16-17
Capítulo 16
Thomas pasó la mañana con el guardián de los Huertos, «rompiéndose el culo a trabajar», como
Newt habría dicho. Zart era el chico alto con el pelo negro que iba delante de la barra durante el
destierro de Ben y que, por alguna extraña razón, olía a leche agria. No hablaba mucho, pero le
enseñó a Thomas cómo funcionaba todo hasta que supo hacerlo él solo. Quitar las malas hierbas,
podar un albaricoquero, plantar semillas de calabazas y calabacines y recoger verduras. No le
entusiasmaba y, más bien, ignoraba a los otros chicos que trabajaban con él, pero no lo odiaba tanto
como lo que había hecho para Winston en la Casa de la Sangre.
Thomas estaba desherbando con Zart una larga fila de maíz tierno cuando decidió que era un buen
momento, para empezar a hacer preguntas. Este guardián parecía mucho más accesible.
—Oye, Zart —dijo.
El guardián levantó la vista para mirarle y, luego, volvió a su trabajo. El muchacho tenía los ojos
caídos y una cara larga; por algún motivo, parecía tan aburrido como podía estarlo alguien.
—¿Sí, verducho? ¿Qué quieres?
—¿Cuántos guardianes hay en total? —preguntó Thomas, intentando parecer despreocupado—.
¿Y cuáles son las opciones de trabajo?
—Bueno, tienes los constructores, los deambulantes, los embolsadores, los cocineros, los
maperos, los mediqueros, los excavadores, los de la Casa de la Sangre. Los corredores, por
supuesto. No sé, quizás unos cuantos más. Yo no hablo mucho y me ocupo de mis cosas.
La mayoría de las palabras era fácil de entender, pero Thomas se preguntó qué significaría un par
de ellas.
—¿Qué es un deambulante? —sabía que era lo que hacía Chuck, pero el niño nunca quería hablar
del tema. Se negaba a decirle nada.
—Eso es a lo que se dedican los pingajos que no pueden hacer otra cosa. Limpian los lavabos,
las duchas, la cocina, la Casa de la Sangre después de la matanza… todo. Si pasas un día con esos
imbéciles, se te quita la idea de ir por ese camino; te lo digo yo.
Thomas sintió una punzada de culpabilidad hacia Chuck, sintió lástima por él. El chaval intentaba
con todas sus fuerzas hacerse amigo de todo el mundo, pero a nadie parecía gustarle y ni siquiera le
prestaban atención. Sí, era un poco nervioso y hablaba demasiado, pero Thomas se alegraba de
tenerle a su lado.
—¿Y los excavadores? —preguntó mientras sacaba un hierbajo enorme con un montón de tierra
en sus raíces.
Zart se aclaró la garganta y siguió trabajando a la vez que respondía:
—Son los que se encargan de lo más pesado en los Huertos. Hacen las zanjas y no sé qué más.
Cuando tienen tiempo libre, se dedican a hacer otras cosas por el Claro. La verdad es que muchos
clarianos tienen más de un trabajo. ¿Alguien te lo había contado?
Thomas ignoró la pregunta y continuó, decidido a obtener el máximo de respuestas posibles:
—¿Y los embolsadores? Sé que se ocupan de los muertos, pero no puede morir gente con tanta
frecuencia, ¿no?
—Esos tipos dan miedo. También actúan como guardias y policía. A todos les gusta llamarles
embolsadores. Ya verás qué divertido ese día, amigo —se rió por lo bajo. Era la primera vez que
Thomas le oyó hacerlo y lo encontró simpático.
Thomas tenía más preguntas. Muchísimas más. Chuck y los demás del Claro nunca querían
contestarle a nada. Y allí estaba Zart, que por lo visto no tenía ningún problema al respecto. Pero, de
repente, a Thomas se le quitaron las ganas de hablar. Por algún motivo, la chica volvió a metérsele
en la cabeza, sin venir al caso, y luego empezó a pensar en Ben y en el lacerador muerto, lo que
debería ser algo bueno, pero todo el mundo actuaba como si fuera lo contrario. Su nueva vida era un
asco.
Respiró hondo. «Limítate a trabajar», pensó, y eso fue lo que hizo.
A media tarde, Thomas estaba a punto de desmayarse de cansancio. Estar todo el rato agachado,
arrastrándose de rodillas en la tierra, era lo peor que había.
«Corredor —dijo para sus adentros mientras seguía descansando—. Dejadme ser corredor».
Una vez más, pensó en lo absurdo que era desearlo con todas sus fuerzas. Pero, aunque no lo
entendiera ni supiera de dónde venía aquella idea, las ganas eran innegables. Igual de fuertes eran los
pensamientos sobre la chica, pero intentaba apartarlos de su cabeza todo lo posible.
Cansado y dolorido, se dirigió a la cocina para comer algo y beber agua. Se podría haber
zampado un almuerzo entero, a pesar de que ya había comido hacía dos horas. Incluso el cerdo
empezaba a sonarle bien otra vez.
Le dio un mordisco a una manzana y, después, se dejó caer en el suelo junto a Chuck. Newt
también se encontraba allí, pero estaba sentado solo, ignorando al resto. Tenía los ojos inyectados en
sangre y la frente arrugada, llena de surcos. Thomas observó cómo Newt se mordía las uñas, algo
que no había visto nunca hacer a aquel chico mayor.
Chuck se dio cuenta e hizo la pregunta que Thomas tenía en la cabeza:
—¿Qué le pasa? —susurró el niño—. Se parece a ti cuando saliste de la Caja.
—No lo sé —contestó Thomas—. ¿Por qué no vas a preguntarle?
—Puedo oír todas las malditas palabras que estáis diciendo vosotros dos —dijo Newt en voz
alta—. No me extraña que la gente no soporte dormir a vuestro lado, pingajos.
Thomas se sintió como si le hubieran pillado robando, pero estaba muy preocupado; Newt era
uno de los pocos en el Claro que de verdad le gustaban.
—¿Qué te pasa? —inquirió Chuck—. No te ofendas, pero estás hecho una clonc.
—Todo lo malo del mundo —contestó, y luego se quedó callado, con la vista clavada en el
espacio durante un rato. Thomas estuvo a punto de insistir con otra pregunta, pero al final Newt
continuó hablando—: La chica de la Caja. Sigue gimiendo y diciendo todo tipo de cosas raras, pero
no se despierta. Los mediqueros hacen todo lo posible por alimentarla, pero cada vez come menos.
Os lo digo yo, hay algo muy chungo en todo esto.
Thomas bajó la vista hacia la manzana y después le dio un mordisco. Ahora sabía ácida. Se dio
cuenta de que estaba preocupado por la chica, preocupado por su bienestar. Como si la conociera.
Newt dejó escapar un largo suspiro.
—Foder, pero eso no es lo que me saca de quicio.
—¿Y qué es? —preguntó Chuck.
Thomas se inclinó hacia delante con tanta curiosidad que fue capaz de quitarse a la chica de la
cabeza. Los ojos de Newt se entrecerraron al mirar una de las entradas del Laberinto.
—Alby y Minho —farfulló—. Deberían haber vuelto hace horas.
