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Capítulo 34
Thomas se despertó con una luz débil y sin vida. Lo primero que pensó fue que debía de haberse
levantado más pronto de lo habitual, que todavía quedaba una hora para que amaneciera. Pero,
entonces, oyó los gritos. Y luego levantó la vista y miró a través del manto de ramas frondosas.
El cielo tenía un tono gris apagado, no la luz blanquecina natural de por la mañana.
Se puso en pie de un salto y se apoyó en la pared para mantener el equilibrio mientras,
boquiabierto, estiraba el cuello para mirar hacia arriba. No estaba azul, ni negro, ni había estrellas,
ni tampoco el abanico purpúreo típico del alba. El cielo, en toda su extensión, era de un gris pizarra.
Sin color y muerto.
Bajó la vista a su reloj. Ya había pasado una hora desde que era obligatorio levantarse. El
resplandor del sol tenía que haberle despertado, como lo había hecho tan fácilmente desde que había
llegado al Claro. Pero hoy, no.
Miró otra vez hacia arriba, medio esperando que hubiera vuelto a la normalidad. Pero estaba
todo gris. No había nubes, ni penumbra, ni los primeros minutos del amanecer. Sólo estaba gris.
El sol había desaparecido.
• • •
Thomas se encontró a la mayoría de los clarianos cerca de la entrada a la Caja, señalando al cielo
muerto, hablando todos a la vez. Por la hora que era, ya deberían haber servido el desayuno y la
gente debería haberse puesto a trabajar. Pero había algo sobre la desaparición del gran objeto del
sistema solar que tendía a perturbar el desarrollo de las actividades normales.
La verdad era que, mientras Thomas observaba en silencio el alboroto, no se sentía tan asustado
ni le invadía tanto el pánico como su instinto le decía que debería reaccionar. Y le sorprendió ver
que muchos de los otros parecían pollitos perdidos fuera del gallinero. De hecho, era ridículo.
Sin duda, el sol no había desaparecido; eso era imposible. Aunque eso era lo que parecía. No se
veían señales por ningún lado de la bola de furioso fuego, y las sombras oblicuas de la mañana
estaban ausentes. Pero él y todos los clarianos eran demasiado racionales e inteligentes para llegar a
esa conclusión. No, tenía que haber una explicación científica para lo que estaban presenciando. Y
fuera lo que fuera, para Thomas significaba una cosa: el hecho de que ya no pudieran ver el sol se
debía probablemente a que nunca habían podido verlo. Un sol no podía desaparecer. Su cielo debía
de haber sido —y aún era— inventado. Artificial.
En otras palabras, el sol que había iluminado a aquella gente durante dos años, que había dado
calor y vida a todo, no era el sol en absoluto. De algún modo, tenía que ser falso. Todo en aquel
lugar era falso.
Thomas no sabía lo que eso significa ni tampoco cómo era posible, pero sabía que era verdad;
era la única explicación que su mente racional aceptaba. Y, por las reacciones de los otros clarianos,
ninguno de ellos se había dado cuenta hasta aquel momento.
Chuck le encontró, y cuando Thomas vio la cara de miedo del niño, sintió una punzada en su
corazón.
—¿Qué crees que ha pasado? —preguntó Chuck con un temblor lastimero, sin apartar los ojos del
cielo. Thomas pensó que el cuello le debía de doler horrores—. Es como un techo gris enorme, tan
cerca que casi parece que puedas tocarlo.
Thomas siguió la mirada de Chuck hacia arriba.
—Sí, te hace reflexionar sobre este lugar —era la segunda vez en veinticuatro horas que Chuck
daba en el clavo. El cielo sí que parecía un techo. El techo de una habitación muy grande—. Quizá se
ha roto algo. Bueno, a lo mejor vuelve.
Por fin, Chuck dejó de estar embobado y miró a Thomas a los ojos.
—¿Roto? ¿Y qué se supone que significa eso?
Antes de que Thomas pudiera contestar, le vino el vago recuerdo de la noche anterior, antes de
quedarse dormido, las palabras de Teresa en su mente. Había dicho: «Acabo de provocar el Final».
Podía ser una coincidencia, ¿no? Sintió como si algo se le pudriese en el vientre. Cualquiera que
fuera la explicación, lo que fuese que hubiera en el cielo, un sol real o no, ya no estaba. Y aquello no
podía ser nada bueno.
—¿Thomas? —le llamó Chuck, dándole unos golpecitos en el brazo.
—¿Sí? —Thomas tenía la mente confusa.
—¿A qué te refieres con que se ha roto algo? —repitió Chuck.
Thomas necesitaba tiempo para pensar sobre todo aquello.
—Ah, no sé. Deben de ser cosas sobre este sitio que no entendemos. Pero no se puede hacer
desaparecer el sol del espacio. Además, todavía hay luz suficiente para ver, aunque sea tenue. ¿De
dónde viene?
