10-11

Capítulo 10
No podía creerse lo rápido que desaparecía la luz. Desde el Claro propiamente dicho, el bosque no
parecía tan grande; quizás ocupaba una hectárea. Sin embargo, los árboles eran altos, tenían troncos
robustos, estaban muy juntos y las hojas cubrían el cielo. El aire a su alrededor tenía un tono verdoso
apagado, como si a aquel día sólo le quedaran unos minutos de atardecer. De algún modo, era
hermoso y escalofriante a la vez.
Thomas se movía todo lo rápido que podía, chocaba contra el denso follaje mientras las delgadas
ramas le daban en el rostro. Se agachó para esquivar una que colgaba y estuvo a punto de caerse. Se
agarró a otra rama y se balanceó hacia delante para recuperar el equilibrio. Un tupido lecho de hojas
y ramitas caídas crujió bajo sus pies.
Sus ojos permanecieron en todo momento clavados en la cuchilla escarabajo que correteaba por
el suelo del bosque. Cuanto más se adentraba en la espesura, con más intensidad brillaba su luz roja
conforme se oscurecían los alrededores.
Thomas se había adentrado unos diez o doce metros en el bosque, esquivando y agachándose,
perdiendo terreno a cada segundo, cuando la cuchilla escarabajo saltó a un árbol especialmente
grande y subió a toda prisa por el tronco. Pero, cuando Thomas llegó allí, ya no había ni rastro de la
criatura. Había desaparecido entre el follaje, casi como si nunca hubiera existido.
Había perdido a la cabrona.
—Foder —susurró Thomas, casi como si lo dijera en broma.
Casi. Aunque pareciese raro, aquella palabra le resultaba natural en los labios, como si se
estuviera transformando en un clariano.
Una ramita se partió en algún sitio a su derecha y él giró la cabeza en aquella dirección. Contuvo
la respiración para escuchar. Se oyó otro chasquido, esta vez más alto, igual que si alguien hubiera
roto un palo en su rodilla.
—¿Quién anda ahí? —gritó Thomas, y un cosquilleo provocado por el miedo le recorrió los
hombros. Su voz rebotó en las copas de los árboles y resonó en el aire. Se quedó helado, clavado en
el sitio, mientras todo quedaba cada vez más en silencio, salvo por el canto de unos pájaros a lo
lejos. Pero nadie respondió a su pregunta. Ni tampoco oyó más sonidos que vinieran de aquella
dirección.
Sin detenerse a pensarlo, Thomas se dirigió hacia el ruido que había oído. No se molestó en
ocultar su avance y fue retirando las ramas mientras caminaba, para luego devolverlas a su posición
inicial al soltarlas. Entrecerró los ojos para tratar de ver en la oscuridad en aumento, deseando tener
una linterna. Pensó en las linternas y en su memoria. Una vez más, recordaba una cosa tangible del
pasado, pero no podía nombrar un momento o un lugar específico ni relacionarlo con alguna persona
o acontecimiento. Era frustrante.
—¿Hay alguien ahí? —volvió a preguntar un poco más calmado, puesto que el ruido no se había
repetido. Lo más seguro era que fuese un animal, quizás otra cuchilla escarabajo. Pero, por si acaso,
dijo—: Soy yo, Thomas. El nuevo. Bueno, el segundo más nuevo.
Hizo un gesto de dolor y sacudió la cabeza con la esperanza de que no hubiera nadie allí. Había
sonado como un completo idiota.
De nuevo, no obtuvo respuesta.
Caminó alrededor de un gran roble y se paró en seco. Un escalofrío glacial le bajó por la
espalda. Había llegado al cementerio.
No era un espacio muy grande, tal vez de unos treinta metros cuadrados, y estaba cubierto de una
capa densa de malas hierbas que crecían cerca del suelo. Thomas vio varias cruces de madera
dispuestas torpemente que asomaban entre los matojos, con la parte horizontal atada con cuerda a la
vertical. Las lápidas de las tumbas habían sido pintadas en blanco por alguien que sin duda tenía
prisa, pues estaban llenas de pegotes gelatinosos y lucían vetas sin pintar. Los nombres estaban
tallados en la madera.
