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Capítulo 32
Minho despertó a Thomas antes de que amaneciera y le hizo una señal con la linterna para que le
siguiera a la Hacienda. Thomas enseguida se quitó de encima el aturdimiento matutino, entusiasmado
por empezar su entrenamiento. Salió de debajo de la manta y siguió con ilusión a su profesor,
abriéndose camino entre la multitud de clarianos dormidos sobre el césped, cuyos ronquidos eran la
única señal de que no estaban muertos. Un tenue resplandor iluminaba el Claro y lo volvía todo azul
oscuro, lleno de sombras. Thomas nunca había visto aquel lugar tan tranquilo. Un gallo cantó en la
Casa de la Sangre.
Finalmente, en un rincón tortuoso junto a la parte trasera de la Hacienda, Minho sacó una llave y
abrió una puerta vieja que daba a un pequeño armario que servía como trastero. A Thomas le dio un
escalofrío antes de ver lo que había en su interior. Distinguió unas cuerdas, unas cadenas y otros
chismes mientras la linterna de Minho apuntaba al armario. Al final, la luz cayó sobre una caja
abierta de zapatillas para correr. Thomas casi se rió; parecía algo tan normal…
—Ahí tienes lo mejor que recibimos —anunció Minho—. Al menos, para nosotros. Envían
zapatillas nuevas en la Caja con bastante frecuencia. Si nos las dieran de mala calidad, tendríamos
los pies que parecerían Marte —se inclinó hacia delante y rebuscó en una pila—. ¿Qué número
calzas?
—¿Número? —Thomas se quedó pensando un segundo—. Yo… no sé —a veces era muy raro lo
que podía o no recordar. Se agachó, se quitó uno de los zapatos que llevaba desde que había llegado
al Claro y echó un vistazo por dentro—. El cuarenta y cinco.
—¡Dios, pingajo, sí que tienes unos pies grandes! —Minho se levantó con un par de zapatillas
plateadas y lustrosas—. Pero, por lo visto, sí que tengo unas. Tío, se podría ir en piragua con esto.
—Esas son todo un lujo.
Thomas las cogió y se apartó del armario para sentarse en el suelo, con ganas de probárselas.
Minho cogió un par de cosas más antes de salir a reunirse con él.
—Sólo los corredores y los guardianes tenemos de esto —dijo Minho, y, antes de que Thomas
pudiera levantar la vista mientras se ataba las zapatillas, un reloj de plástico le cayó en el regazo.
Era negro y muy simple, y su esfera tan sólo mostraba un visualizador digital con la hora—. Póntelo y
no te lo quites nunca. Tu vida puede depender de él.
Thomas se alegró de tenerlo. Aunque el sol y las sombras parecían bastar para saber más o
menos la hora que era, probablemente necesitaría más precisión ahora que se había convertido en un
corredor. Se puso el reloj en la muñeca y, después, siguió calzándose.
Minho continuó hablando:
—Aquí tienes una mochila, botellas de agua, una bolsa con el almuerzo, algunos pantalones
cortos y camisetas, y otras cosas —le dio un empujoncito a Thomas y este levantó la cabeza. Minho
le estaba dando un par de mudas apretadas, hechas de un material blanco brillante—. Estos son los
gayumbos de los corredores. Te mantienen, ummm, bien cómodo.
—¿Bien cómodo?
—Sí, ya sabes, cuando te…
—Vale, lo he pillado —Thomas cogió la ropa interior y las demás cosas—. Tenéis todo muy
bien pensado, ¿eh?
—Después de un par de años corriendo hasta romperte el culo cada día, acabas sabiendo lo que
necesitas y lo pides —empezó a meter cosas en su propia mochila.
Thomas estaba sorprendido.
—¿Se pueden pedir cosas? ¿Lo que haga falta?
¿Por qué les iba a ayudar tanto la gente que les había enviado allí?
—Pues claro que sí. Dejamos una nota en la Caja y ya está. Eso no significa que siempre
recibamos lo que queremos de los creadores. A veces, sí y, a veces, no.
