23-24
Capítulo 23
Thomas estuvo mucho tiempo pensando en Alby. Le parecía una victoria haberle salvado la vida,
traerle de vuelta después de una noche en el Laberinto. Pero ¿había valido la pena? Ahora el chico
estaba padeciendo un intenso dolor, estaba pasando por lo mismo que Ben. ¿Y si se convertía en un
psicótico como Ben? Veía problemas por todas partes.
El ocaso cayó sobre el Claro y los gritos de Alby continuaban en el aire. Era imposible escapar
de aquel terrible sonido, incluso después de que Thomas al final hablara con los mediqueros para
que le soltaran; estaba cansado, dolorido y vendado, pero harto de los desgarradores gemidos de
angustia de su líder. Newt se había negado rotundamente cuando Thomas había pedido ver en
persona a aquel por el que había arriesgado la vida.
«Sólo empeorará las cosas», había dicho, y no había cambiado de opinión.
Thomas estaba demasiado agotado para ponerse a pelear. No tenía ni idea de que pudiera
sentirse tan exhausto, a pesar de todas las horas que había dormido. Le dolía demasiado el cuerpo
para hacer nada y se había pasado todo el día en un banco de los alrededores de los Muertos,
regodeándose en la desesperación. La euforia de su huida se había desvanecido enseguida y le había
dejado lleno de dolor y pensamientos de su nueva vida en el Claro. Le dolían todos los músculos,
estaba cubierto de cortes y cardenales de la cabeza a los pies. Pero ni siquiera eso era tan malo como
el gran peso emocional de lo que había experimentado la noche anterior. Era como si la realidad de
vivir allí por fin hubiese calado en su mente, como cuando se oye el diagnóstico de un cáncer
terminal.
«¿Cómo se podía ser feliz con una vida como aquella? —pensó—. ¿Cómo alguien podía ser tan
malvado para hacer una cosa así?».
Entendía más que nunca la pasión con la que los clarianos buscaban la salida del Laberinto. No
era sólo cuestión de escapar. Por primera vez, sintió ganas de vengarse de los responsables de
enviarle allí.
Pero aquellos pensamientos sólo le llevaban a la desesperanza que le había inundado ya tantas
veces. Si Newt y los demás no habían sido capaces de resolver el Laberinto en dos años de
búsqueda, le parecía imposible que hubiese una solución. El hecho de que los clarianos no se
hubieran rendido decía más de aquellas personas que cualquier otra cosa. Y ahora él era uno de
ellos.
«Esta es mi vida —pensó—. Vivo en un laberinto gigante, rodeado de unas bestias horribles».
La tristeza le invadió como un fuerte veneno. Los gritos de Alby, ahora distantes pero aún
audibles, sólo lo empeoraban. Tenía que taparse los oídos con las manos cada vez que los
escuchaba.
Al final, el día se terminó y la puesta de sol trajo el familiar chirrido de las cuatro puertas al
cerrarse durante la noche. Thomas no tenía recuerdos sobre su vida antes de la Caja, pero sabía que
habían acabado las peores veinticuatro horas de su existencia.
Justo después de que oscureciera, Chuck le llevó algo de cena y un gran vaso de agua fría.
—Gracias —dijo Thomas, y sintió una oleada de cariño por el muchacho. Sacó del plato con la
cuchara la ternera y los fideos tan deprisa que los brazos le dolieron al moverse—. Lo necesitaba de
verdad —masculló mientras daba un buen bocado. Bebió un gran sorbo de agua y luego volvió a
atacar la comida. No se había dado cuenta de lo hambriento que estaba hasta que empezó a comer.
—Eres asqueroso cuando comes —contestó Chuck, sentado en el banco a su lado—. Es como ver
un cerdo muerto de hambre comiéndose su propia clonc.
—Qué gracioso —replicó Thomas con un tono de voz sarcástico—. Deberías ir a entretener a los
laceradores, a ver si les haces reír.
Thomas se sintió mal al ver por un instante en el rostro de Chuck que le había herido, pero aquel
sentimiento desapareció tan rápido como había aparecido.
—Eso me recuerda que eres la comidilla del pueblo.
Thomas se enderezó, sin estar muy seguro de cómo le sentaba aquella noticia.
—¿Y qué se supone que significa eso?
—Vaya, déjame pensar. Primero, sales al Laberinto cuando se supone que no tienes que hacerlo
por la noche. Luego, te conviertes en una especie de tío raro de la jungla que trepa por enredaderas y
ata a gente por las paredes. Después, eres una de las primeras personas en sobrevivir una noche
entera fuera del Claro, y para colmo matas cuatro laceradores. ¿No puedes imaginarte de qué están
hablando esos pingajos?
Una oleada de orgullo invadió el cuerpo de Thomas y luego se esfumó. Se puso enfermo por la
felicidad que acababa de sentir. Alby todavía estaba en cama, gritando con todas sus fuerzas,
posiblemente deseando la muerte.
—Fue idea de Minho engañarles para que fuesen hacia el Precipicio, no mía.
—No, según él. Te vio hacer eso de esperar y moverte rápido, y entonces fue cuando se le
ocurrió repetir lo mismo en el Precipicio.
—¿Esperar y moverme rápido? —preguntó Thomas, poniendo los ojos en blanco—. Cualquier
idiota del mundo lo hubiera hecho.
—No te hagas el modesto con nosotros, lo que hiciste es una pasada. Lo que hicisteis los dos, tú
y Minho.
Thomas tiró el plato vacío al suelo, enfadado de repente.
—Entonces, ¿por qué me siento como una mierda, Chuck? ¿Me quieres responder a eso?
Thomas buscó en la cara de Chuck una respuesta, pero, por la pinta que tenía, no se la podía dar.
El niño se quedó allí sentado con las manos juntas mientras se echaba hacia delante sobre sus
rodillas, con la cabeza inclinada. Al final, murmuró bajito:
—Por la misma razón por la que todos nos sentimos como una mierda.
