21-22
Capítulo 21
Thomas se dio la vuelta para ver que su perseguidor inicial aún estaba detrás de él, aunque había
disminuido un poco la velocidad; abría y cerraba su garra de metal como si estuviera burlándose de
él, riéndose.
«Sabe que estoy acabado», pensó. Después de todo aquel esfuerzo, allí estaba, rodeado por los
laceradores. Se había terminado. Tras ni siquiera una semana de memoria salvable, su vida se
terminaba.
Casi consumido por el dolor, tomó una decisión. Iba a luchar.
Puesto que prefería uno en vez de tres, echó a correr hacia el lacerador que le había perseguido
hasta allí. Aquella cosa horrenda se retrajo un par de centímetros y dejó de mover su garra, como si
le hubiese impresionado su atrevimiento. Para animarse ante el más mínimo indicio de vacilación,
Thomas empezó a gritar mientras cargaba contra su enemigo.
El lacerador volvió a la vida y los pinchos salieron de su piel. Avanzó rodando, preparado para
chocar de frente con el chico. Aquel repentino movimiento casi detuvo a Thomas y su breve instante
de insensato valor se desvaneció, pero siguió corriendo.
En el último segundo antes de la colisión, justo cuando vio de cerca el metal, el pelo y la baba,
Thomas plantó el pie izquierdo y tiró hacia la derecha. Incapaz de disminuir la velocidad, el
lacerador pasó zumbando antes de detenerse con una sacudida; Thomas advirtió que la criatura se
movía ahora mucho más rápido. Con un aullido metálico, giró y se preparó para saltar sobre su
víctima. Pero, ahora que no estaba rodeado, Thomas tenía el camino despejado por aquella
dirección.
Se puso de pie enseguida y echó a correr. Los sonidos que le perseguían esta vez eran de cuatro
laceradores que se le estaban acercando. Seguro de que estaba apurando su cuerpo más allá de sus
límites físicos, siguió corriendo, intentando deshacerse de la descorazonadora sensación de que sólo
era cuestión de tiempo que le alcanzaran.
Entonces, tres pasillos más abajo, dos manos tiraron de pronto de él hacia un pasadizo
colindante. A Thomas se le subió el corazón a la garganta mientras trataba de soltarse, pero paró
cuando se dio cuenta de que era Minho.
—¿Qué…?
—¡Cállate y sígueme! —gritó Minho, llevando a Thomas a rastras hasta que este fue capaz de
ponerse de pie.
Sin ni siquiera un momento para pensar, Thomas recobró la calma. Juntos, corrieron por los
pasillos, girando una y otra vez. Minho parecía saber exactamente lo que estaba haciendo, adónde
iba; nunca se paraba a pensar qué camino debían seguir.
Al doblar la siguiente esquina, Minho intentó hablar y, mientras trataba de recuperar el aliento,
dijo entre jadeos:
—He visto… el movimiento que has hecho… ahí atrás… Me ha dado una idea… Sólo tenemos
que durar… un poco más.
Thomas no se molestó en malgastar el aliento haciendo preguntas; se limitó a seguir corriendo
detrás de Minho. Sin necesidad de volver la vista, sabía que los laceradores estaban ganando terreno
de un modo alarmante. Le dolía cada centímetro del cuerpo, por dentro y por fuera; las extremidades
le pedían a gritos que dejara de correr. Pero continuó corriendo y esperó que el corazón no parara de
latir.
Unos giros más adelante, Thomas vio algo enfrente de ellos que su cerebro no registró. Parecía…
estar mal. Y la tenue luz que provenía de sus perseguidores hizo que la rareza de aquello resultase
aún más evidente.
El pasillo no terminaba en otra pared de piedra. Acababa en negrura.
Thomas entrecerró los ojos mientras corrían hacia el muro de oscuridad e intentó comprender a
lo que se estaban acercando. Las dos paredes cubiertas de hiedra a ambos lados parecían no cruzarse
con nada más que el cielo allí arriba. Podía ver las estrellas. Conforme se acercaban, por fin se dio
cuenta de que era una abertura; el Laberinto se acababa.
«¿Cómo? —se preguntó—. Después de años buscando, ¿cómo puede ser que Minho y yo lo
hayamos encontrado con tanta facilidad?».
Minho pareció leerle el pensamiento:
—No te entusiasmes —dijo, casi incapaz de expulsar las palabras.
Unos pasos antes de llegar al final del pasillo, Minho se detuvo y colocó una mano en el pecho de
Thomas para asegurarse de que él hacía lo mismo. Thomas aminoró la marcha y luego se acercó a
donde el Laberinto se abría hacia el cielo. Los sonidos de la avalancha de laceradores se
aproximaban, pero tenía que verlo.
Era cierto que habían llegado a una salida del Laberinto, pero Minho había dicho que no era nada
para entusiasmarse. Lo único que Thomas veía en todas las direcciones, arriba y abajo, a un lado y a
otro, era aire y estrellas que perdían intensidad. Era una vista rara e inquietante, como si estuviese en
el borde del universo. Por un momento, el vértigo se apoderó de él y las rodillas le flaquearon antes
de recobrar el equilibrio.