Thomas se acercó, vacilante, a la más próxima y se arrodilló para echar un vistazo. Había tan
poca luz que parecía como si mirara a través de una niebla negra. Hasta los pájaros se habían
callado, como si se hubieran ido a dormir porque era de noche, y el sonido de los insectos apenas era
perceptible o, al menos, mucho menos de lo normal. Por primera vez, Thomas se dio cuenta de lo
húmedo que era el bosque, del ambiente cargado que ya le cubría de sudor la frente y el dorso de las
manos.
Se acercó más a la primera cruz. Parecía reciente y en ella estaba escrito el nombre de Stephen,
con la n muy pequeña y en el borde porque el que lo había tallado no había calculado bien el espacio
que iba a necesitar.
«¿A ti qué te pasó? ¿Chuck te molestó hasta matarte?».
Se incorporó y se acercó a otra cruz, esta casi totalmente llena de maleza, con el suelo firme en la
base. Quienquiera que fuese, debía de haber sido uno de los primeros en morir, porque su tumba
parecía la más vieja. El nombre que se leía era George.
Thomas miró a su alrededor y vio que había una docena de tumbas más. Un par parecía tan
reciente como la primera que había examinado. Un destello plateado atrajo su atención. Era diferente
al del escarabajo que, correteando, le había llevado hasta el bosque, pero igual de extraño. Se movió
entre las lápidas hasta que fue a parar a una tumba cubierta con un plástico o un cristal mugriento, con
los bordes llenos de porquería. Entrecerró los ojos para intentar averiguar qué había al otro lado y
soltó un grito ahogado al verlo con claridad. Era una ventana a otra tumba, una que tenía los restos
polvorientos de un cadáver en proceso de putrefacción. A pesar del miedo y del asco que le daba,
Thomas, curioso, se acercó aún más para verlo mejor. La tumba era más pequeña de lo normal y en
su interior guardaba sólo la mitad superior de la persona fallecida. Recordó la historia de Chuck
sobre el chico que intentó descender por el agujero oscuro de la Caja tras bajar el ascensor, para
acabar cortado en dos por algo que atravesó el aire. Había unas palabras grabadas en el cristal;
Thomas apenas pudo leerlas:
Que todos vean la mitad de este pingajo
Y sirva para que otros no escapen por ahí abajo.
Le entraron unas extrañas ganas de reírse. Le parecía demasiado ridículo para ser verdad. Pero
también se indignó consigo mismo por ser tan simplista y superficial. Negó con la cabeza y se apartó
para leer más nombres de los muertos, cuando oyó otra ramita que se partía, esta vez justo delante de
él, detrás de los árboles al otro lado del cementerio.
Luego hubo otro chasquido. Y otro. Se estaba acercando, pero estaba demasiado oscuro.
—¿Quién anda ahí? —preguntó con una voz temblorosa y apagada que parecía estar hablando
dentro de un túnel vacío—. En serio, esto es una estupidez —odiaba reconocer lo aterrorizado que
estaba.
En vez de responder, la persona dejó de actuar con sigilo y echó a correr, haciendo ruido por
todo el bosque alrededor del cementerio y moviéndose en círculo hacia donde estaba Thomas. Éste
se quedó inmóvil; el pánico se había apoderado de él. Ahora que el visitante estaba a tan sólo unos
metros, se le oía cada vez más fuerte, hasta que alcanzó a ver la sombra de un chico flacucho y cojo
que corría de una forma extraña, como dando saltitos.
—¿Quién demo…?
El chico salió de entre los árboles antes de que Thomas pudiera acabar la frase. Sólo vio una piel
pálida y unos ojos enormes, la imagen espeluznante de una aparición; gritó, intentó correr, pero era
demasiado tarde. La figura saltó en el aire y se abalanzó sobre él. Le golpeó en los hombros y unas
manos fuertes le agarraron. Thomas se cayó al suelo y notó cómo una lápida se le clavaba en la
espalda antes de partirse en dos y arañarle profundamente la piel.