• • •
Cuando quiso darse cuenta, Thomas ya estaba otra vez trabajando, sacando de nuevo las malas
hierbas, contando los minutos que le quedaban para acabar en los Huertos. No paraba de mirar hacia
la Puerta Oeste en busca alguna señal de Alby y Minho, pues la preocupación de Newt se le había
contagiado.
Newt había dicho que tenían que haber vuelto a mediodía, que ese era el tiempo suficiente para
llegar hasta el lacerador muerto, explorar una hora o dos y regresar. No le extrañaba que estuviera
tan disgustado. Cuando Chuck sugirió que tal vez estaban investigando y divirtiéndose un poco, Newt
le había lanzado una mirada tan dura que Thomas pensó que el niño ardería por combustión
espontánea.
Nunca olvidaría la cara que puso Newt a continuación. Cuando Thomas le preguntó por qué no se
metían unos cuantos en el Laberinto para buscar a sus amigos, la expresión de Newt cambió a una de
terror absoluto: las mejillas se le hundieron en el rostro, que se le puso oscuro y cetrino. Se le fue
pasando poco a poco, y le explicó que estaba prohibido enviar grupos de búsqueda, por si acaso se
perdía más gente, pero no había duda de que el miedo había atravesado su rostro.
A Newt le aterrorizaba el Laberinto.
Lo que fuera que le pasase ahí dentro —quizá incluso estaba relacionado con el dolor que tenía
desde hacía tanto tiempo en el tobillo— había sido espantoso.
Thomas trató de no darle más vueltas mientras se volvía a concentrar en arrancar malas hierbas.
• • •
La cena de aquella noche resultó ser bastante sombría y no precisamente por la comida. Fritanga y
sus cocineros sirvieron un magnífico banquete a base de bistec, puré de patatas, judías verdes y
rollitos calientes. Thomas enseguida se dio cuenta de que los chistes que se hacían sobre lo que
cocinaba Fritanga eran sólo eso, chistes. Todos engullían su comida y, en general, pedían más. Pero
aquella noche los clarianos comían como hombres muertos resucitados para su última cena antes de
que los enviaran a vivir con el diablo.
Los corredores habían vuelto a la hora habitual y Thomas se estaba alterando cada vez más al ver
cómo Newt iba de puerta en puerta conforme entraban en el Claro, sin molestarse en ocultar su
pánico. Pero Alby y Minho no aparecían. Newt obligó a los clarianos a seguir adelante y comer la
cena de Fritanga tan bien merecida, pero insistió en que debían seguir pendientes de si llegaban los
dos perdidos. Nadie lo dijo, pero Thomas sabía que las puertas no tardarían en cerrarse.
Thomas siguió las órdenes a regañadientes, como el resto de jóvenes, y compartió una mesa de
picnic en la parte sur de la Hacienda con Chuck y Winston. Sólo había dado unos bocados cuando no
pudo aguantarlo más:
—No soporto estar aquí mientras ellos están ahí fuera, perdidos —dijo, y dejó caer el tenedor en
el plato—. Me voy a vigilar las puertas con Newt.
Se levantó y salió a echar un vistazo. Chuck iba detrás de él, como era de esperar. Se encontraron
con Newt en la Puerta Oeste; caminaba de un lado a otro y se pasaba las manos por el pelo. Levantó
la vista cuando Thomas y Chuck se acercaron.
—¿Dónde están? —preguntó Newt con voz débil y forzada.
A Thomas le conmovió que Newt estuviera tan preocupado por Alby y Minho, como si fueran de
su familia.
—¿Por qué no enviamos un grupo de búsqueda? —volvió a sugerir. Le parecía una estupidez
quedarse allí sentados, preocupadísimos, cuando podían salir y encontrarlos.
—Maldito… —empezó a decir Newt, pero se calló. Cerró los ojos un segundo y respiró hondo
—. No podemos, ¿vale? No lo repitas más. Va al cien por cien en contra de las normas. Sobre todo
ahora que las puñeteras puertas están a punto de cerrarse.
—Pero ¿por qué? —insistió Thomas, sin dar crédito a la terquedad de Newt—. ¿No les cogerán
los laceradores si se quedan ahí fuera? ¿No deberíamos hacer algo?
Newt se volvió hacia él con la cara roja y los ojos brillantes por la ira.
—¡Calla la boca, verducho! —gritó—. ¡No llevas ni una maldita semana aquí! ¿Crees que no
arriesgaría mi vida en este mismo instante por esos torpes?
—No…, lo… siento. No pretendía… —Thomas no sabía qué decir; él sólo intentaba ayudar.
La cara de Newt se relajó.
—Aún no lo has pillado, Tommy. Si sales ahí fuera por la noche, te espera una muerte segura.
Sólo estaríamos malgastando más vidas. Si esos pingajos no consiguen volver… —hizo una pausa;
parecía vacilar en decir lo que todos estaban pensando—. Ambos hicieron un juramento, igual que
yo. Igual que todos. Tú también lo harás cuando tengas tu primera Reunión y te elija un guardián.
Nunca salimos de noche. Sin importar lo que pase. Nunca.
Thomas miró a Chuck, que parecía estar tan pálido como Newt.
—Newt no lo va a decir —dijo el niño—, así que lo diré yo: si no vuelven, significa que están
muertos. Minho es demasiado listo para perderse. Es imposible. Están muertos.
Newt no dijo nada y Chuck se dio la vuelta y volvió a la Hacienda, con la cabeza gacha.
«¿Muertos?», pensó Thomas. La situación se había puesto tan grave que no sabía cómo
reaccionar y notó un agujero en el corazón.
—El pingajo tiene razón —asintió Newt, serio—. Esa es la razón por la que no podemos salir.
No podemos permitirnos empeorar las cosas más de lo que ya están.
Le puso la mano a Thomas en el hombro y luego la dejó caer al costado. Las lágrimas empañaron
los ojos de Newt, y Thomas supo que incluso en el interior de la oscura cámara de recuerdos que
estaba cerrada con llave, fuera de su alcance, nunca había visto a nadie tan triste. La oscuridad en
aumento del crepúsculo era perfecta para lo desalentadoras que se habían puesto las cosas.
—Faltan dos minutos para que se cierren las puertas —dijo Newt, una afirmación tan sucinta y
categórica que pareció colgar en el aire como un sudario alcanzado por un soplo de viento. Luego se
marchó, encorvado y en silencio.
Thomas negó con la cabeza y después echó la vista atrás, hacia el Laberinto. Apenas conocía a
Alby y a Minho, pero el pecho le dolía al pensar en ellos ahí fuera, muertos por culpa de la horrenda
criatura que había visto por la ventana la primera mañana que había pasado en el Claro.
Un gran estruendo sonó en todas las direcciones, lo que sobresaltó a Thomas y le apartó de sus
pensamientos. Entonces se oyó el chirrido de la piedra contra la piedra. Las puertas se estaban
cerrando para toda la noche.
La pared derecha retumbó por el suelo, soltando tierra y piedras a medida que se movía. La
hilera vertical de barras era tan larga que parecía llegar al cielo y se deslizaba hacia los agujeros
correspondientes de la pared izquierda, lista para cerrarse hasta por la mañana. Una vez más,
Thomas miró con gran respeto el enorme muro en movimiento, que desafiaba cualquier ley de la
física. Parecía imposible.
