18-20
Capítulo 18
Thomas se quedó con la vista clavada en el sitio por donde Minho había desaparecido. Una repentina
aversión hacia el chico creció en su interior. Minho era un veterano en aquel lugar, un corredor.
Thomas era un novato, sólo llevaba unos días en el Claro y unos minutos en el Laberinto. Sin
embargo, de los dos había sido Minho el que había perdido el control, el que se había dejado llevar
por el pánico y había echado a correr ante el primer problema que se había presentado.
«¿Cómo ha podido dejarme aquí tirado? —pensó Thomas—. ¡Cómo ha podido!».
Los ruidos se intensificaron. El rugido de los motores se intercalaba con unos sonidos parecidos
a los de una manivela enrollando las cadenas de un mecanismo de elevación en una vieja y mugrienta
fábrica. Y entonces llegó el olor de algo muy caliente y grasiento. Thomas no tenía ni la más remota
idea de lo que le esperaba; había visto un lacerador, pero sólo fugazmente y a través de una ventana
sucia. ¿Qué le harían? ¿Cuánto tiempo duraría?
«Basta», se dijo a sí mismo. Tenía que dejar de perder el tiempo esperando a que llegaran y
acabaran con su vida.
Se volvió para mirar a Alby, que aún seguía apoyado en la pared de piedra, y no vio más que un
montón de sombra en la oscuridad. Se arrodilló en el suelo y buscó el cuello del joven para tomarle
el pulso. Tenía algo. Escuchó los latidos de su pecho como Minho había hecho antes.
Pu-pum, pu-pum, pu-pum.
Todavía estaba vivo.
Thomas se echó hacia atrás sobre sus talones y se pasó el brazo por la frente para secarse el
sudor. Y en ese preciso instante, en unos breves segundos, aprendió mucho de sí mismo. Sobre el
Thomas que era antes. No podía dejar morir a un amigo. Ni siquiera a alguien tan gruñón como Alby.
Se agachó hasta casi quedar sentado para agarrarle por los brazos y pasárselos por detrás del
cuello. Se echó el cuerpo desmayado a la espalda y empujó con las piernas, con un resoplido por el
esfuerzo. Pero era demasiado. Ambos se cayeron, Thomas de bruces y Alby despatarrado a un lado,
con un fuerte golpe.
Los espantosos sonidos de los laceradores se acercaban por segundos, retumbando en los muros
de piedra del Laberinto. Thomas creyó ver unos destellos de luz a lo lejos que se reflejaban en el
cielo nocturno. No quería encontrarse con la fuente de aquellas luces, de aquellos ruidos.
Probó de otra forma: volvió a agarrar a Alby de los brazos y empezó a arrastrarlo por el suelo.
No podía creer lo que pesaba el chico y tan sólo tardó tres metros en darse cuenta de que no iba a
funcionar. Además, ¿adónde iba a llevarlo?
Tiró de Alby para volver a colocarlo sentado, apoyado en la pared de piedra, en la grieta que
marcaba la entrada al Claro. Thomas también se sentó con la espalda apoyada en el muro, jadeante
por el esfuerzo, pensando. Mientras examinaba los oscuros recovecos del Laberinto, trataba de
buscar en su mente una solución. Apenas veía nada y sabía, a pesar de lo que Minho había dicho, que
sería una tontería echar a correr, incluso aunque pudiese cargar con Alby. No sólo estaba la
posibilidad de perderse, sino que podía acabar corriendo en dirección a los laceradores en vez de
huir de ellos.
Pensó en la pared, en la hiedra. Minho no se lo había explicado, pero, por lo que había dicho,
parecía que era imposible subir por aquellos muros. Aun así…
Un plan fue cobrando forma en su mente. Todo dependía de las desconocidas aptitudes de los
laceradores, pero era lo mejor que se le había ocurrido.
Thomas anduvo unos pasos por la pared hasta que encontró un buen montón de hiedra que cubría
la mayor parte de roca. Cogió una de las enredaderas que iban hacia el suelo y se la enrolló en la
mano. Era más densa y sólida de lo que había imaginado; quizá medía un centímetro de diámetro.
Tiró y, con el sonido de un papel grueso rasgándose, la enredadera se despegó del muro; cada vez
más, a medida que Thomas se alejaba de ella. Cuando ya había retrocedido tres metros, no alcanzó a
ver el final de la enredadera que tenía encima; desaparecía en la oscuridad. Pero la planta trepadora
aún no había caído, por lo que Thomas sabía que seguía enganchada ahí arriba por algún sitio.
Dudó al intentarlo, pero se armó de valor y tiró de la enredadera con todas sus fuerzas.
Aguantaba. Volvió a tirar. Una y otra vez, estirando y soltando con ambas manos. Entonces levantó
los pies, se colgó de la planta y su cuerpo se balanceó hacia delante. La enredadera resistía.
De inmediato, Thomas se agarró a otras enredaderas, las separó de la pared y creó una serie de
cuerdas para trepar. Las probó todas y resultaron ser igual de fuertes que la primera. Animado,
volvió a donde estaba Alby y le arrastró hacia las plantas.
Un fuerte chasquido se oyó en el interior del Laberinto, seguido de un horrible sonido de metal
abollado. Thomas, sobresaltado, se dio la vuelta para mirar; estaba tan concentrado en las
enredaderas que por un momento había dejado de pensar en los laceradores. Escudriñó las tres
direcciones del Laberinto. No pudo ver nada que se estuviera acercando, pero los sonidos, los
zumbidos, los crujidos y el repiqueteo cada vez eran más fuertes. Y el ambiente se había iluminado
un poco; ahora podía distinguir más detalles del Laberinto que hacía tan sólo unos minutos.
Recordó las luces extrañas que había observado con Newt a través de la ventana del Claro. Los
laceradores estaban cerca. Tenían que estarlo.
Thomas se deshizo del pánico que iba en aumento y se puso a trabajar. Cogió una de las lianas y
la enrolló alrededor del brazo derecho de Alby. La planta llegaría lo justo, así que tenía que levantar
a Alby todo lo que pudiera para que funcionara. Después de varias vueltas, ató la enredadera. Luego,
cogió otra liana y la enrolló alrededor del brazo izquierdo de Alby; después, hizo lo mismo con las
dos piernas y las ató bien fuerte. Le preocupaba cortarle la circulación al clariano, pero decidió que
merecía la pena arriesgarse.
Trató de ignorar las dudas sobre el plan que se filtraban en su mente y continuó. Ahora le tocaba
a él.
