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Capítulo 3
Thomas permaneció allí sentado un momento, demasiado abrumado para moverse. Al final se obligó
a mirar hacia el destartalado edificio. Un grupo de chicos se arremolinaba fuera, mirando con
inquietud por las ventanas superiores, como si esperaran que una horrible bestia saliera en una
explosión de madera y cristal.
Un ruidito metálico que provenía de las ramas sobre su cabeza atrajo su atención y le hizo alzar
la vista; vio un destello de luz roja y plateada justo antes de que desapareciera al otro lado del
tronco. Se puso de pie enseguida para dar la vuelta al árbol y estiró el cuello para ver si veía algo de
lo que había oído; pero sólo había ramas peladas, grises y marrones, que se bifurcaban como los
dedos de un esqueleto y parecían igual de vivas.
—Esa era una de las cuchillas escarabajo —dijo alguien.
Thomas se volvió hacia la derecha para ver al chico bajito y regordete que estaba a su lado,
mirándolo fijamente. Era joven, puede que el más joven que había visto hasta ahora de todos los del
grupo; tendría unos doce o trece años. El pelo castaño le caía por las orejas hasta el cuello y le
rozaba los hombros; de no ser por aquellos brillantes ojos azules, sólo tendría una cara sonrojada,
fofa y lastimera.
Thomas le hizo un gesto con la cabeza.
—¿Una cuchilla qué?
—Una cuchilla escarabajo —repitió el chico, señalando la copa del árbol—. No te hará daño, a
menos que seas tan estúpido como para tocarla —hizo una pausa—. Pingajo.
No pareció muy cómodo al decir la última palabra, como si todavía no hubiese captado el argot
del Claro.
Otro grito, este más largo y desquiciante, cortó el aire y a Thomas le dio un vuelco el corazón. El
miedo era como rocío congelado sobre su piel.
—¿Qué está pasando ahí? —preguntó al tiempo que señalaba el edificio.
—No lo sé —contestó el chico rellenito, que aún tenía voz de niño—. Ben está ahí, más enfermo
que un perro. Le cogieron.
—¿Le cogieron?
A Thomas no le gustó el modo malicioso en que lo había dicho.
—Sí.
—Pero ¿quiénes?
—Es mejor que nunca lo averigües —respondió el chaval, que parecía muy lejos de estar
cómodo con aquella situación. Le ofreció la mano—. Me llamo Chuck. Yo era el judía verde hasta
que tú apareciste.
«¿Y este es el guía que voy a tener esta noche?», pensó Thomas. No podía quitarse de encima
aquella extrema inquietud, a la que ahora se le había unido el enfado. Nada tenía sentido y le dolía la
cabeza.
—¿Por qué todos me llaman «judía verde»? —inquirió mientras estrechaba rápido la mano de
Chuck; luego se la soltó.
—Porque eres el novato más reciente.
Chuck señaló a Thomas y se rió. Se oyó otro grito en la casa, un sonido como si estuvieran
torturando a un animal muerto de hambre.
—¿Cómo puedes reírte? —preguntó Thomas, horrorizado por el ruido—. Parece que se esté
muriendo alguien ahí dentro.
—Se pondrá bien. Nadie muere si vuelve a tiempo para que le pongan el Suero. Es todo o nada.
Te mueres o no te mueres. Pero duele mucho.
Aquello le dio a Thomas qué pensar.
—¿El qué duele mucho?
Los ojos de Chuck se desviaron como si no estuviera seguro de lo que tenía que decir.
—Ummm, cuando los laceradores te pican.
—¿Los laceradores?
Thomas cada vez estaba más confundido. «Unos laceradores que pican». Aquellas palabras le
provocaron terror y, de repente, no estuvo seguro de si quería saber de lo que estaba hablando
Chuck.
El niño se encogió de hombros y apartó la mirada con los ojos en blanco. Thomas suspiró de
frustración y se recostó en el árbol.
—Por lo visto, no sabes mucho más que yo —dijo, aunque sabía que no era cierto.
Su pérdida de memoria era rara. Recordaba bastante bien cómo funcionaba el mundo, pero no
tenía detalles, caras ni nombres. Como un libro completamente intacto cuya lectura resulta confusa y
horrible al faltarle una palabra de cada doce. Ni siquiera sabía cuántos años tenía.
—Chuck…, ¿qué edad crees que tengo?
El niño le examinó de arriba abajo.
—Diría que unos dieciséis. Y, en caso de que te lo estés preguntando, un metro ochenta… pelo
castaño. Ah, y tan feo como un hígado frito en un palo —soltó una carcajada.