Estaba empezando a romper el alba; el cielo parecía haberse iluminado considerablemente en los
últimos minutos. Thomas permaneció mirando sin dar crédito, sin entender cómo podía ser posible
todo aquello. Era como si alguien hubiese construido el Laberinto y lo hubiera colocado en el cielo,
flotando, para quedarse allí en medio de la nada el resto de la eternidad.
—No lo entiendo —susurró sin saber si Minho podía oírle.
—Ten cuidado —contestó el corredor—. No serías el primer pingajo que se cae por el
Precipicio —agarró a Thomas por el hombro—. ¿Te has olvidado de algo? —señaló con la cabeza
hacia el interior del Laberinto.
Thomas se acordó de que había oído la palabra «Precipicio» antes, pero en aquel momento no
supo dónde. Al ver el cielo abierto que se extendía delante y debajo de él, había entrado en una
especie de trance. Se obligó a volver a la realidad y giró la cara hacia los laceradores que se
aproximaban. Ahora tan sólo estaban a unos diez metros, en fila india, y cargaban con ganas,
moviéndose sorprendentemente rápido.
Entonces lo vio todo claro, incluso antes de que Minho le contara lo que iban a hacer.
—Puede que esas cosas sean sanguinarias, pero no son más tontas porque no se entrenan. Quédate
aquí, a mi lado, mirando…
Thomas le interrumpió:
—Lo sé. Estoy listo.
Arrastraron los pies hasta que estuvieron pegados el uno junto al otro delante del abismo que
había en medio del pasillo, enfrente de los laceradores. Sus talones estaban a tan sólo unos
centímetros del Precipicio; detrás no les esperaba nada más que aire. Lo único que les quedaba era
coraje.
—¡Tenemos que estar sincronizados! —gritó Minho, casi ahogado por los ruidos ensordecedores
de los pinchos retumbantes que rodaban por la piedra—. ¡A mi señal!
Por qué los laceradores se habían puesto en fila india era un misterio. A lo mejor el Laberinto era
demasiado estrecho y se les hacía incómodo moverse unos al lado de otros, así que avanzaban
rodando uno tras otro por el pasillo de piedra, chasqueando y gimiendo, listos para matar. Los diez
metros se convirtieron en apenas cinco y los monstruos ya estaban a tan sólo segundos de chocar
contra los chicos que les estaban esperando.
—Preparado —dijo Minho con firmeza—. Aún no… aún no…
Thomas odió cada milésima de segundo de aquella espera. Sólo quería cerrar los ojos y no
volver a ver ningún lacerador jamás.
—¡Ahora! —gritó Minho.
Justo cuando el brazo del primer lacerador se extendió para pincharles, Minho y Thomas salieron
en direcciones opuestas, cada uno hacia una de las paredes externas del pasillo. Aquella táctica
había funcionado antes cuando Thomas la había aplicado y, a juzgar por el horrible aullido que se
escapó del primer lacerador, había vuelto a funcionar. El monstruo salió volando por el borde del
Precipicio. Curiosamente, su grito de guerra se cortó de golpe en vez de ir perdiendo intensidad,
como si cayera en picado a las profundidades de lo desconocido.
Thomas fue a parar contra la pared y se dio la vuelta justo a tiempo de ver cómo la segunda
criatura caía por el borde, incapaz de detenerse. La tercera plantó en la piedra un fuerte brazo con
pinchos, pero iba a demasiada velocidad. El ruido chirriante de los pinchos cortando el suelo hizo
que a Thomas le recorriera un escalofrío la espalda, aunque
las terribles criaturas. La poca fuerza que le quedaba desapareció y Thomas se acurrucó hasta
hacerse un ovillo en el suelo.
Entonces, al final, rompió a llorar.
Capítulo 22
Pasó media hora. Ni Thomas ni Minho se movieron un centímetro.
Thomas, por fin, había dejado de llorar; no podía evitar preguntarse qué pensaría Minho de él o
si se lo contaría a los demás y le llamarían mariquita. Pero no le quedaba ni una pizca de autocontrol;
no podría haber impedido que le brotaran las lágrimas, de eso estaba seguro. A pesar de su falta de
memoria, sabía que acababa de pasar la noche más traumática de su vida. Y sus manos doloridas y su
completo agotamiento no ayudaban.
Volvió a arrastrarse hasta el borde del Precipicio, asomó otra vez la cabeza para fijarse mejor
ahora que ya había amanecido del todo. El cielo abierto delante de él era de un fuerte color púrpura
que, poco a poco, se iba mezclando con el azul intenso del día, al que acompañaban tintes
anaranjados del sol sobre el plano y distante horizonte.
Se quedó con la vista clavada abajo y vio que el muro de piedra del Laberinto seguía hacia el
suelo, convirtiéndose en un escarpado acantilado hasta que desaparecía en lo que fuera que hubiese
muy lejos, bajo sus pies. Pero, incluso con la luz que cada vez era más brillante, continuaba sin saber
lo que había allí abajo. Parecía como si el Laberinto estuviera posado sobre una estructura a varios
kilómetros del suelo.