Se agarró a una enredadera con ambas manos y comenzó a trepar justo hasta colocarse encima de
donde acababa de atar a Alby. Las gruesas hojas de hiedra le servían como asideros, y Thomas se
puso eufórico al ver que todas las grietas que tenía el muro de piedra eran perfectas para apoyar los
pies mientras subía. Empezó a pensar lo fácil que sería sin…
Se negó a terminar aquel pensamiento. No podía dejar a Alby allí tirado.
Una vez que llegara a un punto unos metros por encima de su amigo, Thomas se enrollaría algunas
lianas alrededor del pecho y les daría unas cuantas vueltas hasta ceñírselas bien en las axilas para
sostenerse. Despacio, se dejó caer, despegando las manos, pero con los pies bien firmes en una gran
grieta. El alivio le invadió cuando la enredadera siguió aguantándole.
Ahora venía la parte más difícil.
Las cuatro lianas que ataban a Alby colgaban tirantes a su alrededor. Thomas cogió la que
sujetaba la pierna izquierda de Alby y tiró. Tan sólo pudo levantarla unos centímetros antes de
soltarla; pesaba demasiado. No podía hacerlo.
Bajó de nuevo al suelo del Laberinto, decidido a empujar desde abajo en vez de tirar desde
arriba. Para probarlo, intentó levantar a Alby sólo medio metro, extremidad por extremidad. Primero,
empujó hacia arriba la pierna izquierda y ató otra liana a su alrededor. Después, hizo lo mismo con
la derecha. Cuando aseguró las dos, repitió la operación con ambos brazos.
Retrocedió, jadeando, mientras echaba un vistazo. Alby estaba colgado, aparentemente sin vida,
un metro más alto de lo que estaba hacía cinco minutos.
Ruidos metálicos en el Laberinto. Zumbidos. Murmullos. Quejidos. Thomas creyó ver un par de
destellos rojos a su izquierda. Los laceradores estaban acercándose y ahora estaba claro que había
más de uno.
Volvió a ponerse manos a la obra. Utilizó consigo el mismo método que había usado para subir
los brazos y las piernas de Alby un metro más arriba y, poco a poco, fue avanzando por la pared de
piedra. Trepó hasta que estuvo justo debajo del cuerpo, se enrolló una liana alrededor del pecho para
sujetarse, luego empujó a Alby todo lo que pudo, extremidad por extremidad, y las ató con la hiedra.
Después, repitió el proceso entero.
«Sube, enrolla, empuja, ata. Sube, enrolla, empuja, ata». Al menos, los laceradores parecían
moverse despacio por el Laberinto, lo que le daba más tiempo.
Poco a poco, iban subiendo cada vez más. El esfuerzo era agotador; a Thomas le costaba respirar
y notaba que el sudor le cubría cada centímetro de la piel. Las manos empezaron a resbalársele de la
enredadera. Los pies le dolían de apretar contra las grietas en la piedra. Los sonidos se
intensificaban; aquellos horribles sonidos. Aun así, Thomas seguía avanzando.
Cuando llegaron a unos diez metros por encima del suelo, Thomas se detuvo, se balanceó en la
liana que se había enrollado alrededor del pecho y se dio la vuelta hacia el Laberinto, usando sus
brazos cansados y flexibles. Un agotamiento que no habría creído posible inundaba cada diminuta
partícula de su cuerpo. Le dolía todo del cansancio y sus músculos lo expresaban a gritos. No podía
empujar a Alby ni un centímetro más. Ya había acabado.
Allí se esconderían. U opondrían resistencia.
Sabía que no podían llegar arriba del todo; sólo esperaba que los laceradores no pudieran mirar
o que no miraran por encima de ellos. O, al menos, esperaba poder vencerlos desde allí arriba, uno a
uno, en vez de que le arrollaran todos en el suelo. No tenía ni idea de lo que se le avecinaba, no
sabía si estaría vivo al día siguiente. Pero allí, colgados de la enredadera, Thomas y Alby se
enfrentarían a su destino.
Pasaron unos minutos más antes de que Thomas viera el primer rayo de luz brillar en las paredes
del Laberinto que tenía enfrente. Los terribles sonidos que había oído intensificarse durante la última
hora se convirtieron en un chirrido agudo mecánico, como el grito de muerte de un robot.
Una luz roja a su izquierda atrajo su atención. Al volverse, estuvo a punto de pegar un chillido;
había una cuchilla escarabajo a tan sólo unos centímetros de él, con sus patas largas y flacas
asomando por entre la hiedra y, de alguna forma, enganchadas a la piedra. La luz roja de su ojo era
como un pequeño sol, demasiado brillante para mirarla directamente. Thomas entrecerró los ojos e
intentó centrarse en el cuerpo del escarabajo.
El torso era un cilindro plateado de unos siete centímetros de diámetro y veinticinco de largo.
Doce patas articuladas le recorrían la parte trasera y se extendían de tal modo que aquella cosa
parecía un lagarto dormido. La cabeza no resultaba visible porque el rayo de luz roja apuntaba en su
dirección, aunque parecía pequeña; tal vez le sirviera únicamente para ver.
Pero, en ese momento, Thomas vio la parte más escalofriante. Creía haberla visto antes, en el
Claro, cuando la cuchilla escarabajo había pasado a toda prisa por delante de él hacia el bosque.
Ahora lo confirmaba: la luz roja de su ojo proyectaba un espeluznante resplandor sobre cinco letras
mayúsculas que le cubrían el torso, como si las hubiesen escrito con sangre:
CRUEL
Thomas no podía imaginarse por qué estaba estampada esa única palabra en la cuchilla
escarabajo, a menos que su función fuera indicar a los clarianos que era mala. Cruel.
Sabía que tenía que ser una espía de quienquiera que les hubiese enviado allí. Alby le había
contado que los creadores utilizaban a los escarabajos para observarles. Thomas no hizo ningún
ruido y aguantó la respiración con la esperanza de que el escarabajo sólo detectara el movimiento.
Los segundos pasaron lentamente mientras sus pulmones ansiaban el aire.
Con un chasquido y luego un ruido seco, el escarabajo se dio la vuelta y se marchó correteando,
desapareciendo entre la hiedra. Thomas cogió una gran bocanada de aire, después otra y notó que la
enredadera le apretaba alrededor del pecho.
Otro chillido metálico se oyó en el Laberinto, esta vez más cerca, seguido de una oleada de
maquinaria acelerada. Thomas intentó imitar el cuerpo inanimado de Alby, que colgaba fláccido en
la enredadera.
