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Capítulo 25
Un silencio total invadió la habitación, como si el mundo se hubiera paralizado, y todos los
miembros del Consejo se quedaron mirando a Minho. Thomas se quedó sentado, atónito, esperando
que el corredor dijera que era una broma.
Finalmente, Gally rompió el hechizo al levantarse.
—¡Eso es absurdo! —miró a Newt y señaló a Minho, que se había sentado de nuevo—.
Deberíamos echarle del Consejo por decir semejante tontería.
La pena que podía haber sentido Thomas por Gally, aunque remota, desapareció del todo al oír
aquella frase.
Algunos guardianes parecieron estar de acuerdo con la sugerencia de Minho, como Fritanga, que
se puso aplaudir para ahogar la voz de Gally y gritó que empezara la votación. Otros, no. Winston
negó rotundamente con la cabeza y dijo algo que Thomas no alcanzó a oír. Cuando todo el mundo
comenzó a hablar a la vez, Thomas apoyó la cabeza en las manos y esperó a que terminaran,
aterrorizado e intimidado al mismo tiempo. ¿Por qué Minho había dicho eso?
«Tiene que ser una broma —pensó—. Newt dijo que se tarda una eternidad sólo en llegar a ser
corredor, y no digamos ya en convertirse en guardián». Volvió a levantar la vista, deseando que
estuvieran a mil kilómetros de distancia.
Por fin, Newt bajó su bloc y salió del semicírculo, gritando para que la gente se callara. Thomas
contempló cómo, al principio, nadie parecía oír a Newt ni advertir su presencia. Sin embargo, poco a
poco, el orden se fue restableciendo y todos se sentaron.
—¡Foder! —exclamó Newt—. Nunca había visto tantos pingajos actuando como bebés de teta.
Puede que no lo parezcamos, pero por aquí somos adultos. Actuad como tales o disolveremos este
maldito Consejo y empezaremos de cero —caminó de un extremo a otro de la fila curvada de
guardianes sentados y miró a cada uno de ellos a los ojos mientras hablaba—. ¿Está claro?
El silencio se extendió por el grupo. Thomas esperaba más arrebatos, pero se sorprendió al ver
que todos asentían con la cabeza, incluso Gally.
—Bien —Newt caminó de vuelta a su silla, se sentó y puso el bloc en su regazo. Escribió unas
líneas en el papel y luego miró a Minho—. Eso es una clonc muy seria, hermano. Lo siento, pero
tendrás que elaborarlo un poco más si quieres que siga adelante.
Thomas no pudo evitar tener ganas de oír su contestación. Minho parecía agotado, pero empezó a
defender su propuesta:
—Seguro que es muy fácil para vosotros, pingajos, sentaros aquí para hablar de algo de lo que no
tenéis ni idea. Soy el único corredor de este grupo y Newt es la otra única persona que hay aquí que
ha estado fuera en el Laberinto.
—No, si tienes en cuenta que yo… —terció Gally.
—¡No! —gritó Minho—. Y créeme, ni tú ni nadie tiene la más remota idea de lo que es estar ahí
fuera. A ti sólo te picaron porque rompiste la misma norma de la que estás culpando a Thomas. Eso
se llama hipocresía, cara fuco, pedazo de…
—Basta —interrumpió Newt—. Defiende tu propuesta y acaba ya.
La tensión era palpable; Thomas notaba cómo el aire en la sala se había convertido en cristal que
podía hacerse añicos en cualquier momento. Tanto Gally como Minho tenían las caras tan tensas y
rojas que parecía que iban a explotar, pero por fin dejaron de mirarse.