—¿Alguna vez habéis pedido un mapa?
Minho se rió.
—Sí, lo probamos. También pedimos un televisor, pero no hubo suerte. Supongo que esos cara
fuco no quieren que veamos lo maravillosa que es la vida cuando no vives en un puto laberinto.
Thomas dudó que la vida fuera tan estupenda en casa. ¿Qué clase de mundo permitía que unos
chavales vivieran así? Aquel pensamiento le dejó desconcertado, como si su origen fuera un
recuerdo real, un hilo de luz en la oscuridad de su mente. Pero ya había desaparecido. Sacudió la
cabeza y terminó de atarse las zapatillas; luego se levantó, trotó en círculos y saltó para probarlas.
—Están muy bien. Supongo que estoy listo.
Minho estaba todavía agachado sobre su mochila y levantó la vista para mirar a Thomas con cara
de indignación.
—Pareces un idiota brincando por ahí como una fuca bailarina. Que tengas buena suerte ahí fuera
sin desayuno, almuerzo ni armas.
Thomas ya había dejado de moverse cuando un escalofrío helado le recorrió el cuerpo.
—¿Armas?
—Armas —Minho se puso de pie y volvió al armario—. Ven aquí, te lo enseñaré.
Thomas siguió a Minho hasta el pequeño cuarto y le observó sacar unas cajas de la pared del
fondo. Debajo había una trampilla. Minho la levantó para revelar unas escaleras de madera que
daban a la negrura.
—Las guardamos en el sótano para que los pingajos como Gally no puedan cogerlas. Vamos.
Minho bajó primero. La estructura crujía con cada pisada mientras descendían por aquella
docena de escalones. El aire frío era refrescante, a pesar del polvo y el fuerte olor a moho. Llegaron
a un suelo sucio y Thomas no vio nada hasta que Minho encendió una única bombilla al estirar de una
cuerda.
La habitación era más grande de lo que Thomas esperaba; al menos medía tres metros cuadrados.
Unas estanterías cubrían las paredes y había varias mesas de madera en forma de bloque; todo lo que
había a la vista tenía encima un montón de cachivaches que le ponían los pelos de punta. Postes de
madera, pinchos de metal, trozos grandes de malla como la que tapa los gallineros, rollos de alambre
de espino, sierras, cuchillos, espadas. Una pared entera estaba dedicada al tiro con arco: arcos de
madera, flechas y cuerdas de repuesto. En cuanto los vio, enseguida se acordó de cuando Alby
disparó a Ben en los Muertos.
—Vaya —murmuró Thomas, y su voz sonó como un golpe sordo en aquel lugar cerrado. Al
principio le asustó que necesitaran tantas armas, pero sintió alivio al ver que la mayoría estaba
cubierta de una gruesa capa de polvo.
—Muchas no las usamos —le informó Minho—, pero nunca se sabe. Lo único que solemos llevar
es un par de cuchillos afilados —señaló con la cabeza un baúl grande de madera que había en un
rincón con la tapa abierta, apoyada en la pared. Estaba hasta arriba de cuchillos de todas las formas
y tamaños. Thomas sólo esperaba que aquella habitación siguiera siendo secreta para el resto de
clarianos.
—Es un poco peligroso tener todo esto —dijo—. ¿Y si Ben hubiera bajado aquí justo antes de
volverse loco y atacarme?
Minho se sacó las llaves del bolsillo y las agitó con un claqueteo.
—Sólo un par de sapos con suerte tienen un juego de estas.
—Aun así…
—Deja de quejarte y coge un par. Asegúrate de que sean buenos y afilados. Luego iremos a
desayunar y nos llevaremos el almuerzo. Quiero estar un rato en la Sala de Mapas antes de salir.
Thomas se despertó al oír aquello. Había tenido curiosidad por aquel edificio achaparrado desde
que vio al primer corredor atravesar su amenazadora puerta. Eligió un puñal corto plateado con una
empuñadura de goma y otro con una larga hoja negra. Su entusiasmo decayó un poco. Aunque conocía
muy bien lo que vivía ahí fuera, seguía sin querer pensar en por qué necesitaban armas para entrar en
el Laberinto.