Pero era imposible, pensó. «No puede ser, tiene que ser una ilusión».
Rodó sobre su espalda mientras emitía un quejido por el movimiento. Le dolían cosas por fuera y
por dentro que ni siquiera sabía que existieran. Al menos, las puertas no tardarían en abrirse y
podrían regresar al Claro. Echó un vistazo a Minho, que estaba acurrucado en la entrada del pasillo.
—No me puedo creer que aún sigamos vivos —dijo.
Minho no dijo nada, sólo asintió con el rostro carente de expresión.
—¿Hay más? ¿O los acabamos de matar a todos?
Minho resopló.
—Por suerte, conseguimos llegar al amanecer, o no hubiésemos tardado en tener diez más detrás
de nuestros culos —cambió de postura, con gestos de dolor, quejándose—. No puedo creérmelo, de
verdad. Hemos aguantado toda la noche. Nadie lo había hecho antes.
Thomas sabía que debería sentirse orgulloso, valiente o algo parecido. Pero sólo estaba exhausto
y aliviado.
—¿Qué hemos hecho diferente?
—No lo sé. Es un poco difícil preguntarle a un tío muerto en qué se equivocó.
Thomas no podía dejar de preguntarse acerca del modo en que habían acabado los gritos
coléricos de los laceradores al caer por el Precipicio y por qué no había podido verlos descender
hasta morir. Había algo muy extraño e inquietante en todo aquello.
—Ha sido como si desaparecieran al traspasar el borde.
—Sí, una locura. Había un par de clarianos con la teoría de que otras cosas habían desaparecido,
pero hemos demostrado que se equivocaban. Mira.
Thomas observó cómo Minho lanzaba una roca al Precipicio y, luego, siguió su trayectoria con
los ojos. Bajó y bajó, sin que la perdiera de vista, hasta que se hizo demasiado pequeña para verla.
Se volvió hacia Minho.
—¿Cómo demuestra eso que se equivocaban?
Minho se encogió de hombros.
—Bueno, la piedra no ha desaparecido, ¿no?
—Entonces, ¿qué crees que ha pasado?
Ahí había algo significativo, Thomas lo notaba. Minho se encogió de hombros otra vez.
—Quizá sean mágicas. Me duele demasiado la cabeza para pensar.
Con una sacudida, Thomas se olvidó de todo lo relacionado con el Precipicio. Pero se acordó de
Alby.
—Tenemos que volver —hizo un esfuerzo y se obligó a levantarse—. Tengo que despegar a Alby
del muro.
Al ver la expresión de confusión en el rostro de Minho, enseguida le contó lo que había hecho
con la enredadera. Minho bajó la vista, desanimado.
—Es imposible que aún esté vivo.
Thomas se negaba a creerlo.
—¿Cómo lo sabes? Venga —empezó a cojear por el pasillo de vuelta a la entrada.
—Porque nunca nadie ha logrado… —se calló, y Thomas supo lo que estaba pensando.
—Eso es porque los laceradores siempre los habían matado antes de que vosotros los
encontrarais. A Alby sólo le dieron con una de esas agujas, ¿no?
Minho se levantó para acompañar a Thomas en su lenta marcha de vuelta hacia el Claro.
—No lo sé, supongo que esto nunca había sucedido. A algunos chicos les habían picado durante
el día, y esos son a los que dieron el Suero y los que pasaron por el Cambio. A los pobres pingajos
que se quedaban atrapados en el Laberinto por la noche no los encontrábamos hasta más tarde; a
veces, incluso días más tarde, si es que dábamos con ellos.
Thomas se estremeció al pensarlo.
—Después de todo por lo que hemos pasado, puedo imaginármelo.
Minho alzó la vista y la sorpresa transformó su cara.
—Creo que has encontrado la solución. Nos habíamos equivocado. Bueno, esperemos que sea
así. Porque ninguno de aquellos a quienes habían picado y no consiguieron llegar antes de la puesta
de sol ha sobrevivido. Habíamos supuesto que era un punto sin retorno y que era demasiado tarde
para recibir el Suero —parecía estar entusiasmado por su forma de pensar.
Doblaron otra esquina y, de pronto, Minho se puso a la cabeza. El chico estaba acelerando el
paso, pero Thomas se quedó detrás de él, sorprendido por lo familiares que le resultaban sus
indicaciones; a veces hasta giraba antes de que Minho le mostrara el camino.
—Vale… Ya he oído hablar de ese Suero un par de veces. ¿Qué es? ¿Y de dónde viene?
—Pues ya lo dice la palabra, pingajo. Es un suero. El Suero de la Laceración.
Thomas forzó una penosa sonrisa.
—¡Justo cuando yo pensaba que ya había aprendido todo lo de este estúpido sitio! ¿Por qué lo
llaman así? ¿Y por qué los laceradores se llaman laceradores?
