14-15
Capítulo 14
Thomas observó cómo Alby desabrochaba el botón del collar para ponérselo a Ben en el cuello. Por
fin, Ben levantó la mirada justo cuando la lazada de cuero se cerró con un fuerte sonido. Los ojos le
brillaban por las lágrimas y las fosas nasales le moqueaban. Los clarianos seguían mirando sin decir
ni una palabra.
—Por favor, Alby —suplicó Ben con una voz temblorosa tan conmovedora que Thomas no podía
creer que fuera el mismo chico que intentó arrancarle la garganta de un mordisco el día anterior—.
Te juro que se me fue la olla por el Cambio. No le habría matado. Sólo perdí la cabeza un segundo.
Por favor, Alby, por favor.
Cada palabra que pronunciaba el muchacho era como un puñetazo en la tripa de Thomas, le hacía
sentirse más culpable y confundido.
Alby no respondió a Ben. Tiró del collar tanto para asegurarse de que estaba bien cerrado como
para ver que estaba firmemente pegado a la larga barra. Cruzó por delante de Ben, cogió el palo, lo
levantó y se lo pasó cuan largo era por la palma de la mano y los dedos. Cuando llegó a la punta, lo
agarró con fuerza y se volvió de cara a la multitud. Con los ojos inyectados en sangre, la cara
arrugada por la ira y respirando con dificultad, a Thomas de repente le pareció malvado.
Y era muy extraño lo que veía al otro lado: Ben temblando, llorando, con un collar de cuero viejo
cortado toscamente, alrededor de su pálido y famélico cuello, pegado a una barra larga que se
extendía de él hasta Alby, a seis metros de distancia. El asta de aluminio se arqueaba por la mitad,
pero sólo un poco. Incluso desde donde estaba Thomas, parecía sorprendentemente fuerte.
Alby hablaba en voz alta y ceremoniosa, mirando a nadie y a todos al mismo tiempo:
—Ben de los constructores, has sido sentenciado al destierro por intentar asesinar a Thomas, el
novato. Los guardianes han hablado y su palabra no cambiará. Y tú no vas a volver. Nunca —hubo
una larga pausa—. Guardianes, colocaos en la pértiga de destierro.
Thomas odiaba que hubiera hecho pública su relación con Ben, odiaba la responsabilidad que
sentía. Volver a ser el centro de atención sólo podía acarrear más sospechas sobre él. Su culpa se
transformó en vergüenza y cargo de conciencia. Más que nada, lo que quería era que Ben se fuera
para que todo terminase.
Uno a uno, los chicos fueron saliendo de la muchedumbre para acercarse a la larga barra; la
cogieron con ambas manos y la agarraron como si se prepararan para el juego del tira y afloja. Newt
era uno de ellos; Minho, otro, lo que confirmaba la sospecha de Thomas de que era el guardián de los
corredores. Winston, el Carnicero, también ocupó su puesto.
Una vez que estuvieron todos en su sitio, diez guardianes separados uniformemente entre Alby y
Ben, el ambiente se fue tranquilizando hasta quedar todo en silencio. Los únicos sonidos eran los
sollozos apagados de Ben, que seguía secándose la nariz y los ojos. Miraba a izquierda y derecha,
aunque el collar que tenía en el cuello le impedía ver la barra y los guardianes que tenía detrás.
Los sentimientos de Thomas volvieron a cambiar. Era evidente que no estaba bien lo que le
estaban haciendo a Ben. ¿Por qué se merecía ese destino? ¿No había nada que pudiera hacer por él?
¿Pasaría Thomas el resto de sus días sintiéndose responsable?
«¡Venga ya! —gritó en su cabeza—. ¡Acabad!».
—Por favor —dijo Ben, alzando la voz por la desesperación—. ¡Por favoooooooor! ¡Que
alguien me ayude! ¡No podéis hacerme esto!
—¡Cállate! —rugió Alby desde atrás.
Pero Ben le ignoró y siguió suplicando ayuda mientras empezaba a tirar del objeto que le rodeaba
el cuello:
—¡Que alguien los detenga! ¡Ayudadme! ¡Por favor!
Fue mirando a los chicos uno a uno, rogando con los ojos. Todos y cada uno de ellos apartaron la
vista. De inmediato, Thomas se puso detrás de un chico más alto para evitar su propio enfrentamiento
con Ben.
«No puedo volver a ver esos ojos», pensó.
—Si dejásemos que los pingajos como tú hicieran este tipo de cosas —dijo Alby—, no
habríamos sobrevivido tanto tiempo. Guardianes, preparaos.
—No, no, no, no, no —decía Ben en voz medio baja—. ¡Os juro que haré cualquier cosa! ¡Juro
que nunca más lo volveré a hacer! Pooooor faaaaaa…
Su agudo chillido fue interrumpido por el estruendo de la Puerta Este, que comenzaba a cerrarse.
Unas chispas salieron de la piedra mientras el sólido muro de la derecha se deslizaba hacia la
izquierda y crujía con un ruido atronador conforme realizaba su trayecto para cerrar el Claro y
separarlo del Laberinto durante la noche. La tierra tembló bajo sus pies y Thomas no supo si podría
ver lo que estaba a punto de suceder.
—¡Guardianes, ahora! —gritó Alby.
Ben giró hacia atrás la cabeza mientras los guardianes le empujaban con aquella barra hacia el
Laberinto en el exterior del Claro. Un grito ahogado salió de la garganta de Ben, más alto que los
sonidos que hacía la puerta al cerrarse. Se dejó caer de rodillas, tan sólo para que un guardián, un
tipo grueso con pelo negro y cara de refunfuño, tirara de él hasta volver a ponerlo de pie.
