28-29
Capítulo 28
Thomas siguió a Newt escaleras abajo y salieron de la Hacienda hacia la brillante luz de la tarde.
Ninguno de los dos jóvenes pronunció palabra durante un rato. Para Thomas, las cosas se ponían
cada vez peor.
—¿Tienes hambre, Tommy? —preguntó Newt cuando estuvieron fuera.
Thomas no podía creerse que le preguntara aquello.
—¿Hambre? Tengo ganas de vomitar después de lo que acabo de ver. No, no tengo hambre.
Newt sólo sonrió abiertamente.
—Bueno, pues yo sí, pingajo. Vamos a buscar algunas sobras del almuerzo. Tenemos que hablar.
—No sé por qué, pero sabía que ibas a decir algo parecido.
No importaba lo que hiciera, cada vez estaba más metido en los asuntos del Claro. Y estaba
acostumbrándose a que fuera así.
Fueron directos a la cocina, donde, a pesar de las quejas de Fritanga, pudieron coger unos
bocadillos de queso y unas verduras crudas. Thomas no podía ignorar el modo extraño que tenía de
mirarle el guardián de los cocineros, cuyos ojos se apartaban cada vez que Thomas miraba hacia él.
Algo le decía que aquel tipo de trato a partir de ahora sería la norma. Por alguna razón, era distinto
al resto de los clarianos. Se sentía como si hubiese vivido toda una vida desde que le habían borrado
la memoria, pero tan sólo había pasado una semana.
Los chicos decidieron salir a comer afuera y, unos minutos más tarde, se encontraron en la pared
oeste, contemplando las muchas actividades que tenían lugar en el Claro, apoyados en un sitio donde
la hiedra era muy espesa. Thomas se obligó a comer; por cómo se estaban desarrollando los
acontecimientos, tenía que asegurarse de tener fuerzas para enfrentarse a cualquier locura que
ocurriese a continuación.
—¿Alguna vez habías visto algo parecido? —preguntó Thomas al cabo de un minuto.
Newt le miró con una repentina expresión de tristeza.
—¿A lo que Alby acaba de hacer? No. Nunca. Pero es que nadie había intentado contarnos sus
recuerdos del Cambio. Siempre se niegan. Alby trató de… Debe de ser por lo que se volvió loco
durante un momento.
Thomas dejó de masticar. ¿Podía controlarlos de algún modo la gente que había detrás del
Laberinto? Era una idea espeluznante.
—Tenemos que encontrar a Gally —dijo Newt, cambiando de tema, mientras mordía una
zanahoria—. El cabrón se ha pirado para esconderse en algún sitio. En cuanto acabemos de comer,
tengo que encontrarle para meterle en la cárcel.
—¿En serio?
Thomas no pudo evitar sentir una inyección de euforia al pensarlo. Estaría encantado de ser él
mismo quien cerrara la puerta de golpe y tirara la llave.
—Ese pingajo amenazó con matarte y tenemos que asegurarnos de que no vuelva a pasar. Ese
cara fuco va pagar bien caro el actuar de esa manera. Tiene suerte de que no le desterremos.
Recuerda lo que te dije sobre el orden.
—Sí.
La única preocupación de Thomas era que Gally no le odiara aún más porque le metieran en la
cárcel.
«No me importa —pensó—. Ya no me da miedo ese tío».
—Esto es lo que haremos, Tommy —dijo Newt—: Estarás conmigo el resto del día; tenemos que
resolver algunas cosas. Dejaremos para mañana el Trullo. Después, te irás con Minho, y quiero que
te mantengas alejado de los otros pingajos por un tiempo. ¿Lo pillas?
Thomas estaba más que dispuesto a obedecer. Estar casi todo el tiempo solo le parecía una idea
genial.
—Me parece perfecto. Entonces, ¿Minho va a entrenarme?
—Exacto. Ahora eres un corredor. Minho te enseñará. El Laberinto, los mapas, todo. Tienes
mucho que aprender. Espero que te rompas el culo a trabajar.
A Thomas le sorprendía que la idea de entrar al Laberinto no le asustara tanto como esperaba.
Decidió hacer lo que Newt le dijo, con la esperanza de que le ayudara a mantener la mente distraída;
aunque, en su interior, lo que esperaba era salir del Claro lo antes posible. Evitar a los demás era su
nueva meta en la vida.
Los jóvenes se quedaron sentados en silencio, acabándose sus almuerzos, hasta que Newt empezó
a hablar de lo que realmente quería. Hizo una bola con su basura y miró a Thomas a los ojos.
—Thomas —comenzó—, necesito que aceptes algo. Lo hemos oído demasiadas veces para
negarlo y ha llegado la hora de discutirlo.
Thomas sabía a lo que se refería, pero estaba asustado. Tenía pavor a aquellas palabras.
—Gally lo dijo. Ben lo dijo. Alby lo ha dicho —continuó Newt—. La chica, después de que la
sacáramos de la Caja…, lo dijo —hizo una pausa, tal vez esperando que Thomas le preguntara a qué
se refería. Pero ya lo sabía.
—Todos dicen que las cosas van a cambiar.
Newt apartó la mirada un momento y, luego, se dio la vuelta.
—Es cierto. Gally, Alby y Ben afirman que te vieron en sus recuerdos después del Cambio. Y,
por lo que deduzco, no estabas plantando flores ni ayudando a señoras mayores a cruzar la calle.
Según Gally, hay algo en ti lo bastante horrible para que quiera matarte.
—Newt, no sé… —empezó a decir Thomas, pero Newt no le dejó terminar:
—¡Sé que no te acuerdas de nada, Thomas! Deja de decir eso, ni siquiera vuelvas a repetirlo.
Ninguno de nosotros se acuerda de nada y estamos hartísimos de que nos lo recuerdes. La cuestión es
que hay algo diferente en ti y ha llegado la hora de que averigüemos qué es.
A Thomas le inundó una oleada de ira.
—Muy bien, ¿y cómo vamos a hacerlo? Quiero saber quién soy, igual que todo el mundo. Por
supuesto.
—Necesito que abras tu mente. Sé sincero si algo, cualquier cosa, te resulta familiar.
—Nada… —empezó a decir Thomas, pero se calló. Habían pasado tantas cosas desde que llegó
que casi había olvidado lo familiar que le pareció el Claro aquella primera noche que había dormido
al lado de Chuck. Se había sentido tan cómodo como en casa, muy lejos del terror que debería haber
experimentado.
—Puedo ver cómo te funciona el cerebro —dijo Newt—. Habla.
Thomas vaciló, asustado por las consecuencias de lo que estaba a punto de confesar. Pero estaba
harto de guardar secretos.
—Bueno… No puedo señalar nada específico —habló despacio, con cuidado—. Pero cuando
llegué aquí sentí como si ya hubiera estado antes —miró a Newt, esperando ver reconocimiento en
sus ojos—. ¿Alguien más ha pasado por eso?