Thomas estaba tan sorprendido que apenas oyó la última parte. ¿Dieciséis años? ¿Tenía
dieciséis? Se sentía mucho más viejo.
—¿Lo dices en serio? —hizo una pausa para tratar de encontrar las palabras adecuadas—.
¿Cómo…? —no sabía ni siquiera qué preguntar.
—No te preocupes. Estarás atontado unos días, pero luego te acostumbrarás a este sitio. Yo lo he
hecho. Vivimos aquí, y ya está. Es mejor que vivir sobre una pila de clonc —entrecerró los ojos,
quizás anticipándose a la pregunta de Thomas—. Clonc es otra palabra para caca. Es el sonido que
hace la caca al caer en los botes donde hacemos pis.
Thomas miró a Chuck, sin dar crédito a la conversación que estaban teniendo. «Está bien», fue
todo lo que pudo decir. Se levantó y pasó por delante del niño en dirección al viejo edificio; aunque
la palabra choza lo describía mucho mejor. Parecía tener tres o cuatro pisos de altura y estar a punto
de caerse en cualquier momento. Era una demencial colección de troncos y tablas, cuerda gruesa y
ventanas puestas al azar delante del sólido muro de roca, cubierto de hiedra. Mientras avanzaba por
el patio, el inconfundible olor a leña y a algún tipo de carne que estaban cocinando hizo que le
rugiera el estómago. Ahora que sabía que los gritos eran de un chico enfermo, Thomas se sintió
mejor. Hasta que se puso a pensar en lo que habría provocado aquel dolor…
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Chuck, corriendo detrás de él para alcanzarle.
—¿Qué?
—Tu nombre. Aún no nos lo has dicho, y sé que te acuerdas de eso.
—Thomas.
Casi no se oyó pronunciarlo; había empezado a pensar en otra cosa. Si Chuck tenía razón,
acababa de descubrir un vínculo con el resto de los chicos. Un patrón común en su pérdida de
memoria.
Todos recordaban sus nombres. ¿Por qué no el de sus padres? ¿Por qué no el de sus amigos? ¿Por
qué no sus apellidos?
—Encantado de conocerte, Thomas —dijo Chuck—. No te preocupes, yo cuidaré de ti. Llevo
aquí ya un mes entero y conozco el sitio por dentro y por fuera. Puedes contar conmigo, ¿vale?
Thomas ya casi había llegado a la puerta principal de la choza y al pequeño grupo de chicos que
había allí reunidos, cuando le vino un repentino y sorprendente ataque de ira. Se dio vuelta para
mirar a Chuck.
—Pero ¡si no me cuentas nada! Eso yo no lo llamaría cuidar de mí.
Se volvió de nuevo hacia la puerta, decidido a entrar para encontrar algunas respuestas. No tenía
ni idea de dónde habían salido aquel inesperado valor y aquella determinación.
Chuck se encogió de hombros.
—Nada de lo que te diga te beneficiará —contestó—. Básicamente, yo también soy todavía un
novato. Pero puedo ser tu amigo…
—No necesito amigos —le interrumpió Thomas.
Alargó la mano hacia la puerta, una fea tabla de madera descolorida por el sol, y la abrió de un
empujón para ver varios rostros estoicos a los pies de una escalera llena de curvas, cuyos peldaños y
barandilla se retorcían y giraban en todas las direcciones. Un papel oscuro cubría las paredes del
vestíbulo y del pasillo, aunque la mitad estaba despegada. La única decoración a la vista era un
jarrón polvoriento sobre una mesa de tres patas y una foto en blanco y negro de una mujer mayor
vestida con un traje blanco pasado de moda. A Thomas le recordó la casa encantada de una película
o algo por el estilo. Hasta faltaban tablones de madera del suelo.
Aquel sitio olía a polvo y a moho, un gran contraste con los agradables olores de afuera. Unas
trémulas luces fluorescentes brillaban en el techo. Aún no se lo había planteado, pero tenía que
pensar de dónde venía la electricidad en un sitio como el Claro. Se quedó mirando a la anciana de la
fotografía. ¿Había vivido alguna vez allí? ¿Se habría ocupado de aquella gente?
—Anda, mira, es el judía verde —dijo uno de los chicos mayores. Con un sobresalto, Thomas
advirtió que se trataba del tío del pelo negro que le había lanzado antes la mirada asesina. Parecía
tener unos quince años, era alto y flaco. Su nariz era tan grande como un pequeño puño y se
asemejaba a una patata deforme—. Este pingajo seguro se ha cloncado en los pantalones cuando ha
oído al bebé de Benny gritar como una niña. ¿Necesitas un pañal limpio, cara fuco?