• • •
Una media hora más tarde, después de comer y hacer el equipaje, estaban delante de la puerta
metálica con remaches de la Sala de Mapas. Thomas se moría por entrar. El amanecer había
estallado en todo su esplendor y los clarianos daban vueltas, preparándose para un nuevo día. Un
olor a beicon frito flotaba por el aire. Fritanga y su equipo intentaban seguir el ritmo de los montones
de estómagos hambrientos. Minho abrió la puerta, giró la rueda que tenía por picaporte hasta que se
oyó un clic en el interior y, entonces, tiró. Con un chirrido por el brusco movimiento, el pesado trozo
de metal se abrió.
—Tú primero —dijo Minho con una reverencia burlona.
Thomas entró sin decir nada. Un frío miedo, mezclado con una intensa curiosidad, se apoderó de
él, y tuvo que recordarse que debía respirar.
La oscura habitación tenía un olor a moho y humedad, además de un aroma a cobre tan fuerte que
podía saborearlo. Un distante recuerdo borroso de chupar los centavos cuando era pequeño apareció
en su mente.
Minho le dio a un interruptor y varias hileras de fluorescentes parpadearon hasta que se
encendieron del todo y revelaron la habitación al detalle.
A Thomas le sorprendió su simplicidad. La Sala de Mapas medía unos seis metros de ancho y
tenía las paredes de cemento sin ningún tipo de decoración. Había una mesa de madera colocada en
el centro, con ocho sillas dispuestas alrededor. En la superficie había unos montones de papel bien
apilados y unos lápices, uno delante de cada silla. Los otros objetos de la habitación eran ocho
baúles, justo como el que contenía los cuchillos en el sótano de las armas. Estaban cerrados y
colocados de dos en dos junto a la pared.
—Bienvenido a la Sala de Mapas —dijo Minho—. Un lugar tan tranquilo como cualquier otro
que pudieras visitar.
Thomas se sintió un poco decepcionado; esperaba algo más profundo. Respiró hondo.
—Lo malo es que huela como una mina de cobre abandonada.
—Pues a mí me gusta este olor —Minho sacó dos sillas y se sentó en una de ellas—. Siéntate,
quiero meterte un par de imágenes en la cabeza antes de salir ahí fuera.
Mientras Thomas se sentaba, Minho cogió una hoja de papel y un lápiz, y empezó a dibujar.
Thomas se inclinó para echar un vistazo y vio que Minho había dibujado un gran cuadrado que
ocupaba casi todo el folio. Luego lo llenó de cuadraditos hasta que tuvo el mismo aspecto que un tres
en raya cerrado, con tres filas de tres recuadros, todos del mismo tamaño. Escribió la palabra
CLARO en medio y, luego, numeró los recuadros exteriores del uno al ocho, empezando por la parte
superior de la esquina izquierda, siguiendo la dirección de las agujas del reloj. Por último, arrancó
unos trocitos de papel aquí y allá.
—Estas son las puertas —dijo Minho—. Conoces las que están en el Claro, pero hay cuatro más
en el Laberinto que dan a las Secciones 1, 3, 5 y 7. Se quedan en el mismo sitio, pero la ruta cambia
al moverse las paredes cada noche —terminó y deslizó el papel por la mesa hasta dejarlo enfrente de
Thomas.
Thomas lo cogió, totalmente fascinado porque el Laberinto estuviera tan estructurado, y lo
estudió mientras Minho seguía hablando:
—Así que tenemos el Claro, rodeado de ocho secciones; cada una es un cuadrado independiente
que no se ha podido resolver en dos años desde que empezó este puto juego. Lo único más parecido
a una salida es el Precipicio, y esa no es muy buena, a menos que quieras caer hasta una muerte
horrible —Minho dio unos golpecitos sobre el mapa—. Las paredes se mueven por todo el fuco sitio
cada noche, a la misma hora en que se cierran las puertas. Al menos, creemos que es cuando ocurre,
porque nunca oímos que se muevan las paredes en otro momento.