Pero Newt no reflejaba ninguna expresión y sólo puso los ojos en blanco.
—Ah, no, Tommy. La mayoría de nosotros pasó una semana cloncándose en los pantalones y
llorando a mares.
—Sí, bueno —Thomas hizo una pausa, disgustado y, de repente, avergonzado. ¿Qué significaba
todo aquello? ¿Era diferente al resto? ¿Le pasaba algo?—. Pues a mí todo me resultaba familiar y
sabía que quería ser corredor.
—Qué interesante —Newt le examinó un segundo, sin ocultar sus sospechas evidentes—. Bueno,
sigue investigando. Estrújate el cerebro, pasa tu tiempo libre pensando sobre lo que tienes en la
cabeza y sobre este lugar. Hurga en tu mente, busca. Inténtalo, por lo que más quieras.
—Vale.
Thomas cerró los ojos y empezó a buscar en la oscuridad de su cabeza.
—No ahora, tonto del fuco —se rió Newt—, me refiero a que lo hagas de ahora en adelante. En
tu tiempo libre, en las comidas, cuando te vayas a dormir por la noche, cuando pasees por ahí,
cuando entrenes, mientras estés trabajando. Avísame cada vez que algo te resulte familiar. ¿Lo
pillas?
—Sí, lo pillo.
Thomas no podía evitar que le preocupase que Newt desconfiara de él, que aquel chico mayor
estuviera ocultando lo que pensaba.
—Bien —asintió Newt, que casi parecía demasiado agradable—. Para empezar, vayamos mejor
a ver a alguien.
—¿A quién? —preguntó Thomas, pero supo la respuesta mientras lo decía y el terror se apoderó
de él otra vez.
—A la chica. Quiero que la mires hasta que te sangren los ojos, a ver si provocamos alguna
reacción en ese cerebro tuyo —Newt cogió la basura de su almuerzo y se levantó—. Después, quiero
que me cuentes todo lo que te dijo Alby.
Thomas suspiró y se puso de pie.
—Vale.
No sabía si podría decirle toda la verdad sobre las acusaciones de Alby, por no mencionar lo
que sentía por la chica. Por lo visto, no iba a dejar de guardar secretos.
Ambos caminaron de vuelta a la Hacienda, donde la chica aún estaba en coma. Thomas no
reprimió su preocupación por lo que Newt estuviera pensando. Quería sincerarse; aquel chico de
verdad le caía bien. Si se volvía ahora contra él, no sabía si podría soportarlo.
—Si todo lo demás falla —dijo Newt, interrumpiendo los pensamientos de Thomas—, te
enviaremos con los laceradores para que te piquen y pases por el Cambio. Necesitamos tus
recuerdos.
Thomas soltó una risa sarcástica ante aquella idea, pero Newt no estaba sonriendo.
• • •
La chica parecía estar durmiendo en paz, como si fuera a despertarse en cualquier momento. Thomas
casi había esperado ver los restos del esqueleto de una persona, alguien al borde de la muerte. Pero
su pecho subía y bajaba con una respiración acompasada y su piel tenía buen color.
Uno de los mediqueros, el más bajito —Thomas no podía recordar su nombre—, estaba allí y
dejaba caer unas gotas de agua en la boca de la chica comatosa. Un plato y un cuenco en la mesilla de
noche tenían los restos de su almuerzo: puré de patatas y sopa. Estaban haciendo todo lo posible por
mantenerla viva y sana.
—Oye, Clint —dijo Newt; sonaba cómodo, como si hubiera pasado por allí a visitarle varias
veces—, ¿crees que sobrevivirá?
—Sí —respondió Clint—. Está bien, aunque habla en sueños todo el rato. Pensamos que pronto
se despertará.
Thomas se enfureció. Por alguna razón, no se había planteado la posibilidad de que la chica
pudiera despertarse y estar bien. De que pudiera hablar con la gente. No tenía ni idea de por qué de
repente se había puesto tan nervioso.
—¿Habéis escrito todo lo que ha ido diciendo? —preguntó Newt.
Clint asintió.
—La mayoría no se puede entender. Pero sí, lo hemos hecho cuando hemos podido.
Newt señaló la libreta que había en la mesilla de noche.
—Dame un ejemplo.
—Bueno, lo mismo que dijo cuando la sacamos de la Caja sobre que las cosas iban a cambiar.
Algo de los creadores y de «cómo todo tiene que acabar». Y, eeeh… —Clint miró a Thomas como si
no quisiera continuar en su compañía.
—No pasa nada, puede oír todo lo que yo oiga —le aseguró Newt.
—Bueno… No pude entenderlo todo, pero… —Clint volvió a mirar a Thomas—. No deja de
decir su nombre una y otra vez.
Thomas casi se cayó al oír aquello. ¿Es que no iban a acabar las referencias a él? ¿Cómo conocía
a esa chica? Era como un picor desesperante dentro de su cráneo que no se marchaba nunca.
—Gracias, Clint —contestó Newt, y a Thomas le sonó como si le estuviera dando permiso para
que se retirara—. Infórmanos de todo eso, ¿vale?
—Lo haré.
El mediquero les hizo un gesto con la cabeza a ambos para despedirse y abandonó la habitación.
—Acerca una silla —dijo Newt mientras se sentaba en el borde de la cama.
Thomas, aliviado porque Newt no hubiera empezado con sus acusaciones, cogió la silla del
escritorio y la colocó junto a la cabeza de la chica; se sentó y se inclinó hacia delante para mirarle la
cara.
—¿Hay algo que te suene? —preguntó Newt—. ¿Lo que sea?
Thomas no respondió; siguió mirando con el deseo de que su mente derribara la barrera de la
memoria y buscara a la chica en su pasado. Pensó en aquellos breves instantes cuando la joven abrió
los ojos justo después de que la sacaran de la Caja.
Eran azules, de un color más intenso que los de cualquier otra persona de la que se acordara.
Intentó imaginarse aquellos ojos en ella mientras contemplaba su rostro dormido, fusionando las dos
imágenes en su mente. Su pelo negro, su perfecta piel blanca, sus labios carnosos… Con la vista
clavada en la muchacha, se dio cuenta una vez más de lo hermosa que era.
Por un instante, la reconoció con más fuerza en un oscuro rincón de su mente, oculto pero que
estaba allí. Duró sólo un momento antes de desvanecerse en el abismo del resto de recuerdos
capturados. Pero había sentido algo.
—Sí la conozco —susurró, recostándose en la silla. Era bueno admitirlo por fin en voz alta.
Newt se levantó.
—¿Qué? ¿Quién es?
—No tengo ni idea. Pero algo me ha hecho clic. La conozco de algún sitio.
Thomas se restregó los ojos, frustrado por no poder solidificar el vínculo.
—Bueno, sigue pensado, foder, no lo pierdas. Concéntrate.
—Lo estoy intentando, así que cállate.
Thomas cerró los ojos, miró en la oscuridad de sus pensamientos y buscó su cara en aquel vacío.