Y, entonces, algo dobló la esquina de enfrente y avanzó hacia ellos. Algo que había visto antes,
pero a través de la seguridad de un grueso cristal. Algo indescriptible.
Un lacerador.
Capítulo 19
Thomas se quedó mirando aterrorizado la criatura monstruosa que se abría camino por el pasillo del
Laberinto.
Parecía un experimento que hubiera salido fatal, algo sacado de una pesadilla. Parte animal, parte
máquina, el lacerador rodaba y chasqueaba por el suelo de piedra. Su cuerpo era similar al de una
babosa enorme, con un poco de pelo y brillante por la baba, que se hinchaba y desinflaba de forma
grotesca al respirar. No se le distinguía ninguna cabeza ni ninguna cola, pero de delante a atrás
mediría al menos unos dos metros de largo y más de uno de grosor.
Cada diez o quince segundos, unos pinchos afilados de metal salían de su carne bulbosa y toda la
criatura se convertía de repente en una bola que giraba hacia delante. Después, se acomodaba y
parecía orientarse, y los pinchos volvían a hundirse en su piel húmeda con el nauseabundo sonido de
un sorbo. Hizo lo mismo una y otra vez, desplazándose sólo unos pasos en cada ocasión.
Pero el pelo y los pinchos no eran lo único que sobresalía del cuerpo del lacerador. Había varios
brazos mecánicos colocados aquí y allá, al azar, cada uno con una función distinta. A algunos les
acompañaban unas luces brillantes. Otros tenían largas agujas amenazadoras. Uno tenía una zarpa de
tres dedos que se abría y se cerraba sin ninguna razón aparente. Cuando la criatura rodaba, estos
brazos se plegaban y maniobraban para evitar quedar aplastados. Thomas se preguntó qué —o quién
— podría crear unas criaturas tan espantosas y repugnantes.
La fuente de los ruidos que había estado oyendo ahora tenía sentido. Cuando el lacerador rodaba,
emitía un chirrido metálico, como la hoja giratoria de una sierra. Los pinchos y los brazos explicaban
los escalofriantes chasquidos: era el metal contra el metal. Pero nada le ponía más los pelos de punta
a Thomas que los angustiosos gemidos mortales que se le escapaban a la criatura cuando se quedaba
quieta, parecidos a los sonidos de un hombre agonizante en el campo de batalla.
Ahora que lo veía todo en conjunto —la bestia y los sonidos—, Thomas no pudo pensar en una
pesadilla que igualara la horrible cosa que se acercaba a él. Combatió el miedo, obligó a su cuerpo a
permanecer totalmente inmóvil, colgando de la enredadera. Estaba seguro de que la única
posibilidad de salir vivos era que no advirtieran su presencia.
«Quizá no nos vea —pensó—. Sólo quizá». Pero la realidad de la situación se hundía como una
piedra en su estómago. La cuchilla escarabajo ya había revelado su posición exacta.
El lacerador rodó y avanzó entre chasquidos, zigzagueando hacia delante y hacia atrás, gimiendo
y chirriando. Cada vez que se paraba, desplegaba sus brazos metálicos y giraba a un lado y a otro,
como un robot errante en un planeta extraño, buscando señales de vida. Las luces proyectaban unas
sombras inquietantes por el Laberinto, Un vago recuerdo intentó escaparse de la caja cerrada que se
hallaba en su memoria: cuando era niño, las sombras en las paredes le asustaban. Deseó volver a
dondequiera que pasase aquello, correr hasta la madre y el padre que esperaba que aún estuvieran
vivos, en algún sitio, echándole de menos, buscándole.
Un fuerte olor a quemado le irritó las fosas nasales; una repugnante mezcla de motores
recalentados y carne chamuscada. No podía creer que hubiera gente capaz de crear algo tan horrible
para perseguir a unos chavales.
Thomas trató de no pensar en ello; cerró los ojos un momento y se concentró en permanecer
quieto y callado. La criatura seguía acercándose.
Zzzzzzzzzzummm.
Clic-clic-clic.
Zzzzzzzzzzummm.
Clic-clic-clic…
Thomas miró hacia abajo sin mover la cabeza. Finalmente, el lacerador había llegado a la pared
donde Alby y él estaban colgados. Se detuvo junto a la puerta cerrada que daba al Claro, tan sólo a
pocos metros a la derecha de Thomas.
«Por favor, vete para el otro lado», suplicó Thomas en silencio.
«Date la vuelta». «Vete».
«Por ese lado».
«¡Por favor!».
Los pinchos del lacerador salieron y su cuerpo rodó hacia Thomas y Alby.
Zzzzzzzzzummm.
Clic-clic-clic…
Se detuvo y luego rodó una vez más, directo a la pared.
Thomas aguantó la respiración, sin atreverse a hacer el más mínimo sonido. El lacerador ahora
estaba justo debajo de él. Thomas tenía muchísimas ganas de mirar hacia abajo, pero sabía que
cualquier movimiento le delataría. Los rayos de luz que provenían de la criatura iluminaban toda la
zona, totalmente al azar, sin permanecer mucho tiempo en un sitio.
Entonces, sin previo aviso, se apagaron.
El mundo se quedó a oscuras y en silencio. Era como si la criatura se hubiera apagado. No se
movía, no hacía ningún ruido; hasta los gemidos inquietantes habían cesado por completo. Y sin luz,
Thomas no podía ver nada en absoluto. Estaba ciego.
Tomó un poco de aire por la nariz, puesto que su corazón bombeante necesitaba oxígeno con
urgencia. ¿Le oía? ¿Le olía? Tenía el pelo, las manos, la ropa, todo empapado de sudor. Un miedo
hasta ahora desconocido le invadió hasta el punto de la locura.
Aun así, nada. No había ningún movimiento, ninguna luz, ningún sonido. El hecho de intentar
adivinar su próximo movimiento estaba matando a Thomas.
Pasaron segundos. Minutos. La planta filamentosa se clavaba en la piel de Thomas y el pecho se
le estaba entumeciendo. Quería gritarle al monstruo que tenía debajo: «¡Mátame o vuelve a tu
escondite!».
Luego, con un repentino estallido de luz y sonido, el lacerador volvió a la vida, zumbando y
emitiendo chasquidos.
Y entonces empezó a subir por el muro.