—¡Nooooooooo! —aulló Ben, saliéndole saliva por la boca mientras se retorcía y tiraba del
collar con las manos. Pero la fuerza conjunta de los guardianes era demasiada, obligaba al chico
condenado a acercarse cada vez más al límite del Claro, justo cuando el muro derecho estaba casi
cerrado—. ¡Noooo! —gritó una y otra vez. Trató de plantar los pies en el umbral, pero sólo aguantó
unas décimas de segundo; la barra le metió en el Laberinto de un bandazo. Enseguida estuvo a cuatro
patas fuera del Claro, con el cuerpo tambaleándose de un lado a otro mientras intentaba librarse del
collar. Faltaban unos segundos para que se cerraran los muros de la puerta.
Con un último esfuerzo violento, Ben por fin pudo girar el cuello en el aro de cuero para que su
cuerpo entero se diera la vuelta de cara a los clarianos. Thomas no se podía creer que aún estuviera
mirando a un ser humano cuando vio la locura en los ojos de Ben, la flema que salía volando de su
boca y la pálida piel que se extendía tirante sobre sus venas y huesos. Era lo más extraño que
Thomas había visto en toda su vida.
—¡Aguantad! —vociferó Alby.
Entonces Ben gritó con un sonido incesante y tan desgarrador que Thomas se tapó los oídos. Fue
un alarido lunático y bestial que seguro que le hizo pedazos las cuerdas vocales al chico. En el
último segundo, el guardián de delante soltó la gran barra de la pieza pegada a Ben y retrocedió
hacia el Claro, dejando al muchacho en su destierro. Los últimos gritos de Ben se interrumpieron
cuando los muros se cerraron con un terrible estruendo.
Thomas apretó los ojos y se sorprendió al notar que unas lágrimas le caían por las mejillas.
Capítulo 15
Thomas llevaba dos noches seguidas yéndose a dormir con la angustiosa imagen de la cara de Ben
grabada en la mente, atormentándolo. ¿Cómo serían de distintas las cosas si no fuera por aquel
chico? Casi se había convencido a sí mismo de que sería totalmente feliz y estaría entusiasmado por
conocer su nueva vida y alcanzar el objetivo de convertirse en corredor. Casi. En el fondo sabía que
Ben sólo era una parte de todos sus problemas.
Pero ahora ya no estaba, le habían desterrado al mundo de los laceradores, que se lo llevarían a
donde fuera que llevaran a sus presas; era una víctima de lo que fuese que se hiciera allí. Aunque
tenía muchas razones para despreciar a Ben, más que nada sentía lástima por él.
Thomas no podía imaginarse cómo sería salir de esa manera, pero, por los últimos momentos de
Ben, en los que se sacudió, escupió y gritó como un psicótico, ya no dudaba de la importancia de la
norma del Claro que decía que nadie debía entrar en el Laberinto, salvo que fuera un corredor y, en
ese caso, sólo durante el día. A Ben ya le habían picado una vez y, seguramente, sabía mejor que
nadie lo que le esperaba allí fuera.
«Pobre chico —pensó—. Pobre, pobre chico».
Thomas se estremeció y se dio la vuelta sobre un costado. Cuanto más lo pensaba, peor le
resultaba la idea de convertirse en un corredor. Pero, inexplicablemente, todavía le atraía.
• • •
A la mañana siguiente, apenas había amanecido antes de que los sonidos de los trabajadores
despertaran a Thomas del sueño más profundo que había tenido desde que había llegado. Se
incorporó y se restregó los ojos, tratando de librarse del amodorramiento. Se dio por vencido y
volvió a tumbarse con la esperanza de que nadie le molestara.
No duró ni un minuto. Alguien le dio unos golpecitos en el hombro y Thomas abrió los ojos para
ver que Newt le miraba fijamente.
«Y ahora, ¿qué?», pensó.
—Levántate, torpe.
—Sí, buenos días a ti también. ¿Qué hora es?
—Las siete en punto, verducho —contestó Newt con una sonrisa burlona—. Te habías creído que
iba a dejarte dormir hasta tarde después de estos dos días tan duros, ¿eh?
Thomas se sentó, aunque no soportaba la idea que no le dejaran quedarse allí tumbado un par de
horas más.
—¿Dormir hasta tarde? ¿Vosotros qué sois, un puñado de granjeros?
¿Cómo se acordaba tan bien de los granjeros? Una vez más, su memoria le había dejado
desconcertado.
—Eeeh… sí, ahora que lo mencionas —Newt se dejó caer en el suelo a su lado y se sentó sobre
las piernas cruzadas. Se quedó allí en silencio unos instantes, contemplando todo el ajetreo y el
bullicio que empezaba a levantarse en el Claro—. Hoy te voy a poner con los excavadores,
verducho. A ver si eso te pega más que cortar puñeteros cerditos y esas cosas.
Thomas estaba harto de que le trataran como a un bebé.
—¿No se supone que ya no tendrías que llamarme eso?
—¿El qué? ¿Puñetero cerdito?
Thomas forzó una sonrisa y negó con la cabeza.
—No, «verducho». Ya no soy el más novato, ¿no? Ahora lo es la chica en coma. Llámala a ella
«verducha». Yo me llamo Thomas.
Empezó a pensar de pronto en la chica y se acordó de la conexión que sentía. Una sensación de
tristeza le abordó como si la echara de menos y quisiera verla. «Eso no tiene sentido —pensó—. Ni
siquiera sé cómo se llama».
Newt se recostó y arqueó las cejas.
—¡Vaya! Te han crecido los huevos hasta un buen tamaño esta noche, ¿eh?
Thomas le ignoró y siguió hablando:
—¿Qué es un excavador?
—Es como llamamos a los tíos que curran en los Huertos: labran, quitan hierbajos, plantan y ese
tipo de cosas.
Thomas asintió en aquella dirección.
—¿Quién es el guardián?