Empujó y le dio manotazos a su atacante, un implacable revoltijo de piel y huesos que brincaba
sobre Thomas mientras trataba de hacerse con él. Parecía un monstruo sacado de una pesadilla, pero
sabía que tenía que ser un clariano, alguien que había perdido totalmente la cabeza. Oyó unos dientes
entrechocando, una mandíbula que se abría y cerraba con un espantoso clac, clac, clac. Entonces notó
una irritante punzada de dolor cuando la boca del chico entró en contacto con el hombro de Thomas y
le mordió profundamente.
Thomas gritó y sintió el dolor como una oleada de adrenalina en la sangre. Plantó las palmas de
las manos contra el pecho del atacante y empujó, estirando los brazos y forzando los músculos contra
la figura que luchaba encima de él. Al final, el muchacho cayó hacia atrás y se oyó un fuerte
chasquido en el aire cuando otra lápida encontró su fin.
Thomas se escabulló sobre las manos y los pies, intentando recuperar el aliento, y por primera
vez vio bien a su atacante enloquecido. Era el chico enfermo.
Era Ben.
Capítulo 11
Parecía que Ben se había recuperado sólo un poco desde que Thomas le había visto en la Hacienda.
No llevaba más que unos pantalones cortos, y su piel, más blanca que el papel, se extendía por sus
huesos como una sábana bien envuelta alrededor de un montón de palos. Unas venas como cuerdas le
recorrían el cuerpo y latían, verdes, pero menos marcadas que el día anterior. Sus ojos inyectados en
sangre se clavaron en Thomas como si estuvieran viendo su próxima comida.
Ben se agachó, listo para saltar y comenzar otro ataque. En algún momento había aparecido un
cuchillo, que agarraba con la mano derecha. A Thomas le embargó una sensación de mareo y miedo;
no se acababa de creer que aquello estuviese ocurriendo de verdad.
—¡Ben!
Thomas miró hacia el sitio de donde procedía la voz y se sorprendió al ver a Alby en el límite
del cementerio, como un mero fantasma bajo aquella luz tenue. El alivio inundó el cuerpo de Thomas.
Alby sostenía un gran arco con una flecha lista para matar, apuntando directa a Ben.
—Ben —repitió Alby—, para ya o no llegarás a mañana.
Thomas volvió a mirar a Ben, que tenía la vista clavada en Alby con fiereza y se pasaba
rápidamente la lengua por los labios para humedecerlos. «¿Qué le pasa a ese chaval?», se preguntó
Thomas. El muchacho se había convertido en un monstruo. ¿Por qué?
—Si me matas —chilló Ben, escupiendo saliva por la boca, lo bastante lejos para no salpicarle a
Thomas en la cara—, te habrás equivocado de tío —volvió a clavar los ojos en Thomas—, él es el
pingajo al que quieres matar —tenía la voz dominada por la locura.
—No seas tonto, Ben —dijo Alby con voz calmada mientras continuaba apuntándole con la
flecha—. Thomas acaba de llegar, no tienes por qué preocuparte. Todavía estás molesto por el
Cambio. No deberías haberte movido de la cama.
—¡No es uno de nosotros! —gritó Ben—. Le he visto. Es… es malo. ¡Tenemos que matarlo!
¡Déjame que le destripe!
Thomas retrocedió un paso involuntariamente, horrorizado por lo que Ben había dicho. ¿Qué
quería decir con que le había visto? ¿Por qué pensaba que Thomas era malo?
Alby no había movido su arma ni un centímetro y aún seguía apuntando a Ben.
—Eso ya lo averiguaremos los guardianes y yo, cara fuco —sujetaba el arco con firmeza, casi
como si lo tuviera apoyado en una rama para aguantarlo—. Ahora devuelve tu esquelético culo a la
Hacienda.
—Él querrá llevarnos de vuelta a casa —dijo Ben—. Querrá sacarnos del Laberinto. ¡Será mejor
que nos tiremos todos por el Precipicio! ¡Será mejor que nos saquemos las tripas los unos a los
otros!