Capítulo 20
Los pinchos del lacerador se hundieron en la roca, lanzando trozos de hiedra y piedrecitas en todas
las direcciones. Sus brazos se movieron como las patas de la cuchilla escarabajo, algunos con púas
afiladas que se metían en la piedra del muro para sujetarse. Una luz brillante en la punta de una de las
armas apuntó directamente a Thomas, sólo que esta vez el haz de luz no se apartó.
Thomas sintió cómo la última pizca de esperanza abandonaba su cuerpo. Sabía que la única
opción que le quedaba era correr.
«Lo siento, Alby», pensó mientras desenrollaba la gruesa enredadera de su pecho. Usó la mano
izquierda para agarrarse con firmeza al follaje sobre su cabeza y terminó de desengancharse para
empezar a moverse. Sabía que no podía subir, pues llevaría al lacerador hacia Alby. Y bajar era, por
supuesto, la mejor opción si quería morir lo antes posible. Tenía que ir de lado.
Thomas alargó la mano para coger una liana a medio metro a la izquierda de donde estaba
colgado. Se la enrolló en la mano y estiró muy fuerte. Estaba bien sujeta, como las otras. Con un
vistazo rápido hacia abajo, vio que el lacerador había reducido a la mitad la distancia que les
separaba y ahora se estaba moviendo rápido, sin pausas ni paradas.
Thomas soltó la cuerda que le rodeaba el pecho y se arrastró a la izquierda, rozando la pared.
Antes de que su balanceo oscilante le devolviera a donde estaba Alby, cogió otra enredadera bien
gruesa. Esta vez se agarró con las dos manos y se dio la vuelta para plantar los talones en el muro.
Arrastró el cuerpo hacia la derecha tanto como la planta le permitió; luego, se soltó y cogió otra.
Después, otra. Como un mono trepador, Thomas se encontró moviéndose más rápido de lo que jamás
se hubiera imaginado.
Los sonidos de su perseguidor continuaron sin cesar, sólo que ahora los acompañaban los
chasquidos espeluznantes de la piedra que se desprendía. Thomas se balanceó hacia la derecha
varias veces más antes de atreverse a volver la vista.
El lacerador había alterado su curso y había pasado de Alby para dirigirse directamente hacia él.
«Por fin —pensó Thomas—, algo va bien». Se impulsó con los pies todo lo que pudo y,
columpiándose, huyó de la horrible criatura.
Thomas no necesitaba mirar atrás para saber que el lacerador le ganaba terreno a cada segundo
que pasaba. Los sonidos le delataban. Tenía que volver al suelo de algún modo o todo terminaría
enseguida.
En el siguiente cambio, dejó que la mano resbalara un poco antes de agarrarse con fuerza. La
cuerda de hiedra le quemó la palma, pero ahora estaba unos centímetros más cerca del suelo. Hizo lo
mismo con la siguiente enredadera. Y con la siguiente. Tres balanceos más tarde, ya estaba a medio
camino de alcanzar el suelo del Laberinto. Un dolor infernal le estalló en los brazos; sintió las
punzadas de las manos en carne viva. La adrenalina que le corría por las venas le ayudó a deshacerse
del miedo y siguió moviéndose.
Al siguiente balanceo, la oscuridad impidió ver a Thomas la nueva pared que se levantaba frente
a él hasta que fue demasiado tarde; el pasillo terminaba y giraba a la derecha.
Se golpeó con la piedra que tenía delante y soltó la enredadera a la que estaba agarrado. Agitó
los brazos e intentó agarrarse a cualquier sitio para impedir la caída al duro suelo de piedra. En ese
mismo instante, vio el lacerador por el rabillo del ojo. Había cambiado de dirección y estaba casi
encima de él, extendiendo su zarpa de agarre.
Thomas encontró una enredadera a mitad de camino del suelo, la cogió y los brazos casi se le
desencajaron por el parón. Se apartó de la pared, impulsándose con ambos pies tan fuerte como
pudo, balanceándose justo cuando el lacerador atacó con la garra y las agujas. Thomas dio una
patada con la pierna derecha y alcanzó el brazo que tenía la garra. Un fuerte chasquido reveló la
pequeña victoria, pero la euforia se acabó cuando se dio cuenta de que el impulso de su balanceo le
bajaba hasta caer justo encima de la criatura.
Lleno de adrenalina, Thomas juntó las piernas y las subió contra su pecho. Tan pronto como entró
en contacto con el cuerpo del lacerador, en cuya piel se hundió unos centímetros de un modo
repugnante, tomó impulso con los dos pies, retorciéndose para evitar el enjambre de agujas y garras
que venía hacia él en todas las direcciones. Balanceó el cuerpo hacia la izquierda y, luego, saltó
hacia el muro del Laberinto para intentar agarrarse a otra enredadera mientras los despiadados
instrumentos del lacerador trataban de agarrarle por detrás. Sintió un profundo arañazo en la espalda.
Una vez más, Thomas agitó los brazos y encontró una nueva enredadera, que cogió con ambas
manos. Se sujetó a la planta lo justo para disminuir la velocidad de la caída al deslizarse hacia el
suelo al tiempo que ignoraba el terrible ardor. En cuanto sus pies tocaron tierra firme, echó a correr,
a pesar del agotamiento de su cuerpo.
Un estruendo sonó detrás de él, seguido de los chasquidos y los zumbidos del lacerador mientras
rodaba. Pero Thomas se negó a darse la vuelta, pues sabía que cada segundo contaba.
Dobló una esquina del Laberinto y, luego, otra. Pisando fuerte sobre la piedra, huyó tan rápido
como pudo. En algún lugar de su mente, registró sus propios movimientos, con la esperanza de vivir
el tiempo suficiente para usar esa información y regresar a la puerta. Derecha, después izquierda.
Bajó por un largo pasillo y luego dobló a la derecha otra vez. Izquierda. Derecha. Dos a la izquierda.
Otro largo pasillo. Los sonidos que le perseguían no disminuían ni se debilitaban, pero él tampoco
perdía terreno.
Continuó corriendo, con el corazón a punto de salírsele del pecho. Mediante grandes bocanadas
de aire en busca de aliento, trataba de meter oxígeno en sus pulmones, pero sabía que no podía durar
mucho más. Se preguntó si sería más fácil darse la vuelta y luchar, acabar de una vez por todas.
Al doblar la siguiente esquina, derrapó hasta pararse debido a lo que tenía delante. Se quedó
mirando fijamente, resollando de un modo incontrolable.
Tres laceradores rodaban enfrente mientras clavaban los pinchos en la piedra e iban directos
hacia él.