Thomas alzó la vista, contento de poder ofrecer algo de información:
—No vi que nada se moviera la noche en que nos quedamos allí atrapados.
—Los pasadizos principales que hay junto a las puertas no cambian nunca. Son sólo los que están
más adentro.
—Ah.
Thomas volvió al mapa rudimentario para intentar visualizar el Laberinto y ver los muros de
piedra donde Minho había trazado unas líneas a lápiz.
—Siempre tenemos al menos ocho corredores, incluido el guardián. Uno para cada sección.
Tardamos un día entero en hacer un mapa de nuestra zona, esperando contra todo pronóstico que haya
una salida; luego regresamos y lo dibujamos en una hoja aparte cada día —Minho miró hacia uno de
los baúles—. Esa es la razón por la que esas cosas están llenas de fucos mapas.
Thomas tuvo un pensamiento deprimente y aterrador:
—¿Estoy… sustituyendo a alguien? ¿Ha muerto algún corredor?
Minho negó con la cabeza.
—No, sólo te estamos entrenando. Seguro que alguien quiere un respiro. No te preocupes, hace
mucho tiempo que no muere un corredor.
Por algún motivo, la última frase preocupó a Thomas, aunque esperó que no se le reflejara en el
rostro en aquel momento. Señaló la Sección 3.
—Y… ¿os pasáis todo el día corriendo por estos cuadraditos?
—Qué gracioso —Minho se levantó, se acercó al baúl que había justo detrás de ellos, se
arrodilló, levantó la tapa y la apoyó en la pared—. Ven.
Thomas ya se había levantado; se apoyó en el hombro de Minho para echar un vistazo. El baúl
era lo bastante grande para guardar cuatro sacos de mapas y los cuatro estaban llenos hasta arriba.
Los que Thomas alcanzó a ver eran todos muy similares: un esbozo de un laberinto cuadrado ocupaba
casi todo el folio. En la esquina superior de la derecha había anotado Sección 8, seguido del nombre
Hank, luego la palabra Día y un número. En la última hoja ponía que era el día número 749.
Minho continuó:
—Al principio, averiguamos que las paredes se movían hacia la derecha. En cuanto lo hicimos,
empezamos a mantener un registro. Siempre hemos pensado que compararlos día a día, semana a
semana, nos ayudaría a descubrir la pauta que sigue. Y lo conseguimos. Los laberintos básicamente
se repiten cada mes. Pero aún tenemos que encontrar una salida que nos lleve fuera del cuadrado.
Nunca hemos visto una salida.
—Han pasado dos años —dijo Thomas—. ¿No os habéis desesperado tanto como para pasar allí
la noche y ver si quizás algo se abre mientras se mueven las paredes?
Minho le miró con un destello de ira en los ojos.
—Eso es un poco insultante, tío. En serio.
—¿Qué? —Thomas se quedó sorprendido porque no pretendía ofenderle.
—Llevamos rompiéndonos el culo dos años, y ¿sólo se te ocurre preguntar por qué somos
demasiado mariquitas para pasar allí fuera toda la noche? Algunos lo intentaron al principio, pero
todos aparecieron muertos. ¿Quieres pasar otra noche ahí? Como si tuvieras la posibilidad de
sobrevivir otra vez, ¿eh?
Thomas se sonrojó de vergüenza.
—No. Perdona.
De repente, se sintió como un trozo de clonc. Y la verdad era que estaba de acuerdo, prefería
volver al Claro sano y salvo cada noche que asegurarse otra batalla con los laceradores. Se
estremeció al pensarlo.
—Sí, bueno —Minho volvió la mirada hacia los mapas en el baúl para gran alivio de Thomas—.
La vida en el Claro puede que no sea maravillosa, pero al menos es segura. Hay un montón de
comida y estamos protegidos contra los laceradores. No les podemos pedir a los corredores que se
arriesguen a quedarse ahí fuera, ni hablar. Al menos, aún no. No, hasta que tengamos una pista de
dónde puede abrirse una salida, aunque sea de forma temporal.