Se quedaron en silencio hasta que, unos minutos más tarde, Newt se acercó con aspecto de ser la
muerte andante. Se sentó en el suelo delante de ellos, tan triste y preocupado como cualquiera
pudiera estar. Aun así, Thomas se alegró de tenerle allí.
—Creo que la peor parte ha pasado —dijo Newt—. El hijo de puta estará durmiendo un par de
días y luego se despertará bien. Quizá dé algún grito de vez en cuando.
Thomas no podía imaginarse lo terrible que era aquella experiencia, pero todo el proceso del
Cambio todavía era un misterio para él. Se volvió hacia el chico mayor, intentando hacer todo lo
posible para parecer despreocupado.
—Newt, ¿qué es lo que pasa ahí arriba? En serio, no entiendo de qué va eso del Cambio.
La reacción de Newt sobresaltó a Thomas:
—¿Y crees que nosotros sí? —le soltó, con los brazos alzados, y luego, al bajarlos, se golpeó las
rodillas—. Lo único que sabemos es que los malditos laceradores te pican con sus asquerosas agujas
y, si no te inyectan el Suero de la Laceración, te mueres. Si te ponen el Suero, tu cuerpo se vuelve
loco y se sacude, tu piel bulle, se pone de un color verde muy raro, y te vomitas encima. ¿Esa
explicación te basta, Tommy?
Thomas frunció el entrecejo. No quería alterar a Newt más de lo que ya estaba, pero necesitaba
respuestas.
—Oye, sé que es una mierda ver a tu amigo pasar por eso, pero quiero saber lo que de verdad
está pasando ahí arriba. ¿Por qué lo llamáis el Cambio?
Newt se relajó, hasta pareció encoger, y suspiró.
—Te trae recuerdos. Sólo fragmentos aislados, pero seguro que son recuerdos de antes de venir a
este horrible lugar. Todos los que pasan por eso se vuelven unos malditos psicóticos cuando acaba,
aunque no suelen ponerse tan mal como el pobre Ben. De todos modos, es como si te devolviesen tu
antigua vida sólo para arrebatártela de nuevo.
La mente de Thomas daba vueltas a toda velocidad.
—¿Estás seguro? —preguntó.
Newt parecía confundido.
—¿Qué quieres decir? ¿Si estoy seguro sobre qué?
—¿Cambian porque quieren volver a su antigua vida o es porque están abatidos al darse cuenta
de que su otra vida no era mejor que la que tenemos ahora?
Newt se le quedó mirando un segundo y luego apartó la vista, por lo visto reflexionando.
—Los pingajos que lo han experimentado luego nunca hablan de eso. Se vuelven… diferentes.
Desagradables. Hay un puñado por el Claro, pero no soporto estar con ellos —su voz era distante y
sus ojos se habían desviado hacia cierto punto perdido en el bosque. Thomas sabía que estaba
pensando en que Alby ya nunca volvería a ser el mismo.
—Dímelo a mí —metió baza Chuck—. Gally es el peor de todos.
—¿Se sabe algo nuevo de la chica? —preguntó Thomas, cambiando de tema. No estaba de humor
para hablar de Gally. Además, seguía pensando en ella—. He visto a los mediqueros dándole de
comer arriba.
—No —contestó Newt—. Sigue en el puñetero coma o lo que sea eso. De vez en cuando, farfulla
algo, cosas sin sentido, como si estuviese soñando. Come, parece seguir bien. Es todo muy raro.
A continuación hubo una larga pausa, como si los tres trataran de encontrar una explicación a lo
de la chica. Thomas se preguntó otra vez por qué sentía aquella inexplicable conexión con ella. Se
había debilitado un poco, pero eso podría deberse a todo lo demás que ocupaba su cabeza.
Finalmente, Newt rompió el silencio:
—Bueno, lo siguiente es ver qué hacemos con Tommy.
Thomas se espabiló al oír aquello, confundido por la afirmación.
—¿Hacer conmigo? ¿De qué estás hablando?
Newt se levantó y estiró los brazos.
—Has puesto este sitio patas arriba, maldito pingajo. La mitad de los clarianos cree que eres
Dios y la otra mitad quiere tirar tu culo por el agujero de la Caja. Hay mucho de que hablar.
—¿Como qué? —Thomas no sabía qué era más inquietante, que la gente pensara que era una
especie de héroe o que algunos desearan que no existiera.
—Paciencia —respondió Newt—. Lo averiguarás cuando te despiertes.
—¿Mañana? ¿Por qué? —a Thomas no le gustaba cómo sonaba aquello.
—He convocado una Reunión. Y tú estarás allí. Eres la única puñetera cosa en el orden del día.
Y, al decir aquello, se dio la vuelta y se marchó, dejando a Thomas con la pregunta de por qué
hacía falta una Reunión para hablar sólo de él.
Capítulo 24
A la mañana siguiente, Thomas se encontró sentado en una silla, ansioso y preocupado, sudando,
enfrente de once chicos que descansaban en unos asientos colocados en semicírculo a su alrededor.
En cuanto se calmó, se dio cuenta de que eran los guardianes y, para su disgusto, aquello significaba
que Gally era uno de ellos. Había una silla justo enfrente de Thomas que estaba vacía; no hacía falta
que le dijeran que se trataba de la de Alby.
Estaban sentados en una gran sala de la Hacienda en la que Thomas no había estado antes. Aparte
de las sillas, no había más muebles, salvo una mesita en un rincón. Las paredes eran de madera, igual
que el suelo, y por lo visto nadie se había molestado en hacer que aquel sitio fuera más acogedor. No
había ventanas; la habitación olía a moho y a libros viejos. Thomas no tenía frío, pero tembló de
todos modos. Al menos se sentía aliviado porque Newt estaba allí, sentado a la derecha del asiento
vacío de Alby.
—En representación de nuestro líder, que está enfermo en la cama, declaro comenzada esta
Reunión —anunció poniendo los ojos en blanco sutilmente, como si odiara cualquier cosa que se
acercara a las formalidades—. Como todos sabéis, los últimos días han sido una maldita locura, y la
mayor parte se ha centrado en nuestro judía verde, Tommy, sentado ante nosotros.