Thomas se quedó con la vista clavada en el sitio por donde Minho había desaparecido. Una repentina
aversión hacia el chico creció en su interior. Minho era un veterano en aquel lugar, un corredor.
Thomas era un novato, sólo llevaba unos días en el Claro y unos minutos en el Laberinto. Sin
embargo, de los dos había sido Minho el que había perdido el control, el que se había dejado llevar
por el pánico y había echado a correr ante el primer problema que se había presentado.
«¿Cómo ha podido dejarme aquí tirado? —pensó Thomas—. ¡Cómo ha podido!».
Los ruidos se intensificaron. El rugido de los motores se intercalaba con unos sonidos parecidos
a los de una manivela enrollando las cadenas de un mecanismo de elevación en una vieja y mugrienta
fábrica. Y entonces llegó el olor de algo muy caliente y grasiento. Thomas no tenía ni la más remota
idea de lo que le esperaba; había visto un lacerador, pero sólo fugazmente y a través de una ventana
sucia. ¿Qué le harían? ¿Cuánto tiempo duraría?
«Basta», se dijo a sí mismo. Tenía que dejar de perder el tiempo esperando a que llegaran y
acabaran con su vida.
Se volvió para mirar a Alby, que aún seguía apoyado en la pared de piedra, y no vio más que un
montón de sombra en la oscuridad. Se arrodilló en el suelo y buscó el cuello del joven para tomarle
el pulso. Tenía algo. Escuchó los latidos de su pecho como Minho había hecho antes.
Pu-pum, pu-pum, pu-pum.
Todavía estaba vivo.
Thomas se echó hacia atrás sobre sus talones y se pasó el brazo por la frente para secarse el
sudor. Y en ese preciso instante, en unos breves segundos, aprendió mucho de sí mismo. Sobre el
Thomas que era antes. No podía dejar morir a un amigo. Ni siquiera a alguien tan gruñón como Alby.
Se agachó hasta casi quedar sentado para agarrarle por los brazos y pasárselos por detrás del
cuello. Se echó el cuerpo desmayado a la espalda y empujó con las piernas, con un resoplido por el
esfuerzo. Pero era demasiado. Ambos se cayeron, Thomas de bruces y Alby despatarrado a un lado,
con un fuerte golpe.
Los espantosos sonidos de los laceradores se acercaban por segundos, retumbando en los muros
de piedra del Laberinto. Thomas creyó ver unos destellos de luz a lo lejos que se reflejaban en el
cielo nocturno. No quería encontrarse con la fuente de aquellas luces, de aquellos ruidos.
Probó de otra forma: volvió a agarrar a Alby de los brazos y empezó a arrastrarlo por el suelo.
No podía creer lo que pesaba el chico y tan sólo tardó tres metros en darse cuenta de que no iba a
funcionar. Además, ¿adónde iba a llevarlo?
Tiró de Alby para volver a colocarlo sentado, apoyado en la pared de piedra, en la grieta que
marcaba la entrada al Claro. Thomas también se sentó con la espalda apoyada en el muro, jadeante
por el esfuerzo, pensando. Mientras examinaba los oscuros recovecos del Laberinto, trataba de
buscar en su mente una solución. Apenas veía nada y sabía, a pesar de lo que Minho había dicho, que
sería una tontería echar a correr, incluso aunque pudiese cargar con Alby. No sólo estaba la
posibilidad de perderse, sino que podía acabar corriendo en dirección a los laceradores en vez de
huir de ellos.
Pensó en la pared, en la hiedra. Minho no se lo había explicado, pero, por lo que había dicho,
parecía que era imposible subir por aquellos muros. Aun así…
Un plan fue cobrando forma en su mente. Todo dependía de las desconocidas aptitudes de los
laceradores, pero era lo mejor que se le había ocurrido.
Thomas anduvo unos pasos por la pared hasta que encontró un buen montón de hiedra que cubría
la mayor parte de roca. Cogió una de las enredaderas que iban hacia el suelo y se la enrolló en la
mano. Era más densa y sólida de lo que había imaginado; quizá medía un centímetro de diámetro.
Tiró y, con el sonido de un papel grueso rasgándose, la enredadera se despegó del muro; cada vez
más, a medida que Thomas se alejaba de ella. Cuando ya había retrocedido tres metros, no alcanzó a
ver el final de la enredadera que tenía encima; desaparecía en la oscuridad. Pero la planta trepadora
aún no había caído, por lo que Thomas sabía que seguía enganchada ahí arriba por algún sitio.
Dudó al intentarlo, pero se armó de valor y tiró de la enredadera con todas sus fuerzas.
Aguantaba. Volvió a tirar. Una y otra vez, estirando y soltando con ambas manos. Entonces levantó
los pies, se colgó de la planta y su cuerpo se balanceó hacia delante. La enredadera resistía.
De inmediato, Thomas se agarró a otras enredaderas, las separó de la pared y creó una serie de
cuerdas para trepar. Las probó todas y resultaron ser igual de fuertes que la primera. Animado,
volvió a donde estaba Alby y le arrastró hacia las plantas.
Un fuerte chasquido se oyó en el interior del Laberinto, seguido de un horrible sonido de metal
abollado. Thomas, sobresaltado, se dio la vuelta para mirar; estaba tan concentrado en las
enredaderas que por un momento había dejado de pensar en los laceradores. Escudriñó las tres
direcciones del Laberinto. No pudo ver nada que se estuviera acercando, pero los sonidos, los
zumbidos, los crujidos y el repiqueteo cada vez eran más fuertes. Y el ambiente se había iluminado
un poco; ahora podía distinguir más detalles del Laberinto que hacía tan sólo unos minutos.
Recordó las luces extrañas que había observado con Newt a través de la ventana del Claro. Los
laceradores estaban cerca. Tenían que estarlo.
Thomas se deshizo del pánico que iba en aumento y se puso a trabajar. Cogió una de las lianas y
la enrolló alrededor del brazo derecho de Alby. La planta llegaría lo justo, así que tenía que levantar
a Alby todo lo que pudiera para que funcionara. Después de varias vueltas, ató la enredadera. Luego,
cogió otra liana y la enrolló alrededor del brazo izquierdo de Alby; después, hizo lo mismo con las
dos piernas y las ató bien fuerte. Le preocupaba cortarle la circulación al clariano, pero decidió que
merecía la pena arriesgarse.
Trató de ignorar las dudas sobre el plan que se filtraban en su mente y continuó. Ahora le tocaba
a él.