—Me llamo Thomas.
Tenía que alejarse de aquel tío. Sin decir nada más, se dirigió a las escaleras, sólo porque
estaban cerca, sólo porque no tenía ni idea de qué hacer o de qué decir. Pero el matón se le puso
delante y levantó una mano.
—Para el carro, verducho —señaló con el pulgar el piso de arriba—. Los novatos no pueden ver
a alguien a quien han… cogido. Newt y Alby no lo permitirían.
—¿Qué problema tienes? —espetó Thomas, tratando de apartar el miedo de su voz, tratando de
no pensar en lo que el chaval quería decir con cogido—. Ni siquiera sé dónde estoy. Lo único que
quiero es un poco de ayuda.
—Escúchame, judía verde —el chico arrugó la cara y cruzó los brazos—. Te he visto antes. Hay
algo sospechoso en el hecho de que estés aquí y voy a averiguar de qué se trata.
Una oleada de calor latió por las venas de Thomas.
—No te había visto en mi vida. No tengo ni idea de quién eres y no podría importarme menos —
soltó.
Pero ¿cómo iba a conocerle? ¿Cómo podía ese chico recordarle?
El matón se rió por lo bajo, una risita mezclada con un resoplido lleno de flemas. Entonces puso
una cara más seria e inclinó las cejas hacia dentro.
—Te he… visto, pingajo. No hay muchos de por aquí a los que hayan picado —señaló hacia
arriba por las escaleras—. A mí, sí. Sé por lo que está pasando Benny. Yo ya he estado ahí. Te vi
durante el Cambio —le dio un golpe a Thomas en el pecho—. Y me apuesto tu primera comida de
Fritanga a que Benny también te ha visto.
Thomas se negó a romper el contacto visual, pero decidió no decir nada. El pánico le consumió
de nuevo. ¿Dejarían las cosas de empeorar en algún momento?
—¿Los laceradores han hecho que te hagas pis encima? —dijo el chico con sorna—. ¿Estás un
poco asustado ahora? No quieres que te piquen, ¿eh?
Otra vez aquel verbo. «Picar». Thomas intentó no pensar en ello y señaló hacia arriba, hacia
donde se oían los gemidos del chico enfermo, que retumbaban en todo el edificio.
—Si Newt ha subido ahí, quiero hablar con él.
El chico no dijo nada y se quedó mirando fijamente a Thomas unos segundos. Luego negó con la
cabeza.
—¿Sabes qué? Tienes razón, Tommy, no debería ser tan malo con los novatos. Sube, estoy seguro
de que Alby y Newt te pondrán al corriente. En serio, vamos. Lo siento.
Le dio una palmadita a Thomas en el hombro, luego se apartó y señaló hacia las escaleras. Pero
Thomas sabía que el chaval se traía algo entre manos. El hecho de haber perdido parte de la memoria
no le convertía a uno en un idiota.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Thomas mientras hacía tiempo para decidir si, después de todo,
debía subir.
—Gally. Y no te lleves a engaños: yo soy el auténtico líder aquí, no esos viejos pingajos de ahí
arriba. Soy yo. Tú puedes llamarme capitán Gally, si quieres.
Sonrió por primera vez; los dientes le hacían juego con aquella nariz repugnante. Le faltaban dos
o tres y ni uno se acercaba ni siquiera un poco al color blanco. El aliento se le escapó lo justo para
que a Thomas le llegara un hedor que le recordó algo horrible, aunque no supo de qué se trataba. Le
revolvió el estómago.
—Vale —asintió, tan harto de aquel tío que quiso gritar y darle un puñetazo en la cara—, capitán
Gally —exageró el saludo y notó una subida de adrenalina, pues sabía que se había pasado de la
raya.
Se oyeron unas cuantas risas entre los del grupo de afuera y Gally se dio la vuelta con la cara
colorada. Se volvió para mirar a Thomas con la frente y aquella monstruosa nariz arrugadas por el
odio.
—Sube las escaleras —dijo Gally— y mantente alejado de mí, gilipullo —señaló hacia arriba de
nuevo, pero no apartó los ojos de Thomas.
—Muy bien.
Thomas miró a su alrededor una vez más, avergonzado, confuso y molesto. Notaba el calor de la
sangre en su cara. Nadie se movió para impedir que hiciera lo que Gally le estaba pidiendo, salvo
Chuck, que estaba en la puerta principal, negando con la cabeza.
—Se supone que no puedes subir —murmuró el niño—. Eres un novato, no puedes estar ahí.
—Ve —dijo Gally con desdén—. Sube.