¿Quién era? ¡Qué pregunta más irónica! Ni siquiera sabía quién era él.
Se inclinó hacia delante, sentado en la silla, respiró hondo y luego miró a Newt, negando con la
cabeza, rendido.
—No…
Teresa.
Thomas se levantó de la silla de un salto, la echó hacia atrás y se dio la vuelta, buscando. Había
oído…
—¿Qué pasa? —preguntó Newt—. ¿Has recordado algo?
Thomas le ignoró, echó un vistazo a la habitación, confundido porque había oído una voz, y luego
volvió a centrarse en la chica.
—Yo… —se sentó otra vez y se inclinó hacia delante con los ojos clavados en el rostro de la
chica—. Newt, ¿has dicho algo antes de que me levantara?
—No.
Por supuesto que no.
—Ah. Sólo he creído oír algo… No sé. Quizás estaba en mi cabeza. ¿Ella… ha dicho algo?
—¿Ella? —repitió Newt con los ojos iluminados—. No. ¿Por qué? ¿Qué has oído?
A Thomas le asustaba admitirlo.
—Yo… juraría que he oído un nombre. Teresa.
—¿Teresa? No, yo no he oído eso. ¡Ha debido de soltarse de tus malditos bloques de memoria!
Así se llama, Tommy. Teresa. Tiene que ser eso.
Thomas se sintió extraño. Era una incómoda sensación, como si acabara de suceder algo
sobrenatural.
—Era… Te juro que lo he oído. Pero en mi mente, macho. No puedo explicarlo.
Thomas.
Esta vez, pegó un brinco en la silla y se apartó de la cama enseguida todo lo que pudo. Tiró la
lámpara de la mesilla, que aterrizó con un estrépito de cristales rotos. Una voz. La voz de una chica.
Susurrante, dulce, segura de sí misma. La había oído. Sabía que la había oído.
—¿Qué es lo que te pasa, foder? —preguntó Newt
El corazón de Thomas iba a mil por hora. Sentía los latidos en su cráneo y los ácidos hervían en
su estómago.
—Me… está hablando. En la cabeza. ¡Acaba de decir mi nombre!
—¿Qué?
—¡Te lo juro! —el mundo giró a su alrededor, presionando, aplastando su mente—. Estoy…
oyendo su voz en mi cabeza. O algo así… No es una voz, en realidad…
—Tommy, sienta tu culo. ¿De qué fuco estás hablando?
—Newt, va en serio. No… no es que sea una voz…, pero sí lo es.
Tom, no te asustes.
Se tapó los oídos con las manos y apretó los ojos. Era demasiado raro. No podía hacer que su
mente racional aceptara lo que estaba ocurriendo.
Mis recuerdos ya están empezando a desaparecer, Tom. No recordaré mucho cuando me
despierte. Podemos pasar las Pruebas. Tiene que acabar. Me han enviado como desencadenante.
Thomas no podía más. Ignorando las preguntas de Newt, fue hacia la puerta a trompicones y la
abrió de un tirón; salió al pasillo y echó a correr. Bajó las escaleras, salió por la puerta delantera y
siguió corriendo. Pero no consiguió que se callara:
Todo va a cambiar —dijo la chica.
Quería gritar, correr hasta que no pudiese correr más. Fue hacia la Puerta Este y la atravesó para
salir del Claro. Continuó avanzando, pasillo tras pasillo, hasta lo más profundo del Laberinto,
hubiera unas normas o no. Pero seguía sin poder escapar de aquella voz:
Fuimos tú y yo, Tom. Les hicimos esto a ellos. A nosotros.
Capítulo 29
Thomas no paró hasta que la voz dejó de sonar en su cabeza.
Se asombró al darse cuenta de que llevaba corriendo casi una hora. Las sombras de los muros
habían ido hacia el este, el sol no tardaría en ponerse para dar paso a la noche y las puertas se
cerrarían. Tenía que volver. Y, entonces, de forma secundaria, advirtió que sin pensarlo había
reconocido la dirección y la hora. Sus instintos eran fuertes.
Tenía que volver, pero no sabía si podría enfrentarse a ella de nuevo. A la voz en su cabeza. A
las cosas raras que decía.
No le quedaba otra opción. Negar la verdad no solucionaría nada. Y, por mala o rara que hubiera
sido la invasión de su mente, no merecía otra cita con los laceradores.
Mientras corría hacia el Claro, aprendió mucho de sí mismo. Sin pretenderlo o, al menos, sin ser
consciente, visualizó el recorrido exacto que había seguido en el Laberinto al escapar de la voz. No
falló ni una vez en su vuelta; giró a la izquierda, a la derecha y corrió por los pasillos desandando el
camino por el que había venido. Sabía lo que significaba: Minho tenía razón. Thomas no tardaría en
convertirse en el mejor corredor.
La segunda cosa que aprendió sobre sí mismo, como si la noche en el Laberinto no lo hubiese
demostrado ya, fue que su cuerpo estaba en perfecta forma. Hacía justo un día que había puesto al
límite su energía y le dolía todo, de pies a cabeza, pero se había recuperado rápido y ahora corría sin
apenas esfuerzo, a pesar de llevar casi dos horas corriendo. No hacía falta ser un genio en
matemáticas para calcular que, por la velocidad que llevaba y la hora que era, cuando regresara al
Claro llevaría aproximadamente media maratón hecha.
Nunca se había percatado del verdadero tamaño del Laberinto. Kilómetros, kilómetros y
kilómetros. Con aquellos muros que se movían cada noche, por fin entendió por qué el Laberinto era
tan difícil de resolver. Hasta entonces lo había dudado, puesto que se preguntaba cómo podían ser
los corredores tan ineptos.
Continuó corriendo, izquierda y derecha, recto, adelante, sin parar. Cuando cruzó el umbral hacia
el Claro, faltaban tan sólo unos minutos para que las puertas se cerraran. Agotado, se dirigió hacia
los Muertos y se adentró en el bosque hasta que llegó al lugar donde los árboles se aglomeraban
contra la esquina suroeste. Más que nada, quería estar solo.
Cuando no oyó más que los sonidos distantes de las conversaciones de los clarianos, así como el
débil balido de las ovejas y los resoplidos de los cerdos, su deseo se vio cumplido; encontró el
punto en que se unían los dos muros gigantes y se desplomó en un rincón a descansar. Nadie fue a
molestarle. Al final, la pared del sur se movió para cerrarse durante la noche. Thomas se inclinó
hacia delante hasta que paró. Unos minutos más tarde, con la espalda otra vez cómodamente apoyada
en la gruesa capa de hiedra, se quedó dormido.
• • •
A la mañana siguiente, alguien le zarandeó con cuidado para despertarle.
—Thomas, despierta.
Era Chuck. Por lo visto, aquel niño era capaz de encontrarle en cualquier sitio.