Se agarró a una enredadera con ambas manos y comenzó a trepar justo hasta colocarse encima de
donde acababa de atar a Alby. Las gruesas hojas de hiedra le servían como asideros, y Thomas se
puso eufórico al ver que todas las grietas que tenía el muro de piedra eran perfectas para apoyar los
pies mientras subía. Empezó a pensar lo fácil que sería sin…
Se negó a terminar aquel pensamiento. No podía dejar a Alby allí tirado.
Una vez que llegara a un punto unos metros por encima de su amigo, Thomas se enrollaría algunas
lianas alrededor del pecho y les daría unas cuantas vueltas hasta ceñírselas bien en las axilas para
sostenerse. Despacio, se dejó caer, despegando las manos, pero con los pies bien firmes en una gran
grieta. El alivio le invadió cuando la enredadera siguió aguantándole.
Ahora venía la parte más difícil.
Las cuatro lianas que ataban a Alby colgaban tirantes a su alrededor. Thomas cogió la que
sujetaba la pierna izquierda de Alby y tiró. Tan sólo pudo levantarla unos centímetros antes de
soltarla; pesaba demasiado. No podía hacerlo.
Bajó de nuevo al suelo del Laberinto, decidido a empujar desde abajo en vez de tirar desde
arriba. Para probarlo, intentó levantar a Alby sólo medio metro, extremidad por extremidad. Primero,
empujó hacia arriba la pierna izquierda y ató otra liana a su alrededor. Después, hizo lo mismo con
la derecha. Cuando aseguró las dos, repitió la operación con ambos brazos.
Retrocedió, jadeando, mientras echaba un vistazo. Alby estaba colgado, aparentemente sin vida,
un metro más alto de lo que estaba hacía cinco minutos.
Ruidos metálicos en el Laberinto. Zumbidos. Murmullos. Quejidos. Thomas creyó ver un par de
destellos rojos a su izquierda. Los laceradores estaban acercándose y ahora estaba claro que había
más de uno.
Volvió a ponerse manos a la obra. Utilizó consigo el mismo método que había usado para subir
los brazos y las piernas de Alby un metro más arriba y, poco a poco, fue avanzando por la pared de
piedra. Trepó hasta que estuvo justo debajo del cuerpo, se enrolló una liana alrededor del pecho para
sujetarse, luego empujó a Alby todo lo que pudo, extremidad por extremidad, y las ató con la hiedra.
Después, repitió el proceso entero.
«Sube, enrolla, empuja, ata. Sube, enrolla, empuja, ata». Al menos, los laceradores parecían
moverse despacio por el Laberinto, lo que le daba más tiempo.
Poco a poco, iban subiendo cada vez más. El esfuerzo era agotador; a Thomas le costaba respirar
y notaba que el sudor le cubría cada centímetro de la piel. Las manos empezaron a resbalársele de la
enredadera. Los pies le dolían de apretar contra las grietas en la piedra. Los sonidos se
intensificaban; aquellos horribles sonidos. Aun así, Thomas seguía avanzando.
Cuando llegaron a unos diez metros por encima del suelo, Thomas se detuvo, se balanceó en la
liana que se había enrollado alrededor del pecho y se dio la vuelta hacia el Laberinto, usando sus
brazos cansados y flexibles. Un agotamiento que no habría creído posible inundaba cada diminuta
partícula de su cuerpo. Le dolía todo del cansancio y sus músculos lo expresaban a gritos. No podía
empujar a Alby ni un centímetro más. Ya había acabado.
Allí se esconderían. U opondrían resistencia.
Sabía que no podían llegar arriba del todo; sólo esperaba que los laceradores no pudieran mirar
o que no miraran por encima de ellos. O, al menos, esperaba poder vencerlos desde allí arriba, uno a
uno, en vez de que le arrollaran todos en el suelo. No tenía ni idea de lo que se le avecinaba, no
sabía si estaría vivo al día siguiente. Pero allí, colgados de la enredadera, Thomas y Alby se
enfrentarían a su destino.
Pasaron unos minutos más antes de que Thomas viera el primer rayo de luz brillar en las paredes
del Laberinto que tenía enfrente. Los terribles sonidos que había oído intensificarse durante la última
hora se convirtieron en un chirrido agudo mecánico, como el grito de muerte de un robot.
Una luz roja a su izquierda atrajo su atención. Al volverse, estuvo a punto de pegar un chillido;
había una cuchilla escarabajo a tan sólo unos centímetros de él, con sus patas largas y flacas
asomando por entre la hiedra y, de alguna forma, enganchadas a la piedra. La luz roja de su ojo era
como un pequeño sol, demasiado brillante para mirarla directamente. Thomas entrecerró los ojos e
intentó centrarse en el cuerpo del escarabajo.
El torso era un cilindro plateado de unos siete centímetros de diámetro y veinticinco de largo.
Doce patas articuladas le recorrían la parte trasera y se extendían de tal modo que aquella cosa
parecía un lagarto dormido. La cabeza no resultaba visible porque el rayo de luz roja apuntaba en su
dirección, aunque parecía pequeña; tal vez le sirviera únicamente para ver.
Pero, en ese momento, Thomas vio la parte más escalofriante. Creía haberla visto antes, en el
Claro, cuando la cuchilla escarabajo había pasado a toda prisa por delante de él hacia el bosque.
Ahora lo confirmaba: la luz roja de su ojo proyectaba un espeluznante resplandor sobre cinco letras
mayúsculas que le cubrían el torso, como si las hubiesen escrito con sangre:
CRUEL
Thomas no podía imaginarse por qué estaba estampada esa única palabra en la cuchilla
escarabajo, a menos que su función fuera indicar a los clarianos que era mala. Cruel.
Sabía que tenía que ser una espía de quienquiera que les hubiese enviado allí. Alby le había
contado que los creadores utilizaban a los escarabajos para observarles. Thomas no hizo ningún
ruido y aguantó la respiración con la esperanza de que el escarabajo sólo detectara el movimiento.
Los segundos pasaron lentamente mientras sus pulmones ansiaban el aire.
Con un chasquido y luego un ruido seco, el escarabajo se dio la vuelta y se marchó correteando,
desapareciendo entre la hiedra. Thomas cogió una gran bocanada de aire, después otra y notó que la
enredadera le apretaba alrededor del pecho.
Otro chillido metálico se oyó en el Laberinto, esta vez más cerca, seguido de una oleada de
maquinaria acelerada. Thomas intentó imitar el cuerpo inanimado de Alby, que colgaba fláccido en
la enredadera.
