1-2
Capítulo 1
Empezó su nueva vida de pie, rodeado de fría oscuridad y aire viciado y polvoriento.
Todo era de metal. Una agitada sacudida movió el suelo bajo sus pies. Se cayó ante aquel
movimiento repentino y retrocedió a cuatro patas, con unas gotas de sudor cubriéndole la frente a
pesar del aire frío. Su espalda chocó contra una dura pared de metal y se deslizó por ella hasta que
dio con la esquina de la habitación. Se arrellanó en el suelo, con las piernas bien pegadas al cuerpo y
la esperanza de que pronto se le adaptaran los ojos a la oscuridad.
Con otro zarandeo, la habitación dio un tirón hacia arriba, como si se tratara de un viejo ascensor
en el hueco de una mina.
Unos discordantes sonidos de cadenas y poleas, como el mecanismo de una antigua fábrica de
acero, retumbaron en la habitación y agitaron las paredes con un diminuto chirrido ahogado. El
ascensor sin luz se balanceó hacia delante y hacia atrás mientras ascendía, y al chico le entraron
náuseas. Un olor a aceite quemado le invadió los sentidos y le hizo sentirse peor. Quería llorar, pero
no le salían las lágrimas; lo único que podía hacer era quedarse allí solo, sentado y a la espera.
«Me llamo Thomas», pensó.
Eso… eso era lo único que podía recordar de su vida.
No entendía cómo era posible. Su mente funcionaba a la perfección mientras trataba de averiguar
dónde se había metido. El conocimiento inundó sus pensamientos; le vinieron a la cabeza hechos e
imágenes, recuerdos y detalles del mundo y de cómo funcionaba. Se imaginó la nieve en los árboles,
la sensación de correr por una calle cubierta de hojas, de comer una hamburguesa, el pálido brillo de
la luna sobre un prado de hierba, nadar en un lago, la plaza de una ciudad con mucho movimiento y
cientos de personas corriendo de aquí para allá, ocupadas con sus asuntos.
Pero, aun así, seguía sin saber de dónde venía, cómo se había metido en aquel oscuro ascensor ni
quiénes eran sus padres. Ni siquiera sabía su apellido. Por un instante, le aparecieron en la cabeza
imágenes de gente, pero no reconoció a nadie y unas inquietantes manchas de colores sustituyeron sus
rostros. No podía pensar en ninguna persona que conociera ni tampoco recordaba una simple
conversación.
La habitación continuó ascendiendo y balanceándose. Thomas acabó por hacerse inmune al
incesante traqueteo de las cadenas que le llevaban hacia arriba. Pasó un largo rato. Los minutos se
convirtieron en horas, aunque era imposible estar seguro porque cada segundo parecía una eternidad.
No. Era más listo que eso. Si confiaba en su instinto, sabría que llevaba moviéndose
aproximadamente media hora.
Por extraño que pareciera, sintió que el miedo se retiraba como un enjambre de mosquitos
atrapado por el viento y daba lugar a una intensa curiosidad. Quería saber dónde se encontraba y qué
estaba sucediendo.
Con un crujido y después un golpe seco, la habitación ascendente se detuvo; aquel cambio
repentino hizo que Thomas dejara de estar acurrucado y saliera disparado contra la dura superficie.
Mientras se ponía de pie con dificultad, notó que la habitación cada vez se balanceaba menos, hasta
que al final no se oyó nada. Todo parecía estar en silencio.
Pasó un minuto. Dos. Miró en ambas direcciones, pero no vio nada más que oscuridad. Volvió a
tantear las paredes, buscando una salida, pero no había nada, sólo el frío metal. Gruñó, lleno de
frustración. Su eco se amplificó en el aire como el angustioso gemido de la muerte. Se desvaneció y
volvió a reinar el silencio. Gritó, pidió socorro y golpeó las paredes con los puños.
Nada.
Thomas regresó a un rincón, cruzó los brazos, se estremeció y el miedo volvió. Notó una
sacudida preocupante en el pecho, como si el corazón quisiera escaparse, huir de su cuerpo.