Gruñendo, Thomas se inclinó hacia delante y estiró la espalda y los brazos. Por la noche le
habían tapado con un par de mantas. Alguien estaba haciendo de madre en el Claro.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Casi llegas tarde a desayunar —Chuck le tiró del brazo—. Venga, levántate. Tienes que
empezar a actuar con normalidad o las cosas empeorarán.
Los acontecimientos del día anterior se colaron en la mente de Thomas y el estómago pareció
revolvérsele.
«¿Qué van a hacerme? —pensó—. Esas cosas que ha dicho… Algo de que ella y yo les habíamos
hecho esto a ellos. A nosotros. ¿Qué significa?».
Entonces se le ocurrió que tal vez estaba chalado. A lo mejor el estrés del Laberinto le había
vuelto loco. Fuera como fuera, sólo él había oído la voz dentro de su cabeza. Nadie más sabía las
cosas raras que había dicho Teresa o aquellas de las que le había acusado. Ni siquiera sabían que
había dicho su nombre. Bueno, nadie excepto Newt.
Y así haría que continuaran las cosas. Ya estaba todo bastante mal y no iba a empeorarlo
diciéndole a la gente que oía voces en su cabeza. El único problema era Newt. Thomas debía
convencerle de algún modo de que el estrés al final le había superado y una buena noche de descanso
lo había solucionado. «No estoy loco», se dijo Thomas para sus adentros. Seguro que no.
Chuck le estaba mirando con las cejas arqueadas.
—Perdona —dijo Thomas mientras se levantaba, actuando tan normal como le era posible—.
Sólo estaba pensando. Vamos a comer, me muero de hambre.
—Bien —respondió Chuck, y le dio a Thomas una palmada en la espalda.
Se dirigieron a la Hacienda y Chuck no dejó de hablar en todo el rato. Thomas no se quejó. Era
lo más parecido a algo normal en su vida.
—Newt te encontró ayer por la noche y le dijo a todo el mundo que te dejara dormir. Y también
nos contó lo que el Consejo había decidido hacer contigo. Pasarás un día en una celda y luego
entrarás en el programa de entrenamiento de los corredores. Algunos pingajos se quejaron, otros
aplaudieron y la mayoría actuó como si no le importara lo más mínimo. En mi opinión, creo que es
impresionante —Chuck hizo una pausa para coger aliento y, después, continuó—: Aquella primera
noche, cuando te pusiste a fanfarronear de que querías ser un corredor y toda esa clonc, ¡foder!, me
reí por dentro a carcajada limpia. No paraba de repetirme: «Este primo se va a llevar una sorpresa
desagradable». Bueno, has demostrado que me equivocaba, ¿eh?
A Thomas no le apetecía hablar sobre eso.
—Sólo hice lo que cualquiera hubiera hecho. No es culpa mía que Newt y Minho quieran que sea
corredor.
—Sí, claro. No te hagas el modesto.
Ser corredor era lo último en lo que Thomas estaba pensando. En lo que no podía dejar de pensar
era en Teresa, en la voz de su cabeza, en lo que decía.
—Supongo que estoy un poco entusiasmado —Thomas forzó una sonrisa abierta, aunque se
encogió al pensar en que antes de empezar estaría metido en el Trullo un día.
—A ver cómo te sientes después de correr hasta echar el bofe. Bueno, mientras sepas lo
orgulloso que está de ti Chucky…
Thomas sonrió por el entusiasmo de su amigo.
—Si fueras mi madre —murmuró Thomas—, la vida sería estupenda.
«Mi madre», pensó. El mundo pareció oscurecerse por un instante. No podía acordarse ni de su
propia madre. Apartó aquel pensamiento de su mente antes de que le consumiera.
Llegaron a la cocina, cogieron algo rápido para desayunar y se sentaron en dos sillas vacías de
una mesa grande en el interior. Cada vez que entraba o salía un clariano por la puerta, se quedaba
mirando a Thomas; algunos se acercaron para felicitarle. Salvo alguna que otra mirada sucia, la
mayoría de la gente parecía estar de su lado. Entonces se acordó de Gally.
—Oye, Chuck —dijo después de darle un bocado a los huevos, intentando sonar despreocupado
—, ¿encontraron a Gally?
—No. Te lo iba a contar. Alguien dijo que lo vio salir corriendo hacia el Laberinto después de
marcharse de la Reunión y no le han visto desde entonces.
Thomas dejó caer el tenedor, sin saber lo que se había esperado. De todos modos, aquella noticia
le dejó atónito.
—¿Qué? ¿Lo dices en serio? ¿Entró en el Laberinto?
—Sí. Todo el mundo sabe que se volvió loco. Un pingajo incluso te ha acusado de matarle ayer
cuando saliste.
—No me lo puedo creer…
Thomas se quedó con la vista fija en su plato, tratando de comprender por qué Gally había hecho
eso.
—No te preocupes, tío. A nadie le caía bien, sólo a sus fucos amigotes. Son los que te acusan de
esas cosas.
Thomas no se podía creer que Chuck hablara de aquello como si nada.
—¿Sabes?, el chaval seguramente esté muerto y tú hablas de él como si se hubiese ido de
vacaciones.
Chuck le miró, pensativo.
—No creo que esté muerto.
—¿Eh? Entonces, ¿dónde está? ¿No somos Minho y yo los únicos que hemos sobrevivido ahí
fuera durante la noche?
—Eso es lo que te digo. Creo que sus colegas le han escondido en el interior del Claro, en algún
sitio. Gally era un idiota, pero no creo que fuera tan tonto como para pasar la noche en el Laberinto.
Como tú.
Thomas negó con la cabeza.
—A lo mejor ese es el motivo por el que lo ha hecho. Quizá quería demostrar que podía hacer lo
mismo que yo. Ese tío me odia —hizo una pausa—. Me odia.
—Bueno, da igual —Chuck se encogió de hombros como si estuvieran discutiendo sobre lo que
iban a tomar para desayunar—. Si está muerto, al final seguro que lo encontráis. Si no, le acabará
entrando hambre y tendrá que salir para comer. No me importa.
Thomas cogió su plato y lo llevó a la encimera.
—Lo único que quiero es un día normal, un día para relajarme.
—Entonces, se ha cumplido tu maldito deseo —contestó una voz desde la puerta de la cocina,
detrás de él.
Thomas se dio la vuelta para ver a Newt allí de pie, sonriendo. Aquella amplia sonrisa
reconfortó a Thomas, como si hubiese descubierto que todo iba bien otra vez.
—Vamos, puñetero delincuente —dijo Newt—. Te podrás relajar mientras estés encerrado en el
Trullo. Vamos. Chuck te llevará algo de comer a mediodía.
Thomas asintió y salió por la puerta, detrás de Newt. De repente, un día en la cárcel le parecía
una idea excelente. Un día para estar sentado y relajarse. Aunque algo le decía que había más
posibilidades de que Gally le llevara flores que de pasar un día en el Claro sin que sucediera nada
extraño
Thomas siguió a Newt escaleras abajo y salieron de la Hacienda hacia la brillante luz de la tarde.