Chuck abrió los ojos de par en par, como si le acabaran de revelar el secreto más grande y
oscuro del universo.
—Sí, ¿de dónde viene? ¿Qué está pasando, Thomas?
Thomas extendió la mano para apretar el hombro del niño. Se sentía incómodo.
—No tengo ni idea, Chuck. Ni idea. Pero estoy seguro de que Newt y Alby lo averiguarán.
—¡Thomas! —Minho se acercó corriendo a ellos—. Deja de entretenerte con Chucky y vamos.
Es muy tarde.
Thomas se sintió aturdido. Por alguna razón, había creído que aquel cielo extraño tiraría todos
los planes normales por la borda.
—¿Vais a salir ahí fuera? —preguntó Chuck, que estaba también claramente sorprendido.
Thomas se alegró de que el chico hubiera hecho la pregunta por él.
—Pues claro que sí, pingajo —respondió Minho—. ¿No tienes que ir a deambular por ahí? —
apartó la vista de Chuck para centrarse en Thomas—. Ahora más que nunca, tenemos una razón para
sacar nuestros culos ahí fuera. Si es verdad que el sol se ha ido, no tardarán mucho en morirse las
plantas y los animales. Creo que la desesperación no ha hecho más que empezar.
La última frase le caló a Thomas muy hondo. A pesar de todas sus ideas, todo lo que le había
soltado a Minho, no tenía ganas de cambiar el modo en que habían hecho las cosas los dos últimos
años. Una mezcla de entusiasmo y pavor le azotó cuando se dio cuenta de lo que Minho estaba
diciendo.
—¿Quieres decir que vamos a pasar ahí la noche? ¿Que vamos a explorar los muros un poco más
de cerca?
Minho negó con la cabeza.
—No, aún no. Aunque puede que lo hagamos pronto. Venga, vamos.
Thomas estuvo callado mientras Minho y él preparaban las cosas y comían un desayuno rápido
como el rayo. Le estaba dando demasiadas vueltas al cielo gris y a lo que Teresa —al menos, creía
que había sido la chica— le había dicho en su mente como para participar en una conversación. ¿A
qué se refería con el Final? Thomas no podía ignorar la sensación de que tenía que decírselo a
alguien. A todos.
Pero no sabía lo que significaba y no quería que supieran que tenía la voz de una chica en la
cabeza. Pensarían que se le había ido la olla y hasta podrían encerrarle, esta vez para siempre.
Después de mucho deliberarlo, decidió mantener la boca cerrada y se fue a correr con Minho en
su segundo día de entrenamiento, bajo un cielo sombrío y sin color.
• • •
Vieron el lacerador incluso antes de llegar a la puerta de la Sección 8 que daba a la Sección 1.
Minho iba unos pasos por delante de Thomas. Acababa de doblar una esquina a la derecha
cuando se paró de golpe, con los pies casi derrapando. Dio un salto hacia atrás y agarró a Thomas de
la camiseta para llevarlo contra la pared.
—Shhh —susurró Minho—. Hay un puñetero lacerador ahí delante.
Thomas abrió los ojos de un modo inquisitivo y notó que el corazón se le aceleraba, aunque antes
ya latía rápido y a un ritmo constante. Minho se limitó a asentir y, después, se llevó el dedo índice a
los labios. Soltó la camiseta de Thomas, retrocedió un paso y, luego, avanzó sigilosamente hasta una
esquina desde la que podía ver el lacerador. Muy despacio, se inclinó hacia delante para echar un
vistazo. Thomas quiso gritar que tuviera cuidado. Minho volvió la cabeza para mirarle.
—Está ahí sentado —su voz aún era un susurro—. Casi como el que vimos muerto.
—¿Qué hacemos? —preguntó Thomas tan bajo como pudo, intentando ignorar el pánico que
aumentaba en su interior—. ¿Viene hacia nosotros?
—No, tonto. Ya te he dicho que está ahí sentado.
—¿Y bien? —Thomas levantó las manos a los lados, lleno de frustración—. ¿Qué hacemos? —
estar tan cerca del lacerador le parecía muy mala idea.
Minho se quedó callado unos segundos al tiempo que pensaba antes de hablar.
—Tenemos que ir por ahí para llegar a nuestra sección. Nos quedaremos observando un rato. Si
viene detrás de nosotros, correremos de vuelta al Claro —se volvió a asomar y, entonces, rápido,
miró por encima de su hombro—. ¡Mierda, se ha ido! ¡Vamos!
Minho no esperó una respuesta ni vio la expresión de horror que cruzó la cara de Thomas. Echó a
correr hacia donde había visto el lacerador. Aunque sus instintos le decían que no lo hiciera, Thomas
le siguió.
