12-13

Capítulo 12
Thomas no se movió durante unos segundos. El chico yacía en el suelo sin apenas moverse, pero
Thomas estaba paralizado por la indecisión; temía involucrarse. ¿Y si a aquel tío le pasaba algo muy
malo? ¿Y si le habían… picado? ¿Y si…?
Thomas reaccionó; era evidente que el corredor necesitaba ayuda.
—¡Alby! —gritó—. ¡Newt! ¡Que alguien vaya a buscarlos!
Corrió hasta el chico mayor y se arrodilló junto a él.
—Oye, ¿estás bien?
La cabeza del corredor descansaba sobre sus brazos extendidos mientras resollaba y el pecho se
le movía por el esfuerzo. Estaba consciente, pero Thomas nunca había visto a nadie tan agotado.
—Estoy… bien —dijo entre jadeos, y luego alzó la vista—. ¿Quién clonc eres tú?
—Soy nuevo —de repente, se acordó de que los corredores salían al Laberinto durante el día y
no habían presenciado ninguno de los recientes acontecimientos. ¿Sabría lo de la chica?
Probablemente, seguro que alguien se lo había contado—. Soy Thomas. Llevo aquí sólo un par de
días.
El corredor se incorporó hasta quedar sentado, con su pelo negro pegado al cráneo por el sudor.
—Ah, sí, Thomas —resopló—. El novato. Tú y la chica.
Alby se acercó trotando, claramente disgustado.
—¿Qué haces ya de vuelta, Minho? ¿Qué ha pasado?
—No te sulfures, Alby —contestó el corredor, que parecía recuperar las fuerzas por segundos—.
Anda, haz el favor de traerme un poco de agua… Se me cayó la mochila ahí fuera, no sé dónde.
Pero Alby no se movió. Le dio una patada a Minho en la pierna, demasiado fuerte para ser en
broma.
—¿Qué ha pasado?
—¡Casi no puedo hablar, cara fuco! —gritó Minho con voz ronca—. ¡Tráeme un poco de agua!
Alby examinó a Thomas, que se asombró de ver cómo el rastro de una sonrisa le cruzaba la cara
antes de que desapareciera para fruncir el entrecejo.
—Minho es el único pingajo que puede hablarme así sin que le tire de una patada al Precipicio.
Entonces se dio la vuelta y echó a correr, supuestamente para ir en busca de agua para Minho, lo
que sorprendió a Thomas aún más.
Thomas se volvió hacia Minho.
—¿Te deja que le des órdenes?
Minho se encogió de hombros y luego se limpió unas gotas frescas de sudor en la frente.
—¿Le tienes miedo a ese don nadie? Tío, te queda mucho por aprender. Putos novatos.
La reprimenda le dolió a Thomas más de lo que debería, teniendo en cuenta que había conocido a
aquel tío hacía tan sólo tres minutos.
—¿No es el líder?
—¿El líder? —Minho soltó un gruñido que seguramente se suponía que era una risotada—. Sí, tú
llámale líder todo lo que quieras. Quizá deberíamos llamarle el presidente. No, no, almirante Alby.
Eso —se restregó los ojos mientras se reía por lo bajo.
Thomas no supo qué conclusiones sacar de la conversación. Era difícil saber cuándo Minho
estaba o no de broma.
—Y, entonces, ¿quién es el líder?
—Verducho, mejor cállate antes de que te confundas aún más —Minho suspiró como si estuviera
aburrido y, luego, masculló casi para sí mismo—: ¿Por qué los pingajos como tú siempre venís aquí
haciendo preguntas estúpidas? Me da una rabia…
—¿Qué esperas que hagamos? —Thomas notó que se ponía rojo del enfado. «Como si tú
hubieras actuado diferente cuando llegaste aquí», quería decir.
—Que hagáis lo que os digan y mantengáis la boca cerrada. Eso es lo que espero.
Tras aquella última frase, Minho le miró por primera vez a la cara y, al instante, Thomas se echó
unos centímetros atrás, antes de poder detenerse. Inmediatamente, se dio cuenta de que acababa de
cometer un error: no podía permitir que aquel chico pensara que podía hablarle de esa manera.
Volvió a incorporarse sobre sus rodillas de modo que ahora le miraba desde arriba.