—Zart. Es buen tío, siempre y cuando no te escaquees del trabajo. Es el que iba delante de todo
ayer por la noche.
Thomas no dijo nada después de aquello, pues esperaba pasar el día entero sin hablar de Ben y el
destierro. Aquel tema sólo le hacía ponerse enfermo y sentirse culpable, así que pasó a otra cosa:
—¿Y por qué has venido tú a despertarme?
—¿Qué pasa, no te gusta ver mi cara antes que nada?
—No especialmente. Bueno…
Pero, antes de que pudiera terminar la frase, le interrumpió el estruendo de las puertas abriéndose
por el día. Miró hacia la Puerta Este, casi esperando ver a Ben allí de pie, al otro lado; pero, en su
lugar, vio a Minho estirándose. Entonces, Thomas observó cómo avanzaba y recogía una cosa del
suelo.
Era la parte de la barra que tenía pegado el collar de cuero. Minho no pareció pensar en nada; se
lo lanzó a otro de los corredores, que fue a devolverlo al cobertizo que había junto a los Huertos.
Thomas se volvió hacia Newt, confundido. ¿Cómo podía actuar Minho de forma tan indiferente?
—¿Qué demonios…?
—Sólo he visto tres destierros, Tommy. Todos fueron tan desagradables como el que viste a
hurtadillas ayer por la noche. Pero todas las puñeteras veces los laceradores dejaron el collar en el
umbral. No hay nada que me ponga los pelos más de punta.
Thomas no pudo llevarle la contraria.
—¿Qué hacen con los que atrapan? —¿De verdad lo quería saber?
Newt se encogió de hombros con una indiferencia no muy convincente. Lo más seguro era que no
quisiera hablar de ello.
—Cuéntame algo de los corredores —dijo Thomas de repente.
No sabía de dónde habían salido aquellas palabras, pero permaneció tranquilo, a pesar de las
ganas que le entraron de disculparse y cambiar de tema; quería saberlo todo sobre ellos. Incluso
después de lo ocurrido la noche anterior, incluso después de ver con sus propios ojos el lacerador a
través de la ventana, quería saber más. Lo deseaba con mucha fuerza y no comprendía por qué. Le
parecía haber nacido para convertirse en uno de los corredores.
Newt se había quedado callado y estaba como confundido.
—¿De los corredores? ¿Por qué?
—Me preguntaba cómo serían.
Newt le lanzó una mirada de recelo.
—Esos tíos son lo mejor de lo mejor. Tienen que serlo. Todo depende de ellos —cogió un trozo
de roca suelta y lo tiró, contemplando distraídamente cómo rebotaba hasta que se paró.
—¿Por qué tú no eres uno de ellos?
De improviso, la mirada de Newt se volvió hacia Thomas.
—Lo era hasta que me rompí la maldita pierna hace unos meses. No he vuelto a ser el mismo
desde entonces —bajó la mano para frotarse el tobillo derecho y una breve expresión de dolor le
atravesó el rostro. Aquella mirada le hizo pensar a Thomas que era más por el recuerdo que por el
dolor físico que aún sentía.
—¿Cómo te lo hiciste? —preguntó, pues creía que, cuanto más hiciera hablar a Newt, más
aprendería.
—Corriendo para escapar de los puñeteros laceradores, ¿qué otra cosa, si no? Casi me pillan —
hizo una pausa—. Todavía se me pone la piel de gallina cuando pienso que podría haber pasado por
el Cambio.
El Cambio. De entre todos, aquel era el tema que Thomas creía que podía darle más respuestas.
—¿Y eso qué es? ¿Qué es lo que cambia? ¿Todo el mundo se vuelve loco como Ben e intenta
matar gente?
—Ben estaba mucho peor que la mayoría. Pero creía que querías hablar de los corredores —el
tono de voz de Newt le avisó de que la conversación sobre el Cambio se había terminado, lo que le
hizo sentir más curiosidad, aunque estaba bien volver a hablar de los corredores.
—Vale, te escucho.
—Como te he dicho, son los mejores de los mejores.
—¿Y qué hacéis? ¿Comprobar lo rápido que es todo el mundo?
Newt miró a Thomas, furioso, y gruñó.
—Estrújate un poco el coco, verducho, Tommy o como quieras que te llame. Lo rápido que
corres es sólo una parte. Una parte muy pequeña, en realidad.
Aquello despertó el interés de Thomas.
—¿A qué te refieres?
—Cuando digo los mejores de los mejores, me refiero a los mejores en todo. Para sobrevivir al
puñetero Laberinto, tienes que ser listo, rápido y fuerte. Tienes que ser bueno tomando decisiones y
saber la cantidad justa de riesgos que se ha de correr. No puedes ser imprudente ni tampoco tímido
—Newt estiró las piernas y se apoyó sobre sus manos—. Allí fuera es horrible, ¿sabes? No lo echo
nada de menos.
—Creía que los laceradores sólo salían de noche.
Fuera o no su destino, Thomas no quería toparse con una de aquellas cosas.
—Así es, por lo general.
—Entonces, ¿por qué es tan espantoso salir ahí? —¿de qué más cosas no estaba enterado?
Newt suspiró.
—Presión. Estrés. El Laberinto cambia cada día. Intentamos imaginarnos cómo es para salir de
aquí. También nos preocupan los malditos mapas. Y lo peor de todo es que siempre tienes miedo a
no volver. Un laberinto normal ya costaría, pero, al ir cambiando, si cometes un par de errores
mentales, te toca pasar la noche con esas despiadadas bestias. No hay sitio ni tiempo para los tontos
o los mocosos.
Thomas frunció el entrecejo, sin entender muy bien el instinto que en su interior le animaba a
continuar. Sobre todo, después de la noche anterior. Pero, aun así, seguía con aquella sensación que
notaba por todo el cuerpo.