Minho se lo explicó mientras avanzaban por los interminables giros del Laberinto, sin que
ninguno de los dos fuera ahora al frente:
—No sé de dónde sacamos los nombres, pero el Suero procede de los creadores o, por lo menos,
así es como les llamamos. Viene con las provisiones en la Caja cada semana, siempre ha sido así. Es
una medicina o un antídoto o algo que va dentro de una jeringuilla, listo para que lo usemos —hizo
como si se pinchara una aguja en el brazo—. Se le pincha esa maldita cosa al que han picado y se
salva. Pasan por el Cambio, lo que es una mierda, pero después se curan.
Transcurrió un minuto o dos en silencio mientras Thomas procesaba la información y, en ese
tiempo, giraron un par de veces más. Se preguntó por el Cambio, por lo que significaba. Y, por
alguna razón, siguió pensando en la chica.
—Aunque es raro —continuó Minho por fin—. Nunca hemos hablado de esto. Si está vivo, no
hay ningún motivo por el que Alby no pueda salvarse con el Suero. No sé por qué teníamos en
nuestras cabezas de clonc que, una vez que las puertas se cerraran, estabas acabado; fin de la
historia. Tengo que ver con mis propios ojos eso que has hecho de colgarle en la pared. Creo que me
estás fucando.
Los chicos siguieron caminando. Minho casi parecía contento, pero algo fastidiaba a Thomas.
Había estado evitándolo, negándoselo a sí mismo.
—¿Y si otro lacerador alcanzó a Alby después de que yo esquivara al que me estaba
persiguiendo?
Minho le miró, perplejo.
—Lo que quiero decir es que vayamos rápido —dijo Thomas, con la esperanza de que todo lo
que se había esforzado para salvar a Alby no hubiera sido en vano.
Intentaron acelerar el paso, pero los cuerpos les dolían demasiado y decidieron volver a caminar
despacio, a pesar de la urgencia. La siguiente vez que doblaron una esquina, Thomas se tambaleó y el
corazón empezó a latirle muy deprisa cuando captó un movimiento delante. El alivio le inundó un
instante después al darse cuenta de que eran Newt y un grupo de clarianos. La Puerta Oeste del Claro
se alzaba sobre ellos y estaba abierta. Habían conseguido volver.
En cuanto aparecieron los chicos, Newt se acercó cojeando hasta ellos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, casi enfadado—. ¿Cómo demonios…?
—Te lo contaremos más tarde —le interrumpió Thomas—. Tenemos que salvar a Alby.
Newt se puso pálido.
—¿Qué dices? ¿Está vivo?
—Ven aquí.
Thomas se dirigió a la derecha y estiró el cuello para mirar hacia la parte superior del muro,
buscando entre las espesas enredaderas hasta que encontró el lugar donde Alby estaba colgado de los
brazos y de las piernas muy por encima de sus cabezas. En silencio, Thomas lo señaló; aún no se
atrevía a relajarse. Aún estaba allí, y de una pieza, pero no había señales de movimiento.
Newt, al final, vio a su amigo colgando en la hiedra y se volvió hacia Thomas. Si antes parecía
impresionado, ahora estaba totalmente desconcertado.
—¿Está… vivo?
«Por favor, que así sea», pensó Thomas.
—No lo sé. Lo estaba antes, cuando le dejé allí arriba.
—Cuando le dejaste… —Newt negó con la cabeza—. Tú y Minho, llevad dentro vuestros culos y
que los mediqueros comprueben si estáis bien. Tenéis un aspecto horrible. Quiero oír toda la historia
cuando hayan acabado y hayáis descansado un poco.
Thomas quería esperar para ver si Alby estaba bien. Empezó a hablar, pero Minho le agarró del
brazo y le obligó a caminar hacia el Claro.
—Necesitamos dormir. Y vendajes. Ya.
Y Thomas supo que tenía razón. Cedió, alzó los ojos hacia Alby y luego siguió a Minho hasta
salir del Laberinto.
• • •
El camino de vuelta al Claro y luego hasta la Hacienda parecía interminable; a ambos lados había
una fila de clarianos que les miraban boquiabiertos. Sus rostros reflejaban sobrecogimiento, como si
estuvieran contemplando dos fantasmas paseándose por un cementerio. Thomas sabía que era porque
habían conseguido algo que nadie antes había hecho, pero le avergonzaba atraer tanta atención.
Casi se paró en seco cuando vio a Gally más ad
Horas más tarde, días por lo que luego supo, Chuck apareció allí y le zarandeó para despertarlo.
Thomas tardó unos segundos en orientarse y ver con claridad. Miró a Chuck y refunfuñó:
—Déjame dormir, pingajo.
—Creía que te gustaría saberlo.
Thomas se frotó los ojos y bostezó.
—Saber, ¿qué? —volvió a mirar a Chuck, confundido por su gran sonrisa.
—Está vivo —dijo—. Alby está bien, el Suero ha funcionado.
El estado somnoliento de Thomas le abandonó enseguida y lo sustituyó el alivio. Le sorprendía la
alegría que le había traído aquella información. Pero, entonces, las siguientes palabras de Chuck le
hicieron reconsiderarlo:
—El Cambio acaba de empezar.