—Sí, seguro que eso fue lo que tú hiciste cuando eras un novato.
Minho observó a Thomas detenidamente y, volviéndole a mirar directo a los ojos, dijo:
—Yo fui uno de los primeros clarianos, gilipullo. Cierra el pico si no sabes de lo que estás
hablando.
A Thomas ahora le asustaba un poco aquel chico, pero sobre todo estaba harto de su actitud, así
que se movió para ponerse de pie, pero Minho alargó la mano para agarrarlo del brazo.
—Tío, siéntate. Sólo estoy jugando contigo. Es muy divertido. Ya verás cuando llegue el próximo
novato… —se calló con una mirada de perplejidad a la vez que fruncía el ceño—. Supongo que ya
no habrá más novatos, ¿no?
Thomas se relajó y volvió a sentarse, sorprendido de lo rápido que se había tranquilizado de
nuevo. Pensó en la chica y en la nota que afirmaba que ella era la última.
—Supongo que no.
Minho entrecerró un poco los ojos como si estuviese observando a Thomas.
—Tú has visto a la chavala, ¿verdad? Todo el mundo dice que seguramente la conoces o algo así.
Thomas notó que se ponía cada vez más a la defensiva.
—La he visto y no me resulta nada familiar.
Enseguida se sintió culpable por mentir, aunque tan sólo fuera una mentirijilla.
—¿Está buena?
Thomas se calló un momento; no había pensado en ella de esa forma al verla en aquel estado,
entregando la nota y diciendo su única frase: «Todo va a cambiar». Pero recordaba lo hermosa que
era.
—Sí, supongo que está buena.
Minho se inclinó hacia atrás hasta que quedó tumbado, con los ojos cerrados.
—Sí, supones. Como si te molaran las chicas en coma, ¿no? —se volvió a reír por lo bajo.
—Exacto.
A Thomas le estaba costando mucho averiguar si le gustaba Minho o no. Su personalidad parecía
cambiar a cada minuto. Después de una larga pausa, Thomas decidió arriesgarse:
—Bueno… —dijo con prudencia—, ¿has encontrado hoy algo?
Los ojos de Minho se abrieron de par en par y se centró en Thomas.
—¿Sabes qué, verducho? Esa normalmente sería la gilipullez más tonta que podrías preguntarle a
un corredor —cerró los ojos de nuevo—. Pero hoy, no.
—¿A qué te refieres? —Thomas se atrevió a esperar información.
«Una respuesta —pensó—. ¡Por favor, dame una respuesta!».
—Espera a que vuelva el fino almirante. No me gusta contar las cosas dos veces. Además, de
todos modos, no creo que quiera que lo oigas.
Thomas suspiró. No le sorprendía lo más mínimo haberse quedado sin respuesta.
—Bueno, al menos dime por qué pareces tan cansado. ¿No sales a correr ahí todos los días?
Minho se quejó al incorporarse y se sentó sobre las piernas cruzadas.
—Sí, verducho, salgo a correr ahí fuera todos los días. Digamos que me he entusiasmado un poco
y he corrido más de lo habitual para venir volando.
—¿Por qué? —Thomas estaba desesperado por saber qué había sucedido en el Laberinto.
Minho se llevó las manos a la cabeza.
—Tío, ya te lo he dicho. Paciencia. Espera al general Alby.
Algo en su voz atenuó el chasco y Thomas se decidió. Le gustaba Minho.
—Vale, me callaré. Pero asegúrate de que Alby me deja oír lo que vas a contar.
Minho se le quedó observando un segundo.
—Vale, verducho. Tú mandas.
Alby llegó un rato más tarde con un gran vaso de plástico lleno de agua y se lo dio a Minho, que
se la tragó toda sin detenerse a respirar ni una sola vez.
—Vale —dijo Alby—, ya está. ¿Qué ha pasado?
Minho enarcó las cejas y señaló a Thomas con la cabeza.
—No pasa nada —contestó Alby—. No me importa lo que oiga este pingajo. ¡Habla!
Thomas permaneció sentado en silencio, a la expectativa, mientras Minho se ponía de pie, con
gestos de dolor a cada movimiento; todo en él reflejaba extenuación. El corredor se apoyó en la
pared para mantener el equilibrio y les lanzó a ambos una mirada fría.