Corrió a toda velocidad por el largo pasillo detrás de Minho, giró a la derecha y, después, a la
izquierda. En cada giro aminoraban la marcha para que el guardián pudiera asomarse antes por la
esquina y susurrarle a Thomas que había visto la parte de atrás del bicho desapareciendo por el
siguiente giro. Continuaron haciendo lo mismo durante diez minutos más hasta que llegaron al largo
pasillo que acababa en el Precipicio, donde más allá no había nada, salvo el cielo sin vida. El
lacerador se dirigía hacia el cielo.
Minho se detuvo tan de golpe que Thomas casi se lo llevó por delante. Entonces, Thomas se
quedó helado al ver que el lacerador hundía los pinchos y rodaba hacia el borde del Precipicio hasta
caer en el abismo gris. La criatura desapareció de la vista. Las sombras se habían tragado una
sombra.
Capítulo 35
—Esto lo deja muy claro —dijo Minho.
Thomas se colocó junto a él en el borde del Precipicio, con la vista clavada en la nada gris. No
había ni rastro del lacerador, ni a izquierda, ni a derecha, ni arriba, ni abajo, ni delante, hasta donde
se podía ver. No había nada más que una pared de vacío.
—¿Qué es lo que está claro? —preguntó Thomas.
—Ya lo hemos visto tres veces. Algo pasa.
—Sí —Thomas sabía a lo que se refería, pero esperó de todos modos su explicación.
—El lacerador muerto que encontramos corrió en esta dirección y nunca llegamos a verlo
regresar o adentrarse en el Laberinto. Luego vinieron esos cabrones a los que engañamos para que
saltaran al Precipicio.
—¿Les engañamos? —dijo Thomas—. A lo mejor no fue exactamente eso.
Minho le miró, pensativo.
—Hmmm. Bueno, luego ha pasado esto —señaló el abismo—. Ya no me queda duda. De algún
modo, los laceradores pueden abandonar el Laberinto por aquí. Parece magia, pero también lo es que
el sol desaparezca.
—Si pueden irse por aquí —añadió Thomas, continuando la línea de razonamiento de Minho—,
nosotros también.
Un escalofrío de emoción le recorrió el cuerpo. Minho se rió.
—Ya vuelves a desear la muerte. ¿Qué quieres, salir por ahí con los laceradores y comeros
juntos un bocadillo?
Thomas notó que se le bajaban los ánimos.
—¿Tienes una idea mejor?
—Cada cosa a su tiempo, verducho. Cojamos unas piedras para examinar este sitio. Tiene que
haber alguna salida secreta.
Thomas ayudó a Minho a buscar por los rincones del Laberinto, recogiendo todas las piedras
sueltas posibles. Consiguieron más pasando el dedo por las grietas de la pared hasta que caían al
suelo. Cuando por fin obtuvieron una pila considerable, la llevaron hasta el borde y se sentaron con
los pies colgando. Thomas bajó la vista y no vio nada más que un descenso gris.
Minho sacó su bloc y su lápiz y los dejó en el suelo junto a él.
—Muy bien, vamos a tomar notas. Y tú memorízalas también en esa fuca cabeza que tienes. Si
hay algún tipo de ilusión óptica que esté ocultando la salida de este lugar, no quiero ser el único que
la haya cagado cuando el primer pingajo salte al vacío.
—Ese pingajo debería ser el guardián de los corredores —dijo Thomas, intentando hacer un
chiste para esconder su miedo. Estar en un sitio del que los laceradores podrían salir en cualquier
momento le hacía sudar—. Te querrás sujetar a una bonita cuerda.
Minho cogió una piedra de la pila.
—Sí. Vale, turnémonos para tirarlas en zigzag. Si hay alguna clase de salida mágica, espero que
también funcione con las piedras, que las haga desaparecer.
Thomas cogió una piedra y, con cuidado, la lanzó hacia su izquierda, justo enfrente de donde la
pared izquierda del pasillo que daba al Precipicio se encontraba con el borde. El trozo de roca
irregular cayó. Y cayó. Luego desapareció en el vacío gris.
Minho iba a continuación. Tiró su piedra medio metro más lejos que Thomas. También cayó
hacia abajo. Thomas tiró otra, un poco más allá. Después, Minho. Todas las piedras caían a las
profundidades. Thomas siguió las órdenes de Minho; continuaron hasta que marcaron una línea que se
separaba al menos tres metros del Precipicio y, luego, cambiaba su objetivo a medio metro a la
derecha y empezaba a acercarse al Laberinto.
Todas las piedras caían. Una línea hacia fuera, otra línea hacia dentro. Todas las piedras caían.
Tiraron piedras suficientes para tapar todo el lado izquierdo que se extendía frente a ellos, cubriendo
así la distancia que cualquier persona —o cualquier cosa— podría saltar. Conforme lanzaba las
piedras, Thomas se desanimaba cada vez más, hasta que empezó a verlo como una gran tontería. No
podía evitar reprenderse; había sido una idea estúpida.
Entonces, la siguiente piedra que arrojó Minho desapareció. Fue la cosa más extraña y difícil de
creer que Thomas había visto en su vida.