—¿De qué estás hablando…? —empezó a decir Thomas.
—¡Cállate la boca! —gritó Ben—. ¡Asqueroso traidor!
—Ben —intervino Alby, tranquilo—, voy a contar hasta tres.
—Es malo, es malo, es malo… —susurraba ahora Ben, en casi un canturreo. Se balanceaba
adelante y atrás, cambiando el cuchillo de una mano a otra, con los ojos fijos en Thomas.
—Uno.
—Malo, malo, malo, malo, malo…
Ben sonrió y sus dientes parecieron brillar, verdosos bajo aquella luz pálida. Thomas quiso
apartar la mirada, marcharse de allí, pero no pudo moverse; estaba demasiado absorto, demasiado
asustado.
—Dos —Alby alzó la voz a modo de advertencia.
—Ben —dijo Thomas, intentando encontrarle sentido a todo aquello—, no soy… Ni siquiera sé
qué…
Ben dio un grito ahogado de locura y saltó en el aire, agitando el cuchillo.
—¡Tres! —gritó Alby.
Se oyó el sonido del alambre al moverse, el zumbido de un objeto cortando el aire y el
desagradable ruido húmedo al encontrar su objetivo. La cabeza de Ben giró con violencia hacia la
izquierda y su cuerpo se retorció hasta que cayó sobre su estómago, con los pies apuntando a
Thomas. No hizo ningún ruido.
Thomas se puso de pie de un salto y avanzó a trompicones. La larga saeta de la flecha estaba
clavada en la mejilla de Ben y había menos sangre de lo que Thomas hubiese esperado, pero salía
igualmente. Era negra en la oscuridad, como petróleo. Sólo se movió el dedo meñique de Ben, que se
retorció. A Thomas le entraron ganas de vomitar. ¿Ben había muerto por él? ¿Era culpa suya?
—Vamos —ordenó Alby—. Los embolsadores se ocuparán de él mañana.
«¿Qué acaba de pasar aquí? —pensó Thomas, con el mundo inclinándose a su alrededor mientras
contemplaba el cuerpo sin vida—. ¿Qué le había hecho yo a este chaval?».
Alzó la vista, queriendo respuestas, pero Alby ya se había marchado y una rama temblorosa era
la única señal de que había estado allí.
• • •
Thomas apretó los ojos por la luz cegadora del sol al salir del bosque. Estaba cojeando, el tobillo le
dolía muchísimo, aunque no recordaba habérselo lastimado. Llevó una mano con cuidado a la zona
donde le habían mordido y con la otra se agarró el estómago como si aquello fuera a impedirle
vomitar, lo que ahora creía inevitable. La imagen de la cabeza de Ben le vino a la memoria, ladeada
de forma antinatural, la sangre bajando por la flecha hasta acumularla, goteando, salpicando el
suelo…
Aquella imagen ya había sido el colmo. Se cayó de rodillas junto a uno de los esmirriados
árboles de los alrededores del bosque y vomitó, haciendo arcadas mientras tosía y sacaba el último
resto de la asquerosa bilis ácida que le quedaba en el estómago. Le temblaba todo el cuerpo y
parecía que los vómitos no iban a cesar nunca.
Y entonces, como si su cerebro se burlase de él para empeorar las cosas, tuvo una idea. Llevaba
en el Claro aproximadamente veinticuatro horas. Un día entero. Nada más y nada menos. ¡Y todo lo
que había sucedido! Qué montón de cosas horribles.
Ahora seguro que sólo podía ir a mejor.
• • •
Aquella noche, Thomas estaba tumbado, contemplando el cielo brillante, preguntándose si volvería a
dormir alguna vez. En cuanto cerraba los ojos, le venía a la cabeza la imagen monstruosa de Ben
saltando sobre él, con la locura reflejada en el rostro. Tanto si abría los ojos como si no, podía jurar
que seguía oyendo el sonido húmedo de la flecha atravesando la mejilla de Ben.
Thomas sabía que nunca olvidaría aquellos minutos sobrecogedores en el cementerio.