Entonces algo atrajo su atención a la izquierda.
En el interior del Laberinto, por el pasillo que había delante de él, algo se movía.
Al principio, el pánico le recorrió el cuerpo; retrocedió, preocupado por que pudiera ser un
lacerador. Pero en ese momento vio dos formas que avanzaban a trompicones por el pasillo hacia la
puerta. Sus ojos por fin vieron con claridad tras la ceguera inicial provocada por el miedo, y se dio
cuenta de que era Minho con uno de los brazos de Alby colocado sobre los hombros, prácticamente
arrastrando al chico detrás de él. Minho alzó la vista y vio a Thomas, que sabía que parecía que tenía
los ojos saliéndose de las órbitas.
—¡Le dieron! —gritó Minho con voz ahogada y débil por el cansancio. Cada paso que daba
parecía ser el último. Thomas estaba tan atónito por el cambio de los acontecimientos que tardó un
momento en reaccionar.
—¡Newt! —gritó por fin, mientras se obligaba a apartar la mirada de Minho y Alby para
centrarse en la otra dirección—. ¡Ya vienen! ¡Los veo!
Sabía que tenía que correr hacia el Laberinto para ayudar, pero tenía grabada en la cabeza la
regla de no abandonar el Claro.
Newt ya estaba casi de vuelta en la Hacienda, pero el grito de Thomas le hizo darse la vuelta
enseguida y echó a correr como pudo hacia la puerta.
Thomas se volvió para mirar hacia el Laberinto y el terror se apoderó de él. Alby se había
resbalado de los brazos de Minho y se había caído al suelo. Thomas observó cómo Minho,
desesperado, intentaba ponerle otra vez en pie, pero al final se rindió y comenzó a arrastrar al chico
por el suelo de piedra.
Pero aún les quedaban un montón de metros para llegar.
El muro derecho se cerraba rápido y parecía cobrar más velocidad cuanto más despacio deseaba
Thomas que fuese. Sólo faltaban unos segundos para que se cerrara por completo. Era imposible que
lograran llegar a tiempo. No podrían hacerlo ni en broma.
Thomas se volvió para mirar a Newt, que con su cojera tan sólo había avanzado la mitad del
camino. Luego miró una vez más hacia el Laberinto, hacia el muro que se cerraba. Tan sólo unos
metros más y todo se habría acabado.
Minho se tropezó y se cayó al suelo. No iban a conseguirlo. Ya no quedaba tiempo. Se había
acabado.
Thomas oyó a Newt gritar algo detrás de él:
—¡No lo hagas, Tommy! ¡Ni se te ocurra!
Las barras de la pared derecha parecían extenderse como brazos que se estiraban para alcanzar
su objetivo, para acoplarse a aquellos orificios que eran su lugar de descanso durante la noche.
El sonido chirriante de la puerta inundó el aire de un modo ensordecedor.
Un metro y medio. Un metro. Medio metro.
Thomas sabía que no le quedaba otra opción. Se movió. Hacia delante. Se metió entre las barras
de conexión en el último segundo y entró en el Laberinto.
Los muros se cerraron de golpe tras él y el eco del estruendo rebotó sobre la piedra cubierta de
hiedra como la risa de un loco.
Capítulo 17
Durante varios segundos, Thomas sintió que el mundo se había quedado congelado. Un gran silencio
siguió al ruido atronador que emitió la puerta al cerrarse y un velo de oscuridad pareció cubrir el
cielo, como si hasta el sol se hubiera asustado de lo que acechaba en el Laberinto. El ocaso había
llegado y las gigantescas paredes parecían lápidas en un cementerio para gigantes, plagado de
hierbajos. Thomas se recostó sobre la roca áspera, abrumado por la incredulidad ante lo que acababa
de suceder. Aterrorizado por las consecuencias que podía tener.
Entonces, un alarido que salió de Alby puso a Thomas firme; Minho estaba gimiendo. Thomas se
apartó del muro y corrió hacia los dos clarianos.
Minho se había incorporado y estaba otra vez de pie, pero tenía un aspecto horrible, incluso bajo
la tenue luz que aún les acompañaba. Estaba sucio, sudoroso y lleno de arañazos. Alby, en el suelo,
parecía encontrarse peor; tenía la ropa hecha jirones y los brazos cubiertos de cortes y cardenales.
Thomas se estremeció. ¿Había atacado un lacerador a Alby?
—Verducho —dijo Minho—, si crees que has sido valiente por salir aquí, escúchame bien: eres
el fuco cara fuco más fuco que he visto en mi vida. Estás muerto, como nosotros.
Thomas notó cómo la cara se le calentaba. Esperaba al menos un poco de gratitud.
—No podía quedarme allí sentado y dejaros aquí fuera.
—¿Y qué vas a hacer ahora para ayudarnos? —Minho puso los ojos en blanco—. Como tú
quieras, tío. Rompe la Norma Número Uno, suicídate, me da igual.
—De nada. Sólo trataba de echar una mano —Thomas se sentía como si le hubieran pegado una
patada en la cara.
Minho forzó una risa amarga y luego se arrodilló junto a Alby. Thomas se fijó mejor en el chico
que estaba en el suelo y se dio cuenta de lo mal que se hallaban las cosas. Alby parecía encontrarse
al borde de la muerte. Su piel morena perdía el color por momentos y el joven respiraba rápido y de
forma superficial. La esperanza abandonó a Thomas.
—No quiero hablar de esto —dijo Minho mientras comprobaba el pulso de Alby y se inclinaba
para auscultarle el pecho—. Digamos que los laceradores no se toman demasiado bien la muerte.
Aquella afirmación cogió a Thomas por sorpresa.
—Así que le han… ¿mordido? O picado, da igual. ¿Va a pasar por el Cambio?
—Tienes mucho que aprender —fue todo lo que dijo Minho.
Thomas quiso gritar. Sabía que le quedaba mucho por aprender, por eso hacía preguntas.
—¿Va a morirse? —se obligó a decir antes de avergonzarse por lo vacío y superficial que
sonaba.
—Puesto que no hemos conseguido volver antes de la puesta de sol, probablemente. Podría morir
en una hora. No sé cuánto se tarda si no te dan el Suero. Por supuesto, nosotros también moriremos,
así que no te pongas a llorar por él. Sí, todos estaremos muertos bien pronto —lo dijo con tanta
naturalidad que Thomas apenas pudo procesar el significado de sus palabras. Pero enseguida la
espantosa realidad de la situación caló en Thomas y sintió como si sus entrañas comenzaran a
pudrirse.
—¿De verdad vamos a morir? —preguntó, incapaz de aceptarlo—. ¿Me estás diciendo que no
tenemos ninguna posibilidad de sobrevivir?
—Ninguna.
Thomas estaba harto de la constante negatividad de Minho.
—¡Venga ya! Tiene que haber algo que podamos hacer. ¿Cuántos laceradores nos atacarán a la
vez?
Se asomó por el pasillo que se adentraba en el Laberinto, como si esperara que las criaturas
llegaran en aquel momento, atraídas por el sonido de su nombre.