Ninguno de los dos jóvenes pronunció palabra durante un rato. Para Thomas, las cosas se ponían
cada vez peor.
—¿Tienes hambre, Tommy? —preguntó Newt cuando estuvieron fuera.
Thomas no podía creerse que le preguntara aquello.
—¿Hambre? Tengo ganas de vomitar después de lo que acabo de ver. No, no tengo hambre.
Newt sólo sonrió abiertamente.
—Bueno, pues yo sí, pingajo. Vamos a buscar algunas sobras del almuerzo. Tenemos que hablar.
—No sé por qué, pero sabía que ibas a decir algo parecido.
No importaba lo que hiciera, cada vez estaba más metido en los asuntos del Claro. Y estaba
acostumbrándose a que fuera así.
Fueron directos a la cocina, donde, a pesar de las quejas de Fritanga, pudieron coger unos
bocadillos de queso y unas verduras crudas. Thomas no podía ignorar el modo extraño que tenía de
mirarle el guardián de los cocineros, cuyos ojos se apartaban cada vez que Thomas miraba hacia él.
Algo le decía que aquel tipo de trato a partir de ahora sería la norma. Por alguna razón, era distinto
al resto de los clarianos. Se sentía como si hubiese vivido toda una vida desde que le habían borrado
la memoria, pero tan sólo había pasado una semana.
Los chicos decidieron salir a comer afuera y, unos minutos más tarde, se encontraron en la pared
oeste, contemplando las muchas actividades que tenían lugar en el Claro, apoyados en un sitio donde
la hiedra era muy espesa. Thomas se obligó a comer; por cómo se estaban desarrollando los
acontecimientos, tenía que asegurarse de tener fuerzas para enfrentarse a cualquier locura que
ocurriese a continuación.
—¿Alguna vez habías visto algo parecido? —preguntó Thomas al cabo de un minuto.
Newt le miró con una repentina expresión de tristeza.
—¿A lo que Alby acaba de hacer? No. Nunca. Pero es que nadie había intentado contarnos sus
recuerdos del Cambio. Siempre se niegan. Alby trató de… Debe de ser por lo que se volvió loco
durante un momento.
Thomas dejó de masticar. ¿Podía controlarlos de algún modo la gente que había detrás del
Laberinto? Era una idea espeluznante.
—Tenemos que encontrar a Gally —dijo Newt, cambiando de tema, mientras mordía una
zanahoria—. El cabrón se ha pirado para esconderse en algún sitio. En cuanto acabemos de comer,
tengo que encontrarle para meterle en la cárcel.
—¿En serio?
Thomas no pudo evitar sentir una inyección de euforia al pensarlo. Estaría encantado de ser él
mismo quien cerrara la puerta de golpe y tirara la llave.
—Ese pingajo amenazó con matarte y tenemos que asegurarnos de que no vuelva a pasar. Ese
cara fuco va pagar bien caro el actuar de esa manera. Tiene suerte de que no le desterremos.
Recuerda lo que te dije sobre el orden.
—Sí.
La única preocupación de Thomas era que Gally no le odiara aún más porque le metieran en la
cárcel.
«No me importa —pensó—. Ya no me da miedo ese tío».
—Esto es lo que haremos, Tommy —dijo Newt—: Estarás conmigo el resto del día; tenemos que
resolver algunas cosas. Dejaremos para mañana el Trullo. Después, te irás con Minho, y quiero que
te mantengas alejado de los otros pingajos por un tiempo. ¿Lo pillas?
Thomas estaba más que dispuesto a obedecer. Estar casi todo el tiempo solo le parecía una idea
genial.
—Me parece perfecto. Entonces, ¿Minho va a entrenarme?
—Exacto. Ahora eres un corredor. Minho te enseñará. El Laberinto, los mapas, todo. Tienes
mucho que aprender. Espero que te rompas el culo a trabajar.
A Thomas le sorprendía que la idea de entrar al Laberinto no le asustara tanto como esperaba.
Decidió hacer lo que Newt le dijo, con la esperanza de que le ayudara a mantener la mente distraída;
aunque, en su interior, lo que esperaba era salir del Claro lo antes posible. Evitar a los demás era su
nueva meta en la vida.
Los jóvenes se quedaron sentados en silencio, acabándose sus almuerzos, hasta que Newt empezó
a hablar de lo que realmente quería. Hizo una bola con su basura y miró a Thomas a los ojos.
—Thomas —comenzó—, necesito que aceptes algo. Lo hemos oído demasiadas veces para
negarlo y ha llegado la hora de discutirlo.
Thomas sabía a lo que se refería, pero estaba asustado. Tenía pavor a aquellas palabras.
—Gally lo dijo. Ben lo dijo. Alby lo ha dicho —continuó Newt—. La chica, después de que la
sacáramos de la Caja…, lo dijo —hizo una pausa, tal vez esperando que Thomas le preguntara a qué
se refería. Pero ya lo sabía.
—Todos dicen que las cosas van a cambiar.
Newt apartó la mirada un momento y, luego, se dio la vuelta.
—Es cierto. Gally, Alby y Ben afirman que te vieron en sus recuerdos después del Cambio. Y,
por lo que deduzco, no estabas plantando flores ni ayudando a señoras mayores a cruzar la calle.
Según Gally, hay algo en ti lo bastante horrible para que quiera matarte.
—Newt, no sé… —empezó a decir Thomas, pero Newt no le dejó terminar:
—¡Sé que no te acuerdas de nada, Thomas! Deja de decir eso, ni siquiera vuelvas a repetirlo.
Ninguno de nosotros se acuerda de nada y estamos hartísimos de que nos lo recuerdes. La cuestión es
que hay algo diferente en ti y ha llegado la hora de que averigüemos qué es.
A Thomas le inundó una oleada de ira.
—Muy bien, ¿y cómo vamos a hacerlo? Quiero saber quién soy, igual que todo el mundo. Por
supuesto.
—Necesito que abras tu mente. Sé sincero si algo, cualquier cosa, te resulta familiar.
—Nada… —empezó a decir Thomas, pero se calló. Habían pasado tantas cosas desde que llegó
que casi había olvidado lo familiar que le pareció el Claro aquella primera noche que había dormido
al lado de Chuck. Se había sentido tan cómodo como en casa, muy lejos del terror que debería haber
experimentado.
—Puedo ver cómo te funciona el cerebro —dijo Newt—. Habla.
Thomas vaciló, asustado por las consecuencias de lo que estaba a punto de confesar. Pero estaba
harto de guardar secretos.
—Bueno… No puedo señalar nada específico —habló despacio, con cuidado—. Pero cuando
llegué aquí sentí como si ya hubiera estado antes —miró a Newt, esperando ver reconocimiento en
sus ojos—. ¿Alguien más ha pasado por eso?