—Bueno, escuchadme —continuó Minho mientras volvía a sentarse—. Nunca había visto nada
parecido. No le entró el pánico. No se quejó ni lloró, tampoco parecía asustado. Tíos, sólo lleva
aquí unos días. Pensad en cómo estábamos nosotros al principio. Acurrucados en un rincón,
desorientados, llorando a todas horas, sin confiar en nadie y negándonos a hacer todo. Todos
actuamos igual durante semanas o meses, hasta que no tuvimos más remedio que fucarnos y vivir —
Minho se volvió a levantar y señaló a Thomas—. Justo unos días después de que este tío apareciera,
sale al Laberinto para salvar a dos pingajos que apenas conoce. Toda esa clonc de que ha roto una
norma es una estupidez. Ni siquiera sabe cuáles son las normas todavía. Pero mucha gente le había
dicho cómo era el Laberinto, sobre todo por la noche, y aun así salió ahí fuera, justo cuando la puerta
se estaba cerrando, porque había dos personas que necesitaban ayuda —respiró hondo como si
ganara fuerzas con sus palabras—. Pero eso fue sólo el principio. Después, me vio abandonar a
Alby, dejarlo allí para que se muriera. Y yo era el veterano, el que tenía toda la experiencia y el
conocimiento. Así que, cuando Thomas vio que me marchaba, no debería habérselo cuestionado.
Pero sí lo hizo. Pensad en la fuerza de voluntad y el esfuerzo que le debió de suponer subir a Alby a
la pared, centímetro a centímetro. Ni de coña. Sería una locura total.
»Pero no fue así. Entonces llegaron los laceradores. Le dije a Thomas que nos teníamos que
separar y empezar a poner en práctica las maniobras de evasión, según el procedimiento habitual.
Thomas, cuando debería haberse mojado los pantalones, tomó el control, desafió todas las leyes de
la física y la gravedad para subir a Alby al muro, esquivó a los laceradores, derrotó a uno,
encontró…
—Ya lo pillamos —soltó Gally bruscamente—. Tommy es un pingajo con suerte.
Minho se volvió hacia él.
—¡No, fuco inútil, no lo has pillado! Llevo dos años aquí y nunca había visto nada igual. Para
que tú ahora me vengas…
Minho se calló, se frotó los ojos y gruñó, lleno de frustración. Thomas se dio cuenta de que tenía
la boca abierta. Sentía diversas emociones: apreciaba a Minho por haberle defendido delante de
todos, no se podía creer la agresividad continua de Gally y le daba miedo cuál sería la decisión final.
—Gally —dijo Minho con la voz más calmada—, no eres más que un mariquita que ni una sola
vez ha pedido ser corredor o se ha presentado a la prueba. No tienes derecho a hablar sobre cosas
que no entiendes. Así que cállate la boca.
Gally se puso de pie otra vez, echando chispas.
—Como vuelvas a decir algo así, te romperé el cuello aquí mismo, delante de todos —le salía
saliva de la boca mientras hablaba.
Minho se rió; después, levantó la palma de la mano y empujó a Gally en la cara. Thomas se
medio levantó al ver al clariano caer hacia atrás y estrellarse contra la silla, que se rompió en dos.
Gally se quedó despatarrado en el suelo, luego trató de ponerse de pie e incorporarse. Minho se
acercó y pisó la espalda de Gally para aplastar su cuerpo contra el suelo.
Thomas se dejó caer en la silla, atónito.
—Te lo juro, Gally —dijo Minho con sorna—, ni se te ocurra amenazarme otra vez. Ni siquiera
me vuelvas a dirigir la palabra. Jamás. Si lo haces, te romperé tu fuco cuello, después de hacer lo
mismo con tus brazos y tus piernas.
Newt y Winston se habían levantado y, antes de que Thomas se diera cuenta de lo que sucedía,
estaban agarrando a Minho. Le apartaron de Gally, que se levantó de un salto, con la cara roja por la
rabia. Pero no se movió hacia Minho; se quedó allí sacando pecho, agitándose por su respiración
entrecortada.
Al final, Gally se retiró medio a trompicones hacia la salida que había detrás de él. Sus ojos
recorrieron a toda prisa la sala, encendidos por el intenso odio. Thomas tenía la escalofriante
sensación de que Gally parecía alguien a punto de cometer un asesinato. Retrocedió hasta la puerta y
alargó la mano para agarrar el picaporte.