—Di algo —dijo Chuck por quinta vez desde que habían colocado sus sacos de dormir.
—No —contestó Thomas, igual que había dicho antes.
—Todo el mundo sabe lo que ha pasado. Ya ha sucedido antes una o dos veces. A un pingajo al
que ha picado un lacerador se le va la olla y ataca a alguien. No te creas especial.
Por primera vez, Thomas pensó que la personalidad de Chuck había pasado de ligeramente
irritante a insufrible.
—Chuck, alégrate de que ahora mismo no tenga el arco de Alby.
—Sólo estoy…
—Cállate, Chuck. Vete a dormir.
Thomas no podía con aquello en esos momentos.
Por fin, su amigo se quedó dormido y también todos los demás, según el murmullo de ronquidos
que se oía en el Claro. Unas horas más tarde, bien entrada la noche, Thomas seguía siendo el único
que estaba despierto. Quería llorar, pero no lo hizo. Quería encontrar a Alby y darle un puñetazo, sin
ninguna razón en especial, pero no lo hizo. Quería gritar, dar patadas, escupir, abrir la Caja y saltar a
la oscuridad que había debajo. Pero no lo hizo.
Cerró los ojos e intentó alejar aquellos pensamientos y las oscuras imágenes de su cabeza, y en
algún momento se quedó dormido.
• • •
Por la mañana, Chuck tuvo que sacar a rastras a Thomas de su saco de dormir, llevarlo a las duchas y
arrastrarle hasta los vestidores.
Todo el rato estuvo desanimado e indiferente, le dolía la cabeza y su cuerpo quería dormir más.
El desayuno fue borroso, y una hora después de acabar ya no se acordaba de lo que había comido.
Estaba tan cansado que notaba el cerebro como si alguien se lo hubiese grapado al cráneo por un
montón de sitios. El ardor de estómago le subía hasta el pecho.
Pero, por lo que sabía, las siestas estaban muy mal vistas en la enorme granja del Claro.
Se quedó con Newt delante del establo de la Casa de la Sangre, preparándose para su primera
sesión de aprendizaje con un guardián. A pesar de aquella dura mañana, lo cierto era que estaba
entusiasmado por saber más y por tener la oportunidad de quitarse de la cabeza a Ben y el
cementerio. Las vacas mugían, las ovejas balaban y los cerdos chillaban a su alrededor. Por allí
cerca ladró un perro y Thomas esperó que Fritanga no le diera un nuevo significado a la palabra
perrito caliente.
«Un perrito caliente —pensó—. ¿Cuándo fue la última vez que probé un perrito caliente? ¿Con
quién me lo comí?».
—Tommy, ¿me estás escuchando?
Thomas salió de repente de su aturdimiento y se concentró en Newt, que llevaba hablando a saber
cuánto tiempo. No había oído ni una sola palabra.
—Sí, perdona. No pude dormir anoche.
Newt trató de sonreír, pero le salió de pena.
—No me extraña. Las pasaste canutas. Seguramente crees que soy un pingajo gilipullo por sacar
hoy tu culo a trabajar después de vivir algo como aquello.
Thomas se encogió de hombros.
—Lo mejor que podía hacer era ponerme a trabajar. Cualquier cosa para distraer la mente.
Newt asintió y le dedicó una sonrisa más auténtica.
—Eres tan listo como pareces, Tommy. Esa es una de las razones por las que mantenemos este
sitio bonito y con mucho movimiento. Si eres holgazán, te pones triste. Comienzas a rendirte. Así de
simple.
Thomas asintió y, distraídamente, dio una patada a una roca que había en el polvoriento y
agrietado suelo de piedra del Claro.
—Bueno, ¿y qué se sabe de la chica de ayer?
Si algo había penetrado en la bruma de aquella larga mañana, habían sido pensamientos sobre
ella. Quería saber más sobre la joven y entender la extraña conexión que sentía entre ambos.
—Sigue en coma, durmiendo. Los mediqueros le están dando de comer con una cuchara las sopas
que cocina Fritanga, le comprueban las pulsaciones y todo eso. Parece que está bien, sólo que por
ahora sigue muerta para el mundo.