—No lo sé.
Una idea asaltó la mente de Thomas y le dio esperanza.
—Pero… ¿y qué hay de Ben? ¿Y de Gally, y de los demás a los que picaron y sobrevivieron?
Minho le miró de una forma que expresaba que era más tonto que una clonc de vaca.
—¿No me has oído? Consiguieron regresar antes de la puesta de sol, imbécil. Al volver, les
dieron el Suero. A todos.
Thomas se preguntó por el suero que había mencionado Minho, pero antes tenía muchos más
interrogantes que responder:
—Pero yo creía que los laceradores sólo salían de noche.
—Pues estabas equivocado, pingajo. Siempre salen de noche, pero eso no significa que no
aparezcan nunca de día.
Thomas no quería dejarse llevar por la desesperanza de Minho. No quería rendirse ni morir
todavía.
—¿Alguna vez han atrapado de noche a alguien fuera de los muros y este ha vivido para contarlo?
—Nunca.
Thomas frunció el entrecejo; deseaba encontrar una pizca de esperanza.
—¿Cuántos han muerto, entonces?
Minho clavó la vista en el suelo, agachado con un antebrazo sobre la rodilla. Era evidente que
estaba agotado, casi aturdido.
—Al menos, doce. ¿No has estado en el cementerio?
—Sí.
«Así es como mueren», pensó.
—Bueno, esos sólo son los que hemos encontrado. Hay más cuyos cuerpos nunca aparecieron —
Minho señaló distraídamente hacia el Claro cerrado—. Ese puñetero cementerio está en el bosque
por un motivo. Nada mata mejor el tiempo que recordar cada día a tus amigos asesinados brutalmente
—Minho se levantó, cogió a Alby por los brazos y luego señaló con la cabeza sus pies—. Coge esos
mamones apestosos. Le tenemos que llevar hasta la puerta. Les dejaremos un cuerpo para que lo
encuentren con facilidad por la mañana.
Thomas no se podía creer lo morbosa que era aquella afirmación.
—¿Cómo puede estar ocurriendo una cosa así? —gritó a las paredes a la vez que giraba en
círculo. Se sintió a punto de perder el control definitivamente.
—Deja de lloriquear. Deberías haber seguido las normas y haberte quedado dentro. Ahora,
venga, cógele de las piernas.
Con una mueca de dolor por un retortijón de tripas, Thomas se acercó y levantó los pies de Alby
como le habían dicho. Llevaron medio a rastras el cuerpo inerte unos tres metros hasta la grieta
vertical de la puerta, donde Minho apoyó a Alby contra la pared en una posición en la que casi
estaba sentado. El pecho de Alby subía y bajaba, esforzándose por respirar, y su piel estaba
empapada en sudor; parecía que no iba a durar mucho más.
—¿Dónde le han mordido? —preguntó Thomas—. ¿Puedes verlo?
—No te muerden. Los jodidos te pican. Y no, no puedes verlo. Podría tener montones de
picotazos por todo el cuerpo —Minho cruzó los brazos y se apoyó en el muro.
Por alguna razón, Thomas pensó que la palabra «picar» sonaba mucho peor que «morder».
—¿Te pican? ¿Qué significa eso?
—Tío, tendrás que verlos para saber de lo que estoy hablando.
Thomas señaló los brazos de Minho y, luego, sus piernas.
—Bueno, ¿y por qué esa cosa no te ha picado a ti?
Minho extendió las manos.
—Quizá sí lo haya hecho. Quizá me desplome en cualquier momento.
—Ellos… —empezó a decir Thomas, pero no sabía cómo terminar la frase. No sabía si Minho lo
había dicho en serio.
—No existe ningún «ellos», sólo el que creíamos que estaba muerto. Se volvió loco y picó a
Alby, pero luego salió corriendo —Minho volvió la vista hacia el Laberinto, que estaba a oscuras
casi por completo porque se había hecho de noche—. Pero estoy segurísimo de que no tardará en
estar aquí con un puñado de los otros para liquidarnos con sus agujas.
—¿Sus agujas? —a Thomas las cosas le sonaban cada vez más alarmantes.
—Sí, agujas —no dio más detalles y, por la cara que puso, tampoco pensaba hacerlo.
Thomas levantó la vista hacia los enormes muros cubiertos de enredaderas. La desesperación por
fin le había puesto en modo «resolver problemas».
—¿No podemos trepar por esta cosa? —miró a Minho, que no dijo ni una palabra—. Por las
enredaderas, ¿no podemos subir por ellas?
Minho dejó escapar un suspiro de frustración.
—Te lo juro, verducho, debes de creer que somos un hatajo de subnormales. ¿De veras piensas
que nunca hemos tenido la ingeniosa idea de subir por las putas paredes?
Por primera vez, Thomas notó que poco a poco le invadía la ira para competir con el miedo y el
pánico.
—Sólo intento ayudar, tío. ¿Por qué no dejas de poner pegas a todo lo que digo y hablas
conmigo?
Minho saltó bruscamente sobre Thomas y le agarró por la camiseta.
—¡No lo entiendes, cara fuco! ¡Tú no sabes nada y lo único que haces es empeorarlo intentando
tener esperanza! Estamos muertos, ¿me oyes? ¡Muertos!
Thomas no supo qué sintió con más fuerza en aquellos momentos, si enfado con Minho o lástima
por él. Se estaba rindiendo con demasiada facilidad. Minho bajó la vista hacia sus manos, que
agarraban con firmeza la camiseta de Thomas, y la vergüenza le atravesó el rostro. Le soltó despacio
y retrocedió. Thomas se recolocó la ropa con actitud desafiante.
—Jo, tío —susurró Minho; luego se dejó caer en el suelo y hundió la cara en sus puños apretados
—. Nunca he estado tan asustado, macho. No como ahora.
Thomas quiso decir algo, que madurara, que pensara, que le contara todo lo que sabía. ¡Algo!
Abrió la boca para hablar, pero la cerró enseguida cuando oyó el ruido. Minho asomó la cabeza y
miró por uno de los oscuros pasillos de piedra. Thomas notó cómo se le aceleraba su propia
respiración.
Aquel sonido grave e inquietante venía de lo más profundo del Laberinto. Era un zumbido
constante que emitía un timbre metálico cada pocos segundos, como cuchillos afilados rozando unos
contra otros. Cada vez se oía más alto y, entonces, surgieron unos chasquidos sobrecogedores.
Thomas se imaginó unas largas uñas dando golpecitos contra un cristal. Un gemido ahogado llenó el
aire y luego sonó algo que parecía el ruido de unas cadenas.
En conjunto, todo era horroroso, y la pequeña cantidad de valor que Thomas había conseguido
reunir estaba empezando a desaparecer.
Minho se levantó; apenas veía su rostro bajo aquella luz mortecina. Pero, cuando habló, Thomas
se imaginó que tenía los ojos abiertos de par en par por el terror:
—Tenemos que separarnos. Es nuestra única posibilidad de supervivencia. Sigue moviéndote.
¡No dejes de moverte!