—Las cosas ahora son diferentes —dijo, y escupió al suelo—. No deberías haber hecho eso,
Minho. No deberías haberlo hecho —ahora su mirada de maniaco estaba fija en Newt—. Sé que me
odias, que siempre me has odiado. Deberían desterrarte por tu vergonzosa incapacidad para dirigir
este grupo. Eres una vergüenza, y todo el que se quede aquí no es mejor que tú. Las cosas van a
cambiar. Lo prometo.
A Thomas se le cayó el alma a los pies. ¡Como si las cosas no fueran ya lo bastante violentas!
Gally abrió la puerta de un tirón y salió al vestíbulo, pero, antes de que nadie pudiese reaccionar,
volvió a asomar la cabeza en la sala.
—Y tú —espetó, fulminando a Thomas con la mirada—, el judía verde que se cree que es un puto
dios, no te olvides de que te he visto antes, yo he pasado por el Cambio. Lo que estos tíos decidan no
va a misa —se calló para mirar a todos los presentes en la sala y, cuando su maliciosa mirada se
volvió a clavar en Thomas, dijo una última cosa—: Para lo que sea que hayas venido, te juro por mi
vida que voy a impedírtelo. Te mataré si hace falta.
Luego se dio la vuelta y abandonó la sala, cerrando de golpe la puerta a sus espaldas.
Capítulo 26
Thomas se quedó paralizado en la silla mientras las náuseas aumentaban en su estómago como una
plaga. Desde que había llegado al Claro, había pasado por todo tipo de emociones en un periodo de
tiempo muy corto. Miedo, soledad, desesperación, tristeza, incluso una pizca de alegría. Pero era
algo nuevo oír decir a alguien que te odiaba lo suficiente como para querer matarte.
«Gally está loco —se dijo a sí mismo—. Está completamente loco». Pero aquel pensamiento sólo
aumentaba sus preocupaciones. La gente loca era capaz de cualquier cosa.
Los miembros del consejo se quedaron de pie o sentados en silencio, por lo visto igual de
asombrados que Thomas por lo que acababan de ver. Al final, Newt y Winston soltaron a Minho y
los tres fueron de mal humor a sentarse a sus sillas.
—Se merecía la paliza —dijo Minho, casi entre susurros. Thomas no sabía si quería que los
demás le oyeran.
—Bueno, tú no eres precisamente el santo de la sala —replicó Newt—. ¿En qué estabas
pensando? Te has pasado un poco de la raya, ¿no crees?
Minho entrecerró los ojos y echó la cabeza atrás, como si estuviera desconcertado por la
pregunta de Newt.
—No me sueltes esa mierda. A todos os ha encantado ver a ese gilipullo recibiendo su merecido
y lo sabéis. Sólo era cuestión de tiempo que alguien le hiciera frente a su clonc.
—Está en el Consejo por un motivo —respondió Newt.
—¡Tío, ha amenazado con romperme el cuello y matar a Thomas! Ese chaval está hecho polvo
del tarro y será mejor que envíes a alguien ahora mismo para que lo encierre en el Trullo. Es
peligroso.
Thomas no pudo haber estado más de acuerdo y se vio otra vez a punto de romper la orden de
guardar silencio, pero se contuvo. No quería meterse en más problemas de los que ya tenía, pero no
sabía cuánto rato más iba a aguantar.
—Quizá tenía razón —dijo Winston en tono bajito.
—¿Qué? —exclamó Minho, reflejando exactamente lo que había pensado Thomas.
Winston pareció sorprendido de que los demás hubiesen oído sus palabras y recorrió la sala con
la vista antes de explicarse:
—Bueno…, él ha pasado por el Cambio. Un lacerador le picó en pleno día justo fuera de la
Puerta Oeste. Eso significa que tiene recuerdos, y ha dicho que el judía verde le resulta familiar. ¿Por
qué se iba a inventar eso?