—¡Que… alguien… me ayude! —gritó, y las palabras le irritaron la garganta. Resonó un fuerte
ruido metálico y, asustado, contuvo el aliento al levantar la vista. Una línea recta de luz cruzaba el
techo de la habitación y Thomas vio cómo se expandía. Un sonido chirriante reveló dos puertas
correderas que se abrían a la fuerza. Después de tanto tiempo en la oscuridad, sintió un gran dolor en
los ojos provocado por la luz; apartó la mirada y se cubrió la cara con ambas manos.
Oyó unos ruidos —unas voces— y el miedo le oprimió el pecho.
—Mirad a ese pingajo.
—¿Cuántos años tiene?
—Parece una clonc con camiseta.
—Tú sí que eres imbécil, cara fuco.
—¡Tío, aquí abajo huele a pies!
—Espero que hayas disfrutado del viaje de ida, verducho.
—No hay billete de vuelta, chaval.
Thomas fue azotado por una ola de confusión recubierta de pánico. Las voces eran raras, tenían
algo de eco; algunas de las palabras que le decían eran extrañas y otras le resultaban más familiares.
Mientras entrecerraba los ojos hacia la luz y hacia los que estaban hablando, trató de adaptar la vista.
Al principio sólo vio unas sombras que se movían, pero no tardaron en tener forma de cuerpos, de
gente que se inclinaba sobre el agujero del techo y le miraba, señalándole. Y, entonces, como si las
lentes de una cámara se hubiesen enfocado, comenzó a ver los rostros más nítidos. Todos eran
chicos; algunos, jóvenes y otros, mayores. Thomas no sabía qué se había imaginado, pero, al ver
aquellas caras, se quedó desconcertado. Eran sólo adolescentes. Críos. Parte de su miedo
desapareció, pero no lo suficiente para calmarle el corazón, que le latía a toda velocidad.
Alguien bajó una cuerda desde arriba, con el extremo atado a una gran lazada. Thomas vaciló,
luego se metió en ella con el pie derecho y se agarró a la cuerda mientras tiraban de él hacia el cielo.
Unas manos, muchas manos, le cogieron de la ropa para subirle. El mundo parecía dar vueltas en un
remolino neblinoso de caras, color y luz. Un torrente de emociones le revolvió las tripas, se las
retorció y tiró de ellas. Quería gritar, llorar, vomitar. El coro de voces se había quedado en silencio,
pero alguien habló cuando tiraron de él para sacarlo por el borde afilado de la oscura caja. Y
Thomas supo que nunca olvidaría aquellas palabras:
—Encantado de conocerte, pingajo —dijo el chico—. Bienvenido al Claro.
Capítulo 2
Las manos que le ayudaban no dejaron de aferrarse a él hasta que Thomas se puso derecho y se
limpió el polvo de la camiseta y los pantalones. Todavía deslumbrado por la luz, se tambaleó un
poco. Se moría de curiosidad, pero aún se encontrab
Diferentes emociones luchaban por el dominio en su mente y su corazón. Confusión. Curiosidad.
Pánico. Miedo. Pero lo que las unía todas era la oscura sensación de completa desesperanza, como si
el mundo hubiese acabado para él, como si hubiera sido borrado de su memoria y hubiese sido
sustituido por algo horrible. Quería salir corriendo y esconderse de esa gente.
El chico de la voz áspera estaba hablando:
—… incluso eso es demasiado, me apostaría el hígado.
Thomas aún seguía sin verle la cara.
—¡He dicho que os calléis la boca! —gritó el moreno—. ¡Como sigáis dándole a la lengua, la
siguiente interrupción la corto por la mitad!
Thomas se dio cuenta de que aquel debía de ser el líder. Como no soportaba que se le quedaran
mirando embobados de aquella manera, se concentró en examinar el lugar que aquel chico había
llamado el Claro.
El suelo del patio parecía estar hecho de enormes bloques de piedra, muchos de ellos agrietados,
llenos de césped y hierbajos. Un extraño edificio de madera en ruinas, junto a una de las esquinas del
cuadrado, contrastaba mucho con la piedra gris. Unos cuantos árboles lo rodeaban. Sus raíces eran
como manos nudosas que se clavaban en el suelo de roca en busca de comida. En otra esquina del
recinto había un huerto en el que Thomas distinguió, desde donde él estaba, maíz, tomateras y árboles
frutales.
Al otro lado del patio había corrales de madera en los que se guardaban ovejas, cerdos y vacas.