Thomas se sonrojó de vergüenza.
—Ya no es un judía verde —repuso Gally con su voz ronca, tan grave y cruel que casi resultaba
cómica—. Ahora tan sólo es alguien que ha roto las normas.
Aquello dio pie a un alboroto de murmullos y susurros, pero Newt les hizo callar. De pronto,
Thomas quiso estar lo más lejos posible de aquella sala.
—Gally —dijo Newt—, intenta guardar el puñetero orden. Si vas a abrir tu fuca boca cada vez
que diga algo, más vale que te pires, porque no estoy de muy buen humor.
A Thomas le entraron ganas de aplaudir al oír aquello. Gally se cruzó de brazos y se recostó en
la silla, con el entrecejo fruncido de forma tan forzada que Thomas casi soltó una carcajada. Cada
vez le costaba más creer que aquel tipo le hubiera aterrorizado hacía tan sólo un día; ahora le parecía
tonto, hasta patético.
Newt le lanzó una mirada asesina a Gally y, después, continuó hablando:
—Me alegro de que lo hayamos aclarado —volvió a poner los ojos en blanco—. El motivo por
el que estamos aquí es porque casi todos los chicos del Claro han venido a mí los últimos días tanto
para quejarse de Thomas como para pedirme su puñetera mano en matrimonio. Tenemos que decidir
qué vamos a hacer con él.
Gally se inclinó hacia delante, pero Newt le interrumpió antes de que pudiese decir nada:
—Ya te llegará el turno, Gally. Cada cosa a su tiempo. Y Tommy, no puedes decir nada hasta que
no se te pregunte. ¿Te parece bien? —esperó a que Thomas asintiera para dar su consentimiento, que
fue a regañadientes, y señaló al chico sentado en el extremo derecho—. Zart, al azar, puedes
empezar.
Se oyeron unas risitas cuando Zart, el grandullón callado que vigilaba los Huertos, cambió de
postura en su asiento. Miró a Thomas como si fuera más raro que una zanahoria en una tomatera.
—Bueno —empezó a decir Zart, mirando a su alrededor como si esperara que alguien le dijera lo
que tenía que decir—, no sé. Ha roto una de nuestras normas más importantes. No podemos dejar que
la gente piense que eso está bien —hizo una pausa, bajó la vista hacia sus manos y se frotó los ojos
—. Pero él… está cambiando cosas. Ahora sabemos que podemos sobrevivir ahí fuera y vencer a los
laceradores.
El alivio inundó a Thomas. Tenía a alguien más de su lado. Se hizo la promesa de ser muy
simpático con Zart.
—¡Ah, no me fastidies! —soltó Gally—. Me apuesto lo que sea a que fue Minho el que se
deshizo de esas estúpidas cosas.
—¡Gally, cierra el pico! —gritó Newt, que se puso de pie esta vez para darle más efecto;
Thomas volvió a tener ganas de aplaudir—. Ahora mismo yo soy el maldito presidente y, como oiga
otra puñetera palabra salir de tu boca cuando no te toca hablar, prepararé otro destierro para ti,
infeliz.
—Por favor —susurró Gally con sarcasmo y volvió a fruncir el ceño de forma ridícula mientras
se repantigaba de nuevo en su silla.
Newt se sentó y le hizo un gesto a Zart.
—¿Eso es todo? ¿Alguna recomendación oficial?
Zart negó con la cabeza.
—Vale. El siguiente, Fritanga.
El cocinero sonrió a través de su barba y se sentó más recto.
—El pingajo tiene más huevos de los que he frito en el último año —hizo una pausa como si
esperara que los demás se rieran, pero nadie lo hizo—. ¡Esto es una tontería! Le salva la vida a Alby,
mata un par de laceradores y estamos aquí sentados dándole a la lengua para ver qué hacemos con él.
Como diría Chuck, esto es un montón de clonc.
Thomas quiso acercarse a Fritanga para estrecharle la mano. Había dicho exactamente lo mismo
que él pensaba sobre todo aquello.
—¿Y qué es lo que sugieres? —preguntó Newt.
Fritanga se cruzó de brazos.
—Mételo en el maldito Consejo y haz que nos enseñe todo lo que hizo ahí fuera.
Las voces estallaron en todas las direcciones y Newt tardó medio minuto en calmar a la gente.
Thomas hizo un gesto de dolor.
Fritanga había ido demasiado lejos con su sugerencia y casi había invalidado su buena opinión
sobre todo aquel lío.
—Muy bien, anotado —dijo Newt mientras la escribía en un bloc—. ¡Que todo el mundo se
calle, va en serio! Conocéis las reglas: se aceptan todas las ideas y todos podréis decir lo que
pensáis cuando votemos —terminó de escribir y señaló al tercer miembro del Consejo, un muchacho
al que Thomas no había conocido todavía, con el pelo negro y la cara pecosa.
—Yo no tengo una opinión —declaró este.
—¿Qué? —preguntó Newt, enfadado—. Pues menuda elección hicimos contigo para el Consejo,
entonces.
—Lo siento, de verdad que no la tengo —se encogió de hombros—. Si tengo que decir algo,
supongo que estoy de acuerdo con Fritanga. ¿Por qué vamos a castigar a un chico por haberle salvado
la vida a alguien?
—Entonces, sí que tienes una opinión, ¿no? —insistió Newt con el lápiz en la mano.
El muchacho asintió y Newt lo apuntó en su libreta. Thomas cada vez estaba más aliviado.
Parecía que la mayoría de los guardianes estaba a su favor, no en su contra. Aun así, lo estaba
pasando muy mal ahí sentado. Tenía unas ganas terribles de hablar, pero se esforzó por seguir las
órdenes de Newt y permaneció callado.
El siguiente era Winston, el chico lleno de acné, el guardián de la Casa de la Sangre.