Thomas pensó en el Cambio y en el hecho de que traía recuerdos. La idea no se le había ocurrido
antes, pero ¿merecería la pena dejarse picar por los laceradores y pasar por aquel horrible proceso
para recordar algo? Se imaginó a Ben retorciéndose en la cama y recordó los gritos de Alby. «Ni de
coña», pensó.
—Winston, ¿es que no has visto lo que acaba de pasar? —preguntó Fritanga, sin dar crédito—.
Gally está pirado. No puedes creerte esas divagaciones suyas. ¿Qué, crees que Thomas es un
lacerador disfrazado?
Fueran o no las normas del Consejo, Thomas ya había tenido bastante. No podía permanecer en
silencio ni un segundo más.
—¿Puedo hablar ya? —preguntó, y la frustración subió el volumen de su voz—. Estoy harto de
que habléis de mí como si yo no estuviera.
Newt le miró y asintió.
—Adelante. Esta maldita Reunión ya no puede estropearse más.
Thomas ordenó enseguida sus pensamientos para escoger las palabras adecuadas de entre el
remolino de frustración, confusión y enfado que había en su mente:
—No sé por qué Gally me odia. Me da igual. Se comporta como un psicótico conmigo. Y
respecto a quién soy de verdad, sabéis lo mismo que yo. Pero, si mal no recuerdo, estamos aquí por
lo que hice en el Laberinto, no porque un idiota crea que soy malo.
Alguien se rió por lo bajo y Thomas dejó de hablar, pues esperaba que ya le hubieran entendido.
Newt asintió; parecía contento.
—Bien. Acabemos esta Reunión y ya nos ocuparemos más tarde de Gally.
—No podemos votar sin que estén todos los miembros —insistió Winston—, a menos que estén
muy enfermos, como Alby.
—Por el amor de Dios, Winston —replicó Newt—. Yo diría que hoy Gally también está un
poquitín enfermo, así que continuaremos sin él. Thomas, defiéndete y luego votaremos qué debemos
hacer contigo.
Thomas se dio cuenta de que tenía las manos apretadas en puños sobre su regazo. Las relajó y se
secó el sudor de las palmas en sus pantalones. Entonces empezó, sin estar seguro de lo que iba a
decir antes de que las palabras salieran de su boca:
—No he hecho nada malo. Lo único que sé es que vi a dos personas esforzándose por meterse
dentro de estos muros y no pudieron conseguirlo. Ignorar aquello por una norma estúpida me pareció
egoísta, cobarde y…, bueno, una idiotez. Si me queréis mandar a la cárcel por intentar salvarle la
vida a alguien, adelante. La próxima vez, prometo señalarles con el dedo, reírme y luego irme a
comer la cena de Fritanga —Thomas no intentaba ser gracioso. Sólo le dejaba atónito que aquello
fuera motivo de discusión.
—Esta es mi sugerencia —dijo Newt—: como rompiste nuestra maldita Norma Número Uno,
pasarás un día en el Trullo. Ese es tu castigo. También recomiendo que te elijamos como corredor y
tendrá efecto en cuanto terminemos esta reunión. Has demostrado más en una noche que la mayoría de
aprendices en semanas. En cuanto a que seas el puñetero guardián, olvídalo —miró a Minho—. Gally
tenía razón en eso, es una idea estúpida.
Aquel comentario hirió los sentimientos de Thomas, aunque no pudo llevarle la contraria. Miró a
Minho para ver su reacción. El guardián no parecía sorprendido, pero protestó de todos modos:
—¿Por qué? Es el mejor que tenemos, te lo juro. El mejor debería ser el guardián.
—Muy bien —respondió Newt—. Si es cierto, haremos más tarde el cambio. Dale un mes para
que lo demuestre.
Minho se encogió de hombros.
—Bien.