Pero Newt no reflejaba ninguna expresión y sólo puso los ojos en blanco.
—Ah, no, Tommy. La mayoría de nosotros pasó una semana cloncándose en los pantalones y
llorando a mares.
—Sí, bueno —Thomas hizo una pausa, disgustado y, de repente, avergonzado. ¿Qué significaba
todo aquello? ¿Era diferente al resto? ¿Le pasaba algo?—. Pues a mí todo me resultaba familiar y
sabía que quería ser corredor.
—Qué interesante —Newt le examinó un segundo, sin ocultar sus sospechas evidentes—. Bueno,
sigue investigando. Estrújate el cerebro, pasa tu tiempo libre pensando sobre lo que tienes en la
cabeza y sobre este lugar. Hurga en tu mente, busca. Inténtalo, por lo que más quieras.
—Vale.
Thomas cerró los ojos y empezó a buscar en la oscuridad de su cabeza.
—No ahora, tonto del fuco —se rió Newt—, me refiero a que lo hagas de ahora en adelante. En
tu tiempo libre, en las comidas, cuando te vayas a dormir por la noche, cuando pasees por ahí,
cuando entrenes, mientras estés trabajando. Avísame cada vez que algo te resulte familiar. ¿Lo
pillas?
—Sí, lo pillo.
Thomas no podía evitar que le preocupase que Newt desconfiara de él, que aquel chico mayor
estuviera ocultando lo que pensaba.
—Bien —asintió Newt, que casi parecía demasiado agradable—. Para empezar, vayamos mejor
a ver a alguien.
—¿A quién? —preguntó Thomas, pero supo la respuesta mientras lo decía y el terror se apoderó
de él otra vez.
—A la chica. Quiero que la mires hasta que te sangren los ojos, a ver si provocamos alguna
reacción en ese cerebro tuyo —Newt cogió la basura de su almuerzo y se levantó—. Después, quiero
que me cuentes todo lo que te dijo Alby.
Thomas suspiró y se puso de pie.
—Vale.
No sabía si podría decirle toda la verdad sobre las acusaciones de Alby, por no mencionar lo
que sentía por la chica. Por lo visto, no iba a dejar de guardar secretos.
Ambos caminaron de vuelta a la Hacienda, donde la chica aún estaba en coma. Thomas no
reprimió su preocupación por lo que Newt estuviera pensando. Quería sincerarse; aquel chico de
verdad le caía bien. Si se volvía ahora contra él, no sabía si podría soportarlo.
—Si todo lo demás falla —dijo Newt, interrumpiendo los pensamientos de Thomas—, te
enviaremos con los laceradores para que te piquen y pases por el Cambio. Necesitamos tus
recuerdos.
Thomas soltó una risa sarcástica ante aquella idea, pero Newt no estaba sonriendo.
• • •
La chica parecía estar durmiendo en paz, como si fuera a despertarse en cualquier momento. Thomas
casi había esperado ver los restos del esqueleto de una persona, alguien al borde de la muerte. Pero
su pecho subía y bajaba con una respiración acompasada y su piel tenía buen color.
Uno de los mediqueros, el más bajito —Thomas no podía recordar su nombre—, estaba allí y
dejaba caer unas gotas de agua en la boca de la chica comatosa. Un plato y un cuenco en la mesilla de
noche tenían los restos de su almuerzo: puré de patatas y sopa. Estaban haciendo todo lo posible por
mantenerla viva y sana.
—Oye, Clint —dijo Newt; sonaba cómodo, como si hubiera pasado por allí a visitarle varias
veces—, ¿crees que sobrevivirá?
—Sí —respondió Clint—. Está bien, aunque habla en sueños todo el rato. Pensamos que pronto
se despertará.
Thomas se enfureció. Por alguna razón, no se había planteado la posibilidad de que la chica
pudiera despertarse y estar bien. De que pudiera hablar con la gente. No tenía ni idea de por qué de
repente se había puesto tan nervioso.
—¿Habéis escrito todo lo que ha ido diciendo? —preguntó Newt.
Clint asintió.
—La mayoría no se puede entender. Pero sí, lo hemos hecho cuando hemos podido.
Newt señaló la libreta que había en la mesilla de noche.
—Dame un ejemplo.
—Bueno, lo mismo que dijo cuando la sacamos de la Caja sobre que las cosas iban a cambiar.
Algo de los creadores y de «cómo todo tiene que acabar». Y, eeeh… —Clint miró a Thomas como si
no quisiera continuar en su compañía.
—No pasa nada, puede oír todo lo que yo oiga —le aseguró Newt.
—Bueno… No pude entenderlo todo, pero… —Clint volvió a mirar a Thomas—. No deja de
decir su nombre una y otra vez.
Thomas casi se cayó al oír aquello. ¿Es que no iban a acabar las referencias a él? ¿Cómo conocía
a esa chica? Era como un picor desesperante dentro de su cráneo que no se marchaba nunca.
—Gracias, Clint —contestó Newt, y a Thomas le sonó como si le estuviera dando permiso para
que se retirara—. Infórmanos de todo eso, ¿vale?
—Lo haré.
El mediquero les hizo un gesto con la cabeza a ambos para despedirse y abandonó la habitación.
—Acerca una silla —dijo Newt mientras se sentaba en el borde de la cama.
Thomas, aliviado porque Newt no hubiera empezado con sus acusaciones, cogió la silla del
escritorio y la colocó junto a la cabeza de la chica; se sentó y se inclinó hacia delante para mirarle la
cara.
—¿Hay algo que te suene? —preguntó Newt—. ¿Lo que sea?
Thomas no respondió; siguió mirando con el deseo de que su mente derribara la barrera de la
memoria y buscara a la chica en su pasado. Pensó en aquellos breves instantes cuando la joven abrió
los ojos justo después de que la sacaran de la Caja.
Eran azules, de un color más intenso que los de cualquier otra persona de la que se acordara.
Intentó imaginarse aquellos ojos en ella mientras contemplaba su rostro dormido, fusionando las dos
imágenes en su mente. Su pelo negro, su perfecta piel blanca, sus labios carnosos… Con la vista
clavada en la muchacha, se dio cuenta una vez más de lo hermosa que era.
Por un instante, la reconoció con más fuerza en un oscuro rincón de su mente, oculto pero que
estaba allí. Duró sólo un momento antes de desvanecerse en el abismo del resto de recuerdos
capturados. Pero había sentido algo.
—Sí la conozco —susurró, recostándose en la silla. Era bueno admitirlo por fin en voz alta.
Newt se levantó.
—¿Qué? ¿Quién es?
—No tengo ni idea. Pero algo me ha hecho clic. La conozco de algún sitio.
Thomas se restregó los ojos, frustrado por no poder solidificar el vínculo.
—Bueno, sigue pensado, foder, no lo pierdas. Concéntrate.
—Lo estoy intentando, así que cállate.
Thomas cerró los ojos, miró en la oscuridad de sus pensamientos y buscó su cara en aquel vacío.