—¿Por qué estás tan interesado? —preguntó Newt.
Thomas vaciló mientras pensaba con temor a decirlo en voz alta.
—Quiero ser un corredor.
Newt se dio la vuelta y le miró a los ojos.
—No llevas aquí ni una semana, pingajo. Es un poco pronto para querer morir, ¿no crees?
—Lo digo en serio.
Apenas tenía sentido, ni siquiera para Thomas, pero lo sentía en su corazón. De hecho, el deseo
de convertirse en corredor era lo único que le hacía seguir adelante, que le ayudaba a aceptar la
situación en que se encontraba.
Newt no dejó de mirarle a los ojos.
—Y yo también. Olvídalo. Nadie se ha hecho corredor en su primer mes y mucho menos en su
primera semana. Antes de que te recomendemos al guardián, tienes que pasar muchas pruebas.
Thomas se levantó y empezó a plegar sus bártulos de dormir.
—Newt, lo digo de verdad. No puedo estar todo el día quitando hierbajos, me volveré loco. No
tengo ni idea de lo que hacía antes de que me enviaran aquí en esa caja metálica, pero algo me dice
que se supone que tengo que ser un corredor. Puedo hacerlo.
Newt se quedó allí sentado, mirando fijamente a Thomas, sin ofrecerse a ayudarle.
—Nadie ha dicho que no puedas, pero déjalo por ahora.
Thomas notó que le invadía la impaciencia.
—Pero…
—Escucha, confía en lo que te digo, Tommy. Si vas por ahí fanfarroneando, diciendo que eres
demasiado bueno para trabajar de campesino, que se te da muy bien y estás preparado para ser un
corredor, vas a crearte un montón de enemigos. Déjalo por ahora.
Hacerse enemigos era lo último que Thomas quería, pero, aun así, decidió tomar otro camino:
—Muy bien, hablaré con Minho sobre el tema.
—Buen intento, maldito pingajo. La Reunión elige a los corredores y, si crees que yo soy duro,
ellos se te reirán en la jeta.
—Por lo que sabéis, podría ser bueno de verdad. Es una pérdida de tiempo hacerme esperar.
Newt se levantó para acercarse a Thomas y le dio con un dedo en la cara.
—Escúchame, verducho. ¿Estás escuchando de verdad? —por extraño que pareciera, Thomas no
se sintió intimidado. Puso los ojos en blanco, pero luego asintió—. Será mejor que dejes de decir
tonterías antes de que los demás te oigan. Aquí las cosas no funcionan así y toda nuestra existencia
depende precisamente de que funcionen con… —Hizo una pausa, pero Thomas no dijo nada,
temiéndose la charla que le caería a continuación—. Orden —continuó Newt—. Orden. Te repites
una y otra vez esa maldita palabra en tu fuca cabeza. La razón por la que todos estamos cuerdos por
aquí es porque nos rompemos el culo a trabajar y mantenemos un orden. El orden es la razón por la
que sacamos a Ben. Bueno, no podemos tener chiflados que vayan por ahí intentando matar gente,
¿no? Orden. Lo último que necesitamos es que vengas tú a estropearlo todo.
La obstinación desapareció de la cabeza de Thomas. Sabía que era hora de callarse.
—Sí —fue todo lo que dijo.
Newt le dio una palmada en la espalda.
—Vamos a hacer un trato.
—¿Qué?
Thomas sintió que sus esperanzas aumentaban.
—Si no dices nada sobre el tema, te pondré en las listas de posibles aprendices en cuanto
demuestres que sirves. Como no mantengas el maldito pico cerrado, me aseguraré de que no entres
nunca. ¿Trato hecho?
Thomas odiaba la idea de esperar sin saber cuánto tiempo sería.
—Es un asco de trato.
Newt enarcó las cejas y, al final, Thomas asintió.
—Trato hecho.
—Venga, vamos a coger algo de comida de Fritanga. Y espera que no nos atragantemos.
• • •
Aquella mañana, Thomas por fin conoció, aunque sólo de lejos, a Fritanga, que tan mala fama tenía.
El chaval estaba demasiado ocupado tratando de servir el desayuno a un ejército de clarianos
hambrientos. No debía de tener más de dieciséis años, pero tenía barba y el cuerpo cubierto de vello,
como si cada folículo intentara escapar a los confines de su ropa manchada de comida. Thomas
pensó que no parecía el chico más limpio del mundo para supervisar todas las comidas. Se apuntó
mentalmente que debía tener cuidado de no encontrarse un asqueroso pelo negro en su plato.
Newt y él se acababan de sentar con Chuck para desayunar en una mesa de picnic justo a la
salida de la cocina, cuando un gran grupo de clarianos se levantó y corrió hacia la Puerta Oeste,
hablando entusiasmados sobre algo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Thomas, sorprendido por lo indiferente que había sonado. Los
nuevos acontecimientos del Claro habían pasado a formar parte de su vida.
Newt se encogió de hombros mientras mojaba pan en los huevos fritos.
—Van a encontrarse con Minho y Alby, que han ido a echar un vistazo al puñetero lacerador
muerto.
—Eh —dijo Chuck, y un trocito de beicon le salió volando de la boca cuando habló—, tengo una
pregunta sobre eso.
—¿Sí, Chucky? —preguntó Newt, un tanto sarcástico—. ¿Y cuál es tu maldita pregunta?
Chuck pareció reflexionar.
—Bueno, han encontrado un lacerador muerto, ¿verdad?
—Sí —contestó Newt—. Gracias por la noticia.
Chuck dio unos golpecitos con el tenedor sobre la mesa durante unos segundos.
—Bueno, ¿y quién mató a esa maldita cosa?
«Magnífica pregunta», pensó Thomas. Esperó a que Newt respondiera, pero no dijo nada. Estaba
claro que no tenía ni idea.