Thomas suspiró aliviado. Todavía quería ser corredor, lo que le sorprendía, considerando lo que
acababa de pasar en el Laberinto; pero le parecía ridículo convertirse en el guardián ahora mismo.
Newt echó un vistazo a la sala.
—Vale, tenemos varias sugerencias, así que vamos a darles vueltas…
—Ay, venga ya —le interrumpió Fritanga—. Votemos. Yo voto por la tuya.
—Y yo —afirmó Minho.
Todos los demás coincidieron, lo que llenó a Thomas de alivio y de cierto orgullo. Winston fue
el único que no aceptó. Newt le miró.
—No nos hace falta tu voto, pero dinos qué te ronda la cabeza.
Winston miró a Thomas con recelo y, luego, volvió a centrarse en Newt.
—Por mí está bien, pero no deberíamos ignorar del todo lo que ha dicho Gally. No sé por qué,
pero no creo que se lo haya inventado. Además, es verdad que desde que Thomas llegó aquí todo se
ha fucado y ya no es como antes.
—Está bien —dijo Newt—. Todos reflexionaremos sobre eso y, quizá, cuando todo vaya bien y
estemos aburridos, podamos tener otra Reunión para hablarlo. ¿De acuerdo?
Winston asintió. Thomas se quejó por lo invisible que se había hecho:
—Me encanta cómo habláis de mí como si no estuviera aquí, tíos.
—Mira, Tommy —repuso Newt—, te acabamos de elegir como puñetero corredor. Deja de
lloriquear y sal de aquí. Minho tiene mucho que enseñarte.
Thomas no se había percatado hasta entonces. Iba a ser un corredor, iba a explorar el Laberinto.
A pesar de todo, sintió un escalofrío de entusiasmo; estaba seguro de que podía evitar quedar
atrapado allí fuera otra noche. Quizá aquella había sido su única y última vez de mala suerte.
—¿Y qué hay de mi castigo?
—Mañana —contestó Newt—. Desde el despertar hasta la puesta de sol.
«Un día —pensó Thomas—, no será tan malo».
La reunión se disolvió y todos, salvo Newt y Minho, abandonaron la sala a toda prisa. Newt no
se había movido de la silla, donde estaba sentado tomando notas.
—Bueno, qué tiempos aquellos —murmuró.
Minho se acercó y le dio a Thomas un puñetazo en broma en el brazo.
—Es todo culpa de este pingajo.
Thomas le devolvió el puñetazo.
—¿Guardián? ¿Quieres que sea el guardián? Estás mucho más loco que Gally.
Minho fingió una sonrisa maligna.
—Ha funcionado, ¿no? Apunta alto y da bajo. Ya me darás las gracias.
Thomas no pudo evitar sonreír ante la inteligente forma de actuar del guardián. Unos golpes en la
puerta abierta le llamaron la atención y se dio la vuelta para ver quién era. Chuck estaba allí; parecía
que le hubiera perseguido un lacerador. A Thomas le desapareció la sonrisa de la cara.
—¿Qué pasa? —preguntó Newt, y se levantó. El tono de su voz sólo aumentó la preocupación de
Thomas.
Chuck se retorcía las manos.
—Me envían los mediqueros.
—¿Por qué?
—Supongo que es porque Alby se está agitando como un loco y no para de decirles que necesita
hablar con alguien.
Newt se dirigió hacia la puerta, pero Chuck levantó la mano.
—Ummm… No quiere hablar contigo.
—¿Qué quieres decir?
Chuck señaló a Thomas.
—No deja de preguntar por él.
Capítulo 27
Por segunda vez en aquel día, Thomas se quedó mudo.
—Bueno, pues venga —le dijo Newt mientras le agarraba del brazo—. No creas que no voy a
acompañarte.
Thomas le siguió, con Chuck justo detrás, para dejar la sala del Consejo y pasar por el pasillo
hacia una estrecha escalera en espiral que no había advertido antes. Newt subió el primer escalón y
le lanzó una mirada fría a Chuck.