—Creo que deberíamos castigarlo. No te ofendas, verducho, pero Newt, tú siempre estás
insistiendo en que tiene que haber orden. Si no le castigamos, daremos mal ejemplo. Ha roto la
Norma Número Uno.
—Vale —dijo Newt, escribiendo en su bloc—. Entonces, tu sugerencia es el castigo. ¿De qué
tipo?
—Creo que deberíamos meterlo en el Trullo durante una semana a pan y agua, y nos tenemos que
asegurar de que todo el mundo se entere para que no se le ocurran ideas.
Gally aplaudió y recibió una mirada asesina de Newt. A Thomas se le cayó el alma a los pies.
Dos guardianes más hablaron, uno a favor de Fritanga y el otro a favor de Winston. Ahora le tocaba a
Newt.
—Estoy de acuerdo con todos vosotros. Deberíamos castigarlo, pero también tenemos que
encontrar un modo de utilizarlo. Me reservo mi sugerencia hasta oír la de todos vosotros. Siguiente.
Thomas soportaba toda aquella charla sobre un castigo menos aún que mantener la boca cerrada.
Pero, en el fondo, no podía llevarles la contraria. Por raro que pareciese después de lo que había
conseguido, era cierto que había roto la regla más importante.
Siguieron recorriendo la fila. Algunos pensaban que debían elogiarlo y otros que tenían que
castigarlo. O las dos cosas. Thomas apenas podía seguir escuchando mientras esperaba los
comentarios de los dos últimos guardianes, Gally y Minho. El último no había dicho ni una palabra
desde que Thomas había entrado en la sala; estaba allí sentado, tirado en la silla, como si llevara una
semana sin dormir.
Gally habló primero:
—Creo que ya he dejado bien clara mi opinión.
«Genial —pensó Thomas—. Pues sigue con el pico cerrado».
—Bien —dijo Newt, y volvió a poner los ojos en blanco—. Entonces, sigue tú, Minho.
—¡No! —chilló Gally, haciendo saltar en sus asientos a un par de guardianes—. Quiero decir
algo.
—Pues dilo de una puñetera vez —respondió Newt.
Thomas se sintió un poco mejor al ver que el presidente del Consejo despreciaba a Gally casi
tanto como él mismo. Aunque Thomas ya no le tenía miedo, todavía odiaba a aquel tío hasta la
médula.
—Pensadlo —empezó Gally—. Este gilipullo aparece en la Caja, haciéndose el confundido y el
asustado. Unos días más tarde, está corriendo por el Laberinto con los laceradores, como si fuera el
dueño de este sitio.
Thomas se hundió en la silla y esperó que los demás no hubieran pensado nada de eso. Gally
continuó despotricando:
—Creo que todo ha sido un numerito. ¿Cómo ha podido hacer todo lo que ha hecho ahí fuera
después de tan pocos días? No me lo trago.
—¿Qué intentas decir, Gally? —preguntó Newt—. ¿Por qué no lo dices claro de una maldita vez?
—Creo que es un espía de la gente que nos puso aquí.
Otro tumulto explotó en la sala y Thomas no pudo hacer nada más que sacudir la cabeza; no se le
ocurría de dónde sacaba Gally esas ideas. Por fin, Newt calmó a todos de nuevo, pero Gally no había
acabado:
—No podemos confiar en este pingajo —continuó—. Al día siguiente de que apareciera, viene
una chica psicópata y suelta que las cosas van a cambiar, con esa nota tan rara agarrada en la mano.
Encontramos un lacerador muerto. Thomas, convenientemente, pasa una noche en el Laberinto y luego
trata de convencer a todo el mundo de que es un héroe. Pero ni Minho ni nadie le vio hacer lo de las
enredaderas. ¿Cómo sabemos que fue el verducho el que ató a Alby allí arriba?
Gally hizo una pausa. Nadie dijo ni una palabra durante varios segundos y el pánico creció en el
pecho de Thomas. ¿En serio creían lo que Gally acababa de decir? Estaba ansioso por defenderse y
casi rompió el silencio por primera vez, pero, antes de que pudiera hablar, Gally siguió con su
discurso:
—Están pasando demasiadas cosas extrañas y todo empezó cuando este verducho cara fuco
apareció. Y da la casualidad de que ha sido la primera persona en sobrevivir una noche en el
Laberinto. Algo no va bien y, hasta que lo averigüemos, recomiendo oficialmente que lo encerremos
en el Trullo durante un mes y luego volvamos a revisar su caso.
Se alzó otro alboroto y Newt escribió algo en su libreta, negando con la cabeza todo el tiempo, lo
que infundió a Thomas un poco de esperanza.
—¿Has terminado, capitán Gally? —preguntó Newt.
—Deja de ser tan sabihondo, Newt —soltó con la cara roja—. Lo digo muy en serio. ¿Cómo
podemos confiar en este pingajo en menos de una semana? No rechaces mi propuesta sin ni siquiera
pensar en lo que estoy diciendo.
Por primera vez, Thomas sintió un poco de empatía por Gally. Tenía razón sobre cómo le estaba
tratando Newt. Al fin y al cabo, Gally era un guardián. «Pero aún le odio», pensó.
—Muy bien, Gally —dijo Newt—. Lo siento. Te he escuchado y todos tendremos en
consideración tu maldita sugerencia. ¿Has acabado?
—Sí, he acabado. Y tengo razón.
Sin más palabras por parte de Gally, Newt señaló a Minho.
—Adelante. Eres el último, pero no el menos importante.
Thomas estaba eufórico de que por fin le tocara a Minho, seguro de que este le defendería hasta
el final. Minho se levantó enseguida y cogió a todo el mundo desprevenido.
—Yo estuve allí fuera y vi lo que este tío hizo. Él se mantuvo fuerte mientras yo actuaba como un
gallina con medias. No hablaré como una cotorra como ha hecho Gally. Quiero decir mi sugerencia y
acabar con esto de una vez.
Thomas aguantó la respiración, preguntándose qué diría.
—Bien —convino Newt—. Dínosla, entonces. Minho miró a Thomas.