Minho había tirado un trozo grande de roca que se había caído de una grieta en la pared. Thomas
había observado, muy concentrado, cómo caían todas las piedras. Esta abandonó la mano de Minho,
salió hacia delante, casi en la misma línea central del Precipicio, y empezó su descenso hacia el
suelo invisible de allí abajo. Pero, entonces, desapareció, como si hubiese caído en una superficie de
agua o en la niebla.
Estaba allí, cayendo, y, al segundo siguiente, había desaparecido. Thomas se quedó sin habla.
—Antes habíamos tirado cosas al Precipicio —dijo Minho—. ¿Cómo no se nos había ocurrido
esto? Nunca había visto que desapareciera nada. Nunca.
Thomas tosió; notaba la garganta irritada.
—Repítelo. Quizás hemos parpadeado o algo así.
Minho le obedeció y tiró otra piedra al mismo sitio. Una vez más, se desvaneció.
—A lo mejor no os fijasteis bien las otras veces que tirasteis cosas —sugirió Thomas—. Bueno,
debería ser imposible. A veces no nos fijamos en las cosas que no creemos que pasen o que puedan
llegar a pasar.
Lanzaron el resto de piedras, apuntando al lugar inicial y a varios centímetros alrededor. Para
sorpresa de Thomas, el sitio por el que las piedras desaparecían resultó medir sólo un par de metros
cuadrados.
—No me extraña que no nos diéramos cuenta —dijo Minho al tiempo que anotaba dimensiones
frenéticamente, esforzándose por hacer un diagrama—. Es bastante pequeño.
—Los laceradores apenas deben de caber por ese espacio —Thomas seguía con los ojos
clavados en la zona del cuadrado invisible flotante, intentando grabar en su memoria la distancia y la
ubicación, recordar dónde estaba exactamente—. Y, cuando salen, tienen que mantener el equilibrio
antes de atravesar el agujero y saltar en el espacio vacío hacia el borde del Precipicio. No está tan
lejos. Si pudiera saltar… Estoy seguro de que para ellos es fácil.
Minho terminó de dibujar y, después, alzó la vista hacia aquel lugar concreto.
—¿Cómo es esto posible, tío? ¿Qué estamos mirando?
—Como has dicho, no es magia. Debe de ser algo como que el cielo se haya vuelto gris. Algún
tipo de ilusión óptica u holograma que esconde una entrada. En este sitio pasa algo raro.
Y Thomas admitió para sus adentros que también era muy guay. Su mente se moría por saber qué
tipo de tecnología podía haber detrás de todo aquello.
—Sí, pasa algo raro. Vamos —Minho se levantó con un resoplido y se puso la mochila—. Será
mejor que corramos lo más rápido posible por el Laberinto. Con la nueva decoración del cielo,
quizás hayan pasado más cosas extrañas ahí fuera. Se lo contaremos a Newt y a Alby esta noche. No
sé si servirá de ayuda, pero al menos ahora sabemos adonde van los fucos laceradores.
—Y seguramente de dónde vienen —dijo Thomas al tiempo que le echaba un último vistazo a la
entrada oculta—. El Agujero de los Laceradores.
—Sí, un nombre tan bueno como cualquier otro. Vamos.
Thomas se quedó con la vista fija mientras esperaba a que Minho se moviera. Pasaron varios
minutos en silencio y Thomas se dio cuenta de que su amigo debía de estar tan fascinado como él.
Finalmente, sin decir ni una palabra, Minho se dio la vuelta para marchase. Thomas le siguió a su
pesar y corrieron para adentrarse en el Laberinto gris oscuro.
• • •
Thomas y Minho no encontraron nada, salvo muros de piedra y hiedra.
Thomas cortó la enredadera y tomó notas. Le costaba distinguir algún cambio desde el día
anterior, pero Minho, sin detenerse a pensarlo, le señaló dónde se habían movido las paredes.
Cuando llegaron al último callejón sin salida y era la hora de volver a casa, Thomas sintió unas
ganas casi incontrolables de meter todo en una bolsa y pasar allí la noche para ver qué ocurría.
Minho pareció presentirlo y le agarró del hombro.
—Aún no, tío. Aún no.
Y regresaron.
En el Claro había un ambiente sombrío, algo lógico cuando todo se ha vuelto gris. La tenue luz no
había cambiado ni un ápice desde que se habían despertado por la mañana y Thomas se preguntó si
algo cambiaría al «atardecer».
Cuando atravesaron la Puerta Oeste, Minho fue directo a la Sala de Mapas. Thomas se
sorprendió. Pensaba que era lo último que harían.
—¿No te mueres por contarle a Newt y Alby lo del Agujero de los Laceradores?