—Tú te quedas.
Por una vez, Chuck se limitó a asentir con la cabeza y no dijo nada. Thomas se imaginó que al
niño le ponía de los nervios el comportamiento de Alby.
—Tranqui —le dijo Thomas a Chuck mientras Newt subía las escaleras—, me acaban de elegir
corredor, así que, colega, ahora estás con un semental.
Intentaba hacer un chiste para negar que le aterraba ver a Alby. ¿Y si hacía las mismas
acusaciones que Ben? ¿O algo peor?
—Sí, claro —susurró Chuck, aturdido, con la vista clavada en los escalones de madera.
Thomas se encogió de hombros y comenzó a subir las escaleras. El sudor le cubría las palmas de
las manos y notó que una gota le caía por la sien. No quería ir allí arriba.
Newt, serio y adusto, esperaba a Thomas al final de las escaleras. Estaba al otro lado del largo y
oscuro pasillo tras las escaleras habituales, por las que había subido el primer día para ver a Ben.
Aquel recuerdo le puso nervioso. Esperaba que Alby ya estuviera curado de la terrible experiencia
para no tener que volver a presenciar algo como aquello: la piel y las venas asquerosas, las
sacudidas. Pero se temía lo peor y se preparó.
Siguió a Newt hasta la segunda puerta a la derecha y vio cómo el chico llamaba con unos
golpecitos; respondieron unos gemidos. Newt empujó la puerta para abrirla y el chirrido que emitió
de nuevo le trajo a Thomas a la memoria un vago recuerdo de su infancia de películas sobre casas
encantadas. Una vez más, ahí estaba, un pedacito de su pasado. Se acordaba de las películas, pero no
de las caras de los actores ni de con quién las había visto. Podía recordar los cines, pero no el
aspecto de uno en concreto. Era imposible explicar aquella sensación, incluso a sí mismo.
Newt había entrado en la habitación y estaba controlando que Thomas le siguiera. Al entrar, el
chico se preparó para el horror que quizá le esperaba. Pero, cuando alzó la vista, lo único que vio
fue un adolescente debilitado, tumbado en la cama, con los ojos cerrados.
—¿Está durmiendo? —susurró Thomas, intentando evitar la pregunta que de verdad le había
saltado a la mente: «No está muerto, ¿no?».
—No lo sé —dijo Newt en voz baja. Se acercó a la cama y se sentó en una silla de madera que
había allí cerca. Thomas se sentó al otro lado—. Alby —susurró, y luego repitió alzando la voz—:
Alby. Chuck ha dicho que querías hablar con Tommy.
Los ojos de Alby se abrieron con varios parpadeos; eran unos globos inyectados en sangre que
brillaron bajo la luz. Miró a Newt y luego a Thomas, al otro lado. Con un gemido, cambió de postura
y se sentó, con la espalda apoyada en la cabecera.
—Sí —farfulló con voz ronca.
—Chuck ha dicho que estabas agitándote y actuando como un loco —Newt se inclinó hacia
delante—. ¿Qué pasa? ¿Aún estás enfermo?
Las siguientes palabras de Alby salieron con un resuello, como si cada una de ellas le quitara una
semana de vida:
—Todo… va a cambiar… La chica…, Thomas… Los he visto —los párpados se le cerraron y,
luego, se le volvieron a abrir; se tumbó otra vez en la cama, con la vista clavada en el techo—. No
me siento muy bien.
—¿A qué te refieres con que viste…? —empezó a preguntar Newt.
—¡Yo quería hablar con Thomas! —chilló Alby, con una repentina explosión de energía que
Thomas no hubiera creído posible unos segundos antes—. ¡No he preguntado por ti, Newt! ¡Thomas!
¡He preguntado por el puto Thomas!
Newt miró a Thomas con las cejas arqueadas. Thomas se encogió de hombros, encontrándose mal
por momentos. ¿Para qué le quería Alby?