—Propongo que este pingajo me sustituya como guardián de los corredores
Thomas estuvo mucho tiempo pensando en Alby. Le parecía una victoria haberle salvado la vida,
traerle de vuelta después de una noche en el Laberinto. Pero ¿había valido la pena? Ahora el chico
estaba padeciendo un intenso dolor, estaba pasando por lo mismo que Ben. ¿Y si se convertía en un
psicótico como Ben? Veía problemas por todas partes.
El ocaso cayó sobre el Claro y los gritos de Alby continuaban en el aire. Era imposible escapar
de aquel terrible sonido, incluso después de que Thomas al final hablara con los mediqueros para
que le soltaran; estaba cansado, dolorido y vendado, pero harto de los desgarradores gemidos de
angustia de su líder. Newt se había negado rotundamente cuando Thomas había pedido ver en
persona a aquel por el que había arriesgado la vida.
«Sólo empeorará las cosas», había dicho, y no había cambiado de opinión.
Thomas estaba demasiado agotado para ponerse a pelear. No tenía ni idea de que pudiera
sentirse tan exhausto, a pesar de todas las horas que había dormido. Le dolía demasiado el cuerpo
para hacer nada y se había pasado todo el día en un banco de los alrededores de los Muertos,
regodeándose en la desesperación. La euforia de su huida se había desvanecido enseguida y le había
dejado lleno de dolor y pensamientos de su nueva vida en el Claro. Le dolían todos los músculos,
estaba cubierto de cortes y cardenales de la cabeza a los pies. Pero ni siquiera eso era tan malo como
el gran peso emocional de lo que había experimentado la noche anterior. Era como si la realidad de
vivir allí por fin hubiese calado en su mente, como cuando se oye el diagnóstico de un cáncer
terminal.
«¿Cómo se podía ser feliz con una vida como aquella? —pensó—. ¿Cómo alguien podía ser tan
malvado para hacer una cosa así?».
Entendía más que nunca la pasión con la que los clarianos buscaban la salida del Laberinto. No
era sólo cuestión de escapar. Por primera vez, sintió ganas de vengarse de los responsables de
enviarle allí.
Pero aquellos pensamientos sólo le llevaban a la desesperanza que le había inundado ya tantas
veces. Si Newt y los demás no habían sido capaces de resolver el Laberinto en dos años de
búsqueda, le parecía imposible que hubiese una solución. El hecho de que los clarianos no se
hubieran rendido decía más de aquellas personas que cualquier otra cosa. Y ahora él era uno de
ellos.
«Esta es mi vida —pensó—. Vivo en un laberinto gigante, rodeado de unas bestias horribles».
La tristeza le invadió como un fuerte veneno. Los gritos de Alby, ahora distantes pero aún
audibles, sólo lo empeoraban. Tenía que taparse los oídos con las manos cada vez que los
escuchaba.
Al final, el día se terminó y la puesta de sol trajo el familiar chirrido de las cuatro puertas al
cerrarse durante la noche. Thomas no tenía recuerdos sobre su vida antes de la Caja, pero sabía que
habían acabado las peores veinticuatro horas de su existencia.
Justo después de que oscureciera, Chuck le llevó algo de cena y un gran vaso de agua fría.
—Gracias —dijo Thomas, y sintió una oleada de cariño por el muchacho. Sacó del plato con la
cuchara la ternera y los fideos tan deprisa que los brazos le dolieron al moverse—. Lo necesitaba de
verdad —masculló mientras daba un buen bocado. Bebió un gran sorbo de agua y luego volvió a
atacar la comida. No se había dado cuenta de lo hambriento que estaba hasta que empezó a comer.
—Eres asqueroso cuando comes —contestó Chuck, sentado en el banco a su lado—. Es como ver
un cerdo muerto de hambre comiéndose su propia clonc.
—Qué gracioso —replicó Thomas con un tono de voz sarcástico—. Deberías ir a entretener a los
laceradores, a ver si les haces reír.
Thomas se sintió mal al ver por un instante en el rostro de Chuck que le había herido, pero aquel
sentimiento desapareció tan rápido como había aparecido.
—Eso me recuerda que eres la comidilla del pueblo.
Thomas se enderezó, sin estar muy seguro de cómo le sentaba aquella noticia.
—¿Y qué se supone que significa eso?
—Vaya, déjame pensar. Primero, sales al Laberinto cuando se supone que no tienes que hacerlo
por la noche. Luego, te conviertes en una especie de tío raro de la jungla que trepa por enredaderas y
ata a gente por las paredes. Después, eres una de las primeras personas en sobrevivir una noche
entera fuera del Claro, y para colmo matas cuatro laceradores. ¿No puedes imaginarte de qué están
hablando esos pingajos?
Una oleada de orgullo invadió el cuerpo de Thomas y luego se esfumó. Se puso enfermo por la
felicidad que acababa de sentir. Alby todavía estaba en cama, gritando con todas sus fuerzas,
posiblemente deseando la muerte.
—Fue idea de Minho engañarles para que fuesen hacia el Precipicio, no mía.
—No, según él. Te vio hacer eso de esperar y moverte rápido, y entonces fue cuando se le
ocurrió repetir lo mismo en el Precipicio.
—¿Esperar y moverme rápido? —preguntó Thomas, poniendo los ojos en blanco—. Cualquier
idiota del mundo lo hubiera hecho.
—No te hagas el modesto con nosotros, lo que hiciste es una pasada. Lo que hicisteis los dos, tú
y Minho.
Thomas tiró el plato vacío al suelo, enfadado de repente.
—Entonces, ¿por qué me siento como una mierda, Chuck? ¿Me quieres responder a eso?
Thomas buscó en la cara de Chuck una respuesta, pero, por la pinta que tenía, no se la podía dar.
El niño se quedó allí sentado con las manos juntas mientras se echaba hacia delante sobre sus
rodillas, con la cabeza inclinada. Al final, murmuró bajito:
—Por la misma razón por la que todos nos sentimos como una mierda.