Como si lo hubiesen provocado aquellas palabras, un grito que helaba la sangre salió de una de
las habitaciones del pasillo
Thomas se dio la vuelta para ver que su perseguidor inicial aún estaba detrás de él, aunque había
disminuido un poco la velocidad; abría y cerraba su garra de metal como si estuviera burlándose de
él, riéndose.
«Sabe que estoy acabado», pensó. Después de todo aquel esfuerzo, allí estaba, rodeado por los
laceradores. Se había terminado. Tras ni siquiera una semana de memoria salvable, su vida se
terminaba.
Casi consumido por el dolor, tomó una decisión. Iba a luchar.
Puesto que prefería uno en vez de tres, echó a correr hacia el lacerador que le había perseguido
hasta allí. Aquella cosa horrenda se retrajo un par de centímetros y dejó de mover su garra, como si
le hubiese impresionado su atrevimiento. Para animarse ante el más mínimo indicio de vacilación,
Thomas empezó a gritar mientras cargaba contra su enemigo.
El lacerador volvió a la vida y los pinchos salieron de su piel. Avanzó rodando, preparado para
chocar de frente con el chico. Aquel repentino movimiento casi detuvo a Thomas y su breve instante
de insensato valor se desvaneció, pero siguió corriendo.
En el último segundo antes de la colisión, justo cuando vio de cerca el metal, el pelo y la baba,
Thomas plantó el pie izquierdo y tiró hacia la derecha. Incapaz de disminuir la velocidad, el
lacerador pasó zumbando antes de detenerse con una sacudida; Thomas advirtió que la criatura se
movía ahora mucho más rápido. Con un aullido metálico, giró y se preparó para saltar sobre su
víctima. Pero, ahora que no estaba rodeado, Thomas tenía el camino despejado por aquella
dirección.
Se puso de pie enseguida y echó a correr. Los sonidos que le perseguían esta vez eran de cuatro
laceradores que se le estaban acercando. Seguro de que estaba apurando su cuerpo más allá de sus
límites físicos, siguió corriendo, intentando deshacerse de la descorazonadora sensación de que sólo
era cuestión de tiempo que le alcanzaran.
Entonces, tres pasillos más abajo, dos manos tiraron de pronto de él hacia un pasadizo
colindante. A Thomas se le subió el corazón a la garganta mientras trataba de soltarse, pero paró
cuando se dio cuenta de que era Minho.
—¿Qué…?
—¡Cállate y sígueme! —gritó Minho, llevando a Thomas a rastras hasta que este fue capaz de
ponerse de pie.
Sin ni siquiera un momento para pensar, Thomas recobró la calma. Juntos, corrieron por los
pasillos, girando una y otra vez. Minho parecía saber exactamente lo que estaba haciendo, adónde
iba; nunca se paraba a pensar qué camino debían seguir.
Al doblar la siguiente esquina, Minho intentó hablar y, mientras trataba de recuperar el aliento,
dijo entre jadeos:
—He visto… el movimiento que has hecho… ahí atrás… Me ha dado una idea… Sólo tenemos
que durar… un poco más.
Thomas no se molestó en malgastar el aliento haciendo preguntas; se limitó a seguir corriendo
detrás de Minho. Sin necesidad de volver la vista, sabía que los laceradores estaban ganando terreno
de un modo alarmante. Le dolía cada centímetro del cuerpo, por dentro y por fuera; las extremidades
le pedían a gritos que dejara de correr. Pero continuó corriendo y esperó que el corazón no parara de
latir.
Unos giros más adelante, Thomas vio algo enfrente de ellos que su cerebro no registró. Parecía…
estar mal. Y la tenue luz que provenía de sus perseguidores hizo que la rareza de aquello resultase
aún más evidente.
El pasillo no terminaba en otra pared de piedra. Acababa en negrura.
Thomas entrecerró los ojos mientras corrían hacia el muro de oscuridad e intentó comprender a
lo que se estaban acercando. Las dos paredes cubiertas de hiedra a ambos lados parecían no cruzarse
con nada más que el cielo allí arriba. Podía ver las estrellas. Conforme se acercaban, por fin se dio
cuenta de que era una abertura; el Laberinto se acababa.
«¿Cómo? —se preguntó—. Después de años buscando, ¿cómo puede ser que Minho y yo lo
hayamos encontrado con tanta facilidad?».
Minho pareció leerle el pensamiento:
—No te entusiasmes —dijo, casi incapaz de expulsar las palabras.
Unos pasos antes de llegar al final del pasillo, Minho se detuvo y colocó una mano en el pecho de
Thomas para asegurarse de que él hacía lo mismo. Thomas aminoró la marcha y luego se acercó a
donde el Laberinto se abría hacia el cielo. Los sonidos de la avalancha de laceradores se
aproximaban, pero tenía que verlo.
Era cierto que habían llegado a una salida del Laberinto, pero Minho había dicho que no era nada
para entusiasmarse. Lo único que Thomas veía en todas las direcciones, arriba y abajo, a un lado y a
otro, era aire y estrellas que perdían intensidad. Era una vista rara e inquietante, como si estuviese en
el borde del universo. Por un momento, el vértigo se apoderó de él y las rodillas le flaquearon antes
de recobrar el equilibrio.