—He encontrado uno muerto.
—¿Eh? —preguntó Alby—. ¿Un muerto?
Minho sonrió.
—Un lacerador muerto.
Capítulo 13
Thomas estaba fascinado ante la mención del lacerador. Le aterrorizaba pensar en la repugnante
criatura, pero se preguntó por qué era tan importante que hubiera encontrado una muerta. ¿No había
sucedido nunca?
Alby parecía como si le hubiesen dicho que le habían salido alas y podía volar.
—No es un buen momento para hacer bromas —dijo.
—Mira —respondió Minho—, yo tampoco me lo creería si fuese tú; pero confía en mí, es cierto.
Era uno gordo y asqueroso.
«Está claro que nunca ha pasado antes», pensó Thomas.
—Has encontrado un lacerador muerto —repitió Alby.
—Sí, Alby —afirmó Minho, reflejando fastidio en sus palabras—. A unos kilómetros de aquí,
cerca del Precipicio.
Alby miró hacia el Laberinto y luego volvió la vista hacia Minho.
—Bueno… ¿Por qué no lo has traído contigo?
Minho se rió otra vez, con una medio risita, medio gruñido.
—¿Te has tomado toda la salsera de Fritanga, o qué? Esos bichos deben de pesar media tonelada,
tío. Además, no tocaría a uno ni aunque me sacaras gratis de este sitio.
Alby continuó haciendo preguntas:
—¿Qué aspecto tenía? ¿Las puntas de metal estaban dentro o fuera de su cuerpo? ¿Se movía?
¿Tenía la piel todavía húmeda?
Thomas estaba lleno de dudas: ¿Puntas de metal? ¿Piel húmeda? ¿Qué era todo aquello? Pero se
mordió la lengua para no recordarles que estaba allí y que tal vez deberían seguir hablando en
privado.
—Corta el rollo, macho —dijo Minho—. Tienes que verlo por ti mismo. Es… raro.
—¿Raro? —Alby parecía confundido.
—Tío, estoy agotado, muerto de hambre y de calor. Pero, si quieres que lo vayamos a buscar
ahora, seguro que podemos ir y volver antes de que los muros se cierren.
Alby miró su reloj.
—Mejor esperamos a que nos despertemos mañana.
—Es lo más inteligente que has dicho en una semana —Minho se despegó de la pared para
enderezarse, le dio a Alby en el brazo y empezó a caminar hacia la Hacienda cojeando un poco.
Mientras se alejaba arrastrando los pies (parecía que le dolía todo el cuerpo), dijo por encima del
hombro—: Debería volver ahí fuera, pero que le den. Voy a comer un poco del asqueroso guiso de
Fritanga.
Thomas sintió una oleada de decepción. Tenía que admitir que Minho sí parecía necesitar
descansar y comer algo, pero quería saber más.
Entonces Alby se dio la vuelta hacia Thomas, sorprendiéndole.
—Si sabes algo y no me lo cuentas…
Thomas estaba harto de que le acusaran de saber cosas. ¿Acaso no era ese el problema? El no
sabía nada en absoluto. Se quedó mirando al chico a la cara y se limitó a preguntar:
—¿Por qué me odias tanto?
El rostro de Alby en aquel momento fue indescriptible; era en parte confusión, en parte ira, en
parte sorpresa.
—¿Que yo te odio? Chico, ¿es que no has aprendido nada desde que apareciste en aquella Caja?
Esto no tiene nada que ver con odiar, gustar o querer, ni con ser amigos ni nada. Lo único que nos
preocupa es sobrevivir. Deja de ser un mariquita y empieza a usar el fuco cerebro, si es que tienes.
Thomas se sintió como si le hubiesen dado una bofetada.
—Pero… ¿por qué sigues acusándome…?
—¡Porque no puede ser una coincidencia, gilipullo! Apareces aquí, al día siguiente llega una
novata con una nota demencial, Ben intenta morderte y hay unos laceradores muertos. Algo está
pasando y no voy a descansar hasta que averigüe qué es.