¿Quién era? ¡Qué pregunta más irónica! Ni siquiera sabía quién era él.
Se inclinó hacia delante, sentado en la silla, respiró hondo y luego miró a Newt, negando con la
cabeza, rendido.
—No…
Teresa.
Thomas se levantó de la silla de un salto, la echó hacia atrás y se dio la vuelta, buscando. Había
oído…
—¿Qué pasa? —preguntó Newt—. ¿Has recordado algo?
Thomas le ignoró, echó un vistazo a la habitación, confundido porque había oído una voz, y luego
volvió a centrarse en la chica.
—Yo… —se sentó otra vez y se inclinó hacia delante con los ojos clavados en el rostro de la
chica—. Newt, ¿has dicho algo antes de que me levantara?
—No.
Por supuesto que no.
—Ah. Sólo he creído oír algo… No sé. Quizás estaba en mi cabeza. ¿Ella… ha dicho algo?
—¿Ella? —repitió Newt con los ojos iluminados—. No. ¿Por qué? ¿Qué has oído?
A Thomas le asustaba admitirlo.
—Yo… juraría que he oído un nombre. Teresa.
—¿Teresa? No, yo no he oído eso. ¡Ha debido de soltarse de tus malditos bloques de memoria!
Así se llama, Tommy. Teresa. Tiene que ser eso.
Thomas se sintió extraño. Era una incómoda sensación, como si acabara de suceder algo
sobrenatural.
—Era… Te juro que lo he oído. Pero en mi mente, macho. No puedo explicarlo.
Thomas.
Esta vez, pegó un brinco en la silla y se apartó de la cama enseguida todo lo que pudo. Tiró la
lámpara de la mesilla, que aterrizó con un estrépito de cristales rotos. Una voz. La voz de una chica.
Susurrante, dulce, segura de sí misma. La había oído. Sabía que la había oído.
—¿Qué es lo que te pasa, foder? —preguntó Newt
El corazón de Thomas iba a mil por hora. Sentía los latidos en su cráneo y los ácidos hervían en
su estómago.
—Me… está hablando. En la cabeza. ¡Acaba de decir mi nombre!
—¿Qué?
—¡Te lo juro! —el mundo giró a su alrededor, presionando, aplastando su mente—. Estoy…
oyendo su voz en mi cabeza. O algo así… No es una voz, en realidad…
—Tommy, sienta tu culo. ¿De qué fuco estás hablando?
—Newt, va en serio. No… no es que sea una voz…, pero sí lo es.
Tom, no te asustes.
Se tapó los oídos con las manos y apretó los ojos. Era demasiado raro. No podía hacer que su
mente racional aceptara lo que estaba ocurriendo.
Mis recuerdos ya están empezando a desaparecer, Tom. No recordaré mucho cuando me
despierte. Podemos pasar las Pruebas. Tiene que acabar. Me han enviado como desencadenante.
Thomas no podía más. Ignorando las preguntas de Newt, fue hacia la puerta a trompicones y la
abrió de un tirón; salió al pasillo y echó a correr. Bajó las escaleras, salió por la puerta delantera y
siguió corriendo. Pero no consiguió que se callara:
Todo va a cambiar —dijo la chica.
Quería gritar, correr hasta que no pudiese correr más. Fue hacia la Puerta Este y la atravesó para
salir del Claro. Continuó avanzando, pasillo tras pasillo, hasta lo más profundo del Laberinto,
hubiera unas normas o no. Pero seguía sin poder escapar de aquella voz:
Fuimos tú y yo, Tom. Les hicimos esto a ellos. A nosotros.
Capítulo 29
Thomas no paró hasta que la voz dejó de sonar en su cabeza.
Se asombró al darse cuenta de que llevaba corriendo casi una hora. Las sombras de los muros
habían ido hacia el este, el sol no tardaría en ponerse para dar paso a la noche y las puertas se
cerrarían. Tenía que volver. Y, entonces, de forma secundaria, advirtió que sin pensarlo había
reconocido la dirección y la hora. Sus instintos eran fuertes.
Tenía que volver, pero no sabía si podría enfrentarse a ella de nuevo. A la voz en su cabeza. A
las cosas raras que decía.
No le quedaba otra opción. Negar la verdad no solucionaría nada. Y, por mala o rara que hubiera
sido la invasión de su mente, no merecía otra cita con los laceradores.
Mientras corría hacia el Claro, aprendió mucho de sí mismo. Sin pretenderlo o, al menos, sin ser
consciente, visualizó el recorrido exacto que había seguido en el Laberinto al escapar de la voz. No
falló ni una vez en su vuelta; giró a la izquierda, a la derecha y corrió por los pasillos desandando el
camino por el que había venido. Sabía lo que significaba: Minho tenía razón. Thomas no tardaría en
convertirse en el mejor corredor.
La segunda cosa que aprendió sobre sí mismo, como si la noche en el Laberinto no lo hubiese
demostrado ya, fue que su cuerpo estaba en perfecta forma. Hacía justo un día que había puesto al
límite su energía y le dolía todo, de pies a cabeza, pero se había recuperado rápido y ahora corría sin
apenas esfuerzo, a pesar de llevar casi dos horas corriendo. No hacía falta ser un genio en
matemáticas para calcular que, por la velocidad que llevaba y la hora que era, cuando regresara al
Claro llevaría aproximadamente media maratón hecha.
Nunca se había percatado del verdadero tamaño del Laberinto. Kilómetros, kilómetros y
kilómetros. Con aquellos muros que se movían cada noche, por fin entendió por qué el Laberinto era
tan difícil de resolver. Hasta entonces lo había dudado, puesto que se preguntaba cómo podían ser
los corredores tan ineptos.
Continuó corriendo, izquierda y derecha, recto, adelante, sin parar. Cuando cruzó el umbral hacia
el Claro, faltaban tan sólo unos minutos para que las puertas se cerraran. Agotado, se dirigió hacia
los Muertos y se adentró en el bosque hasta que llegó al lugar donde los árboles se aglomeraban
contra la esquina suroeste. Más que nada, quería estar solo.
Cuando no oyó más que los sonidos distantes de las conversaciones de los clarianos, así como el
débil balido de las ovejas y los resoplidos de los cerdos, su deseo se vio cumplido; encontró el
punto en que se unían los dos muros gigantes y se desplomó en un rincón a descansar. Nadie fue a
molestarle. Al final, la pared del sur se movió para cerrarse durante la noche. Thomas se inclinó
hacia delante hasta que paró. Unos minutos más tarde, con la espalda otra vez cómodamente apoyada
en la gruesa capa de hiedra, se quedó dormido.
• • •
A la mañana siguiente, alguien le zarandeó con cuidado para despertarle.
—Thomas, despierta.
Era Chuck. Por lo visto, aquel niño era capaz de encontrarle en cualquier sitio.