Se quedaron en silencio hasta que, unos minutos más tarde, Newt se acercó con aspecto de ser la
muerte andante. Se sentó en el suelo delante de ellos, tan triste y preocupado como cualquiera
pudiera estar. Aun así, Thomas se alegró de tenerle allí.
—Creo que la peor parte ha pasado —dijo Newt—. El hijo de puta estará durmiendo un par de
días y luego se despertará bien. Quizá dé algún grito de vez en cuando.
Thomas no podía imaginarse lo terrible que era aquella experiencia, pero todo el proceso del
Cambio todavía era un misterio para él. Se volvió hacia el chico mayor, intentando hacer todo lo
posible para parecer despreocupado.
—Newt, ¿qué es lo que pasa ahí arriba? En serio, no entiendo de qué va eso del Cambio.
La reacción de Newt sobresaltó a Thomas:
—¿Y crees que nosotros sí? —le soltó, con los brazos alzados, y luego, al bajarlos, se golpeó las
rodillas—. Lo único que sabemos es que los malditos laceradores te pican con sus asquerosas agujas
y, si no te inyectan el Suero de la Laceración, te mueres. Si te ponen el Suero, tu cuerpo se vuelve
loco y se sacude, tu piel bulle, se pone de un color verde muy raro, y te vomitas encima. ¿Esa
explicación te basta, Tommy?
Thomas frunció el entrecejo. No quería alterar a Newt más de lo que ya estaba, pero necesitaba
respuestas.
—Oye, sé que es una mierda ver a tu amigo pasar por eso, pero quiero saber lo que de verdad
está pasando ahí arriba. ¿Por qué lo llamáis el Cambio?
Newt se relajó, hasta pareció encoger, y suspiró.
—Te trae recuerdos. Sólo fragmentos aislados, pero seguro que son recuerdos de antes de venir a
este horrible lugar. Todos los que pasan por eso se vuelven unos malditos psicóticos cuando acaba,
aunque no suelen ponerse tan mal como el pobre Ben. De todos modos, es como si te devolviesen tu
antigua vida sólo para arrebatártela de nuevo.
La mente de Thomas daba vueltas a toda velocidad.
—¿Estás seguro? —preguntó.
Newt parecía confundido.
—¿Qué quieres decir? ¿Si estoy seguro sobre qué?
—¿Cambian porque quieren volver a su antigua vida o es porque están abatidos al darse cuenta
de que su otra vida no era mejor que la que tenemos ahora?
Newt se le quedó mirando un segundo y luego apartó la vista, por lo visto reflexionando.
—Los pingajos que lo han experimentado luego nunca hablan de eso. Se vuelven… diferentes.
Desagradables. Hay un puñado por el Claro, pero no soporto estar con ellos —su voz era distante y
sus ojos se habían desviado hacia cierto punto perdido en el bosque. Thomas sabía que estaba
pensando en que Alby ya nunca volvería a ser el mismo.
—Dímelo a mí —metió baza Chuck—. Gally es el peor de todos.
—¿Se sabe algo nuevo de la chica? —preguntó Thomas, cambiando de tema. No estaba de humor
para hablar de Gally. Además, seguía pensando en ella—. He visto a los mediqueros dándole de
comer arriba.
—No —contestó Newt—. Sigue en el puñetero coma o lo que sea eso. De vez en cuando, farfulla
algo, cosas sin sentido, como si estuviese soñando. Come, parece seguir bien. Es todo muy raro.
A continuación hubo una larga pausa, como si los tres trataran de encontrar una explicación a lo
de la chica. Thomas se preguntó otra vez por qué sentía aquella inexplicable conexión con ella. Se
había debilitado un poco, pero eso podría deberse a todo lo demás que ocupaba su cabeza.
Finalmente, Newt rompió el silencio:
—Bueno, lo siguiente es ver qué hacemos con Tommy.
Thomas se espabiló al oír aquello, confundido por la afirmación.
—¿Hacer conmigo? ¿De qué estás hablando?
Newt se levantó y estiró los brazos.
—Has puesto este sitio patas arriba, maldito pingajo. La mitad de los clarianos cree que eres
Dios y la otra mitad quiere tirar tu culo por el agujero de la Caja. Hay mucho de que hablar.
—¿Como qué? —Thomas no sabía qué era más inquietante, que la gente pensara que era una
especie de héroe o que algunos desearan que no existiera.
—Paciencia —respondió Newt—. Lo averiguarás cuando te despiertes.
—¿Mañana? ¿Por qué? —a Thomas no le gustaba cómo sonaba aquello.
—He convocado una Reunión. Y tú estarás allí. Eres la única puñetera cosa en el orden del día.
Y, al decir aquello, se dio la vuelta y se marchó, dejando a Thomas con la pregunta de por qué
hacía falta una Reunión para hablar sólo de él.
Capítulo 24
A la mañana siguiente, Thomas se encontró sentado en una silla, ansioso y preocupado, sudando,
enfrente de once chicos que descansaban en unos asientos colocados en semicírculo a su alrededor.
En cuanto se calmó, se dio cuenta de que eran los guardianes y, para su disgusto, aquello significaba
que Gally era uno de ellos. Había una silla justo enfrente de Thomas que estaba vacía; no hacía falta
que le dijeran que se trataba de la de Alby.
Estaban sentados en una gran sala de la Hacienda en la que Thomas no había estado antes. Aparte
de las sillas, no había más muebles, salvo una mesita en un rincón. Las paredes eran de madera, igual
que el suelo, y por lo visto nadie se había molestado en hacer que aquel sitio fuera más acogedor. No
había ventanas; la habitación olía a moho y a libros viejos. Thomas no tenía frío, pero tembló de
todos modos. Al menos se sentía aliviado porque Newt estaba allí, sentado a la derecha del asiento
vacío de Alby.
—En representación de nuestro líder, que está enfermo en la cama, declaro comenzada esta
Reunión —anunció poniendo los ojos en blanco sutilmente, como si odiara cualquier cosa que se
acercara a las formalidades—. Como todos sabéis, los últimos días han sido una maldita locura, y la
mayor parte se ha centrado en nuestro judía verde, Tommy, sentado ante nosotros.
