior.
Pasó otra hora. Y otra. Al final, le llegó el sueño, pero en condiciones lamentables. Thomas
supuso que eran las dos de la madrugada cuando se dio la vuelta para ponerse bocabajo por
millonésima vez aquella noche. Colocó las manos bajo la barbilla y se quedó mirando los pies de la
cama, casi una sombra bajo aquella luz tenue.
Entonces, todo cambió.
Una avalancha de maquinaria motorizada se oyó en el exterior, seguida de los familiares
chasquidos de los laceradores rodando sobre el suelo de piedra, como si alguien hubiera esparcido
un puñado de clavos. Thomas se puso de pie enseguida, como casi todos los demás.
Pero Newt se levantó antes que nadie y empezó a hacer señas con los brazos; luego, silenció a la
habitación poniéndose un dedo en los labios. Sin forzar la pierna mala, caminó de puntillas hasta la
ventana, que estaba tapada con tres tablones clavados a toda prisa. Los espacios entre ellos permitían
asomarse para ver lo que ocurría fuera. Con cuidado, Newt echó un vistazo y Thomas se acercó hasta
allí para hacer lo mismo.
Se agachó junto a Newt, apoyado en el tablón de madera más bajo, colocando el ojo en la
rendija. Era aterrador estar tan cerca de la pared. Pero lo único que vio fue el Claro. No había
bastante sitio para mirar arriba, abajo o a los lados; sólo al frente. Al cabo de un minuto, más o
menos, se dio por vencido y volvió a sentarse con la espalda apoyada en la pared. Newt también se
apartó de la ventana y se sentó en la cama.
Pasaron unos cuantos minutos más; varios sonidos de los laceradores penetraban las paredes
cada diez o veinte segundos. El ruido de los motores venía seguido de un chirrido del metal girando.
El chasquido de los pinchos contra la dura piedra. Cosas rompiéndose, abriéndose y partiéndose.
Cada vez que oía algo, Thomas se encogía lleno de miedo. Sonaba como si fuera hubiese tres o
cuatro. Por lo menos.
Oía cómo los retorcidos animales-máquina se acercaban todavía más y esperaban en los bloques
de piedra que tenían debajo. No había más que zumbidos y traqueteos metálicos.
A Thomas se le secó la boca. Los había visto cara a cara, se acordaba de todo demasiado bien;
tuvo que recordarse respirar. Los demás en la habitación estaban callados; nadie hacía ningún ruido.
El miedo parecía flotar en el aire como una tormenta de nieve negra.
Uno de los laceradores sonó como si estuviera moviéndose hacia la casa. Entonces, de repente,
el chasquido de sus pinchos contra la piedra se convirtió en un sonido más profundo y apagado.
Thomas se lo imaginó: los pinchos de la criatura hundiéndose en los laterales de madera de la
Hacienda, aquel bicho enorme rodando su cuerpo, subiendo a la habitación, desafiando la gravedad
con su fuerza. Thomas oyó cómo los pinchos de los laceradores hacían añicos la madera que se ponía
en su camino mientras se desenganchaban y rotaban para agarrarse de nuevo. Todo el edificio
tembló.
Los crujidos y chasquidos de la madera se convirtieron en los únicos ruidos del mundo para
Thomas, que estaba aterrado. Cada vez eran más fuertes y estaban más cerca. El resto de chicos se
hallaba al otro lado de la habitación, lo más apartado posible de la ventana. Thomas terminó por
hacer lo mismo con Newt a su lado. Todos se acurrucaron en la pared más lejana, con la vista
clavada en la ventana.
Justo cuando ya no aguantaban más, justo cuando Thomas advirtió que el lacerador estaba al otro
lado de la ventana, todo quedó en silencio. Thomas casi oía los latidos de su propio corazón.
Unas luces parpadearon en el exterior y proyectaron unos rayos extraños a través de las rendijas
de las tablas de madera. Entonces, una fina sombra interrumpió la luz y se movió adelante y atrás.
Thomas supo que las sondas y las armas del lacerador habían salido en busca de un festín. Se
imaginó las cuchillas escarabajo ahí fuera, ayudando a las criaturas a encontrar su camino. Unos
minutos más tarde, la sombra se detuvo; la luz se quedó quieta, proyectando tres planos inmóviles de
brillo en la habitación.
Había una gran tensión en el ambiente. Thomas no oía a nadie respirar. Pensó que en las otras
habitaciones de la Hacienda debía de estar produciéndose la misma situación. Luego se acordó de
que Teresa se encontraba en el Trullo.
Estaba deseando que ella le dijera algo cuando la puerta que daba al pasillo se abrió de golpe.
Unos gritos de sorpresa inundaron la habitación. Los clarianos esperaban que entrara algo por la
ventana, no detrás de ellos. Thomas se dio la vuelta para ver quién había abierto la puerta, esperando
que fuera Chuck, aterrorizado, o, quizás, Alby, que hubiese recapacitado. Pero, al ver quién estaba
allí, el cráneo pareció contraérsele y estrujarle el cerebro por la impresión.
Era Gally

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