Un bosquecillo ocupaba la última esquina; allí, los árboles más cercanos parecían estar enfermos y
al borde de la muerte. El cielo sobre sus cabezas era azul y estaba despejado, pero Thomas no vio ni
rastro del sol, a pesar de la claridad del día. Las sombras que se movían lentamente por las paredes
no revelaban la hora ni la dirección; podría haber sido temprano por la mañana o bien entrada la
tarde. Al respirar hondo para intentar calmar sus nervios, le asaltó una mezcla de olores: tierra
recién removida, estiércol, pino, algo podrido y algo dulce. De algún modo, supo que esos olores
correspondían a una granja.
Thomas volvió a mirar a sus captores, incómodo pero a la vez desesperado por hacer preguntas.
«Captores —pensó—. ¿Por qué ha aparecido esa palabra en mi cabeza?».
Examinó sus caras, repasó todas sus expresiones, los juzgó. Los ojos de un muchacho reflejaban
odio, lo que le dejó helado. Parecía tan enfadado que a Thomas no le habría sorprendido si se
hubiera acercado a él con un cuchillo. Tenía el pelo negro y, cuando sus miradas se cruzaron, el
chico sacudió la cabeza, se dio la vuelta y caminó hacia un poste de hierro grasiento con un banco de
madera al lado. Una bandera multicolor colgaba débilmente de la punta del poste y, al no hacer
viento, no se distinguía el dibujo que la decoraba. Conmocionado, Thomas permaneció con la vista
clavada en la espalda del chico hasta que este se dio la vuelta para sentarse y, entonces, apartó la
mirada enseguida.
De repente, el líder del grupo, que tendría unos diecisiete años, dio un paso adelante. Llevaba
ropa normal: una camiseta negra, unos vaqueros, unas zapatillas de deporte y un reloj digital. Por
algún motivo, la ropa que llevaba le sorprendió; era como si todo el mundo tuviese que llevar puesto
algo más amenazador, como el uniforme de un presidiario. El chico moreno tenía el pelo muy corto y
la cara bien afeitada. Pero, aparte de un constante ceño fruncido, no había nada más en él que le
asustara.
—Es una larga historia, pingajo —dijo el chico—. La irás aprendiendo poco a poco. Te llevaré
de Visita mañana. Hasta entonces… no rompas nada —extendió la mano—. Me llamo Alby —sin
duda, esperaba que le estrechara la mano. Thomas se negó. Una especie de instinto dominaba sus
acciones y, sin decir nada, le dio la espalda a Alby y caminó hacia un árbol que había al lado, donde
se dejó caer para sentarse con la espalda apoyada en la áspera corteza. El pánico volvió a crecer
dentro de él hasta tal punto que apenas pudo soportarlo. Pero respiró hondo y se obligó a intentar
aceptar la situación.
«Venga —pensó—, no averiguarás nada si te dejas llevar por el miedo».
—Pues cuéntamela —replicó Thomas, esforzándose por no alterar la voz—. Cuéntame esa
historia tan larga.
Alby miró a los amigos que tenía más cerca y puso los ojos en blanco. Thomas volvió a examinar
al grupo. Su cálculo original había estado cerca. Habría unos cincuenta o sesenta adolescentes y
otros un poco mayores, como Alby, que parecía ser de los más viejos, en aquel momento, Thomas se
dio cuenta con un estremecimiento de que no tenía ni idea de cuántos años tenía. Al pensarlo, le dio
un vuelco el corazón. Estaba tan perdido que ni siquiera sabía cuál era su edad.
—En serio —dijo, dejando de mostrar valentía—, ¿dónde estoy?
Alby fue hasta él y se sentó a su lado con las piernas cruzadas; el grupo de chicos le siguió y se
quedó detrás. Se asomaron unas cuantas cabezas aquí y allá; los chavales se inclinaban en todas las
direcciones para poder verlo mejor.
—Si no estuvieras asustado —respondió Alby—, no serías humano. Como actúes diferente, te
tiraré por el Precipicio, porque entonces significará que eres un psicópata.
—¿El Precipicio? —preguntó Thomas mientras le desaparecía la sangre de la cara.