Y, entonces, algo dobló la esquina de enfrente y avanzó hacia ellos. Algo que había visto antes,
pero a través de la seguridad de un grueso cristal. Algo indescriptible.
Un lacerador.
Capítulo 19
Thomas se quedó mirando aterrorizado la criatura monstruosa que se abría camino por el pasillo del
Laberinto.
Parecía un experimento que hubiera salido fatal, algo sacado de una pesadilla. Parte animal, parte
máquina, el lacerador rodaba y chasqueaba por el suelo de piedra. Su cuerpo era similar al de una
babosa enorme, con un poco de pelo y brillante por la baba, que se hinchaba y desinflaba de forma
grotesca al respirar. No se le distinguía ninguna cabeza ni ninguna cola, pero de delante a atrás
mediría al menos unos dos metros de largo y más de uno de grosor.
Cada diez o quince segundos, unos pinchos afilados de metal salían de su carne bulbosa y toda la
criatura se convertía de repente en una bola que giraba hacia delante. Después, se acomodaba y
parecía orientarse, y los pinchos volvían a hundirse en su piel húmeda con el nauseabundo sonido de
un sorbo. Hizo lo mismo una y otra vez, desplazándose sólo unos pasos en cada ocasión.
Pero el pelo y los pinchos no eran lo único que sobresalía del cuerpo del lacerador. Había varios
brazos mecánicos colocados aquí y allá, al azar, cada uno con una función distinta. A algunos les
acompañaban unas luces brillantes. Otros tenían largas agujas amenazadoras. Uno tenía una zarpa de
tres dedos que se abría y se cerraba sin ninguna razón aparente. Cuando la criatura rodaba, estos
brazos se plegaban y maniobraban para evitar quedar aplastados. Thomas se preguntó qué —o quién
— podría crear unas criaturas tan espantosas y repugnantes.
La fuente de los ruidos que había estado oyendo ahora tenía sentido. Cuando el lacerador rodaba,
emitía un chirrido metálico, como la hoja giratoria de una sierra. Los pinchos y los brazos explicaban
los escalofriantes chasquidos: era el metal contra el metal. Pero nada le ponía más los pelos de punta
a Thomas que los angustiosos gemidos mortales que se le escapaban a la criatura cuando se quedaba
quieta, parecidos a los sonidos de un hombre agonizante en el campo de batalla.
Ahora que lo veía todo en conjunto —la bestia y los sonidos—, Thomas no pudo pensar en una
pesadilla que igualara la horrible cosa que se acercaba a él. Combatió el miedo, obligó a su cuerpo a
permanecer totalmente inmóvil, colgando de la enredadera. Estaba seguro de que la única
posibilidad de salir vivos era que no advirtieran su presencia.
«Quizá no nos vea —pensó—. Sólo quizá». Pero la realidad de la situación se hundía como una
piedra en su estómago. La cuchilla escarabajo ya había revelado su posición exacta.
El lacerador rodó y avanzó entre chasquidos, zigzagueando hacia delante y hacia atrás, gimiendo
y chirriando. Cada vez que se paraba, desplegaba sus brazos metálicos y giraba a un lado y a otro,
como un robot errante en un planeta extraño, buscando señales de vida. Las luces proyectaban unas
sombras inquietantes por el Laberinto, Un vago recuerdo intentó escaparse de la caja cerrada que se
hallaba en su memoria: cuando era niño, las sombras en las paredes le asustaban. Deseó volver a
dondequiera que pasase aquello, correr hasta la madre y el padre que esperaba que aún estuvieran
vivos, en algún sitio, echándole de menos, buscándole.
Un fuerte olor a quemado le irritó las fosas nasales; una repugnante mezcla de motores
recalentados y carne chamuscada. No podía creer que hubiera gente capaz de crear algo tan horrible
para perseguir a unos chavales.
Thomas trató de no pensar en ello; cerró los ojos un momento y se concentró en permanecer
quieto y callado. La criatura seguía acercándose.
Zzzzzzzzzzummm.
Clic-clic-clic.
Zzzzzzzzzzummm.
Clic-clic-clic…
Thomas miró hacia abajo sin mover la cabeza. Finalmente, el lacerador había llegado a la pared
donde Alby y él estaban colgados. Se detuvo junto a la puerta cerrada que daba al Claro, tan sólo a
pocos metros a la derecha de Thomas.
«Por favor, vete para el otro lado», suplicó Thomas en silencio.
«Date la vuelta». «Vete».
«Por ese lado».
«¡Por favor!».
Los pinchos del lacerador salieron y su cuerpo rodó hacia Thomas y Alby.
Zzzzzzzzzummm.
Clic-clic-clic…
Se detuvo y luego rodó una vez más, directo a la pared.
Thomas aguantó la respiración, sin atreverse a hacer el más mínimo sonido. El lacerador ahora
estaba justo debajo de él. Thomas tenía muchísimas ganas de mirar hacia abajo, pero sabía que
cualquier movimiento le delataría. Los rayos de luz que provenían de la criatura iluminaban toda la
zona, totalmente al azar, sin permanecer mucho tiempo en un sitio.
Entonces, sin previo aviso, se apagaron.
El mundo se quedó a oscuras y en silencio. Era como si la criatura se hubiera apagado. No se
movía, no hacía ningún ruido; hasta los gemidos inquietantes habían cesado por completo. Y sin luz,
Thomas no podía ver nada en absoluto. Estaba ciego.
Tomó un poco de aire por la nariz, puesto que su corazón bombeante necesitaba oxígeno con
urgencia. ¿Le oía? ¿Le olía? Tenía el pelo, las manos, la ropa, todo empapado de sudor. Un miedo
hasta ahora desconocido le invadió hasta el punto de la locura.
Aun así, nada. No había ningún movimiento, ninguna luz, ningún sonido. El hecho de intentar
adivinar su próximo movimiento estaba matando a Thomas.
Pasaron segundos. Minutos. La planta filamentosa se clavaba en la piel de Thomas y el pecho se
le estaba entumeciendo. Quería gritarle al monstruo que tenía debajo: «¡Mátame o vuelve a tu
escondite!».
Luego, con un repentino estallido de luz y sonido, el lacerador volvió a la vida, zumbando y
emitiendo chasquidos.
Y entonces empezó a subir por el muro.