—¿Estáis cerca? ¿Habéis descubierto algo?
Minho se encogió de hombros.
—No lo sé. Es un poco deprimente, pero no sabemos qué otra cosa hacer. No podemos
arriesgarnos a que un día, en algún sitio, pueda aparecer una salida. No podemos rendirnos. Nunca.
Thomas asintió, aliviado por aquella actitud. Por mal que estuvieran las cosas, rendirse sólo las
empeoraría. Minho sacó varias hojas del baúl: los mapas de los últimos días. Mientras los hojeaba,
le explicó:
—Como te decía antes, los comparamos todos los días, todas las semanas, todos los meses. Cada
corredor se encarga de un mapa de su sección. Para serte sincero, todavía no hemos averiguado una
mierda. Y, para serte más sincero aún, no sabemos qué estamos buscando. Es un asco, tío. Un puto
asco.
—Pero no podemos rendirnos —dijo Thomas con un tono muy natural, como una repetición
resignada de lo que Minho había dicho hacía un momento.
Había dicho «podemos» sin ni siquiera pensarlo, y se dio cuenta de que ya formaba parte del
Claro.
—Eso es, colega. No podemos rendirnos —Minho volvió a colocar con cuidado los papeles en
el baúl, lo cerró y luego se incorporó—. Bueno, tendremos que darnos prisa porque aquí hemos
estado mucho rato. Los primeros días sólo tendrás que seguirme. ¿Listo?
Thomas sintió una corriente de nerviosismo en su interior, pellizcándole la barriga. Ya había
llegado el momento, iban a salir de verdad; se había acabado hablar y pensar sobre el tema.
—Ummm…, sí.
—Aquí no hay «ums» que valgan. ¿Estás listo o no?
Thomas miró a los ojos de Minho, que de repente reflejaban dureza.
—Estoy listo.
—Entonces, vamos a correr.
Capítulo 33
Atravesaron la Puerta Oeste hacia la Sección 8 y se abrieron camino por varios pasadizos, Thomas
iba al lado de Minho mientras giraba a derecha e izquierda sin, por lo visto, pararse a pensarlo,
corriendo todo el tiempo. La luz de primera hora de la mañana tenía un fuerte brillo y hacía que todo
se viera claro y resplandeciente: la hiedra, los muros agrietados y los bloques de piedra en el suelo.
Aunque faltaban unas horas para que el sol alcanzara su posición de mediodía, todo estaba muy
iluminado. Thomas seguía el ritmo de Minho lo mejor que podía y, de vez en cuando, aumentaba la
velocidad para no quedarse atrás.
Al final, llegaron a un corte rectangular en una larga pared al norte que parecía una entrada sin
puerta. Minho la atravesó corriendo sin detenerse.
—Esto lleva de la Sección 8 (el cuadrado de en medio a la izquierda) a la Sección 1 (el
cuadrado de arriba a la izquierda). Como te he dicho, este pasadizo está siempre en el mismo sitio,
pero la ruta a partir de aquí puede que sea diferente porque las paredes se mueven.
Thomas le siguió, sorprendido por lo mucho que le costaba respirar. Esperó que fueran sólo los
nervios y que su respiración se estabilizara pronto.
Corrieron por un largo pasillo a la derecha y pasaron por varios giros a la izquierda. Cuando
llegaron al final, Minho redujo el ritmo hasta casi caminar y echó atrás la mano para sacar un bloc y
un lápiz del bolsillo lateral de su mochila. Anotó algo y luego lo volvió a guardar todo, sin detenerse.
Thomas se preguntó qué habría escrito, pero Minho le contestó antes de que pudiese formular la
pregunta:
—Confío… casi siempre en mi memoria —dijo el guardián entre jadeos, con la voz mostrando
por fin un poco de esfuerzo—. Pero, cada cinco giros, anoto algo que me sirva de ayuda más tarde.