Thomas observó cómo Alby desabrochaba el botón del collar para ponérselo a Ben en el cuello. Por
fin, Ben levantó la mirada justo cuando la lazada de cuero se cerró con un fuerte sonido. Los ojos le
brillaban por las lágrimas y las fosas nasales le moqueaban. Los clarianos seguían mirando sin decir
ni una palabra.
—Por favor, Alby —suplicó Ben con una voz temblorosa tan conmovedora que Thomas no podía
creer que fuera el mismo chico que intentó arrancarle la garganta de un mordisco el día anterior—.
Te juro que se me fue la olla por el Cambio. No le habría matado. Sólo perdí la cabeza un segundo.
Por favor, Alby, por favor.
Cada palabra que pronunciaba el muchacho era como un puñetazo en la tripa de Thomas, le hacía
sentirse más culpable y confundido.
Alby no respondió a Ben. Tiró del collar tanto para asegurarse de que estaba bien cerrado como
para ver que estaba firmemente pegado a la larga barra. Cruzó por delante de Ben, cogió el palo, lo
levantó y se lo pasó cuan largo era por la palma de la mano y los dedos. Cuando llegó a la punta, lo
agarró con fuerza y se volvió de cara a la multitud. Con los ojos inyectados en sangre, la cara
arrugada por la ira y respirando con dificultad, a Thomas de repente le pareció malvado.
Y era muy extraño lo que veía al otro lado: Ben temblando, llorando, con un collar de cuero viejo
cortado toscamente, alrededor de su pálido y famélico cuello, pegado a una barra larga que se
extendía de él hasta Alby, a seis metros de distancia. El asta de aluminio se arqueaba por la mitad,
pero sólo un poco. Incluso desde donde estaba Thomas, parecía sorprendentemente fuerte.
Alby hablaba en voz alta y ceremoniosa, mirando a nadie y a todos al mismo tiempo:
—Ben de los constructores, has sido sentenciado al destierro por intentar asesinar a Thomas, el
novato. Los guardianes han hablado y su palabra no cambiará. Y tú no vas a volver. Nunca —hubo
una larga pausa—. Guardianes, colocaos en la pértiga de destierro.
Thomas odiaba que hubiera hecho pública su relación con Ben, odiaba la responsabilidad que
sentía. Volver a ser el centro de atención sólo podía acarrear más sospechas sobre él. Su culpa se
transformó en vergüenza y cargo de conciencia. Más que nada, lo que quería era que Ben se fuera
para que todo terminase.
Uno a uno, los chicos fueron saliendo de la muchedumbre para acercarse a la larga barra; la
cogieron con ambas manos y la agarraron como si se prepararan para el juego del tira y afloja. Newt
era uno de ellos; Minho, otro, lo que confirmaba la sospecha de Thomas de que era el guardián de los
corredores. Winston, el Carnicero, también ocupó su puesto.
Una vez que estuvieron todos en su sitio, diez guardianes separados uniformemente entre Alby y
Ben, el ambiente se fue tranquilizando hasta quedar todo en silencio. Los únicos sonidos eran los
sollozos apagados de Ben, que seguía secándose la nariz y los ojos. Miraba a izquierda y derecha,
aunque el collar que tenía en el cuello le impedía ver la barra y los guardianes que tenía detrás.
Los sentimientos de Thomas volvieron a cambiar. Era evidente que no estaba bien lo que le
estaban haciendo a Ben. ¿Por qué se merecía ese destino? ¿No había nada que pudiera hacer por él?
¿Pasaría Thomas el resto de sus días sintiéndose responsable?
«¡Venga ya! —gritó en su cabeza—. ¡Acabad!».
—Por favor —dijo Ben, alzando la voz por la desesperación—. ¡Por favoooooooor! ¡Que
alguien me ayude! ¡No podéis hacerme esto!
—¡Cállate! —rugió Alby desde atrás.
Pero Ben le ignoró y siguió suplicando ayuda mientras empezaba a tirar del objeto que le rodeaba
el cuello:
—¡Que alguien los detenga! ¡Ayudadme! ¡Por favor!
Fue mirando a los chicos uno a uno, rogando con los ojos. Todos y cada uno de ellos apartaron la
vista. De inmediato, Thomas se puso detrás de un chico más alto para evitar su propio enfrentamiento
con Ben.
«No puedo volver a ver esos ojos», pensó.
—Si dejásemos que los pingajos como tú hicieran este tipo de cosas —dijo Alby—, no
habríamos sobrevivido tanto tiempo. Guardianes, preparaos.
—No, no, no, no, no —decía Ben en voz medio baja—. ¡Os juro que haré cualquier cosa! ¡Juro
que nunca más lo volveré a hacer! Pooooor faaaaaa…
Su agudo chillido fue interrumpido por el estruendo de la Puerta Este, que comenzaba a cerrarse.
Unas chispas salieron de la piedra mientras el sólido muro de la derecha se deslizaba hacia la
izquierda y crujía con un ruido atronador conforme realizaba su trayecto para cerrar el Claro y
separarlo del Laberinto durante la noche. La tierra tembló bajo sus pies y Thomas no supo si podría
ver lo que estaba a punto de suceder.
—¡Guardianes, ahora! —gritó Alby.
Ben giró hacia atrás la cabeza mientras los guardianes le empujaban con aquella barra hacia el
Laberinto en el exterior del Claro. Un grito ahogado salió de la garganta de Ben, más alto que los
sonidos que hacía la puerta al cerrarse. Se dejó caer de rodillas, tan sólo para que un guardián, un
tipo grueso con pelo negro y cara de refunfuño, tirara de él hasta volver a ponerlo de pie.