Y entonces se dio la vuelta, echó a correr y desapareció en cuestión de segundos, engullido por el
Laberinto y la oscuridad
Thomas pasó la mañana con el guardián de los Huertos, «rompiéndose el culo a trabajar», como
Newt habría dicho. Zart era el chico alto con el pelo negro que iba delante de la barra durante el
destierro de Ben y que, por alguna extraña razón, olía a leche agria. No hablaba mucho, pero le
enseñó a Thomas cómo funcionaba todo hasta que supo hacerlo él solo. Quitar las malas hierbas,
podar un albaricoquero, plantar semillas de calabazas y calabacines y recoger verduras. No le
entusiasmaba y, más bien, ignoraba a los otros chicos que trabajaban con él, pero no lo odiaba tanto
como lo que había hecho para Winston en la Casa de la Sangre.
Thomas estaba desherbando con Zart una larga fila de maíz tierno cuando decidió que era un buen
momento, para empezar a hacer preguntas. Este guardián parecía mucho más accesible.
—Oye, Zart —dijo.
El guardián levantó la vista para mirarle y, luego, volvió a su trabajo. El muchacho tenía los ojos
caídos y una cara larga; por algún motivo, parecía tan aburrido como podía estarlo alguien.
—¿Sí, verducho? ¿Qué quieres?
—¿Cuántos guardianes hay en total? —preguntó Thomas, intentando parecer despreocupado—.
¿Y cuáles son las opciones de trabajo?
—Bueno, tienes los constructores, los deambulantes, los embolsadores, los cocineros, los
maperos, los mediqueros, los excavadores, los de la Casa de la Sangre. Los corredores, por
supuesto. No sé, quizás unos cuantos más. Yo no hablo mucho y me ocupo de mis cosas.
La mayoría de las palabras era fácil de entender, pero Thomas se preguntó qué significaría un par
de ellas.
—¿Qué es un deambulante? —sabía que era lo que hacía Chuck, pero el niño nunca quería hablar
del tema. Se negaba a decirle nada.
—Eso es a lo que se dedican los pingajos que no pueden hacer otra cosa. Limpian los lavabos,
las duchas, la cocina, la Casa de la Sangre después de la matanza… todo. Si pasas un día con esos
imbéciles, se te quita la idea de ir por ese camino; te lo digo yo.
Thomas sintió una punzada de culpabilidad hacia Chuck, sintió lástima por él. El chaval intentaba
con todas sus fuerzas hacerse amigo de todo el mundo, pero a nadie parecía gustarle y ni siquiera le
prestaban atención. Sí, era un poco nervioso y hablaba demasiado, pero Thomas se alegraba de
tenerle a su lado.
—¿Y los excavadores? —preguntó mientras sacaba un hierbajo enorme con un montón de tierra
en sus raíces.
Zart se aclaró la garganta y siguió trabajando a la vez que respondía:
—Son los que se encargan de lo más pesado en los Huertos. Hacen las zanjas y no sé qué más.
Cuando tienen tiempo libre, se dedican a hacer otras cosas por el Claro. La verdad es que muchos
clarianos tienen más de un trabajo. ¿Alguien te lo había contado?
Thomas ignoró la pregunta y continuó, decidido a obtener el máximo de respuestas posibles:
—¿Y los embolsadores? Sé que se ocupan de los muertos, pero no puede morir gente con tanta
frecuencia, ¿no?
—Esos tipos dan miedo. También actúan como guardias y policía. A todos les gusta llamarles
embolsadores. Ya verás qué divertido ese día, amigo —se rió por lo bajo. Era la primera vez que
Thomas le oyó hacerlo y lo encontró simpático.
Thomas tenía más preguntas. Muchísimas más. Chuck y los demás del Claro nunca querían
contestarle a nada. Y allí estaba Zart, que por lo visto no tenía ningún problema al respecto. Pero, de
repente, a Thomas se le quitaron las ganas de hablar. Por algún motivo, la chica volvió a metérsele
en la cabeza, sin venir al caso, y luego empezó a pensar en Ben y en el lacerador muerto, lo que
debería ser algo bueno, pero todo el mundo actuaba como si fuera lo contrario. Su nueva vida era un
asco.
Respiró hondo. «Limítate a trabajar», pensó, y eso fue lo que hizo.
A media tarde, Thomas estaba a punto de desmayarse de cansancio. Estar todo el rato agachado,
arrastrándose de rodillas en la tierra, era lo peor que había.
«Corredor —dijo para sus adentros mientras seguía descansando—. Dejadme ser corredor».
Una vez más, pensó en lo absurdo que era desearlo con todas sus fuerzas. Pero, aunque no lo
entendiera ni supiera de dónde venía aquella idea, las ganas eran innegables. Igual de fuertes eran los
pensamientos sobre la chica, pero intentaba apartarlos de su cabeza todo lo posible.
Cansado y dolorido, se dirigió a la cocina para comer algo y beber agua. Se podría haber
zampado un almuerzo entero, a pesar de que ya había comido hacía dos horas. Incluso el cerdo
empezaba a sonarle bien otra vez.
Le dio un mordisco a una manzana y, después, se dejó caer en el suelo junto a Chuck. Newt
también se encontraba allí, pero estaba sentado solo, ignorando al resto. Tenía los ojos inyectados en
sangre y la frente arrugada, llena de surcos. Thomas observó cómo Newt se mordía las uñas, algo
que no había visto nunca hacer a aquel chico mayor.
Chuck se dio cuenta e hizo la pregunta que Thomas tenía en la cabeza:
—¿Qué le pasa? —susurró el niño—. Se parece a ti cuando saliste de la Caja.
—No lo sé —contestó Thomas—. ¿Por qué no vas a preguntarle?
—Puedo oír todas las malditas palabras que estáis diciendo vosotros dos —dijo Newt en voz
alta—. No me extraña que la gente no soporte dormir a vuestro lado, pingajos.
Thomas se sintió como si le hubieran pillado robando, pero estaba muy preocupado; Newt era
uno de los pocos en el Claro que de verdad le gustaban.
—¿Qué te pasa? —inquirió Chuck—. No te ofendas, pero estás hecho una clonc.
—Todo lo malo del mundo —contestó, y luego se quedó callado, con la vista clavada en el
espacio durante un rato. Thomas estuvo a punto de insistir con otra pregunta, pero al final Newt
continuó hablando—: La chica de la Caja. Sigue gimiendo y diciendo todo tipo de cosas raras, pero
no se despierta. Los mediqueros hacen todo lo posible por alimentarla, pero cada vez come menos.
Os lo digo yo, hay algo muy chungo en todo esto.
Thomas bajó la vista hacia la manzana y después le dio un mordisco. Ahora sabía ácida. Se dio
cuenta de que estaba preocupado por la chica, preocupado por su bienestar. Como si la conociera.
Newt dejó escapar un largo suspiro.
—Foder, pero eso no es lo que me saca de quicio.
—¿Y qué es? —preguntó Chuck.
Thomas se inclinó hacia delante con tanta curiosidad que fue capaz de quitarse a la chica de la
cabeza. Los ojos de Newt se entrecerraron al mirar una de las entradas del Laberinto.
—Alby y Minho —farfulló—. Deberían haber vuelto hace horas.