Thomas se sonrojó de vergüenza.
—Ya no es un judía verde —repuso Gally con su voz ronca, tan grave y cruel que casi resultaba
cómica—. Ahora tan sólo es alguien que ha roto las normas.
Aquello dio pie a un alboroto de murmullos y susurros, pero Newt les hizo callar. De pronto,
Thomas quiso estar lo más lejos posible de aquella sala.
—Gally —dijo Newt—, intenta guardar el puñetero orden. Si vas a abrir tu fuca boca cada vez
que diga algo, más vale que te pires, porque no estoy de muy buen humor.
A Thomas le entraron ganas de aplaudir al oír aquello. Gally se cruzó de brazos y se recostó en
la silla, con el entrecejo fruncido de forma tan forzada que Thomas casi soltó una carcajada. Cada
vez le costaba más creer que aquel tipo le hubiera aterrorizado hacía tan sólo un día; ahora le parecía
tonto, hasta patético.
Newt le lanzó una mirada asesina a Gally y, después, continuó hablando:
—Me alegro de que lo hayamos aclarado —volvió a poner los ojos en blanco—. El motivo por
el que estamos aquí es porque casi todos los chicos del Claro han venido a mí los últimos días tanto
para quejarse de Thomas como para pedirme su puñetera mano en matrimonio. Tenemos que decidir
qué vamos a hacer con él.
Gally se inclinó hacia delante, pero Newt le interrumpió antes de que pudiese decir nada:
—Ya te llegará el turno, Gally. Cada cosa a su tiempo. Y Tommy, no puedes decir nada hasta que
no se te pregunte. ¿Te parece bien? —esperó a que Thomas asintiera para dar su consentimiento, que
fue a regañadientes, y señaló al chico sentado en el extremo derecho—. Zart, al azar, puedes
empezar.
Se oyeron unas risitas cuando Zart, el grandullón callado que vigilaba los Huertos, cambió de
postura en su asiento. Miró a Thomas como si fuera más raro que una zanahoria en una tomatera.
—Bueno —empezó a decir Zart, mirando a su alrededor como si esperara que alguien le dijera lo
que tenía que decir—, no sé. Ha roto una de nuestras normas más importantes. No podemos dejar que
la gente piense que eso está bien —hizo una pausa, bajó la vista hacia sus manos y se frotó los ojos
—. Pero él… está cambiando cosas. Ahora sabemos que podemos sobrevivir ahí fuera y vencer a los
laceradores.
El alivio inundó a Thomas. Tenía a alguien más de su lado. Se hizo la promesa de ser muy
simpático con Zart.
—¡Ah, no me fastidies! —soltó Gally—. Me apuesto lo que sea a que fue Minho el que se
deshizo de esas estúpidas cosas.
—¡Gally, cierra el pico! —gritó Newt, que se puso de pie esta vez para darle más efecto;
Thomas volvió a tener ganas de aplaudir—. Ahora mismo yo soy el maldito presidente y, como oiga
otra puñetera palabra salir de tu boca cuando no te toca hablar, prepararé otro destierro para ti,
infeliz.
—Por favor —susurró Gally con sarcasmo y volvió a fruncir el ceño de forma ridícula mientras
se repantigaba de nuevo en su silla.
Newt se sentó y le hizo un gesto a Zart.
—¿Eso es todo? ¿Alguna recomendación oficial?
Zart negó con la cabeza.
—Vale. El siguiente, Fritanga.
El cocinero sonrió a través de su barba y se sentó más recto.
—El pingajo tiene más huevos de los que he frito en el último año —hizo una pausa como si
esperara que los demás se rieran, pero nadie lo hizo—. ¡Esto es una tontería! Le salva la vida a Alby,
mata un par de laceradores y estamos aquí sentados dándole a la lengua para ver qué hacemos con él.
Como diría Chuck, esto es un montón de clonc.
Thomas quiso acercarse a Fritanga para estrecharle la mano. Había dicho exactamente lo mismo
que él pensaba sobre todo aquello.
—¿Y qué es lo que sugieres? —preguntó Newt.
Fritanga se cruzó de brazos.
—Mételo en el maldito Consejo y haz que nos enseñe todo lo que hizo ahí fuera.
Las voces estallaron en todas las direcciones y Newt tardó medio minuto en calmar a la gente.
Thomas hizo un gesto de dolor.
Fritanga había ido demasiado lejos con su sugerencia y casi había invalidado su buena opinión
sobre todo aquel lío.
—Muy bien, anotado —dijo Newt mientras la escribía en un bloc—. ¡Que todo el mundo se
calle, va en serio! Conocéis las reglas: se aceptan todas las ideas y todos podréis decir lo que
pensáis cuando votemos —terminó de escribir y señaló al tercer miembro del Consejo, un muchacho
al que Thomas no había conocido todavía, con el pelo negro y la cara pecosa.
—Yo no tengo una opinión —declaró este.
—¿Qué? —preguntó Newt, enfadado—. Pues menuda elección hicimos contigo para el Consejo,
entonces.
—Lo siento, de verdad que no la tengo —se encogió de hombros—. Si tengo que decir algo,
supongo que estoy de acuerdo con Fritanga. ¿Por qué vamos a castigar a un chico por haberle salvado
la vida a alguien?
—Entonces, sí que tienes una opinión, ¿no? —insistió Newt con el lápiz en la mano.
El muchacho asintió y Newt lo apuntó en su libreta. Thomas cada vez estaba más aliviado.
Parecía que la mayoría de los guardianes estaba a su favor, no en su contra. Aun así, lo estaba
pasando muy mal ahí sentado. Tenía unas ganas terribles de hablar, pero se esforzó por seguir las
órdenes de Newt y permaneció callado.
El siguiente era Winston, el chico lleno de acné, el guardián de la Casa de la Sangre.
—Creo que deberíamos castigarlo. No te ofendas, verducho, pero Newt, tú siempre estás
insistiendo en que tiene que haber orden. Si no le castigamos, daremos mal ejemplo. Ha roto la
Norma Número Uno.