—Muy bien, fuco cascarrabias —contestó Newt—. Está ahí mismo, habla con él.
—Márchate —dijo Alby con los ojos cerrados, respirando con dificultad.
—Ni de coña. Quiero escuchar.
—Newt —hubo una pausa—. Márchate. Ya.
Thomas se sentía muy violento; estaba preocupado por lo que Newt estaba pensando y le aterraba
lo que Alby quisiera decirle.
—Pero… —protestó Newt.
—¡Largo! —Alby se sentó mientras gritaba y la voz se le puso ronca del esfuerzo. Enseguida, se
recostó en la cabecera otra vez—. ¡Largo de aquí!
La cara de Newt reflejó que había herido sus sentimientos y a Thomas le sorprendió no ver ni
rastro de enfado. Entonces, tras un largo y tenso momento, Newt se levantó de la silla y caminó hacia
la puerta para abrirla.
«¿En serio se va a marchar?», pensó Thomas.
—No esperes que te bese el culo cuando vengas a pedirme perdón —dijo, y luego salió al
pasillo.
—¡Cierra la puerta! —gritó Alby como insulto final.
Newt obedeció y la cerró de un portazo.
El corazón de Thomas empezó a latir a toda velocidad. Estaba a solas con un tipo que antes de
que le atacara un lacerador ya tenía mal genio y que, además, estaba pasando por el Cambio.
Esperaba que Alby dijera lo que quería y que aquello se acabara pronto. Hubo una larga pausa que
duró varios minutos y a Thomas le temblaron las manos por el miedo.
—Sé quién eres —dijo Alby al final, rompiendo el silencio.
Thomas no encontró palabras para contestarle. Lo intentó, pero no pudo más que farfullar algo
incoherente. Estaba muy confundido. Y asustado.
—Sé quién eres —repitió Alby despacio—. Lo he visto. Lo he visto todo. De dónde venimos y
quién eres. Quién es esa chica. Recuerdo el Destello.
«¿El Destello?».
Thomas se obligó a hablar:
—No sé de lo que estás hablando. ¿Qué has visto? Me encantaría saber quién soy.
—No te va a gustar —respondió Alby y, por primera desde que Newt se había ido, miró
directamente a Thomas. Sus ojos hundidos reflejaban pena y oscuridad—. Es horrible, ¿sabes? ¿Por
qué quieren esos fucos que recordemos? ¿Por qué no podemos vivir aquí y ser felices?
—Alby… —Thomas deseó echar un vistazo en la mente del chico para ver lo que había visto él
—. El Cambio —insistió—. ¿Qué ha pasado? ¿Qué has recordado? Estás diciendo cosas sin sentido.
—Tú… —dijo Alby, pero luego, de repente, se agarró la garganta y emitió unos sonidos como si
se estuviera ahogando. Empezó a dar patadas y se dio la vuelta sobre un costado, sacudiéndose
adelante y atrás, como si otra persona intentara estrangularle. Sacó la lengua y se la mordió una y otra
vez.
Thomas se levantó enseguida y retrocedió a trompicones, horrorizado. Alby se retorcía como si
estuviera teniendo un ataque mientras las piernas daban patadas en todas las direcciones. La oscura
piel de su cara, que se había puesto extrañamente pálida un minuto antes, se había vuelto morada y
los ojos se le salían de las órbitas de tal manera que parecían resplandecientes canicas blancas.
—¡Alby! —chilló Thomas, sin atreverse a agarrarlo—. ¡Newt! —gritó, ahuecando las manos
alrededor de la boca—. ¡Newt, entra!
La puerta se abrió de golpe antes de que terminara la última palabra. Newt corrió hasta Alby y le
cogió por los hombros, empujando con todo su cuerpo para inmovilizar al chico que se
convulsionaba en la cama.
—¡Cógele las piernas!
Thomas avanzó, pero las piernas de Alby seguían dando patadas y se sacudían, haciendo
imposible acercarse. Un pie alcanzó la mandíbula de Thomas y una punzada de dolor le atravesó
todo el cráneo. Volvió a retroceder a trompicones, frotándose donde le dolía.