—Oye, seguimos siendo corredores —respondió Minho— y tenemos un trabajo que hacer —
Thomas le siguió hasta la puerta de acero del bloque grande de cemento y Minho se dio la vuelta
para dedicarle una sonrisa lánguida—. Pero sí, nos daremos prisa para ir a hablar con ellos.
Cuando entraron, ya había otros corredores pululando por la sala que dibujaban sus mapas. Nadie
dijo ni una palabra, como si las especulaciones sobre el nuevo cielo se hubieran agotado. El
ambiente desesperanzador en la habitación hizo que Thomas tuviese la sensación de estar caminando
por agua enfangada. Sabía que también tenía que estar cansado, pero se encontraba demasiado
entusiasmado para sentirse así; no podía esperar a ver las reacciones de Newt y Alby cuando
supieran la noticia sobre el Precipicio.
Se sentó a la mesa y dibujó el mapa del día, basándose en las notas y en lo que recordaba, con
Minho mirándole por encima del hombro todo el tiempo, dándole ideas: «Creo que este pasillo se
cortaba aquí en vez de allí», «Ten cuidado con las proporciones» y «Dibuja más recto, pingajo».
Aunque pesado, era útil y, a los quince minutos de entrar en la sala, Thomas examinó su obra
acabada. El orgullo le invadió; su mapa era tan bueno como cualquiera de los que había visto.
—No está mal —dijo Minho—. Bueno, para un verducho.
Minho se levantó, se acercó al baúl de la Sección 1 y lo abrió. Thomas se arrodilló delante de él,
sacó el mapa del día anterior y lo colocó al lado del que acababa de dibujar.
—¿Qué estoy buscando? —preguntó.
—Pautas. Pero no vas a ver nada comparando dos días. Tienes que estudiar varias semanas e
indagar qué patrones siguen, no sé. Sé que hay algo ahí, algo que nos ayudará. Aunque todavía no lo
he encontrado. Como he dicho, es un asco.
Thomas estaba dándole vueltas a algo en la cabeza; sentía lo mismo que la primera vez que entró
en aquella sala. Las paredes del Laberinto se movían. Unos patrones. Todas aquellas líneas rectas.
¿Sugerían un mapa completamente distinto? ¿Apuntaban a algo? Tenía una sensación muy fuerte de
que se estaba saltando una pista evidente.
Minho le dio unos golpecitos en el hombro.
—Siempre puedes volver y seguir estudiando después de cenar, después de hablar con Newt y
Alby. Vamos.
Thomas guardó los papeles en el baúl y lo cerró. No soportaba la punzada de desasosiego que
sentía. Era como un pinchazo en el costado. Las paredes se movían, líneas rectas, patrones… Tenía
que haber una respuesta.
—Vale, vamos.
Acababan de salir de la Sala de Mapas y la pesada puerta se había cerrado con un sonido
metálico detrás de ellos, cuando Newt y Alby se acercaron no muy contentos. El entusiasmo de
Thomas enseguida se transformó en preocupación.
—Eh —saludó Minho—. Acabamos de…
—Pues venga —le interrumpió Alby—. No tenemos tiempo que perder. ¿Habéis encontrado
algo? ¿Lo que sea?
Minho retrocedió ante tal reprimenda, pero a Thomas su cara le pareció más confundida que
herida o enfadada.
—Yo también me alegro de verte. La verdad es que sí, hemos encontrado algo.
Curiosamente, Alby casi pareció decepcionado.
—Porque este fuco sitio se cae a pedazos —le lanzó a Thomas una mirada desagradable, como si
todo fuese culpa suya.
«¿Qué le pasa?», se preguntó Thomas, sintiendo cómo se encendía su propio enfado. Llevaba
trabajando duro todo el día y ¿así se lo agradecían?
—¿A qué te refieres? —preguntó Minho—. ¿Qué más ha pasado?
Newt señaló la Caja con la cabeza y contestó:
—Hoy no han llegado las malditas provisiones. Durante estos dos años, han venido todas las
semanas, a la misma hora, el mismo día. Pero hoy, no.
Los cuatro se quedaron mirando las puertas de acero pegadas al suelo. A Thomas le pareció que
sobre ellos se extendía una sombra más oscura que el aire gris que rodeaba todo lo demás.
—Ah, ahora sí que estamos fucados —susurró Minho, y su reacción alertó a Thomas de lo grave
que era la situación.
—No hay sol para las plantas —dijo Newt— ni llegan provisiones en la maldita Caja. Sí, yo
diría que estamos fucados, exacto.
Alby estaba cruzado de brazos y seguía con la vista clavada en la Caja como si intentara abrir las
puertas con la mente. Thomas esperaba que su líder no sacara a relucir lo que había visto en el
Cambio o, en realidad, cualquier cosa relacionada con él. Sobre todo, ahora.
—Sí, bueno —comentó Minho—, encontramos algo extraño.
Thomas esperó que Newt o Alby reaccionaran positivamente ante aquella noticia; hasta podía
contener información que arrojara luz sobre el misterio.