La mayoría tiene que ver con lo de ayer, en qué se diferencia de lo de hoy. De este modo, puedo usar
el mapa de ayer para hacer el de hoy. Está tirado, tío.
Thomas se sintió intrigado. Minho lo hacía parecer muy fácil.
Corrieron durante un rato hasta que llegaron a una intersección. Tenían tres posibilidades, pero
Minho fue hacia la derecha sin dudarlo. Al hacerlo, sacó uno de sus cuchillos del bolsillo y, sin
perder el ritmo, cortó un gran trozo de hiedra de la pared. Lo tiró al suelo detrás de él y siguió
corriendo.
—¿Miguitas de pan? —preguntó Thomas. El viejo cuento de hadas le había saltado a la memoria.
Aquellos extraños retazos del pasado casi habían dejado de sorprenderle.
—Miguitas de pan —contestó Minho—. Yo soy Hansel y tú eres Gretel.
Continuaron siguiendo el recorrido del Laberinto, a veces girando a la derecha; otras, a la
izquierda. Después de cada giro, Minho cortaba un trozo de hiedra de un metro de largo para tirarlo
al suelo. Thomas no podía evitar estar impresionado, pues a Minho no le hacía falta pararse para
hacerlo.
—Muy bien —dijo el guardián, respirando ahora con más dificultad—. Te toca.
—¿Qué? —Thomas no esperaba que el primer día fuera a hacer otra cosa que no fuese correr y
observar.
—Ahora, corta tú la hiedra. Tienes que acostumbrarte a hacerlo corriendo. Las recogeremos
cuando volvamos o las apartaremos de una patada.
Thomas se sentía más contento de lo que pensó que se sentiría por tener algo que hacer, aunque le
costó un poco que se le diera bien. Las primeras veces tuvo que ir más rápido para recuperar el ritmo
después de cortar la hiedra y, en una ocasión, se cortó en el dedo. Pero, en el décimo intento, casi
igualó a Minho en aquella tarea.
Continuaron. Después de correr durante un rato —Thomas no tenía ni idea del tiempo que había
pasado ni de la distancia recorrida, pero suponía que unos cinco kilómetros—, Minho aflojó el paso
hasta caminar y, después, se detuvo.
—Haremos una pausa —se quitó la mochila y sacó agua y una manzana. No tuvo que convencer a
Thomas para que le obedeciera. El chico empezó a tragar agua, saboreando su frescura mientras
bajaba por su seca garganta—. ¡No te la bebas toda, cara pez! —gritó Minho—. Guárdate un poco
para luego.
Thomas dejó de beber, respiró satisfecho y eructó. Le dio un mordisco a su manzana y,
sorprendentemente, se sintió como nuevo. Por alguna razón, volvió a pensar en el día en que Minho y
Alby se habían ido a ver al lacerador muerto, cuando todo se había ido a la clonc.
—Nunca me llegaste a contar lo que le pasó a Alby aquel día, por qué estaba tan mal. Está claro
que el lacerador se despertó, pero ¿qué ocurrió?
Minho ya se había puesto la mochila. Parecía listo para marcharse.
—Bueno, aquella fuca cosa no estaba muerta. Como un idiota, Alby le empujó con el pie y el
bicho, de repente, recuperó la vida, sacó los pinchos y rodó con su gordo cuerpo. Pero algo pasaba,
porque no atacó como lo suelen hacer. Parecía más bien como si tratara de salir de allí y el pobre
Alby se le hubiera puesto en medio.
—Entonces, ¿huyó de vosotros? —después de lo que Thomas había visto hacía tan sólo un par de
noches, no podía imaginárselo.
Minho se encogió de hombros.
—Sí, supongo… Quizá necesitaba ir a recargar o algo por el estilo, no sé.
—¿Qué le pasaría? ¿Viste alguna herida o algo así? —Thomas no sabía qué tipo de respuesta
buscaba, pero estaba seguro de que tenía que haber una pista o una lección que aprender de lo que
había sucedido.