—¡Nooooooooo! —aulló Ben, saliéndole saliva por la boca mientras se retorcía y tiraba del
collar con las manos. Pero la fuerza conjunta de los guardianes era demasiada, obligaba al chico
condenado a acercarse cada vez más al límite del Claro, justo cuando el muro derecho estaba casi
cerrado—. ¡Noooo! —gritó una y otra vez. Trató de plantar los pies en el umbral, pero sólo aguantó
unas décimas de segundo; la barra le metió en el Laberinto de un bandazo. Enseguida estuvo a cuatro
patas fuera del Claro, con el cuerpo tambaleándose de un lado a otro mientras intentaba librarse del
collar. Faltaban unos segundos para que se cerraran los muros de la puerta.
Con un último esfuerzo violento, Ben por fin pudo girar el cuello en el aro de cuero para que su
cuerpo entero se diera la vuelta de cara a los clarianos. Thomas no se podía creer que aún estuviera
mirando a un ser humano cuando vio la locura en los ojos de Ben, la flema que salía volando de su
boca y la pálida piel que se extendía tirante sobre sus venas y huesos. Era lo más extraño que
Thomas había visto en toda su vida.
—¡Aguantad! —vociferó Alby.
Entonces Ben gritó con un sonido incesante y tan desgarrador que Thomas se tapó los oídos. Fue
un alarido lunático y bestial que seguro que le hizo pedazos las cuerdas vocales al chico. En el
último segundo, el guardián de delante soltó la gran barra de la pieza pegada a Ben y retrocedió
hacia el Claro, dejando al muchacho en su destierro. Los últimos gritos de Ben se interrumpieron
cuando los muros se cerraron con un terrible estruendo.
Thomas apretó los ojos y se sorprendió al notar que unas lágrimas le caían por las mejillas.
Capítulo 15
Thomas llevaba dos noches seguidas yéndose a dormir con la angustiosa imagen de la cara de Ben
grabada en la mente, atormentándolo. ¿Cómo serían de distintas las cosas si no fuera por aquel
chico? Casi se había convencido a sí mismo de que sería totalmente feliz y estaría entusiasmado por
conocer su nueva vida y alcanzar el objetivo de convertirse en corredor. Casi. En el fondo sabía que
Ben sólo era una parte de todos sus problemas.
Pero ahora ya no estaba, le habían desterrado al mundo de los laceradores, que se lo llevarían a
donde fuera que llevaran a sus presas; era una víctima de lo que fuese que se hiciera allí. Aunque
tenía muchas razones para despreciar a Ben, más que nada sentía lástima por él.
Thomas no podía imaginarse cómo sería salir de esa manera, pero, por los últimos momentos de
Ben, en los que se sacudió, escupió y gritó como un psicótico, ya no dudaba de la importancia de la
norma del Claro que decía que nadie debía entrar en el Laberinto, salvo que fuera un corredor y, en
ese caso, sólo durante el día. A Ben ya le habían picado una vez y, seguramente, sabía mejor que
nadie lo que le esperaba allí fuera.
«Pobre chico —pensó—. Pobre, pobre chico».
Thomas se estremeció y se dio la vuelta sobre un costado. Cuanto más lo pensaba, peor le
resultaba la idea de convertirse en un corredor. Pero, inexplicablemente, todavía le atraía.
• • •
A la mañana siguiente, apenas había amanecido antes de que los sonidos de los trabajadores
despertaran a Thomas del sueño más profundo que había tenido desde que había llegado. Se
incorporó y se restregó los ojos, tratando de librarse del amodorramiento. Se dio por vencido y
volvió a tumbarse con la esperanza de que nadie le molestara.
No duró ni un minuto. Alguien le dio unos golpecitos en el hombro y Thomas abrió los ojos para
ver que Newt le miraba fijamente.
«Y ahora, ¿qué?», pensó.
—Levántate, torpe.
—Sí, buenos días a ti también. ¿Qué hora es?
—Las siete en punto, verducho —contestó Newt con una sonrisa burlona—. Te habías creído que
iba a dejarte dormir hasta tarde después de estos dos días tan duros, ¿eh?
Thomas se sentó, aunque no soportaba la idea que no le dejaran quedarse allí tumbado un par de
horas más.
—¿Dormir hasta tarde? ¿Vosotros qué sois, un puñado de granjeros?
¿Cómo se acordaba tan bien de los granjeros? Una vez más, su memoria le había dejado
desconcertado.
—Eeeh… sí, ahora que lo mencionas —Newt se dejó caer en el suelo a su lado y se sentó sobre
las piernas cruzadas. Se quedó allí en silencio unos instantes, contemplando todo el ajetreo y el
bullicio que empezaba a levantarse en el Claro—. Hoy te voy a poner con los excavadores,
verducho. A ver si eso te pega más que cortar puñeteros cerditos y esas cosas.
Thomas estaba harto de que le trataran como a un bebé.
—¿No se supone que ya no tendrías que llamarme eso?
—¿El qué? ¿Puñetero cerdito?
Thomas forzó una sonrisa y negó con la cabeza.
—No, «verducho». Ya no soy el más novato, ¿no? Ahora lo es la chica en coma. Llámala a ella
«verducha». Yo me llamo Thomas.
Empezó a pensar de pronto en la chica y se acordó de la conexión que sentía. Una sensación de
tristeza le abordó como si la echara de menos y quisiera verla. «Eso no tiene sentido —pensó—. Ni
siquiera sé cómo se llama».
Newt se recostó y arqueó las cejas.
—¡Vaya! Te han crecido los huevos hasta un buen tamaño esta noche, ¿eh?
Thomas le ignoró y siguió hablando:
—¿Qué es un excavador?
—Es como llamamos a los tíos que curran en los Huertos: labran, quitan hierbajos, plantan y ese
tipo de cosas.
Thomas asintió en aquella dirección.
—¿Quién es el guardián?