Newt enarcó las cejas.
—¿Qué?
Minho estuvo tres minutos contándolo. Empezó por el lacerador al que habían seguido y acabó
con los resultados de su experimento de tirar piedras.
—Debe de llevar a…, ya sabéis…, adonde viven los laceradores —dijo cuando terminó.
—El Agujero de los Laceradores —añadió Thomas.
Los tres le miraron enfadados, como si no tuviera derecho a hablar. Pero, por primera vez, no le
importó tanto que le trataran como a un verducho.
—Tengo que verlo por mí mismo —afirmó Newt, y luego murmuró—: Cuesta creerlo.
Thomas no pudo estar más de acuerdo.
—No sé qué podemos hacer —declaró Minho—. A lo mejor podríamos construir algo para
bloquear el pasillo.
—Ni de coña —replicó Newt—. Esas fucas cosas pueden subir por las malditas paredes,
¿recuerdas? Nada que nosotros construyamos los mantendrá alejados.
Pero el alboroto que se había formado fuera de la Hacienda apartó su atención de la
conversación. Había un grupo de clarianos en la puerta principal de la casa, gritando para hacerse
oír. Chuck estaba en el grupo y, al ver a Thomas y a los otros, echó a correr con la cara llena de
entusiasmo. Thomas no pudo evitar preguntarse qué locura había sucedido ahora.
—¿Qué pasa? —preguntó Newt.
—¡Está despierta! —gritó Chuck—. ¡La chica está despierta!
A Thomas se le revolvió todo por dentro y se apoyó en la pared de cemento de la Sala de Mapas.
La chica. La chica que hablaba en su cabeza. Quería correr antes de que volviera a ocurrir, antes de
que le hablara en la mente. Pero era demasiado tarde:
Tom, no conozco a esta gente. ¡Ven a buscarme! Está desapareciendo todo… Me estoy
olvidando de todo menos de ti… ¡Tengo que contarte cosas! Pero se me está yendo todo…
No podía comprender cómo lo hacía, cómo estaba en su cabeza.
Teresa hizo una pausa y, luego, dijo algo que no tenía sentido: El Laberinto es un código, Tom.
El Laberinto es un código.
Capítulo 36
Thomas no quería verla. No quería ver a nadie.
En cuanto Newt se dispuso a marcharse para hablar con la chica, Thomas se escabulló con la
esperanza de que nadie le viera entre tanto entusiasmo. Al estar todos concentrados en la extraña que
acababa de despertar del coma, resultaría fácil. Bordeó el Claro, luego echó a correr y se dirigió a
su lugar aislado detrás del bosque de los Muertos.
Se agachó en un rincón, acurrucado en la hiedra, y se echó la manta por encima, tapándose hasta
la cabeza. De algún modo, creía que era una manera de esconderse de la intrusión de Teresa en su
mente. Pasaron unos minutos y, por fin, su corazón se calmó hasta normalizar su ritmo.
—Olvidarme de ti ha sido la peor parte.
Al principio, Thomas pensó que era otro mensaje en su cabeza y apretó los puños contra sus
orejas. Pero no, había sido… diferente. Lo había percibido con los oídos. Era la voz de la chica.
Unos escalofríos le recorrieron la espalda y, despacio, retiró la manta.
Teresa estaba a su derecha, apoyada en el sólido muro de piedra. Parecía muy distinta ahora,
despierta y alerta. De pie. Llevaba una camiseta blanca de manga larga, unos vaqueros azules y unos
zapatos marrones. Aunque pareciera imposible, era incluso más atractiva que cuando la había visto
en coma. El pelo negro enmarcaba su rostro de piel clara y unos ojos azules como llamas.
—Tom, ¿de verdad no te acuerdas de mí? —su voz sonó suave en contraste con el sonido fuerte y
enloquecido que salió de ella la primera vez que la vio, cuando dio el mensaje de que «todo iba a
cambiar».
—Es que… ¿me recuerdas? —preguntó, avergonzado por el gallo que le salió al pronunciar la
última palabra.
—Sí. No. Quizás —alzó los brazos, indignada—. No puedo explicarlo.
Thomas abrió la boca y, después, la cerró sin decir nada.
—Recuerdo recordar —masculló, y se sentó dando un gran suspiro. Flexionó las piernas para
rodearse las rodillas con los brazos—. Sentimientos. Emociones. Como si tuviera todas esas
estanterías en mi cabeza, etiquetadas con recuerdos y caras, pero estuvieran vacías. Como si todo lo
anterior a esto estuviera al otro lado de una cortina blanca. Incluido tú.
—Pero ¿cómo sabes mi nombre? —notaba como si las paredes dieran vueltas a su alrededor.
Teresa se volvió hacia él.
—No lo sé. Es por algo que pasó antes de que viniéramos al Laberinto. Algo relacionado con
nosotros. Como te he dicho, está casi todo vacío.