Minho se quedó pensando un minuto.
—No. La fuca cosa parecía muerta, como una estatua de cera. Pero entonces, ¡bum!, volvió a la
vida.
Thomas no dejaba de darle vueltas; intentaba llegar a algún sitio, sólo que no sabía por dónde o
hacia qué dirección empezar.
—Me pregunto adónde iría. Adónde van siempre.
—¿Y tú? —se quedó callado un segundo—. ¿Nunca has pensado en seguirlos?
—Macho, sí que tienes ganas de morir, ¿no? Vamos, tenemos que marcharnos.
Y con aquellas palabras, Minho se dio la vuelta y empezó a correr.
Mientras Thomas le seguía, se esforzó por averiguar lo que le rondaba la mente. Tenía que ver
con que el lacerador estuviera muerto y luego ya no, adonde habría ido en cuanto volvió a la vida…
Frustrado, apartó de sí esos pensamientos y echó a correr para alcanzarle.
• • •
Thomas corrió justo detrás de Minho durante dos horas más, con algunas pequeñas pausas que cada
vez parecían más cortas. Estuviera o no en buena forma, a Thomas le dolía todo.
Al final, Minho se paró y volvió a quitarse la mochila. Se sentaron en el suelo, apoyados en la
blanda hiedra mientras comían el almuerzo y ninguno de los dos hablaba demasiado. Thomas se
zampó el bocadillo y las verduras, masticando lo más despacio posible. Sabía que Minho le haría
levantarse en cuanto desapareciera la comida, así que se tomó su tiempo.
—¿Has visto hoy algo diferente? —preguntó Thomas, curioso.
Minho dio unas palmaditas a su mochila, donde guardaba sus notas.
—Sólo los movimientos habituales de las paredes. Nada para que tu flacucho culo se entusiasme.
Thomas dio un gran trago de agua y miró la pared cubierta de hiedra que había enfrente.
Vislumbró un reflejo rojo y plateado, algo que había visto más de una vez aquel día.
—¿Qué pasa con esas cuchillas escarabajo? —preguntó. Al parecer, estaban por todos lados.
Entonces, Thomas recordó lo que había visto en el Laberinto. Habían pasado tantas cosas que no
había tenido la oportunidad de mencionarlo—. ¿Y por qué tienen la palabra «CRUEL» escrita en la
espalda?
—Nunca hemos podido coger una —Minho terminó la comida y tiró la caja del almuerzo—. Y
tampoco sabemos qué significa esa palabra. Seguramente sea algo para asustarnos, pero tienen que
ser espías que trabajan para ellos. Es lo único que se me ocurre.
—¿Y quiénes son «ellos»? —inquirió Thomas, listo para recibir más respuestas. Odiaba a los
que estaban detrás del Laberinto—. ¿Alguien tiene una idea?
—No sabemos ni jota sobre los estúpidos creadores —la cara de Minho enrojeció mientras
apretaba las manos como si estuviera estrangulando a alguien—. Les arrancaría…
Pero, antes de que el guardián acabara la frase, Thomas se puso de pie y cruzó el pasillo.
—¿Qué es eso? —le interrumpió, dirigiéndose a un reflejo gris sin brillo que había visto tras la
hiedra de la pared, por encima de su cabeza.
—Ah, sí, eso —dijo Minho con un tono de voz indiferente.
Thomas apartó la cortina de hiedra y se quedó mirando sin comprender nada un rectángulo de
metal clavado en la piedra con unas palabras grabadas en mayúscula. Extendió la mano para
recorrerlas con los dedos, como si no creyera lo que estaba viendo.
CATÁSTROFE RADICAL:
UNIDAD DE EXPERIMENTOS LETALES
Lo leyó en voz alta y, luego, miró de nuevo a Minho.
—¿Qué es esto? —le dio un escalofrío. Debía de tener algo que ver con los creadores.
—No lo sé, pingajo. Están por todas partes, como puñeteras etiquetas de este bonito Laberinto
que han construido. Hace tiempo que dejé de molestarme en mirarlas.