• • •
Cuando quiso darse cuenta, Thomas ya estaba otra vez trabajando, sacando de nuevo las malas
hierbas, contando los minutos que le quedaban para acabar en los Huertos. No paraba de mirar hacia
la Puerta Oeste en busca alguna señal de Alby y Minho, pues la preocupación de Newt se le había
contagiado.
Newt había dicho que tenían que haber vuelto a mediodía, que ese era el tiempo suficiente para
llegar hasta el lacerador muerto, explorar una hora o dos y regresar. No le extrañaba que estuviera
tan disgustado. Cuando Chuck sugirió que tal vez estaban investigando y divirtiéndose un poco, Newt
le había lanzado una mirada tan dura que Thomas pensó que el niño ardería por combustión
espontánea.
Nunca olvidaría la cara que puso Newt a continuación. Cuando Thomas le preguntó por qué no se
metían unos cuantos en el Laberinto para buscar a sus amigos, la expresión de Newt cambió a una de
terror absoluto: las mejillas se le hundieron en el rostro, que se le puso oscuro y cetrino. Se le fue
pasando poco a poco, y le explicó que estaba prohibido enviar grupos de búsqueda, por si acaso se
perdía más gente, pero no había duda de que el miedo había atravesado su rostro.
A Newt le aterrorizaba el Laberinto.
Lo que fuera que le pasase ahí dentro —quizá incluso estaba relacionado con el dolor que tenía
desde hacía tanto tiempo en el tobillo— había sido espantoso.
Thomas trató de no darle más vueltas mientras se volvía a concentrar en arrancar malas hierbas.
• • •
La cena de aquella noche resultó ser bastante sombría y no precisamente por la comida. Fritanga y
sus cocineros sirvieron un magnífico banquete a base de bistec, puré de patatas, judías verdes y
rollitos calientes. Thomas enseguida se dio cuenta de que los chistes que se hacían sobre lo que
cocinaba Fritanga eran sólo eso, chistes. Todos engullían su comida y, en general, pedían más. Pero
aquella noche los clarianos comían como hombres muertos resucitados para su última cena antes de
que los enviaran a vivir con el diablo.
Los corredores habían vuelto a la hora habitual y Thomas se estaba alterando cada vez más al ver
cómo Newt iba de puerta en puerta conforme entraban en el Claro, sin molestarse en ocultar su
pánico. Pero Alby y Minho no aparecían. Newt obligó a los clarianos a seguir adelante y comer la
cena de Fritanga tan bien merecida, pero insistió en que debían seguir pendientes de si llegaban los
dos perdidos. Nadie lo dijo, pero Thomas sabía que las puertas no tardarían en cerrarse.
Thomas siguió las órdenes a regañadientes, como el resto de jóvenes, y compartió una mesa de
picnic en la parte sur de la Hacienda con Chuck y Winston. Sólo había dado unos bocados cuando no
pudo aguantarlo más:
—No soporto estar aquí mientras ellos están ahí fuera, perdidos —dijo, y dejó caer el tenedor en
el plato—. Me voy a vigilar las puertas con Newt.
Se levantó y salió a echar un vistazo. Chuck iba detrás de él, como era de esperar. Se encontraron
con Newt en la Puerta Oeste; caminaba de un lado a otro y se pasaba las manos por el pelo. Levantó
la vista cuando Thomas y Chuck se acercaron.
—¿Dónde están? —preguntó Newt con voz débil y forzada.
A Thomas le conmovió que Newt estuviera tan preocupado por Alby y Minho, como si fueran de
su familia.
—¿Por qué no enviamos un grupo de búsqueda? —volvió a sugerir. Le parecía una estupidez
quedarse allí sentados, preocupadísimos, cuando podían salir y encontrarlos.
—Maldito… —empezó a decir Newt, pero se calló. Cerró los ojos un segundo y respiró hondo
—. No podemos, ¿vale? No lo repitas más. Va al cien por cien en contra de las normas. Sobre todo
ahora que las puñeteras puertas están a punto de cerrarse.
—Pero ¿por qué? —insistió Thomas, sin dar crédito a la terquedad de Newt—. ¿No les cogerán
los laceradores si se quedan ahí fuera? ¿No deberíamos hacer algo?
Newt se volvió hacia él con la cara roja y los ojos brillantes por la ira.
—¡Calla la boca, verducho! —gritó—. ¡No llevas ni una maldita semana aquí! ¿Crees que no
arriesgaría mi vida en este mismo instante por esos torpes?
—No…, lo… siento. No pretendía… —Thomas no sabía qué decir; él sólo intentaba ayudar.
La cara de Newt se relajó.
—Aún no lo has pillado, Tommy. Si sales ahí fuera por la noche, te espera una muerte segura.
Sólo estaríamos malgastando más vidas. Si esos pingajos no consiguen volver… —hizo una pausa;
parecía vacilar en decir lo que todos estaban pensando—. Ambos hicieron un juramento, igual que
yo. Igual que todos. Tú también lo harás cuando tengas tu primera Reunión y te elija un guardián.
Nunca salimos de noche. Sin importar lo que pase. Nunca.
Thomas miró a Chuck, que parecía estar tan pálido como Newt.
—Newt no lo va a decir —dijo el niño—, así que lo diré yo: si no vuelven, significa que están
muertos. Minho es demasiado listo para perderse. Es imposible. Están muertos.
Newt no dijo nada y Chuck se dio la vuelta y volvió a la Hacienda, con la cabeza gacha.
«¿Muertos?», pensó Thomas. La situación se había puesto tan grave que no sabía cómo
reaccionar y notó un agujero en el corazón.
—El pingajo tiene razón —asintió Newt, serio—. Esa es la razón por la que no podemos salir.
No podemos permitirnos empeorar las cosas más de lo que ya están.
Le puso la mano a Thomas en el hombro y luego la dejó caer al costado. Las lágrimas empañaron
los ojos de Newt, y Thomas supo que incluso en el interior de la oscura cámara de recuerdos que
estaba cerrada con llave, fuera de su alcance, nunca había visto a nadie tan triste. La oscuridad en
aumento del crepúsculo era perfecta para lo desalentadoras que se habían puesto las cosas.
—Faltan dos minutos para que se cierren las puertas —dijo Newt, una afirmación tan sucinta y
categórica que pareció colgar en el aire como un sudario alcanzado por un soplo de viento. Luego se
marchó, encorvado y en silencio.
Thomas negó con la cabeza y después echó la vista atrás, hacia el Laberinto. Apenas conocía a
Alby y a Minho, pero el pecho le dolía al pensar en ellos ahí fuera, muertos por culpa de la horrenda
criatura que había visto por la ventana la primera mañana que había pasado en el Claro.
Un gran estruendo sonó en todas las direcciones, lo que sobresaltó a Thomas y le apartó de sus
pensamientos. Entonces se oyó el chirrido de la piedra contra la piedra. Las puertas se estaban
cerrando para toda la noche.
La pared derecha retumbó por el suelo, soltando tierra y piedras a medida que se movía. La
hilera vertical de barras era tan larga que parecía llegar al cielo y se deslizaba hacia los agujeros
correspondientes de la pared izquierda, lista para cerrarse hasta por la mañana. Una vez más,
Thomas miró con gran respeto el enorme muro en movimiento, que desafiaba cualquier ley de la
física. Parecía imposible.