Estaba empezando a romper el alba; el cielo parecía haberse iluminado considerablemente en los
últimos minutos. Thomas permaneció mirando sin dar crédito, sin entender cómo podía ser posible
todo aquello. Era como si alguien hubiese construido el Laberinto y lo hubiera colocado en el cielo,
flotando, para quedarse allí en medio de la nada el resto de la eternidad.
—No lo entiendo —susurró sin saber si Minho podía oírle.
—Ten cuidado —contestó el corredor—. No serías el primer pingajo que se cae por el
Precipicio —agarró a Thomas por el hombro—. ¿Te has olvidado de algo? —señaló con la cabeza
hacia el interior del Laberinto.
Thomas se acordó de que había oído la palabra «Precipicio» antes, pero en aquel momento no
supo dónde. Al ver el cielo abierto que se extendía delante y debajo de él, había entrado en una
especie de trance. Se obligó a volver a la realidad y giró la cara hacia los laceradores que se
aproximaban. Ahora tan sólo estaban a unos diez metros, en fila india, y cargaban con ganas,
moviéndose sorprendentemente rápido.
Entonces lo vio todo claro, incluso antes de que Minho le contara lo que iban a hacer.
—Puede que esas cosas sean sanguinarias, pero no son más tontas porque no se entrenan. Quédate
aquí, a mi lado, mirando…
Thomas le interrumpió:
—Lo sé. Estoy listo.
Arrastraron los pies hasta que estuvieron pegados el uno junto al otro delante del abismo que
había en medio del pasillo, enfrente de los laceradores. Sus talones estaban a tan sólo unos
centímetros del Precipicio; detrás no les esperaba nada más que aire. Lo único que les quedaba era
coraje.
—¡Tenemos que estar sincronizados! —gritó Minho, casi ahogado por los ruidos ensordecedores
de los pinchos retumbantes que rodaban por la piedra—. ¡A mi señal!
Por qué los laceradores se habían puesto en fila india era un misterio. A lo mejor el Laberinto era
demasiado estrecho y se les hacía incómodo moverse unos al lado de otros, así que avanzaban
rodando uno tras otro por el pasillo de piedra, chasqueando y gimiendo, listos para matar. Los diez
metros se convirtieron en apenas cinco y los monstruos ya estaban a tan sólo segundos de chocar
contra los chicos que les estaban esperando.
—Preparado —dijo Minho con firmeza—. Aún no… aún no…
Thomas odió cada milésima de segundo de aquella espera. Sólo quería cerrar los ojos y no
volver a ver ningún lacerador jamás.
—¡Ahora! —gritó Minho.
Justo cuando el brazo del primer lacerador se extendió para pincharles, Minho y Thomas salieron
en direcciones opuestas, cada uno hacia una de las paredes externas del pasillo. Aquella táctica
había funcionado antes cuando Thomas la había aplicado y, a juzgar por el horrible aullido que se
escapó del primer lacerador, había vuelto a funcionar. El monstruo salió volando por el borde del
Precipicio. Curiosamente, su grito de guerra se cortó de golpe en vez de ir perdiendo intensidad,
como si cayera en picado a las profundidades de lo desconocido.
Thomas fue a parar contra la pared y se dio la vuelta justo a tiempo de ver cómo la segunda
criatura caía por el borde, incapaz de detenerse. La tercera plantó en la piedra un fuerte brazo con
pinchos, pero iba a demasiada velocidad. El ruido chirriante de los pinchos cortando el suelo hizo
que a Thomas le recorriera un escalofrío la espalda, aunque
las terribles criaturas. La poca fuerza que le quedaba desapareció y Thomas se acurrucó hasta
hacerse un ovillo en el suelo.
Entonces, al final, rompió a llorar.
Capítulo 22
Pasó media hora. Ni Thomas ni Minho se movieron un centímetro.
Thomas, por fin, había dejado de llorar; no podía evitar preguntarse qué pensaría Minho de él o
si se lo contaría a los demás y le llamarían mariquita. Pero no le quedaba ni una pizca de autocontrol;
no podría haber impedido que le brotaran las lágrimas, de eso estaba seguro. A pesar de su falta de
memoria, sabía que acababa de pasar la noche más traumática de su vida. Y sus manos doloridas y su
completo agotamiento no ayudaban.
Volvió a arrastrarse hasta el borde del Precipicio, asomó otra vez la cabeza para fijarse mejor
ahora que ya había amanecido del todo. El cielo abierto delante de él era de un fuerte color púrpura
que, poco a poco, se iba mezclando con el azul intenso del día, al que acompañaban tintes
anaranjados del sol sobre el plano y distante horizonte.
Se quedó con la vista clavada abajo y vio que el muro de piedra del Laberinto seguía hacia el
suelo, convirtiéndose en un escarpado acantilado hasta que desaparecía en lo que fuera que hubiese
muy lejos, bajo sus pies. Pero, incluso con la luz que cada vez era más brillante, continuaba sin saber
lo que había allí abajo. Parecía como si el Laberinto estuviera posado sobre una estructura a varios
kilómetros del suelo.