Thomas se volvió hacia el cartel e intentó eliminar la sensación de fatalidad que se había
despertado en su interior.
—A mí no me suena a nada bueno. Catástrofe. Experimentos. Muy bonito.
—Sí, muy bonito, verducho. Vamos.
A regañadientes, Thomas soltó la hiedra, que cayó en su sitio, y se colocó la mochila sobre los
hombros. Y se marcharon con esas palabras grabadas en la mente.
• • •
Una hora después del almuerzo, Minho se detuvo al final de un largo pasadizo. Era recto; las
paredes, sólidas, y no había bifurcaciones.
—El último callejón sin salida —le dijo a Thomas—. Es hora de regresar.
Thomas respiró hondo y trató de no pensar en que sólo habían recorrido la mitad del camino.
—¿No hay nada nuevo?
—Los cambios que siempre hay por aquí. El día está a punto de acabarse —contestó Minho
mientras miraba su reloj, impasible—. Tenemos que volver —sin esperar una respuesta, el guardián
se dio la vuelta y echó a correr por donde acababan de llegar.
Thomas le siguió, frustrado por no tener tiempo de examinar las paredes y explorar un poco. Al
final, fue al mismo ritmo que Minho.
—Pero…
—Cállate, tío. Recuerda lo que te he dicho antes: no puedes arriesgarte. Además, piénsalo. ¿En
serio crees que hay una salida por algún sitio? ¿Una trampilla secreta o algo así?
—No lo sé… a lo mejor. ¿Por qué me lo preguntas de ese modo?
Minho negó con la cabeza y escupió algo asqueroso a su izquierda.
—No hay ninguna salida. Es más de lo mismo. Una pared es una pared. Es sólida.
Thomas sabía que aquella era la pura verdad, pero siguió insistiendo:
—¿Cómo lo sabes?
—Porque los que mandaron a los laceradores tras nosotros no nos lo van a poner fácil para salir.
Aquello hizo que Thomas dudase de por qué lo estaban haciendo, entonces.
—¿Y por qué nos molestamos en venir aquí?
Minho le echó un vistazo.
—¿Que por qué nos molestamos? Porque está aquí… Tiene que haber una razón. Pero, si crees
que vamos a encontrar una bonita puertecita que dé a la Ciudad Feliz, es que te has fumado clonc de
vaca.
Thomas miró al frente; se sentía tan desesperanzado que redujo el ritmo casi hasta detenerse.
—Esto es un asco.
—Eso es lo más inteligente que has dicho, verducho.
Minho soltó un gran resoplido y siguió corriendo, y Thomas hizo lo único que sabía: seguirle.
• • •
El resto del día fue agotador. Minho y él volvieron al Claro, fueron a la Sala de Mapas, anotaron la
ruta del Laberinto y la compararon con la del día anterior. Luego los muros se cerraron y ambos
fueron a cenar. Chuck intentó hablar con él varias veces, pero lo único que pudo hacer Thomas fue
asentir y negar con la cabeza; le oía a medias; estaba exhausto.
Antes de que el crepúsculo diera lugar a la oscuridad, ya estaba en su lugar favorito, en el rincón
del bosque, acurrucado contra la hiedra y preguntándose si podría volver a correr, si podría hacer lo
mismo al día siguiente. Sobre todo, ahora que no parecía tener sentido. Ser un corredor había
perdido el atractivo. Después de un día.
Todo el noble valor que había sentido, las ganas de hacer algo diferente, la promesa que se había
hecho de reunir a Chuck con su familia…, todo se desvaneció en una agotada niebla de horrible
cansancio.
Estaba en algún sitio muy cercano al sueño cuando una voz habló en su cabeza, una bonita voz
femenina que parecía pertenecer a una reina de las hadas atrapada en su cráneo. A la mañana
siguiente, cuando todo empezó a desmadrarse, se preguntó si la voz había sido real o parte de un
sueño. Pero la oyó de todos modos y recordó cada una de sus palabras:
Tom, acabo de provocar el Final.

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