—Yo no sé nada, Alby —le pareció bien poner un poco de pasión en sus palabras—. Ni siquiera
sé dónde estaba hace tres días y mucho menos por qué este tal Minho ha encontrado una cosa muerta
llamada lacerador. ¡Así que para ya!
Alby se recostó un poco y se quedó mirando distraídamente a Thomas durante unos segundos.
Luego dijo:
—Corta el rollo, verducho. Madura y empieza a pensar. No tiene nada que ver con acusar a nadie
ni nada de eso. Pero si recuerdas algo, si algo te resulta familiar, será mejor que me lo digas.
Prométemelo.
«No hasta que tenga un recuerdo consistente —pensó Thomas—. No a menos que quiera
compartirlo».
—Sí, supongo, pero…
—¡Prométemelo!
Thomas hizo una pausa; estaba harto de Alby y de su actitud.
—Lo que tú digas —dijo al final—. Lo prometo.
Al oír aquello, Alby se dio la vuelta y se marchó, sin decir ni una palabra más.
• • •
Thomas encontró un árbol en los Muertos, uno de los más bonitos en la linde del bosque, que daba
mucha sombra. Temía volver a trabajar con Winston, el Carnicero, y sabía que necesitaba ir a comer,
pero no quería estar cerca de nadie y pretendía seguir así el máximo tiempo posible. Se recostó en el
grueso tronco y deseó que le acompañara una brisa, pero no tuvo esa suerte. Acababa de notar cómo
se le cerraban los párpados cuando Chuck le estropeó la paz y tranquilidad:
—¡Thomas! ¡Thomas! —chilló el niño mientras corría hacia él, moviendo los brazos de arriba
abajo, con la cara iluminada por el entusiasmo.
Thomas se restregó los ojos y refunfuñó; no deseaba nada más en el mundo que una siesta de
media hora. No levantó la vista hasta que Chuck se detuvo justo delante de él, jadeando para
recuperar el aliento.
—¿Qué?
Las palabras fueron saliendo lentamente de la boca de Chuck entre jadeos en busca de aliento:
—Ben… Ben… no está… muerto.
Todos los signos de cansancio salieron catapultados del organismo de Thomas.
—¿Qué?
—No está… muerto. Los embolsadores fueron a buscarlo… La flecha no le dio en el cerebro…,
los mediqueros le hicieron un arreglo.
Thomas se dio la vuelta para clavar la vista en el bosque donde el chico enfermo le había
atacado justo la noche anterior.
—Tienes que estar de broma. Le vi…
¿No estaba muerto? Thomas no sabía qué sentía con más fuerza, si confusión, alivio, miedo de
que volviera a atacarle…
—Bueno, y yo también —dijo Chuck—. Está encerrado en el Trullo y una enorme venda le cubre
la mitad de la cabeza.
Thomas se dio la vuelta para volver a mirar a Chuck a la cara.
—¿El Trullo? ¿A qué te refieres?
—El Trullo es nuestra cárcel. Está en la parte norte de la Hacienda —Chuck señaló en aquella
dirección—. Le metieron tan rápido que los mediqueros tuvieron que curarle allí dentro.
Thomas se frotó los ojos. La culpa le consumió cuando se dio cuenta de cómo se había sentido
antes en realidad. Había sentido alivio porque Ben estaba muerto, porque ya no tendría que
preocuparse de si volvía a toparse con él.
—¿Y qué van a hacer con él?
—Los guardianes ya han tenido una Reunión esta mañana y, por lo que parece, la decisión fue
unánime. Creo que al final Ben va a desear que la flecha le hubiera atravesado el fuco cerebro.
Thomas entrecerró los ojos, confundido por lo que Chuck había dicho.
—¿De qué estás hablando?
—Le van desterrar. Esta noche, por intentar matarte.
—¿A desterrar? ¿Qué significa eso? —preguntó Thomas, aunque sabía que no podía ser bueno si
Chuck pensaba que era peor que estar muerto.
Y entonces, Thomas vio lo que tal vez fue lo más perturbador desde que había llegado al Claro:
Chuck no respondió, sólo sonrió. Sonrió, a pesar de todo, a pesar de lo siniestro que sonaba lo que
acaba de anunciar. Luego se dio la vuelta y echó a correr, quizá para contarle a alguien más la
emocionante noticia.