—Fue muy raro.
Si no hubiese sido por el incidente de Ben en el cementerio, Thomas estaba seguro de que se
habría pasado toda la noche pensando en ella y quizá no hubiera dormido tampoco por una razón
completamente diferente. Quería saber quién era y si la conocía de verdad.
—Sí —dijo Newt—. Me figuro que raro es una palabra tan buena como cualquier otra.
Thomas miró por encima del hombro de Newt el gran establo rojo descolorido y dejó a un lado
los pensamientos sobre la chica.
—Bueno, ¿y qué va primero? ¿Ordeñar a las vacas o matar a uno de los pobres cerditos?
Newt se rió, un sonido que Thomas advirtió que no había oído mucho desde que había llegado.
—Siempre hacemos que los novatos empiecen con los malditos cortadores. No te preocupes,
cortar en pedazos las vituallas de Fritanga no es más que una parte. Los cortadores hacen todo lo
relacionado con las bestias.
—Qué mala suerte que no pueda acordarme de mi vida. A lo mejor me encantaba matar animales.
Sólo estaba bromeando, pero Newt, por lo visto, no lo captó y señaló con la cabeza hacia el
establo.
—Ah, lo sabrás en cuanto el sol se ponga esta noche. Vamos a presentarte a Winston. Él es el
guardián.
• • •
Winston era un chaval lleno de acné, bajo pero musculoso, y a Thomas le pareció que le gustaba
demasiado su trabajo.
«Quizá le hayan enviado aquí por ser un asesino en serie», pensó.
Winston le enseñó el sitio durante la primera hora, indicándole dónde estaban los corrales de
según qué animales, dónde estaban las gallinas y los pavos, dónde iba cada cosa en los establos. El
perro, un pesado labrador negro llamado Guau, demasiado rápido para Thomas, estuvo pegado a sus
pies la hora entera. El chico pensó de dónde habría salido el perro y se lo preguntó a Winston, quien
le respondió que Guau siempre había estado allí. Por suerte, le debieron de poner el nombre en plan
broma, porque apenas ladraba.
La segunda hora la pasaron trabajando con los animales de la granja: dándoles de comer,
limpiándolos, arreglando una valla, quitando la clonc. Clonc. Thomas se dio cuenta de que cada vez
usaba más los términos de los clarianos.
La tercera hora fue la más dura para Thomas. Tuvo que mirar cómo Winston mataba un cerdo y
preparaba sus distintas partes para comerlas en el futuro. Thomas se juró a sí mismo dos cosas
mientras se alejaba de allí para almorzar: la primera, no trabajaría con animales; la segunda, no
volvería a comer nada que procediera del cerdo.
Winston le dijo que podía seguir solo, que él estaría por la Casa de la Sangre, lo que a Thomas le
pareció bien. Pero, mientras caminaba hacia la Puerta Este, no pudo evitar imaginarse a Winston en
un rincón oscuro del establo royendo unos pies de cerdo crudos. Aquel tío le ponía los pelos de
punta.
Thomas estaba pasando por la Caja cuando le sorprendió ver que alguien salía del Laberinto para
meterse en el Claro, por la Puerta Oeste, a su izquierda. Un chico asiático de brazos fuertes, con el
pelo corto y negro, que parecía un poco mayor que Thomas. El corredor se paró tras dar tres pasos,
luego se inclinó y puso las manos en sus rodillas, jadeando mientras recuperaba el aliento. Parecía
como si acabara de correr treinta kilómetros; tenía la cara roja, la piel sudada y la ropa empapada.
Thomas se quedó mirándole fijamente, dominado por la curiosidad. Todavía no había visto a un
corredor de cerca y tampoco había hablado con ninguno. Además, según los últimos dos días, el
corredor había regresado a casa horas antes. Thomas avanzó, impaciente por encontrarse con él y
hacerle preguntas.
Pero, antes de que pudiera formular una frase, el chico se desplomó en el suelo

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