Pero era imposible, pensó. «No puede ser, tiene que ser una ilusión».
Rodó sobre su espalda mientras emitía un quejido por el movimiento. Le dolían cosas por fuera y
por dentro que ni siquiera sabía que existieran. Al menos, las puertas no tardarían en abrirse y
podrían regresar al Claro. Echó un vistazo a Minho, que estaba acurrucado en la entrada del pasillo.
—No me puedo creer que aún sigamos vivos —dijo.
Minho no dijo nada, sólo asintió con el rostro carente de expresión.
—¿Hay más? ¿O los acabamos de matar a todos?
Minho resopló.
—Por suerte, conseguimos llegar al amanecer, o no hubiésemos tardado en tener diez más detrás
de nuestros culos —cambió de postura, con gestos de dolor, quejándose—. No puedo creérmelo, de
verdad. Hemos aguantado toda la noche. Nadie lo había hecho antes.
Thomas sabía que debería sentirse orgulloso, valiente o algo parecido. Pero sólo estaba exhausto
y aliviado.
—¿Qué hemos hecho diferente?
—No lo sé. Es un poco difícil preguntarle a un tío muerto en qué se equivocó.
Thomas no podía dejar de preguntarse acerca del modo en que habían acabado los gritos
coléricos de los laceradores al caer por el Precipicio y por qué no había podido verlos descender
hasta morir. Había algo muy extraño e inquietante en todo aquello.
—Ha sido como si desaparecieran al traspasar el borde.
—Sí, una locura. Había un par de clarianos con la teoría de que otras cosas habían desaparecido,
pero hemos demostrado que se equivocaban. Mira.
Thomas observó cómo Minho lanzaba una roca al Precipicio y, luego, siguió su trayectoria con
los ojos. Bajó y bajó, sin que la perdiera de vista, hasta que se hizo demasiado pequeña para verla.
Se volvió hacia Minho.
—¿Cómo demuestra eso que se equivocaban?
Minho se encogió de hombros.
—Bueno, la piedra no ha desaparecido, ¿no?
—Entonces, ¿qué crees que ha pasado?
Ahí había algo significativo, Thomas lo notaba. Minho se encogió de hombros otra vez.
—Quizá sean mágicas. Me duele demasiado la cabeza para pensar.
Con una sacudida, Thomas se olvidó de todo lo relacionado con el Precipicio. Pero se acordó de
Alby.
—Tenemos que volver —hizo un esfuerzo y se obligó a levantarse—. Tengo que despegar a Alby
del muro.
Al ver la expresión de confusión en el rostro de Minho, enseguida le contó lo que había hecho
con la enredadera. Minho bajó la vista, desanimado.
—Es imposible que aún esté vivo.
Thomas se negaba a creerlo.
—¿Cómo lo sabes? Venga —empezó a cojear por el pasillo de vuelta a la entrada.
—Porque nunca nadie ha logrado… —se calló, y Thomas supo lo que estaba pensando.
—Eso es porque los laceradores siempre los habían matado antes de que vosotros los
encontrarais. A Alby sólo le dieron con una de esas agujas, ¿no?
Minho se levantó para acompañar a Thomas en su lenta marcha de vuelta hacia el Claro.
—No lo sé, supongo que esto nunca había sucedido. A algunos chicos les habían picado durante
el día, y esos son a los que dieron el Suero y los que pasaron por el Cambio. A los pobres pingajos
que se quedaban atrapados en el Laberinto por la noche no los encontrábamos hasta más tarde; a
veces, incluso días más tarde, si es que dábamos con ellos.
Thomas se estremeció al pensarlo.
—Después de todo por lo que hemos pasado, puedo imaginármelo.
Minho alzó la vista y la sorpresa transformó su cara.
—Creo que has encontrado la solución. Nos habíamos equivocado. Bueno, esperemos que sea
así. Porque ninguno de aquellos a quienes habían picado y no consiguieron llegar antes de la puesta
de sol ha sobrevivido. Habíamos supuesto que era un punto sin retorno y que era demasiado tarde
para recibir el Suero —parecía estar entusiasmado por su forma de pensar.
Doblaron otra esquina y, de pronto, Minho se puso a la cabeza. El chico estaba acelerando el
paso, pero Thomas se quedó detrás de él, sorprendido por lo familiares que le resultaban sus
indicaciones; a veces hasta giraba antes de que Minho le mostrara el camino.
—Vale… Ya he oído hablar de ese Suero un par de veces. ¿Qué es? ¿Y de dónde viene?
—Pues ya lo dice la palabra, pingajo. Es un suero. El Suero de la Laceración.
Thomas forzó una penosa sonrisa.
—¡Justo cuando yo pensaba que ya había aprendido todo lo de este estúpido sitio! ¿Por qué lo
llaman así? ¿Y por qué los laceradores se llaman laceradores?