Entonces algo atrajo su atención a la izquierda.
En el interior del Laberinto, por el pasillo que había delante de él, algo se movía.
Al principio, el pánico le recorrió el cuerpo; retrocedió, preocupado por que pudiera ser un
lacerador. Pero en ese momento vio dos formas que avanzaban a trompicones por el pasillo hacia la
puerta. Sus ojos por fin vieron con claridad tras la ceguera inicial provocada por el miedo, y se dio
cuenta de que era Minho con uno de los brazos de Alby colocado sobre los hombros, prácticamente
arrastrando al chico detrás de él. Minho alzó la vista y vio a Thomas, que sabía que parecía que tenía
los ojos saliéndose de las órbitas.
—¡Le dieron! —gritó Minho con voz ahogada y débil por el cansancio. Cada paso que daba
parecía ser el último. Thomas estaba tan atónito por el cambio de los acontecimientos que tardó un
momento en reaccionar.
—¡Newt! —gritó por fin, mientras se obligaba a apartar la mirada de Minho y Alby para
centrarse en la otra dirección—. ¡Ya vienen! ¡Los veo!
Sabía que tenía que correr hacia el Laberinto para ayudar, pero tenía grabada en la cabeza la
regla de no abandonar el Claro.
Newt ya estaba casi de vuelta en la Hacienda, pero el grito de Thomas le hizo darse la vuelta
enseguida y echó a correr como pudo hacia la puerta.
Thomas se volvió para mirar hacia el Laberinto y el terror se apoderó de él. Alby se había
resbalado de los brazos de Minho y se había caído al suelo. Thomas observó cómo Minho,
desesperado, intentaba ponerle otra vez en pie, pero al final se rindió y comenzó a arrastrar al chico
por el suelo de piedra.
Pero aún les quedaban un montón de metros para llegar.
El muro derecho se cerraba rápido y parecía cobrar más velocidad cuanto más despacio deseaba
Thomas que fuese. Sólo faltaban unos segundos para que se cerrara por completo. Era imposible que
lograran llegar a tiempo. No podrían hacerlo ni en broma.
Thomas se volvió para mirar a Newt, que con su cojera tan sólo había avanzado la mitad del
camino. Luego miró una vez más hacia el Laberinto, hacia el muro que se cerraba. Tan sólo unos
metros más y todo se habría acabado.
Minho se tropezó y se cayó al suelo. No iban a conseguirlo. Ya no quedaba tiempo. Se había
acabado.
Thomas oyó a Newt gritar algo detrás de él:
—¡No lo hagas, Tommy! ¡Ni se te ocurra!
Las barras de la pared derecha parecían extenderse como brazos que se estiraban para alcanzar
su objetivo, para acoplarse a aquellos orificios que eran su lugar de descanso durante la noche.
El sonido chirriante de la puerta inundó el aire de un modo ensordecedor.
Un metro y medio. Un metro. Medio metro.
Thomas sabía que no le quedaba otra opción. Se movió. Hacia delante. Se metió entre las barras
de conexión en el último segundo y entró en el Laberinto.
Los muros se cerraron de golpe tras él y el eco del estruendo rebotó sobre la piedra cubierta de
hiedra como la risa de un loco.
Capítulo 17
Durante varios segundos, Thomas sintió que el mundo se había quedado congelado. Un gran silencio
siguió al ruido atronador que emitió la puerta al cerrarse y un velo de oscuridad pareció cubrir el
cielo, como si hasta el sol se hubiera asustado de lo que acechaba en el Laberinto. El ocaso había
llegado y las gigantescas paredes parecían lápidas en un cementerio para gigantes, plagado de
hierbajos. Thomas se recostó sobre la roca áspera, abrumado por la incredulidad ante lo que acababa
de suceder. Aterrorizado por las consecuencias que podía tener.
Entonces, un alarido que salió de Alby puso a Thomas firme; Minho estaba gimiendo. Thomas se
apartó del muro y corrió hacia los dos clarianos.
Minho se había incorporado y estaba otra vez de pie, pero tenía un aspecto horrible, incluso bajo
la tenue luz que aún les acompañaba. Estaba sucio, sudoroso y lleno de arañazos. Alby, en el suelo,
parecía encontrarse peor; tenía la ropa hecha jirones y los brazos cubiertos de cortes y cardenales.
Thomas se estremeció. ¿Había atacado un lacerador a Alby?
—Verducho —dijo Minho—, si crees que has sido valiente por salir aquí, escúchame bien: eres
el fuco cara fuco más fuco que he visto en mi vida. Estás muerto, como nosotros.
Thomas notó cómo la cara se le calentaba. Esperaba al menos un poco de gratitud.
—No podía quedarme allí sentado y dejaros aquí fuera.
—¿Y qué vas a hacer ahora para ayudarnos? —Minho puso los ojos en blanco—. Como tú
quieras, tío. Rompe la Norma Número Uno, suicídate, me da igual.
—De nada. Sólo trataba de echar una mano —Thomas se sentía como si le hubieran pegado una
patada en la cara.
Minho forzó una risa amarga y luego se arrodilló junto a Alby. Thomas se fijó mejor en el chico
que estaba en el suelo y se dio cuenta de lo mal que se hallaban las cosas. Alby parecía encontrarse
al borde de la muerte. Su piel morena perdía el color por momentos y el joven respiraba rápido y de
forma superficial. La esperanza abandonó a Thomas.
—No quiero hablar de esto —dijo Minho mientras comprobaba el pulso de Alby y se inclinaba
para auscultarle el pecho—. Digamos que los laceradores no se toman demasiado bien la muerte.
Aquella afirmación cogió a Thomas por sorpresa.
—Así que le han… ¿mordido? O picado, da igual. ¿Va a pasar por el Cambio?
—Tienes mucho que aprender —fue todo lo que dijo Minho.
Thomas quiso gritar. Sabía que le quedaba mucho por aprender, por eso hacía preguntas.
—¿Va a morirse? —se obligó a decir antes de avergonzarse por lo vacío y superficial que
sonaba.
—Puesto que no hemos conseguido volver antes de la puesta de sol, probablemente. Podría morir
en una hora. No sé cuánto se tarda si no te dan el Suero. Por supuesto, nosotros también moriremos,
así que no te pongas a llorar por él. Sí, todos estaremos muertos bien pronto —lo dijo con tanta
naturalidad que Thomas apenas pudo procesar el significado de sus palabras. Pero enseguida la
espantosa realidad de la situación caló en Thomas y sintió como si sus entrañas comenzaran a
pudrirse.
—¿De verdad vamos a morir? —preguntó, incapaz de aceptarlo—. ¿Me estás diciendo que no
tenemos ninguna posibilidad de sobrevivir?
—Ninguna.
Thomas estaba harto de la constante negatividad de Minho.
—¡Venga ya! Tiene que haber algo que podamos hacer. ¿Cuántos laceradores nos atacarán a la
vez?
Se asomó por el pasillo que se adentraba en el Laberinto, como si esperara que las criaturas
llegaran en aquel momento, atraídas por el sonido de su nombre.