—¡Hazlo de una maldita vez! —aulló Newt.
Thomas se armó de valor y saltó encima del cuerpo de Alby para agarrarle las dos piernas e
inmovilizarle en la cama. Rodeó con los brazos los muslos del chico y apretó mientras Newt ponía
una rodilla sobre los hombros de Alby para luego cogerle las manos, que aún seguían estrangulando
su propio cuello.
—¡Suelta! —gritó Newt mientras tiraba—. ¡Te estás matando, foder!
Thomas vio los músculos de los brazos flexionados de Newt y las venas que sobresalían mientras
tiraba de las manos de Alby, hasta que, al final, centímetro a centímetro, fue capaz de separarlas de
su cuello. Empujó con fuerza sobre el pecho del chico, que se resistía. Todo el cuerpo de Alby se
sacudió un par de veces y su tronco se separó de la cama. Luego, poco a poco, se fue calmando y,
unos segundos más tarde, estaba tumbado quieto y su respiración se iba igualando; tenía los ojos
vidriosos.
Thomas sujetaba con fuerza las piernas de Alby por temor a moverse y que el chico estallara de
nuevo. Newt esperó un minuto entero antes de soltar lentamente las manos de Alby. Luego pasó otro
minuto hasta que le quitó la rodilla del pecho y se levantó. Thomas se tomó aquello como una señal y
él hizo lo mismo, con la esperanza de que el ataque hubiera terminado de verdad.
Alby alzó la vista, con los párpados caídos, como si estuviera a punto de entrar en un profundo
sueño.
—Perdona, Newt —susurró—. No sé qué ha pasado. Era como… si algo controlase mi cuerpo.
Lo siento…
Thomas respiró hondo, seguro de que no volvería a vivir algo tan perturbador e incómodo. O, al
menos, eso esperaba.
—Ni perdón ni nada —respondió Newt—. Estabas intentando matarte, foder.
—No era yo, te lo juro —murmuró Alby.
Newt alzó las manos.
—¿Qué quieres decir con que no eras tú? —preguntó.
—No lo sé. No… no era yo —Alby parecía tan confundido como Thomas se sentía.
Pero Newt parecía pensar que no merecía la pena intentar averiguarlo. Al menos, en aquel
momento. Cogió las mantas que se habían caído de la cama mientras Alby se movía y las colocó
sobre el chico enfermo.
—Ponte a dormir y ya hablaremos de esto más tarde —le dio unas palmaditas en la cabeza y,
luego, añadió—: Estás hecho un lío, pingajo.
Pero Alby ya estaba quedándose dormido y asintió ligeramente mientras los ojos se le cerraban.
Newt atrajo la mirada de Thomas e hizo un gesto hacia la puerta. Thomas no tenía ningún problema
en salir de aquella locura de casa. Salió con Newt al pasillo y, justo cuando atravesaban el umbral
de la puerta, Alby farfulló algo desde la cama.
Ambos se pararon en seco.
—¿Qué? —preguntó Newt.
Alby abrió los ojos un instante y repitió un poco más alto lo que había dicho:
—Tened cuidado con la chica —y cerró los ojos.
Allí estaba otra vez, la chica. No sabía por qué las cosas siempre llevaban a la chica. Newt lanzó
a Thomas una mirada inquisitiva, pero él sólo pudo contestarle encogiéndose de hombros. No tenía ni
idea de lo que estaba pasando.
—Vamos —susurró Newt.
—¿Newt? —dijo Alby otra vez desde la cama, sin molestarse en abrir los ojos.
—¿Sí?
—Protege los mapas —se dio la vuelta y su espalda les insinuó que había terminado de hablar.
Thomas no pensó que aquello hubiera sonado muy bien. Nada bien. Newt y él salieron de la
habitación y cerraron la puerta sin hacer ruido

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