—¿Sabes lo del Laberinto? ¿Quién te lo ha contado? Te acabas de despertar.
—Yo… Ahora todo es muy confuso —extendió una mano hacia él—. Pero sé que eres mi amigo.
Casi aturdido, Thomas retiró la manta del todo y se inclinó hacia delante para estrecharle la
mano.
—Me gusta que me llames Tom.
En cuanto lo dijo, supo que no podía haber dicho nada más tonto. Teresa puso los ojos en blanco.
—Así es como te llamas, ¿no?
—Sí, pero la mayoría me llama Thomas. Bueno, excepto Newt; él me llama Tommy. Tom me
hace sentir… como si estuviera en casa o algo así. Aunque no sé qué es mi casa —soltó una
carcajada amarga—. Estamos metidos en un buen lío, ¿eh?
Por primera vez, la vio sonreír y casi tuvo que apartar la vista, como si algo tan bonito no
pudiera pertenecer a un sitio tan gris y apagado, como si no tuviera derecho a mirar su expresión.
—Sí, estamos en un buen lío —convino—. Y yo estoy asustada.
—Igual que yo, de verdad —lo que fue el eufemismo del día.
Ambos se quedaron un rato mirando el suelo.
—¿Qué…? —empezó a decir él, sin estar seguro de cómo preguntarlo—. ¿Cómo… has hablado
dentro de mi mente?
Teresa negó con la cabeza.
Ni idea. Lo hago y punto —le contestó con la mente y, luego, volvió a hablar en voz alta:
—Es como si intentaras montar en bici aquí…, si hubiese alguna. Me apuesto lo que quieras a
que podrías hacerlo sin pararte a pensarlo. Pero ¿te acuerdas de cuándo aprendiste a montar en bici?
—No. Bueno…, recuerdo montar en una, pero no cuándo aprendí —hizo una pausa al sentir una
oleada de tristeza—. Ni quién me enseñó.
—Bueno —contestó ella, parpadeando, como si estuviera avergonzada por su repentina
melancolía—. De todos modos…, funciona así, más o menos.
—Eso aclara las cosas.
Teresa se encogió de hombros.
—No se lo habrás contado a nadie, ¿no? Creerán que estamos locos.
—Bueno…, la primera vez que ocurrió, sí. Pero creo que Newt pensaba que estaba estresado o
algo por el estilo —Thomas se sintió inquieto, como si fuera a volverse loco si no se movía. Se
levantó y empezó a caminar de un lado a otro delante de ella—. Tenemos que averiguar qué pasa.
Aquella nota que trajiste sobre que eras la última persona que iba a venir, tu coma, el hecho de que
puedas hablarme por telepatía… ¿Alguna idea?
Teresa le seguía con la mirada mientras caminaba de un lado a otro.
—Ahorra aliento y deja de hacer preguntas. Lo único que tengo son vagos recuerdos… de que tú
y yo éramos importantes, de que nos usaban de algún modo. De que vinimos aquí por alguna razón.
Sé que provoqué el Final, sea lo que sea que signifique eso —refunfuñó, y se ruborizó—. Mis
recuerdos son tan inútiles como los tuyos.
Thomas se arrodilló ante ella.
—No. Bueno, tú sabes que me han borrado la memoria sin preguntármelo… y todo lo demás.
Estás por encima de mí y del resto.
Se miraron a los ojos durante un buen rato. Era como si la mente de la chica estuviera dando
vueltas, intentando darle sentido a todo.
No lo sé —dijo en su mente.
—Ya estás otra vez —se quejó Thomas en voz alta, aunque estaba aliviado de que su truco ya no
le pusiera nervioso—. ¿Cómo lo haces?
—Lo hago y ya está. Me apuesto lo que sea a que tú también puedes.
—Bueno, no puedo negar que me muero de ganas de intentarlo —se sentó y flexionó las piernas
como ella había hecho—. Me dijiste algo (en mi cabeza) justo cuando me encontraste aquí. Dijiste:
«El Laberinto es un código». ¿A qué te referías?
Ella negó con la cabeza, despacio.
—Al principio, cuando me desperté, era como si me hubieran internado en un manicomio. Esos
chicos extraños alrededor de mi cama, el mundo inclinándose sobre mí, los recuerdos
arremolinándose en mi mente… Traté de agarrar unos cuantos y ese fue uno de ellos. Me acuerdo de
por qué lo dije.
—¿Y había algo más?
—Pues la verdad es que sí —se remangó la manga izquierda y dejó el brazo al descubierto.
Había algo escrito con letra pequeña y tinta negra.
—¿Qué es eso? —preguntó Thomas, inclinándose para verlo mejor.
—Léelo tú mismo.
La letra estaba borrosa, pero pudo distinguir lo que ponía cuando se acercó:
CRUEL es buena
El corazón de Thomas empezó a latir con fuerza.