—Vale —dijo Newt, escribiendo en su bloc—. Entonces, tu sugerencia es el castigo. ¿De qué
tipo?
—Creo que deberíamos meterlo en el Trullo durante una semana a pan y agua, y nos tenemos que
asegurar de que todo el mundo se entere para que no se le ocurran ideas.
Gally aplaudió y recibió una mirada asesina de Newt. A Thomas se le cayó el alma a los pies.
Dos guardianes más hablaron, uno a favor de Fritanga y el otro a favor de Winston. Ahora le tocaba a
Newt.
—Estoy de acuerdo con todos vosotros. Deberíamos castigarlo, pero también tenemos que
encontrar un modo de utilizarlo. Me reservo mi sugerencia hasta oír la de todos vosotros. Siguiente.
Thomas soportaba toda aquella charla sobre un castigo menos aún que mantener la boca cerrada.
Pero, en el fondo, no podía llevarles la contraria. Por raro que pareciese después de lo que había
conseguido, era cierto que había roto la regla más importante.
Siguieron recorriendo la fila. Algunos pensaban que debían elogiarlo y otros que tenían que
castigarlo. O las dos cosas. Thomas apenas podía seguir escuchando mientras esperaba los
comentarios de los dos últimos guardianes, Gally y Minho. El último no había dicho ni una palabra
desde que Thomas había entrado en la sala; estaba allí sentado, tirado en la silla, como si llevara una
semana sin dormir.
Gally habló primero:
—Creo que ya he dejado bien clara mi opinión.
«Genial —pensó Thomas—. Pues sigue con el pico cerrado».
—Bien —dijo Newt, y volvió a poner los ojos en blanco—. Entonces, sigue tú, Minho.
—¡No! —chilló Gally, haciendo saltar en sus asientos a un par de guardianes—. Quiero decir
algo.
—Pues dilo de una puñetera vez —respondió Newt.
Thomas se sintió un poco mejor al ver que el presidente del Consejo despreciaba a Gally casi
tanto como él mismo. Aunque Thomas ya no le tenía miedo, todavía odiaba a aquel tío hasta la
médula.
—Pensadlo —empezó Gally—. Este gilipullo aparece en la Caja, haciéndose el confundido y el
asustado. Unos días más tarde, está corriendo por el Laberinto con los laceradores, como si fuera el
dueño de este sitio.
Thomas se hundió en la silla y esperó que los demás no hubieran pensado nada de eso. Gally
continuó despotricando:
—Creo que todo ha sido un numerito. ¿Cómo ha podido hacer todo lo que ha hecho ahí fuera
después de tan pocos días? No me lo trago.
—¿Qué intentas decir, Gally? —preguntó Newt—. ¿Por qué no lo dices claro de una maldita vez?
—Creo que es un espía de la gente que nos puso aquí.
Otro tumulto explotó en la sala y Thomas no pudo hacer nada más que sacudir la cabeza; no se le
ocurría de dónde sacaba Gally esas ideas. Por fin, Newt calmó a todos de nuevo, pero Gally no había
acabado:
—No podemos confiar en este pingajo —continuó—. Al día siguiente de que apareciera, viene
una chica psicópata y suelta que las cosas van a cambiar, con esa nota tan rara agarrada en la mano.
Encontramos un lacerador muerto. Thomas, convenientemente, pasa una noche en el Laberinto y luego
trata de convencer a todo el mundo de que es un héroe. Pero ni Minho ni nadie le vio hacer lo de las
enredaderas. ¿Cómo sabemos que fue el verducho el que ató a Alby allí arriba?
Gally hizo una pausa. Nadie dijo ni una palabra durante varios segundos y el pánico creció en el
pecho de Thomas. ¿En serio creían lo que Gally acababa de decir? Estaba ansioso por defenderse y
casi rompió el silencio por primera vez, pero, antes de que pudiera hablar, Gally siguió con su
discurso:
—Están pasando demasiadas cosas extrañas y todo empezó cuando este verducho cara fuco
apareció. Y da la casualidad de que ha sido la primera persona en sobrevivir una noche en el
Laberinto. Algo no va bien y, hasta que lo averigüemos, recomiendo oficialmente que lo encerremos
en el Trullo durante un mes y luego volvamos a revisar su caso.
Se alzó otro alboroto y Newt escribió algo en su libreta, negando con la cabeza todo el tiempo, lo
que infundió a Thomas un poco de esperanza.
—¿Has terminado, capitán Gally? —preguntó Newt.
—Deja de ser tan sabihondo, Newt —soltó con la cara roja—. Lo digo muy en serio. ¿Cómo
podemos confiar en este pingajo en menos de una semana? No rechaces mi propuesta sin ni siquiera
pensar en lo que estoy diciendo.
Por primera vez, Thomas sintió un poco de empatía por Gally. Tenía razón sobre cómo le estaba
tratando Newt. Al fin y al cabo, Gally era un guardián. «Pero aún le odio», pensó.
—Muy bien, Gally —dijo Newt—. Lo siento. Te he escuchado y todos tendremos en
consideración tu maldita sugerencia. ¿Has acabado?
—Sí, he acabado. Y tengo razón.
Sin más palabras por parte de Gally, Newt señaló a Minho.
—Adelante. Eres el último, pero no el menos importante.
Thomas estaba eufórico de que por fin le tocara a Minho, seguro de que este le defendería hasta
el final. Minho se levantó enseguida y cogió a todo el mundo desprevenido.
—Yo estuve allí fuera y vi lo que este tío hizo. Él se mantuvo fuerte mientras yo actuaba como un
gallina con medias. No hablaré como una cotorra como ha hecho Gally. Quiero decir mi sugerencia y
acabar con esto de una vez.
Thomas aguantó la respiración, preguntándose qué diría.
—Bien —convino Newt—. Dínosla, entonces. Minho miró a Thomas.
—Propongo que este pingajo me sustituya como guardián de los corredores
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