—Zart. Es buen tío, siempre y cuando no te escaquees del trabajo. Es el que iba delante de todo
ayer por la noche.
Thomas no dijo nada después de aquello, pues esperaba pasar el día entero sin hablar de Ben y el
destierro. Aquel tema sólo le hacía ponerse enfermo y sentirse culpable, así que pasó a otra cosa:
—¿Y por qué has venido tú a despertarme?
—¿Qué pasa, no te gusta ver mi cara antes que nada?
—No especialmente. Bueno…
Pero, antes de que pudiera terminar la frase, le interrumpió el estruendo de las puertas abriéndose
por el día. Miró hacia la Puerta Este, casi esperando ver a Ben allí de pie, al otro lado; pero, en su
lugar, vio a Minho estirándose. Entonces, Thomas observó cómo avanzaba y recogía una cosa del
suelo.
Era la parte de la barra que tenía pegado el collar de cuero. Minho no pareció pensar en nada; se
lo lanzó a otro de los corredores, que fue a devolverlo al cobertizo que había junto a los Huertos.
Thomas se volvió hacia Newt, confundido. ¿Cómo podía actuar Minho de forma tan indiferente?
—¿Qué demonios…?
—Sólo he visto tres destierros, Tommy. Todos fueron tan desagradables como el que viste a
hurtadillas ayer por la noche. Pero todas las puñeteras veces los laceradores dejaron el collar en el
umbral. No hay nada que me ponga los pelos más de punta.
Thomas no pudo llevarle la contraria.
—¿Qué hacen con los que atrapan? —¿De verdad lo quería saber?
Newt se encogió de hombros con una indiferencia no muy convincente. Lo más seguro era que no
quisiera hablar de ello.
—Cuéntame algo de los corredores —dijo Thomas de repente.
No sabía de dónde habían salido aquellas palabras, pero permaneció tranquilo, a pesar de las
ganas que le entraron de disculparse y cambiar de tema; quería saberlo todo sobre ellos. Incluso
después de lo ocurrido la noche anterior, incluso después de ver con sus propios ojos el lacerador a
través de la ventana, quería saber más. Lo deseaba con mucha fuerza y no comprendía por qué. Le
parecía haber nacido para convertirse en uno de los corredores.
Newt se había quedado callado y estaba como confundido.
—¿De los corredores? ¿Por qué?
—Me preguntaba cómo serían.
Newt le lanzó una mirada de recelo.
—Esos tíos son lo mejor de lo mejor. Tienen que serlo. Todo depende de ellos —cogió un trozo
de roca suelta y lo tiró, contemplando distraídamente cómo rebotaba hasta que se paró.
—¿Por qué tú no eres uno de ellos?
De improviso, la mirada de Newt se volvió hacia Thomas.
—Lo era hasta que me rompí la maldita pierna hace unos meses. No he vuelto a ser el mismo
desde entonces —bajó la mano para frotarse el tobillo derecho y una breve expresión de dolor le
atravesó el rostro. Aquella mirada le hizo pensar a Thomas que era más por el recuerdo que por el
dolor físico que aún sentía.
—¿Cómo te lo hiciste? —preguntó, pues creía que, cuanto más hiciera hablar a Newt, más
aprendería.
—Corriendo para escapar de los puñeteros laceradores, ¿qué otra cosa, si no? Casi me pillan —
hizo una pausa—. Todavía se me pone la piel de gallina cuando pienso que podría haber pasado por
el Cambio.
El Cambio. De entre todos, aquel era el tema que Thomas creía que podía darle más respuestas.
—¿Y eso qué es? ¿Qué es lo que cambia? ¿Todo el mundo se vuelve loco como Ben e intenta
matar gente?
—Ben estaba mucho peor que la mayoría. Pero creía que querías hablar de los corredores —el
tono de voz de Newt le avisó de que la conversación sobre el Cambio se había terminado, lo que le
hizo sentir más curiosidad, aunque estaba bien volver a hablar de los corredores.
—Vale, te escucho.
—Como te he dicho, son los mejores de los mejores.
—¿Y qué hacéis? ¿Comprobar lo rápido que es todo el mundo?
Newt miró a Thomas, furioso, y gruñó.
—Estrújate un poco el coco, verducho, Tommy o como quieras que te llame. Lo rápido que
corres es sólo una parte. Una parte muy pequeña, en realidad.
Aquello despertó el interés de Thomas.
—¿A qué te refieres?
—Cuando digo los mejores de los mejores, me refiero a los mejores en todo. Para sobrevivir al
puñetero Laberinto, tienes que ser listo, rápido y fuerte. Tienes que ser bueno tomando decisiones y
saber la cantidad justa de riesgos que se ha de correr. No puedes ser imprudente ni tampoco tímido
—Newt estiró las piernas y se apoyó sobre sus manos—. Allí fuera es horrible, ¿sabes? No lo echo
nada de menos.
—Creía que los laceradores sólo salían de noche.
Fuera o no su destino, Thomas no quería toparse con una de aquellas cosas.
—Así es, por lo general.
—Entonces, ¿por qué es tan espantoso salir ahí? —¿de qué más cosas no estaba enterado?
Newt suspiró.
—Presión. Estrés. El Laberinto cambia cada día. Intentamos imaginarnos cómo es para salir de
aquí. También nos preocupan los malditos mapas. Y lo peor de todo es que siempre tienes miedo a
no volver. Un laberinto normal ya costaría, pero, al ir cambiando, si cometes un par de errores
mentales, te toca pasar la noche con esas despiadadas bestias. No hay sitio ni tiempo para los tontos
o los mocosos.
Thomas frunció el entrecejo, sin entender muy bien el instinto que en su interior le animaba a
continuar. Sobre todo, después de la noche anterior. Pero, aun así, seguía con aquella sensación que
notaba por todo el cuerpo.