—No lo sé.
Una idea asaltó la mente de Thomas y le dio esperanza.
—Pero… ¿y qué hay de Ben? ¿Y de Gally, y de los demás a los que picaron y sobrevivieron?
Minho le miró de una forma que expresaba que era más tonto que una clonc de vaca.
—¿No me has oído? Consiguieron regresar antes de la puesta de sol, imbécil. Al volver, les
dieron el Suero. A todos.
Thomas se preguntó por el suero que había mencionado Minho, pero antes tenía muchos más
interrogantes que responder:
—Pero yo creía que los laceradores sólo salían de noche.
—Pues estabas equivocado, pingajo. Siempre salen de noche, pero eso no significa que no
aparezcan nunca de día.
Thomas no quería dejarse llevar por la desesperanza de Minho. No quería rendirse ni morir
todavía.
—¿Alguna vez han atrapado de noche a alguien fuera de los muros y este ha vivido para contarlo?
—Nunca.
Thomas frunció el entrecejo; deseaba encontrar una pizca de esperanza.
—¿Cuántos han muerto, entonces?
Minho clavó la vista en el suelo, agachado con un antebrazo sobre la rodilla. Era evidente que
estaba agotado, casi aturdido.
—Al menos, doce. ¿No has estado en el cementerio?
—Sí.
«Así es como mueren», pensó.
—Bueno, esos sólo son los que hemos encontrado. Hay más cuyos cuerpos nunca aparecieron —
Minho señaló distraídamente hacia el Claro cerrado—. Ese puñetero cementerio está en el bosque
por un motivo. Nada mata mejor el tiempo que recordar cada día a tus amigos asesinados brutalmente
—Minho se levantó, cogió a Alby por los brazos y luego señaló con la cabeza sus pies—. Coge esos
mamones apestosos. Le tenemos que llevar hasta la puerta. Les dejaremos un cuerpo para que lo
encuentren con facilidad por la mañana.
Thomas no se podía creer lo morbosa que era aquella afirmación.
—¿Cómo puede estar ocurriendo una cosa así? —gritó a las paredes a la vez que giraba en
círculo. Se sintió a punto de perder el control definitivamente.
—Deja de lloriquear. Deberías haber seguido las normas y haberte quedado dentro. Ahora,
venga, cógele de las piernas.
Con una mueca de dolor por un retortijón de tripas, Thomas se acercó y levantó los pies de Alby
como le habían dicho. Llevaron medio a rastras el cuerpo inerte unos tres metros hasta la grieta
vertical de la puerta, donde Minho apoyó a Alby contra la pared en una posición en la que casi
estaba sentado. El pecho de Alby subía y bajaba, esforzándose por respirar, y su piel estaba
empapada en sudor; parecía que no iba a durar mucho más.
—¿Dónde le han mordido? —preguntó Thomas—. ¿Puedes verlo?
—No te muerden. Los jodidos te pican. Y no, no puedes verlo. Podría tener montones de
picotazos por todo el cuerpo —Minho cruzó los brazos y se apoyó en el muro.
Por alguna razón, Thomas pensó que la palabra «picar» sonaba mucho peor que «morder».
—¿Te pican? ¿Qué significa eso?
—Tío, tendrás que verlos para saber de lo que estoy hablando.
Thomas señaló los brazos de Minho y, luego, sus piernas.
—Bueno, ¿y por qué esa cosa no te ha picado a ti?
Minho extendió las manos.
—Quizá sí lo haya hecho. Quizá me desplome en cualquier momento.
—Ellos… —empezó a decir Thomas, pero no sabía cómo terminar la frase. No sabía si Minho lo
había dicho en serio.
—No existe ningún «ellos», sólo el que creíamos que estaba muerto. Se volvió loco y picó a
Alby, pero luego salió corriendo —Minho volvió la vista hacia el Laberinto, que estaba a oscuras
casi por completo porque se había hecho de noche—. Pero estoy segurísimo de que no tardará en
estar aquí con un puñado de los otros para liquidarnos con sus agujas.
—¿Sus agujas? —a Thomas las cosas le sonaban cada vez más alarmantes.
—Sí, agujas —no dio más detalles y, por la cara que puso, tampoco pensaba hacerlo.
Thomas levantó la vista hacia los enormes muros cubiertos de enredaderas. La desesperación por
fin le había puesto en modo «resolver problemas».
—¿No podemos trepar por esta cosa? —miró a Minho, que no dijo ni una palabra—. Por las
enredaderas, ¿no podemos subir por ellas?
Minho dejó escapar un suspiro de frustración.
—Te lo juro, verducho, debes de creer que somos un hatajo de subnormales. ¿De veras piensas
que nunca hemos tenido la ingeniosa idea de subir por las putas paredes?
Por primera vez, Thomas notó que poco a poco le invadía la ira para competir con el miedo y el
pánico.
—Sólo intento ayudar, tío. ¿Por qué no dejas de poner pegas a todo lo que digo y hablas
conmigo?
Minho saltó bruscamente sobre Thomas y le agarró por la camiseta.
—¡No lo entiendes, cara fuco! ¡Tú no sabes nada y lo único que haces es empeorarlo intentando
tener esperanza! Estamos muertos, ¿me oyes? ¡Muertos!
Thomas no supo qué sintió con más fuerza en aquellos momentos, si enfado con Minho o lástima
por él. Se estaba rindiendo con demasiada facilidad. Minho bajó la vista hacia sus manos, que
agarraban con firmeza la camiseta de Thomas, y la vergüenza le atravesó el rostro. Le soltó despacio
y retrocedió. Thomas se recolocó la ropa con actitud desafiante.
—Jo, tío —susurró Minho; luego se dejó caer en el suelo y hundió la cara en sus puños apretados
—. Nunca he estado tan asustado, macho. No como ahora.
Thomas quiso decir algo, que madurara, que pensara, que le contara todo lo que sabía. ¡Algo!
Abrió la boca para hablar, pero la cerró enseguida cuando oyó el ruido. Minho asomó la cabeza y
miró por uno de los oscuros pasillos de piedra. Thomas notó cómo se le aceleraba su propia
respiración.
Aquel sonido grave e inquietante venía de lo más profundo del Laberinto. Era un zumbido
constante que emitía un timbre metálico cada pocos segundos, como cuchillos afilados rozando unos
contra otros. Cada vez se oía más alto y, entonces, surgieron unos chasquidos sobrecogedores.
Thomas se imaginó unas largas uñas dando golpecitos contra un cristal. Un gemido ahogado llenó el
aire y luego sonó algo que parecía el ruido de unas cadenas.
En conjunto, todo era horroroso, y la pequeña cantidad de valor que Thomas había conseguido
reunir estaba empezando a desaparecer.
Minho se levantó; apenas veía su rostro bajo aquella luz mortecina. Pero, cuando habló, Thomas
se imaginó que tenía los ojos abiertos de par en par por el terror:
—Tenemos que separarnos. Es nuestra única posibilidad de supervivencia. Sigue moviéndote.
¡No dejes de moverte!
Y entonces se dio la vuelta, echó a correr y desapareció en cuestión de segundos, engullido por el
Laberinto y la oscuridad
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