Thomas ya estaba lamentando haber entrado, pero quería hablar con Newt. Se quedó mirando las
escaleras fijamente. Los peldaños se quejaban y crujían bajo su peso. Se habría detenido por miedo a
caer debido a lo vieja que estaba la madera, de no haberse dado una situación tan incómoda en la
planta baja. Así que subió, estremeciéndose cada vez que oía cómo se astillaba la madera. Las
escaleras le llevaron a un rellano, giraron a la izquierda y luego dieron a un pasillo con barandilla
donde había varias habitaciones. Pero sólo de una de ellas salía luz por la rendija de la parte
inferior.
—¡El Cambio! —gritó Gally desde abajo—. ¡Ya verás, cara fuco!
Como si la burla le hubiera dado a Thomas una inyección de valor, caminó hacia la puerta
iluminada al tiempo que ignoraba el crujido de las tablas del suelo y las risas de abajo, la avalancha
de palabras que no entendía, reprimiendo las espantosas sensaciones que provocaban. Alargó la
mano para girar el pomo dorado y abrió la puerta.
En el interior de la habitación, Newt y Alby se hallaban agachados junto a alguien que estaba
tumbado en una cama.
Thomas se acercó para ver a qué venía tanto escándalo, pero, cuando vio mejor las condiciones
del paciente, se le heló el corazón. Tuvo que luchar contra la bilis que le subió a la garganta.
El vistazo fue rápido, tan sólo un par de segundos, pero bastó para que se le quedara grabado en
la memoria. Una pálida figura se retorcía desesperada, con el pecho desnudo y espantoso. Los
cordones tensos que eran sus repugnantes venas verdes recorrían el cuerpo del chico y sus
extremidades, como cuerdas bajo su piel. El chaval estaba cubierto de moratones violáceos, urticaria
roja y arañazos sangrantes. Sus ojos rojos se le salían de las órbitas y se movían de un lado a otro a
toda velocidad. La imagen ya se había quedado grabada a fuego en la cabeza de Thomas antes de que
Alby se levantara de un salto para bloquearle la vista, pero no los gemidos y los gritos. Sacó a
Thomas a empujones del cuarto y cerró la puerta de golpe al salir.
—¿Qué estás haciendo aquí arriba, novato? —gritó Alby, con los labios tensos por la furia y los
ojos brillantes.
Thomas se sintió débil.
—Yo… eeeh… quería algunas respuestas —murmuró, pero no pudo darle fuerza a sus palabras;
en su interior, se había rendido. ¿Qué le pasaba a aquel chaval? Thomas se apoyó en la barandilla
del pasillo y bajó la vista al suelo, sin estar seguro de lo que haría a continuación.
—Saca ahora mismo de aquí tus mejillas de renacuajo y baja las escaleras —le ordenó Alby—.
Chuck te ayudará. Si te vuelvo a ver otra vez antes de mañana por la mañana, no vivirás un día más.
Te arrojaré yo mismo por el Precipicio, ¿me captas?
Thomas estaba humillado y asustado. Se sentía como si le hubieran reducido al tamaño de un
ratón. Sin decir ni una palabra, pasó junto a Alby y se dirigió hacia los escalones que crujían, tan
rápido como se atrevió. Ignoró las miradas boquiabiertas de los que había en la planta baja, sobre
todo la de Gally, salió por la puerta y cogió a Chuck del brazo para marcharse con él.
Odiaba a aquella gente. Los odiaba a todos. Excepto a Chuck.
—Aléjame de estos tíos —dijo, y entonces se dio cuenta de que quizá Chuck era su único amigo
en el mundo.
—Lo has pillado —contestó Chuck con un tono alegre, como si estuviera entusiasmado porque le
necesitara—. Pero antes cogeremos un poco de la comida que ha hecho Fritanga.
—No sé si alguna vez podré volver a comer.
No después de lo que acababa de ver.
Chuck asintió.
—Sí, sí que podrás. Nos vemos en el mismo árbol de antes en diez minutos.
• • •
Thomas estaba más que satisfecho por haberse alejado de la casa y volver al árbol. Sólo hacía un
rato que sabía cómo era vivir allí y ya quería que acabara. Deseó con todas sus fuerzas recordar algo
de su vida anterior, pero no le venía nada a la cabeza. Ni su madre, ni su padre, ni un amigo, ni el
colegio, ni una afición. Ni una chica.
Parpadeó con fuerza varias veces para intentar deshacerse de la imagen que acababa de ver en la
choza.
«El Cambio», Gally lo había llamado el Cambio.