Capítulo 20
Los pinchos del lacerador se hundieron en la roca, lanzando trozos de hiedra y piedrecitas en todas
las direcciones. Sus brazos se movieron como las patas de la cuchilla escarabajo, algunos con púas
afiladas que se metían en la piedra del muro para sujetarse. Una luz brillante en la punta de una de las
armas apuntó directamente a Thomas, sólo que esta vez el haz de luz no se apartó.
Thomas sintió cómo la última pizca de esperanza abandonaba su cuerpo. Sabía que la única
opción que le quedaba era correr.
«Lo siento, Alby», pensó mientras desenrollaba la gruesa enredadera de su pecho. Usó la mano
izquierda para agarrarse con firmeza al follaje sobre su cabeza y terminó de desengancharse para
empezar a moverse. Sabía que no podía subir, pues llevaría al lacerador hacia Alby. Y bajar era, por
supuesto, la mejor opción si quería morir lo antes posible. Tenía que ir de lado.
Thomas alargó la mano para coger una liana a medio metro a la izquierda de donde estaba
colgado. Se la enrolló en la mano y estiró muy fuerte. Estaba bien sujeta, como las otras. Con un
vistazo rápido hacia abajo, vio que el lacerador había reducido a la mitad la distancia que les
separaba y ahora se estaba moviendo rápido, sin pausas ni paradas.
Thomas soltó la cuerda que le rodeaba el pecho y se arrastró a la izquierda, rozando la pared.
Antes de que su balanceo oscilante le devolviera a donde estaba Alby, cogió otra enredadera bien
gruesa. Esta vez se agarró con las dos manos y se dio la vuelta para plantar los talones en el muro.
Arrastró el cuerpo hacia la derecha tanto como la planta le permitió; luego, se soltó y cogió otra.
Después, otra. Como un mono trepador, Thomas se encontró moviéndose más rápido de lo que jamás
se hubiera imaginado.
Los sonidos de su perseguidor continuaron sin cesar, sólo que ahora los acompañaban los
chasquidos espeluznantes de la piedra que se desprendía. Thomas se balanceó hacia la derecha
varias veces más antes de atreverse a volver la vista.
El lacerador había alterado su curso y había pasado de Alby para dirigirse directamente hacia él.
«Por fin —pensó Thomas—, algo va bien». Se impulsó con los pies todo lo que pudo y,
columpiándose, huyó de la horrible criatura.
Thomas no necesitaba mirar atrás para saber que el lacerador le ganaba terreno a cada segundo
que pasaba. Los sonidos le delataban. Tenía que volver al suelo de algún modo o todo terminaría
enseguida.
En el siguiente cambio, dejó que la mano resbalara un poco antes de agarrarse con fuerza. La
cuerda de hiedra le quemó la palma, pero ahora estaba unos centímetros más cerca del suelo. Hizo lo
mismo con la siguiente enredadera. Y con la siguiente. Tres balanceos más tarde, ya estaba a medio
camino de alcanzar el suelo del Laberinto. Un dolor infernal le estalló en los brazos; sintió las
punzadas de las manos en carne viva. La adrenalina que le corría por las venas le ayudó a deshacerse
del miedo y siguió moviéndose.
Al siguiente balanceo, la oscuridad impidió ver a Thomas la nueva pared que se levantaba frente
a él hasta que fue demasiado tarde; el pasillo terminaba y giraba a la derecha.
Se golpeó con la piedra que tenía delante y soltó la enredadera a la que estaba agarrado. Agitó
los brazos e intentó agarrarse a cualquier sitio para impedir la caída al duro suelo de piedra. En ese
mismo instante, vio el lacerador por el rabillo del ojo. Había cambiado de dirección y estaba casi
encima de él, extendiendo su zarpa de agarre.
Thomas encontró una enredadera a mitad de camino del suelo, la cogió y los brazos casi se le
desencajaron por el parón. Se apartó de la pared, impulsándose con ambos pies tan fuerte como
pudo, balanceándose justo cuando el lacerador atacó con la garra y las agujas. Thomas dio una
patada con la pierna derecha y alcanzó el brazo que tenía la garra. Un fuerte chasquido reveló la
pequeña victoria, pero la euforia se acabó cuando se dio cuenta de que el impulso de su balanceo le
bajaba hasta caer justo encima de la criatura.
Lleno de adrenalina, Thomas juntó las piernas y las subió contra su pecho. Tan pronto como entró
en contacto con el cuerpo del lacerador, en cuya piel se hundió unos centímetros de un modo
repugnante, tomó impulso con los dos pies, retorciéndose para evitar el enjambre de agujas y garras
que venía hacia él en todas las direcciones. Balanceó el cuerpo hacia la izquierda y, luego, saltó
hacia el muro del Laberinto para intentar agarrarse a otra enredadera mientras los despiadados
instrumentos del lacerador trataban de agarrarle por detrás. Sintió un profundo arañazo en la espalda.
Una vez más, Thomas agitó los brazos y encontró una nueva enredadera, que cogió con ambas
manos. Se sujetó a la planta lo justo para disminuir la velocidad de la caída al deslizarse hacia el
suelo al tiempo que ignoraba el terrible ardor. En cuanto sus pies tocaron tierra firme, echó a correr,
a pesar del agotamiento de su cuerpo.
Un estruendo sonó detrás de él, seguido de los chasquidos y los zumbidos del lacerador mientras
rodaba. Pero Thomas se negó a darse la vuelta, pues sabía que cada segundo contaba.
Dobló una esquina del Laberinto y, luego, otra. Pisando fuerte sobre la piedra, huyó tan rápido
como pudo. En algún lugar de su mente, registró sus propios movimientos, con la esperanza de vivir
el tiempo suficiente para usar esa información y regresar a la puerta. Derecha, después izquierda.
Bajó por un largo pasillo y luego dobló a la derecha otra vez. Izquierda. Derecha. Dos a la izquierda.
Otro largo pasillo. Los sonidos que le perseguían no disminuían ni se debilitaban, pero él tampoco
perdía terreno.
Continuó corriendo, con el corazón a punto de salírsele del pecho. Mediante grandes bocanadas
de aire en busca de aliento, trataba de meter oxígeno en sus pulmones, pero sabía que no podía durar
mucho más. Se preguntó si sería más fácil darse la vuelta y luchar, acabar de una vez por todas.
Al doblar la siguiente esquina, derrapó hasta pararse debido a lo que tenía delante. Se quedó
mirando fijamente, resollando de un modo incontrolable.
Tres laceradores rodaban enfrente mientras clavaban los pinchos en la piedra e iban directos
hacia él.
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