Gruñendo, Thomas se inclinó hacia delante y estiró la espalda y los brazos. Por la noche le
habían tapado con un par de mantas. Alguien estaba haciendo de madre en el Claro.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Casi llegas tarde a desayunar —Chuck le tiró del brazo—. Venga, levántate. Tienes que
empezar a actuar con normalidad o las cosas empeorarán.
Los acontecimientos del día anterior se colaron en la mente de Thomas y el estómago pareció
revolvérsele.
«¿Qué van a hacerme? —pensó—. Esas cosas que ha dicho… Algo de que ella y yo les habíamos
hecho esto a ellos. A nosotros. ¿Qué significa?».
Entonces se le ocurrió que tal vez estaba chalado. A lo mejor el estrés del Laberinto le había
vuelto loco. Fuera como fuera, sólo él había oído la voz dentro de su cabeza. Nadie más sabía las
cosas raras que había dicho Teresa o aquellas de las que le había acusado. Ni siquiera sabían que
había dicho su nombre. Bueno, nadie excepto Newt.
Y así haría que continuaran las cosas. Ya estaba todo bastante mal y no iba a empeorarlo
diciéndole a la gente que oía voces en su cabeza. El único problema era Newt. Thomas debía
convencerle de algún modo de que el estrés al final le había superado y una buena noche de descanso
lo había solucionado. «No estoy loco», se dijo Thomas para sus adentros. Seguro que no.
Chuck le estaba mirando con las cejas arqueadas.
—Perdona —dijo Thomas mientras se levantaba, actuando tan normal como le era posible—.
Sólo estaba pensando. Vamos a comer, me muero de hambre.
—Bien —respondió Chuck, y le dio a Thomas una palmada en la espalda.
Se dirigieron a la Hacienda y Chuck no dejó de hablar en todo el rato. Thomas no se quejó. Era
lo más parecido a algo normal en su vida.
—Newt te encontró ayer por la noche y le dijo a todo el mundo que te dejara dormir. Y también
nos contó lo que el Consejo había decidido hacer contigo. Pasarás un día en una celda y luego
entrarás en el programa de entrenamiento de los corredores. Algunos pingajos se quejaron, otros
aplaudieron y la mayoría actuó como si no le importara lo más mínimo. En mi opinión, creo que es
impresionante —Chuck hizo una pausa para coger aliento y, después, continuó—: Aquella primera
noche, cuando te pusiste a fanfarronear de que querías ser un corredor y toda esa clonc, ¡foder!, me
reí por dentro a carcajada limpia. No paraba de repetirme: «Este primo se va a llevar una sorpresa
desagradable». Bueno, has demostrado que me equivocaba, ¿eh?
A Thomas no le apetecía hablar sobre eso.
—Sólo hice lo que cualquiera hubiera hecho. No es culpa mía que Newt y Minho quieran que sea
corredor.
—Sí, claro. No te hagas el modesto.
Ser corredor era lo último en lo que Thomas estaba pensando. En lo que no podía dejar de pensar
era en Teresa, en la voz de su cabeza, en lo que decía.
—Supongo que estoy un poco entusiasmado —Thomas forzó una sonrisa abierta, aunque se
encogió al pensar en que antes de empezar estaría metido en el Trullo un día.
—A ver cómo te sientes después de correr hasta echar el bofe. Bueno, mientras sepas lo
orgulloso que está de ti Chucky…
Thomas sonrió por el entusiasmo de su amigo.
—Si fueras mi madre —murmuró Thomas—, la vida sería estupenda.
«Mi madre», pensó. El mundo pareció oscurecerse por un instante. No podía acordarse ni de su
propia madre. Apartó aquel pensamiento de su mente antes de que le consumiera.
Llegaron a la cocina, cogieron algo rápido para desayunar y se sentaron en dos sillas vacías de
una mesa grande en el interior. Cada vez que entraba o salía un clariano por la puerta, se quedaba
mirando a Thomas; algunos se acercaron para felicitarle. Salvo alguna que otra mirada sucia, la
mayoría de la gente parecía estar de su lado. Entonces se acordó de Gally.
—Oye, Chuck —dijo después de darle un bocado a los huevos, intentando sonar despreocupado
—, ¿encontraron a Gally?
—No. Te lo iba a contar. Alguien dijo que lo vio salir corriendo hacia el Laberinto después de
marcharse de la Reunión y no le han visto desde entonces.
Thomas dejó caer el tenedor, sin saber lo que se había esperado. De todos modos, aquella noticia
le dejó atónito.
—¿Qué? ¿Lo dices en serio? ¿Entró en el Laberinto?
—Sí. Todo el mundo sabe que se volvió loco. Un pingajo incluso te ha acusado de matarle ayer
cuando saliste.
—No me lo puedo creer…
Thomas se quedó con la vista fija en su plato, tratando de comprender por qué Gally había hecho
eso.
—No te preocupes, tío. A nadie le caía bien, sólo a sus fucos amigotes. Son los que te acusan de
esas cosas.
Thomas no se podía creer que Chuck hablara de aquello como si nada.
—¿Sabes?, el chaval seguramente esté muerto y tú hablas de él como si se hubiese ido de
vacaciones.
Chuck le miró, pensativo.
—No creo que esté muerto.
—¿Eh? Entonces, ¿dónde está? ¿No somos Minho y yo los únicos que hemos sobrevivido ahí
fuera durante la noche?
—Eso es lo que te digo. Creo que sus colegas le han escondido en el interior del Claro, en algún
sitio. Gally era un idiota, pero no creo que fuera tan tonto como para pasar la noche en el Laberinto.
Como tú.
Thomas negó con la cabeza.
—A lo mejor ese es el motivo por el que lo ha hecho. Quizá quería demostrar que podía hacer lo
mismo que yo. Ese tío me odia —hizo una pausa—. Me odia.
—Bueno, da igual —Chuck se encogió de hombros como si estuvieran discutiendo sobre lo que
iban a tomar para desayunar—. Si está muerto, al final seguro que lo encontráis. Si no, le acabará
entrando hambre y tendrá que salir para comer. No me importa.
Thomas cogió su plato y lo llevó a la encimera.
—Lo único que quiero es un día normal, un día para relajarme.
—Entonces, se ha cumplido tu maldito deseo —contestó una voz desde la puerta de la cocina,
detrás de él.
Thomas se dio la vuelta para ver a Newt allí de pie, sonriendo. Aquella amplia sonrisa
reconfortó a Thomas, como si hubiese descubierto que todo iba bien otra vez.
—Vamos, puñetero delincuente —dijo Newt—. Te podrás relajar mientras estés encerrado en el
Trullo. Vamos. Chuck te llevará algo de comer a mediodía.
Thomas asintió y salió por la puerta, detrás de Newt. De repente, un día en la cárcel le parecía
una idea excelente. Un día para estar sentado y relajarse. Aunque algo le decía que había más
posibilidades de que Gally le llevara flores que de pasar un día en el Claro sin que sucediera nada
extraño
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