Hacía calor, pero Thomas volvió a sentir un escalofrío
Thomas permaneció allí sentado un momento, demasiado abrumado para moverse. Al final se obligó
a mirar hacia el destartalado edificio. Un grupo de chicos se arremolinaba fuera, mirando con
inquietud por las ventanas superiores, como si esperaran que una horrible bestia saliera en una
explosión de madera y cristal.
Un ruidito metálico que provenía de las ramas sobre su cabeza atrajo su atención y le hizo alzar
la vista; vio un destello de luz roja y plateada justo antes de que desapareciera al otro lado del
tronco. Se puso de pie enseguida para dar la vuelta al árbol y estiró el cuello para ver si veía algo de
lo que había oído; pero sólo había ramas peladas, grises y marrones, que se bifurcaban como los
dedos de un esqueleto y parecían igual de vivas.
—Esa era una de las cuchillas escarabajo —dijo alguien.
Thomas se volvió hacia la derecha para ver al chico bajito y regordete que estaba a su lado,
mirándolo fijamente. Era joven, puede que el más joven que había visto hasta ahora de todos los del
grupo; tendría unos doce o trece años. El pelo castaño le caía por las orejas hasta el cuello y le
rozaba los hombros; de no ser por aquellos brillantes ojos azules, sólo tendría una cara sonrojada,
fofa y lastimera.
Thomas le hizo un gesto con la cabeza.
—¿Una cuchilla qué?
—Una cuchilla escarabajo —repitió el chico, señalando la copa del árbol—. No te hará daño, a
menos que seas tan estúpido como para tocarla —hizo una pausa—. Pingajo.
No pareció muy cómodo al decir la última palabra, como si todavía no hubiese captado el argot
del Claro.
Otro grito, este más largo y desquiciante, cortó el aire y a Thomas le dio un vuelco el corazón. El
miedo era como rocío congelado sobre su piel.
—¿Qué está pasando ahí? —preguntó al tiempo que señalaba el edificio.
—No lo sé —contestó el chico rellenito, que aún tenía voz de niño—. Ben está ahí, más enfermo
que un perro. Le cogieron.
—¿Le cogieron?
A Thomas no le gustó el modo malicioso en que lo había dicho.
—Sí.
—Pero ¿quiénes?
—Es mejor que nunca lo averigües —respondió el chaval, que parecía muy lejos de estar
cómodo con aquella situación. Le ofreció la mano—. Me llamo Chuck. Yo era el judía verde hasta
que tú apareciste.
«¿Y este es el guía que voy a tener esta noche?», pensó Thomas. No podía quitarse de encima
aquella extrema inquietud, a la que ahora se le había unido el enfado. Nada tenía sentido y le dolía la
cabeza.
—¿Por qué todos me llaman «judía verde»? —inquirió mientras estrechaba rápido la mano de
Chuck; luego se la soltó.
—Porque eres el novato más reciente.
Chuck señaló a Thomas y se rió. Se oyó otro grito en la casa, un sonido como si estuvieran
torturando a un animal muerto de hambre.
—¿Cómo puedes reírte? —preguntó Thomas, horrorizado por el ruido—. Parece que se esté
muriendo alguien ahí dentro.
—Se pondrá bien. Nadie muere si vuelve a tiempo para que le pongan el Suero. Es todo o nada.
Te mueres o no te mueres. Pero duele mucho.
Aquello le dio a Thomas qué pensar.
—¿El qué duele mucho?
Los ojos de Chuck se desviaron como si no estuviera seguro de lo que tenía que decir.
—Ummm, cuando los laceradores te pican.
—¿Los laceradores?
Thomas cada vez estaba más confundido. «Unos laceradores que pican». Aquellas palabras le
provocaron terror y, de repente, no estuvo seguro de si quería saber de lo que estaba hablando
Chuck.
El niño se encogió de hombros y apartó la mirada con los ojos en blanco. Thomas suspiró de
frustración y se recostó en el árbol.
—Por lo visto, no sabes mucho más que yo —dijo, aunque sabía que no era cierto.
Su pérdida de memoria era rara. Recordaba bastante bien cómo funcionaba el mundo, pero no
tenía detalles, caras ni nombres. Como un libro completamente intacto cuya lectura resulta confusa y
horrible al faltarle una palabra de cada doce. Ni siquiera sabía cuántos años tenía.
—Chuck…, ¿qué edad crees que tengo?
El niño le examinó de arriba abajo.
—Diría que unos dieciséis. Y, en caso de que te lo estés preguntando, un metro ochenta… pelo
castaño. Ah, y tan feo como un hígado frito en un palo —soltó una carcajada.