—¿Por qué estás tan interesado? —preguntó Newt.
Thomas vaciló mientras pensaba con temor a decirlo en voz alta.
—Quiero ser un corredor.
Newt se dio la vuelta y le miró a los ojos.
—No llevas aquí ni una semana, pingajo. Es un poco pronto para querer morir, ¿no crees?
—Lo digo en serio.
Apenas tenía sentido, ni siquiera para Thomas, pero lo sentía en su corazón. De hecho, el deseo
de convertirse en corredor era lo único que le hacía seguir adelante, que le ayudaba a aceptar la
situación en que se encontraba.
Newt no dejó de mirarle a los ojos.
—Y yo también. Olvídalo. Nadie se ha hecho corredor en su primer mes y mucho menos en su
primera semana. Antes de que te recomendemos al guardián, tienes que pasar muchas pruebas.
Thomas se levantó y empezó a plegar sus bártulos de dormir.
—Newt, lo digo de verdad. No puedo estar todo el día quitando hierbajos, me volveré loco. No
tengo ni idea de lo que hacía antes de que me enviaran aquí en esa caja metálica, pero algo me dice
que se supone que tengo que ser un corredor. Puedo hacerlo.
Newt se quedó allí sentado, mirando fijamente a Thomas, sin ofrecerse a ayudarle.
—Nadie ha dicho que no puedas, pero déjalo por ahora.
Thomas notó que le invadía la impaciencia.
—Pero…
—Escucha, confía en lo que te digo, Tommy. Si vas por ahí fanfarroneando, diciendo que eres
demasiado bueno para trabajar de campesino, que se te da muy bien y estás preparado para ser un
corredor, vas a crearte un montón de enemigos. Déjalo por ahora.
Hacerse enemigos era lo último que Thomas quería, pero, aun así, decidió tomar otro camino:
—Muy bien, hablaré con Minho sobre el tema.
—Buen intento, maldito pingajo. La Reunión elige a los corredores y, si crees que yo soy duro,
ellos se te reirán en la jeta.
—Por lo que sabéis, podría ser bueno de verdad. Es una pérdida de tiempo hacerme esperar.
Newt se levantó para acercarse a Thomas y le dio con un dedo en la cara.
—Escúchame, verducho. ¿Estás escuchando de verdad? —por extraño que pareciera, Thomas no
se sintió intimidado. Puso los ojos en blanco, pero luego asintió—. Será mejor que dejes de decir
tonterías antes de que los demás te oigan. Aquí las cosas no funcionan así y toda nuestra existencia
depende precisamente de que funcionen con… —Hizo una pausa, pero Thomas no dijo nada,
temiéndose la charla que le caería a continuación—. Orden —continuó Newt—. Orden. Te repites
una y otra vez esa maldita palabra en tu fuca cabeza. La razón por la que todos estamos cuerdos por
aquí es porque nos rompemos el culo a trabajar y mantenemos un orden. El orden es la razón por la
que sacamos a Ben. Bueno, no podemos tener chiflados que vayan por ahí intentando matar gente,
¿no? Orden. Lo último que necesitamos es que vengas tú a estropearlo todo.
La obstinación desapareció de la cabeza de Thomas. Sabía que era hora de callarse.
—Sí —fue todo lo que dijo.
Newt le dio una palmada en la espalda.
—Vamos a hacer un trato.
—¿Qué?
Thomas sintió que sus esperanzas aumentaban.
—Si no dices nada sobre el tema, te pondré en las listas de posibles aprendices en cuanto
demuestres que sirves. Como no mantengas el maldito pico cerrado, me aseguraré de que no entres
nunca. ¿Trato hecho?
Thomas odiaba la idea de esperar sin saber cuánto tiempo sería.
—Es un asco de trato.
Newt enarcó las cejas y, al final, Thomas asintió.
—Trato hecho.
—Venga, vamos a coger algo de comida de Fritanga. Y espera que no nos atragantemos.
• • •
Aquella mañana, Thomas por fin conoció, aunque sólo de lejos, a Fritanga, que tan mala fama tenía.
El chaval estaba demasiado ocupado tratando de servir el desayuno a un ejército de clarianos
hambrientos. No debía de tener más de dieciséis años, pero tenía barba y el cuerpo cubierto de vello,
como si cada folículo intentara escapar a los confines de su ropa manchada de comida. Thomas
pensó que no parecía el chico más limpio del mundo para supervisar todas las comidas. Se apuntó
mentalmente que debía tener cuidado de no encontrarse un asqueroso pelo negro en su plato.
Newt y él se acababan de sentar con Chuck para desayunar en una mesa de picnic justo a la
salida de la cocina, cuando un gran grupo de clarianos se levantó y corrió hacia la Puerta Oeste,
hablando entusiasmados sobre algo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Thomas, sorprendido por lo indiferente que había sonado. Los
nuevos acontecimientos del Claro habían pasado a formar parte de su vida.
Newt se encogió de hombros mientras mojaba pan en los huevos fritos.
—Van a encontrarse con Minho y Alby, que han ido a echar un vistazo al puñetero lacerador
muerto.
—Eh —dijo Chuck, y un trocito de beicon le salió volando de la boca cuando habló—, tengo una
pregunta sobre eso.
—¿Sí, Chucky? —preguntó Newt, un tanto sarcástico—. ¿Y cuál es tu maldita pregunta?
Chuck pareció reflexionar.
—Bueno, han encontrado un lacerador muerto, ¿verdad?
—Sí —contestó Newt—. Gracias por la noticia.
Chuck dio unos golpecitos con el tenedor sobre la mesa durante unos segundos.
—Bueno, ¿y quién mató a esa maldita cosa?
«Magnífica pregunta», pensó Thomas. Esperó a que Newt respondiera, pero no dijo nada. Estaba
claro que no tenía ni idea.
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