Aquella noche, Alby y Newt reunieron hasta al último clariano en la Puerta Este una media hora
antes de que se cerrara, cuando las primeras sombras del ocaso empezaban a deslizarse por el cielo.
Los corredores acababan de regresar y entraban en la misteriosa Sala de Mapas, haciendo un gran
estruendo al cerrar la puerta; Minho ya había entrado antes. Alby les dijo a los corredores que se
dieran prisa con sus asuntos, puesto que quería tenerlos fuera en veinte minutos.
A Thomas todavía le molestaba cómo había sonreído Chuck al contarle la noticia de que a Ben lo
iban a desterrar. Aunque no sabía lo que significaba exactamente, estaba seguro de que nada bueno.
Sobre todo, al estar todos tan cerca del Laberinto.
«¿Van a sacarle ahí fuera? —se preguntó—. ¿Con los laceradores?».
Los demás clarianos hablaban entre murmullos y una intensa sensación de horrible expectativa se
extendía como una espesa niebla sobre sus cabezas. Pero Thomas no dijo nada; siguió allí cruzado de
brazos, a la espera de que empezara el espectáculo. Se quedó en silencio hasta que los corredores
por fin salieron de su edificio, todos con aspecto de agotados y con caras preocupadas y pensativas.
Minho había sido el primero en salir, lo que hizo que Thomas se preguntara si sería el guardián de
los corredores.
—¡Traedle! —gritó Alby, y Thomas, sobresaltado, se apartó de sus pensamientos.
Los brazos le cayeron a los lados al darse la vuelta y buscar en el Claro alguna señal de Ben; el
miedo iba creciendo en su interior mientras se preguntaba lo que le haría el chico cuando le viera.
Por el punto más alejado de la Hacienda aparecieron tres muchachos, arrastrando literalmente a
Ben por el suelo. Tenía la ropa hecha jirones, apenas se le aguantaba encima, y un grueso vendaje
ensangrentado le tapaba la mitad de la cabeza y la cara. Bien porque se negaba a caminar por sí
mismo o bien porque no quería colaborar de ningún modo en el avance, parecía tan muerto como la
última vez que Thomas le había visto. Salvo por una cosa: tenía los ojos abiertos de par en par,
llenos de terror.
—Newt —dijo Alby en voz muy baja; Thomas no le habría oído si no hubiese estado a tan sólo
unos pasos de distancia—, saca la pértiga.
Newt asintió ya de camino a un pequeño cobertizo que usaban para los Huertos; sin duda, había
estado esperando su orden.
Thomas volvió a centrarse en Ben y los guardias. El pálido y desgraciado muchacho seguía sin
hacer ningún esfuerzo por resistirse, les dejaba que le arrastraran por el polvoriento suelo de piedra
del patio. Cuando llegaron a la multitud, pusieron a Ben de pie delante de Alby, su líder, y este bajó
la cabeza para no mirar a nadie a los ojos.
—Tú te lo has buscado, Ben —afirmó Alby.
Luego negó con la cabeza y miró hacia la choza a la que Newt había ido. Thomas siguió su
mirada justo a tiempo de ver a Newt saliendo por la puerta inclinada. Estaba sujetando varias barras
de aluminio que conectó por los extremos para hacer una vara de al menos seis metros de largo.
Cuando terminó, puso algo con una forma extraña en una de las puntas y arrastró aquella cosa hasta el
grupo. Un escalofrío subió por la espalda de Thomas al oír el chirrido metálico de la barra sobre el
suelo de piedra mientras Newt caminaba.
Thomas estaba horrorizado por todo aquel asunto. No podía evitar sentirse responsable, aunque
no hubiera hecho nada para provocar a Ben. ¿Cómo iba a ser aquello culpa suya? No dio con ninguna
respuesta, pero siguió sintiendo la culpa como una enfermedad en su sangre.
Finalmente, Newt llegó hasta Alby y le pasó el extremo de la barra que estaba sujetando. Ahora
Thomas veía aquel extraño accesorio. Era una lazada de basto cuero pegado al metal con una enorme
grapa. Un gran botón de presión revelaba que la lazada se abría y cerraba, y su función le resultó
evidente.
Era un collar

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