Minho se lo explicó mientras avanzaban por los interminables giros del Laberinto, sin que
ninguno de los dos fuera ahora al frente:
—No sé de dónde sacamos los nombres, pero el Suero procede de los creadores o, por lo menos,
así es como les llamamos. Viene con las provisiones en la Caja cada semana, siempre ha sido así. Es
una medicina o un antídoto o algo que va dentro de una jeringuilla, listo para que lo usemos —hizo
como si se pinchara una aguja en el brazo—. Se le pincha esa maldita cosa al que han picado y se
salva. Pasan por el Cambio, lo que es una mierda, pero después se curan.
Transcurrió un minuto o dos en silencio mientras Thomas procesaba la información y, en ese
tiempo, giraron un par de veces más. Se preguntó por el Cambio, por lo que significaba. Y, por
alguna razón, siguió pensando en la chica.
—Aunque es raro —continuó Minho por fin—. Nunca hemos hablado de esto. Si está vivo, no
hay ningún motivo por el que Alby no pueda salvarse con el Suero. No sé por qué teníamos en
nuestras cabezas de clonc que, una vez que las puertas se cerraran, estabas acabado; fin de la
historia. Tengo que ver con mis propios ojos eso que has hecho de colgarle en la pared. Creo que me
estás fucando.
Los chicos siguieron caminando. Minho casi parecía contento, pero algo fastidiaba a Thomas.
Había estado evitándolo, negándoselo a sí mismo.
—¿Y si otro lacerador alcanzó a Alby después de que yo esquivara al que me estaba
persiguiendo?
Minho le miró, perplejo.
—Lo que quiero decir es que vayamos rápido —dijo Thomas, con la esperanza de que todo lo
que se había esforzado para salvar a Alby no hubiera sido en vano.
Intentaron acelerar el paso, pero los cuerpos les dolían demasiado y decidieron volver a caminar
despacio, a pesar de la urgencia. La siguiente vez que doblaron una esquina, Thomas se tambaleó y el
corazón empezó a latirle muy deprisa cuando captó un movimiento delante. El alivio le inundó un
instante después al darse cuenta de que eran Newt y un grupo de clarianos. La Puerta Oeste del Claro
se alzaba sobre ellos y estaba abierta. Habían conseguido volver.
En cuanto aparecieron los chicos, Newt se acercó cojeando hasta ellos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, casi enfadado—. ¿Cómo demonios…?
—Te lo contaremos más tarde —le interrumpió Thomas—. Tenemos que salvar a Alby.
Newt se puso pálido.
—¿Qué dices? ¿Está vivo?
—Ven aquí.
Thomas se dirigió a la derecha y estiró el cuello para mirar hacia la parte superior del muro,
buscando entre las espesas enredaderas hasta que encontró el lugar donde Alby estaba colgado de los
brazos y de las piernas muy por encima de sus cabezas. En silencio, Thomas lo señaló; aún no se
atrevía a relajarse. Aún estaba allí, y de una pieza, pero no había señales de movimiento.
Newt, al final, vio a su amigo colgando en la hiedra y se volvió hacia Thomas. Si antes parecía
impresionado, ahora estaba totalmente desconcertado.
—¿Está… vivo?
«Por favor, que así sea», pensó Thomas.
—No lo sé. Lo estaba antes, cuando le dejé allí arriba.
—Cuando le dejaste… —Newt negó con la cabeza—. Tú y Minho, llevad dentro vuestros culos y
que los mediqueros comprueben si estáis bien. Tenéis un aspecto horrible. Quiero oír toda la historia
cuando hayan acabado y hayáis descansado un poco.
Thomas quería esperar para ver si Alby estaba bien. Empezó a hablar, pero Minho le agarró del
brazo y le obligó a caminar hacia el Claro.
—Necesitamos dormir. Y vendajes. Ya.
Y Thomas supo que tenía razón. Cedió, alzó los ojos hacia Alby y luego siguió a Minho hasta
salir del Laberinto.
• • •
El camino de vuelta al Claro y luego hasta la Hacienda parecía interminable; a ambos lados había
una fila de clarianos que les miraban boquiabiertos. Sus rostros reflejaban sobrecogimiento, como si
estuvieran contemplando dos fantasmas paseándose por un cementerio. Thomas sabía que era porque
habían conseguido algo que nadie antes había hecho, pero le avergonzaba atraer tanta atención.
Casi se paró en seco cuando vio a Gally más ad
Horas más tarde, días por lo que luego supo, Chuck apareció allí y le zarandeó para despertarlo.
Thomas tardó unos segundos en orientarse y ver con claridad. Miró a Chuck y refunfuñó:
—Déjame dormir, pingajo.
—Creía que te gustaría saberlo.
Thomas se frotó los ojos y bostezó.
—Saber, ¿qué? —volvió a mirar a Chuck, confundido por su gran sonrisa.
—Está vivo —dijo—. Alby está bien, el Suero ha funcionado.
El estado somnoliento de Thomas le abandonó enseguida y lo sustituyó el alivio. Le sorprendía la
alegría que le había traído aquella información. Pero, entonces, las siguientes palabras de Chuck le
hicieron reconsiderarlo:
—El Cambio acaba de empezar.
Como si lo hubiesen provocado aquellas palabras, un grito que helaba la sangre salió de una de
las habitaciones del pasillo
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