Thomas estaba tan sorprendido que apenas oyó la última parte. ¿Dieciséis años? ¿Tenía
dieciséis? Se sentía mucho más viejo.
—¿Lo dices en serio? —hizo una pausa para tratar de encontrar las palabras adecuadas—.
¿Cómo…? —no sabía ni siquiera qué preguntar.
—No te preocupes. Estarás atontado unos días, pero luego te acostumbrarás a este sitio. Yo lo he
hecho. Vivimos aquí, y ya está. Es mejor que vivir sobre una pila de clonc —entrecerró los ojos,
quizás anticipándose a la pregunta de Thomas—. Clonc es otra palabra para caca. Es el sonido que
hace la caca al caer en los botes donde hacemos pis.
Thomas miró a Chuck, sin dar crédito a la conversación que estaban teniendo. «Está bien», fue
todo lo que pudo decir. Se levantó y pasó por delante del niño en dirección al viejo edificio; aunque
la palabra choza lo describía mucho mejor. Parecía tener tres o cuatro pisos de altura y estar a punto
de caerse en cualquier momento. Era una demencial colección de troncos y tablas, cuerda gruesa y
ventanas puestas al azar delante del sólido muro de roca, cubierto de hiedra. Mientras avanzaba por
el patio, el inconfundible olor a leña y a algún tipo de carne que estaban cocinando hizo que le
rugiera el estómago. Ahora que sabía que los gritos eran de un chico enfermo, Thomas se sintió
mejor. Hasta que se puso a pensar en lo que habría provocado aquel dolor…
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Chuck, corriendo detrás de él para alcanzarle.
—¿Qué?
—Tu nombre. Aún no nos lo has dicho, y sé que te acuerdas de eso.
—Thomas.
Casi no se oyó pronunciarlo; había empezado a pensar en otra cosa. Si Chuck tenía razón,
acababa de descubrir un vínculo con el resto de los chicos. Un patrón común en su pérdida de
memoria.
Todos recordaban sus nombres. ¿Por qué no el de sus padres? ¿Por qué no el de sus amigos? ¿Por
qué no sus apellidos?
—Encantado de conocerte, Thomas —dijo Chuck—. No te preocupes, yo cuidaré de ti. Llevo
aquí ya un mes entero y conozco el sitio por dentro y por fuera. Puedes contar conmigo, ¿vale?
Thomas ya casi había llegado a la puerta principal de la choza y al pequeño grupo de chicos que
había allí reunidos, cuando le vino un repentino y sorprendente ataque de ira. Se dio vuelta para
mirar a Chuck.
—Pero ¡si no me cuentas nada! Eso yo no lo llamaría cuidar de mí.
Se volvió de nuevo hacia la puerta, decidido a entrar para encontrar algunas respuestas. No tenía
ni idea de dónde habían salido aquel inesperado valor y aquella determinación.
Chuck se encogió de hombros.
—Nada de lo que te diga te beneficiará —contestó—. Básicamente, yo también soy todavía un
novato. Pero puedo ser tu amigo…
—No necesito amigos —le interrumpió Thomas.
Alargó la mano hacia la puerta, una fea tabla de madera descolorida por el sol, y la abrió de un
empujón para ver varios rostros estoicos a los pies de una escalera llena de curvas, cuyos peldaños y
barandilla se retorcían y giraban en todas las direcciones. Un papel oscuro cubría las paredes del
vestíbulo y del pasillo, aunque la mitad estaba despegada. La única decoración a la vista era un
jarrón polvoriento sobre una mesa de tres patas y una foto en blanco y negro de una mujer mayor
vestida con un traje blanco pasado de moda. A Thomas le recordó la casa encantada de una película
o algo por el estilo. Hasta faltaban tablones de madera del suelo.
Aquel sitio olía a polvo y a moho, un gran contraste con los agradables olores de afuera. Unas
trémulas luces fluorescentes brillaban en el techo. Aún no se lo había planteado, pero tenía que
pensar de dónde venía la electricidad en un sitio como el Claro. Se quedó mirando a la anciana de la
fotografía. ¿Había vivido alguna vez allí? ¿Se habría ocupado de aquella gente?
—Anda, mira, es el judía verde —dijo uno de los chicos mayores. Con un sobresalto, Thomas
advirtió que se trataba del tío del pelo negro que le había lanzado antes la mirada asesina. Parecía
tener unos quince años, era alto y flaco. Su nariz era tan grande como un pequeño puño y se
asemejaba a una patata deforme—. Este pingajo seguro se ha cloncado en los pantalones cuando ha
oído al bebé de Benny gritar como una niña. ¿Necesitas un pañal limpio, cara fuco?