—He visto esa palabra, «CRUEL» —buscó en su mente, tratando de averiguar qué significaría
aquella frase—. En las pequeñas criaturas que viven aquí. Las cuchillas escarabajo.
—¿Qué son? —preguntó la chica.
—Unas maquinitas con forma de lagarto que nos espían para los creadores, los que nos enviaron
aquí.
Teresa lo consideró un momento con la vista fija en la distancia y, después, se centró en su brazo.
—No recuerdo por qué escribí esto —dijo mientras se chupaba el pulgar y empezaba a frotar las
palabras para borrarlas—. Pero no dejes que lo olvide; debe de significar algo.
Aquellas tres palabras recorrieron la mente de Thomas una y otra vez.
—¿Cuándo lo escribiste?
—Cuando me desperté. Tenían un bolígrafo y un bloc al lado de la cama. En medio del jaleo, lo
apunté.
Aquella chica tenía a Thomas desconcertado. Primero, la conexión que había sentido hacia ella
desde el principio; luego, que le hablara mentalmente y, ahora, esto.
—Todo lo relacionado contigo es raro. Lo sabes, ¿no?
—A juzgar por el lugar donde te escondes, diría que tú tampoco eres muy normal. Te gusta vivir
en el bosque, ¿eh?
Thomas intentó poner mala cara y luego se rió. Le parecía patético y hasta se avergonzaba de
esconderse en el bosque.
—Bueno, me resultas familiar y dices que somos amigos. Supongo que puedo confiar en ti.
Le ofreció la mano para volver a estrechársela, Teresa la aceptó y, esta vez, se quedó sujetándola
un rato. Un escalofrío sorprendentemente agradable recorrió el cuerpo de Thomas.
—Lo único que quiero es volver a casa —dijo la chica, y al final le soltó la mano—. Igual que
todos vosotros.
A Thomas se le cayó el alma a los pies al volver a la realidad y recordar lo desalentador que se
había vuelto el mundo.
—Sí, bueno, ahora las cosas están bastante mal. El sol ha desaparecido y el cielo se ha puesto
gris, no nos envían las provisiones semanales… Parece que las cosas van a terminar de un modo u
otro.
Pero, antes de que Teresa pudiera responder, Newt llegó corriendo al bosque.
—¿Cómo…? —exclamó cuando se paró delante de ellos. Alby y unos cuantos más estaban justo
detrás. Newt miró a Teresa—. ¿Cómo has llegado hasta aquí? El mediquero dijo que estabas allí y,
al segundo, habías desaparecido.
Teresa se levantó con una seguridad que sorprendió a Thomas.
—Supongo que se le olvidó la parte en que le di una patada en la entrepierna y salí por la
ventana.
Thomas casi se rió cuando Newt se volvió hacia un chico mayor que había por allí cerca, al que
se le había sonrojado la cara.
—Felicidades, Jeff —dijo Newt—. Oficialmente, eres el primer chico de aquí al que una chica
da una paliza.
Teresa no se detuvo:
—Sigue hablando así y tú serás el próximo.
Newt se dio la vuelta hacia ellos, pero su cara reflejaba cualquier cosa menos miedo. Se quedó
allí en silencio, observándolos. Thomas le miró, preguntándose qué le pasaría al chico por la cabeza.
Alby se acercó.
—Ya me he hartado —señaló el pecho de Thomas, casi dándole unos golpecitos—. Quiero saber
quién eres, quién es esta pingaja y por qué os conocéis.
Thomas casi se acobardó.
—Alby, te juro…
—¡Ha venido directa a ti nada más despertar, cara fuco!
La ira se apoderó de Thomas y también la preocupación por que Alby se pusiera como Ben.
—¿Y qué? La conozco, me conoce o, al menos, antes nos conocíamos. ¡Eso no significa nada! No
me acuerdo de nada. Ni ella tampoco.
Alby miró a Teresa.
—¿Qué has hecho?
Thomas, confundido por la pregunta, miró a Teresa para ver si ella sabía a lo que se estaba
refiriendo. Pero no contestó.
—¡Qué has hecho! —gritó Alby—. Primero, el cielo y, ahora, esto.
—He provocado algo —respondió con la voz calmada—. No lo he hecho adrede, lo prometo. El
Final. No sé qué significa.
—¿Qué pasa, Newt? —preguntó Thomas, sin querer hablar con Alby directamente—. ¿Qué ha
ocurrido?
Pero Alby le agarró por la camiseta.
—¿Qué ha ocurrido? Yo te diré lo que ha ocurrido, pingajo. ¿Estás demasiado ocupado mirando
a tu enamorada para ver lo que hay a tu alrededor? ¡Para molestarte en darte cuenta de la hora que es!
Thomas miró su reloj y advirtió aterrorizado algo en lo que no había caído. Supo lo que Alby
estaba a punto de decir antes de que lo dijera.
—Los muros, foder. Las puertas. No se cierran esta noche

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