—Me llamo Thomas.
Tenía que alejarse de aquel tío. Sin decir nada más, se dirigió a las escaleras, sólo porque
estaban cerca, sólo porque no tenía ni idea de qué hacer o de qué decir. Pero el matón se le puso
delante y levantó una mano.
—Para el carro, verducho —señaló con el pulgar el piso de arriba—. Los novatos no pueden ver
a alguien a quien han… cogido. Newt y Alby no lo permitirían.
—¿Qué problema tienes? —espetó Thomas, tratando de apartar el miedo de su voz, tratando de
no pensar en lo que el chaval quería decir con cogido—. Ni siquiera sé dónde estoy. Lo único que
quiero es un poco de ayuda.
—Escúchame, judía verde —el chico arrugó la cara y cruzó los brazos—. Te he visto antes. Hay
algo sospechoso en el hecho de que estés aquí y voy a averiguar de qué se trata.
Una oleada de calor latió por las venas de Thomas.
—No te había visto en mi vida. No tengo ni idea de quién eres y no podría importarme menos —
soltó.
Pero ¿cómo iba a conocerle? ¿Cómo podía ese chico recordarle?
El matón se rió por lo bajo, una risita mezclada con un resoplido lleno de flemas. Entonces puso
una cara más seria e inclinó las cejas hacia dentro.
—Te he… visto, pingajo. No hay muchos de por aquí a los que hayan picado —señaló hacia
arriba por las escaleras—. A mí, sí. Sé por lo que está pasando Benny. Yo ya he estado ahí. Te vi
durante el Cambio —le dio un golpe a Thomas en el pecho—. Y me apuesto tu primera comida de
Fritanga a que Benny también te ha visto.
Thomas se negó a romper el contacto visual, pero decidió no decir nada. El pánico le consumió
de nuevo. ¿Dejarían las cosas de empeorar en algún momento?
—¿Los laceradores han hecho que te hagas pis encima? —dijo el chico con sorna—. ¿Estás un
poco asustado ahora? No quieres que te piquen, ¿eh?
Otra vez aquel verbo. «Picar». Thomas intentó no pensar en ello y señaló hacia arriba, hacia
donde se oían los gemidos del chico enfermo, que retumbaban en todo el edificio.
—Si Newt ha subido ahí, quiero hablar con él.
El chico no dijo nada y se quedó mirando fijamente a Thomas unos segundos. Luego negó con la
cabeza.
—¿Sabes qué? Tienes razón, Tommy, no debería ser tan malo con los novatos. Sube, estoy seguro
de que Alby y Newt te pondrán al corriente. En serio, vamos. Lo siento.
Le dio una palmadita a Thomas en el hombro, luego se apartó y señaló hacia las escaleras. Pero
Thomas sabía que el chaval se traía algo entre manos. El hecho de haber perdido parte de la memoria
no le convertía a uno en un idiota.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Thomas mientras hacía tiempo para decidir si, después de todo,
debía subir.
—Gally. Y no te lleves a engaños: yo soy el auténtico líder aquí, no esos viejos pingajos de ahí
arriba. Soy yo. Tú puedes llamarme capitán Gally, si quieres.
Sonrió por primera vez; los dientes le hacían juego con aquella nariz repugnante. Le faltaban dos
o tres y ni uno se acercaba ni siquiera un poco al color blanco. El aliento se le escapó lo justo para
que a Thomas le llegara un hedor que le recordó algo horrible, aunque no supo de qué se trataba. Le
revolvió el estómago.
—Vale —asintió, tan harto de aquel tío que quiso gritar y darle un puñetazo en la cara—, capitán
Gally —exageró el saludo y notó una subida de adrenalina, pues sabía que se había pasado de la
raya.
Se oyeron unas cuantas risas entre los del grupo de afuera y Gally se dio la vuelta con la cara
colorada. Se volvió para mirar a Thomas con la frente y aquella monstruosa nariz arrugadas por el
odio.
—Sube las escaleras —dijo Gally— y mantente alejado de mí, gilipullo —señaló hacia arriba de
nuevo, pero no apartó los ojos de Thomas.
—Muy bien.
Thomas miró a su alrededor una vez más, avergonzado, confuso y molesto. Notaba el calor de la
sangre en su cara. Nadie se movió para impedir que hiciera lo que Gally le estaba pidiendo, salvo
Chuck, que estaba en la puerta principal, negando con la cabeza.
—Se supone que no puedes subir —murmuró el niño—. Eres un novato, no puedes estar ahí.
—Ve —dijo Gally con desdén—. Sube.
Thomas ya estaba lamentando haber entrado, pero quería hablar con Newt. Se quedó mirando las
escaleras fijamente. Los peldaños se quejaban y crujían bajo su peso. Se habría detenido por miedo a
caer debido a lo vieja que estaba la madera, de no haberse dado una situación tan incómoda en la
planta baja. Así que subió, estremeciéndose cada vez que oía cómo se astillaba la madera. Las
escaleras le llevaron a un rellano, giraron a la izquierda y luego dieron a un pasillo con barandilla
donde había varias habitaciones. Pero sólo de una de ellas salía luz por la rendija de la parte
inferior.
—¡El Cambio! —gritó Gally desde abajo—. ¡Ya verás, cara fuco!
Como si la burla le hubiera dado a Thomas una inyección de valor, caminó hacia la puerta
iluminada al tiempo que ignoraba el crujido de las tablas del suelo y las risas de abajo, la avalancha
de palabras que no entendía, reprimiendo las espantosas sensaciones que provocaban. Alargó la
mano para girar el pomo dorado y abrió la puerta.
En el interior de la habitación, Newt y Alby se hallaban agachados junto a alguien que estaba
tumbado en una cama.
Thomas se acercó para ver a qué venía tanto escándalo, pero, cuando vio mejor las condiciones
del paciente, se le heló el corazón. Tuvo que luchar contra la bilis que le subió a la garganta.
El vistazo fue rápido, tan sólo un par de segundos, pero bastó para que se le quedara grabado en
la memoria. Una pálida figura se retorcía desesperada, con el pecho desnudo y espantoso. Los
cordones tensos que eran sus repugnantes venas verdes recorrían el cuerpo del chico y sus
extremidades, como cuerdas bajo su piel. El chaval estaba cubierto de moratones violáceos, urticaria
roja y arañazos sangrantes. Sus ojos rojos se le salían de las órbitas y se movían de un lado a otro a
toda velocidad. La imagen ya se había quedado grabada a fuego en la cabeza de Thomas antes de que
Alby se levantara de un salto para bloquearle la vista, pero no los gemidos y los gritos. Sacó a
Thomas a empujones del cuarto y cerró la puerta de golpe al salir.
—¿Qué estás haciendo aquí arriba, novato? —gritó Alby, con los labios tensos por la furia y los
ojos brillantes.
Thomas se sintió débil.
—Yo… eeeh… quería algunas respuestas —murmuró, pero no pudo darle fuerza a sus palabras;
en su interior, se había rendido. ¿Qué le pasaba a aquel chaval? Thomas se apoyó en la barandilla
del pasillo y bajó la vista al suelo, sin estar seguro de lo que haría a continuación.
—Saca ahora mismo de aquí tus mejillas de renacuajo y baja las escaleras —le ordenó Alby—.
Chuck te ayudará. Si te vuelvo a ver otra vez antes de mañana por la mañana, no vivirás un día más.
Te arrojaré yo mismo por el Precipicio, ¿me captas?
Thomas estaba humillado y asustado. Se sentía como si le hubieran reducido al tamaño de un
ratón. Sin decir ni una palabra, pasó junto a Alby y se dirigió hacia los escalones que crujían, tan
rápido como se atrevió. Ignoró las miradas boquiabiertas de los que había en la planta baja, sobre
todo la de Gally, salió por la puerta y cogió a Chuck del brazo para marcharse con él.
Odiaba a aquella gente. Los odiaba a todos. Excepto a Chuck.
—Aléjame de estos tíos —dijo, y entonces se dio cuenta de que quizá Chuck era su único amigo
en el mundo.
—Lo has pillado —contestó Chuck con un tono alegre, como si estuviera entusiasmado porque le
necesitara—. Pero antes cogeremos un poco de la comida que ha hecho Fritanga.
—No sé si alguna vez podré volver a comer.
No después de lo que acababa de ver.
Chuck asintió.
—Sí, sí que podrás. Nos vemos en el mismo árbol de antes en diez minutos.
• • •
Thomas estaba más que satisfecho por haberse alejado de la casa y volver al árbol. Sólo hacía un
rato que sabía cómo era vivir allí y ya quería que acabara. Deseó con todas sus fuerzas recordar algo
de su vida anterior, pero no le venía nada a la cabeza. Ni su madre, ni su padre, ni un amigo, ni el
colegio, ni una afición. Ni una chica.
Parpadeó con fuerza varias veces para intentar deshacerse de la imagen que acababa de ver en la
choza.
«El Cambio», Gally lo había llamado el Cambio.
Hacía calor, pero Thomas volvió a sentir un escalofrío
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