—Foder —contestó Alby, y se restregó los ojos—. No vamos a empezar ese tipo de
conversación, ¿me captas? Aquí no matamos a los pingajos como tú, te lo prometo. Tan sólo evita
que te maten, intenta sobrevivir o lo que sea —hizo una pausa, y Thomas se dio cuenta de que su cara
debió de haberse puesto aún más blanca al oír la última parte—. Tío —añadió, y luego se pasó las
manos por su corto pelo mientras soltaba un largo suspiro—, no se me da muy bien esto. Tú eres el
primer judía verde desde que mataron a Nick.
Los ojos de Thomas se abrieron de par en par. Un chico salió del grupo y le dio una colleja a
Alby.
—Espera a la puñetera Visita, Alby —dijo con una voz pastosa y un acento extraño—. Al chaval
le va a dar un ataque al corazón y aún no ha oído nada —se agachó y le ofreció la mano a Thomas—.
Me llamo Newt, verducho, y todos estaremos muy contentos si perdonas a nuestro nuevo líder, que
por lo visto tiene una clonc en vez de cerebro.
Thomas extendió el brazo y estrechó la mano del chico. Parecía mucho más simpático que Alby.
Newt también era más alto que Alby, pero tal vez un año o así más joven. Su pelo rubio y largo le
caía por la camiseta y las venas se le marcaban en sus brazos musculosos.
—Cierra el pico, cara fuco —gruñó Alby, y tiró de Newt para que se sentara a su lado—. Al
menos entiende la mitad de mis palabras.
Se oyeron unas risas aisladas y, entonces, todos se reunieron detrás de Alby y Newt, incluso más
apiñados que antes, esperando a ver qué decían. Alby extendió los brazos con las palmas hacia
arriba.
—Este lugar se llama el Claro, ¿vale? Es donde vivimos, donde comemos, donde dormimos… y
nosotros nos llamamos los clarianos. Eso es todo lo que…
—¿Quién me ha enviado aquí? —preguntó Thomas, y el miedo por fin dio paso al enfado—.
¿Cómo…?
Pero Alby le interrumpió con la mano antes de que pudiera terminar y le agarró de la camiseta
mientras se inclinaba hacia delante sobre sus rodillas.
—¡Levántate, pingajo, levántate!
Alby se puso de pie y arrastró a Thomas con él. El chico se levantó, asustado de nuevo.
Retrocedió hacia el árbol, intentando apartarse de Alby, que estaba pegado a su cara.
—¡No me interrumpas, chico! —gritó Alby—. Atontado, si te lo contamos todo, te morirás aquí
mismo, justo después de conclarte en los pantalones. Los embolsadores se te llevarán a rastras y
entonces no nos servirás de nada, ¿te enteras?
—Ni siquiera sé de lo que me estás hablando —dijo Thomas despacio, sorprendido al oír lo
firme que sonaba su voz.
Newt cogió a Alby por los hombros.
—Alby, relájate un poco. En vez de ayudar, lo estás estropeando, ¿sabes?
Alby soltó la camiseta de Thomas y retrocedió, con el pecho moviéndose por su respiración
agitada.
—No tengo tiempo para ser amable, judía verde. Tu antigua vida se ha acabado y has empezado
una nueva. Aprende rápido las reglas, escucha y no hables. ¿Lo pillas?
Thomas miró a Newt, esperando su ayuda. Todo en su interior se revolvía y le dolía; las lágrimas
que aún no habían brotado hacían que le ardieran los ojos.
Newt asintió.
—Verducho, le entiendes, ¿verdad? —volvió a asentir.
Thomas estaba que echaba humo, quería darle un puñetazo a alguien. Pero se limitó a contestar:
—Sí.
—Muy bien —dijo Alby—. El Primer Día. Eso es lo que es hoy para ti, pingajo. Se está
haciendo de noche y los corredores no tardarán en regresar. Hoy la Caja ha llegado tarde y no
tenemos tiempo para la Visita. La dejaremos para mañana por la mañana, en cuanto nos despertemos
—se volvió hacia Newt—. Consíguele una cama y que se vaya a dormir.
—Muy bien —respondió Newt.
Los ojos de Alby volvieron a mirar a Thomas y se entrecerraron.
—Al cabo de unas semanas, estarás contento, pingajo. Estarás contento y nos servirás de ayuda.
Ninguno de nosotros, al igual que tú, sabía ni jota el Primer Día. Tu nueva vida empieza mañana.
Alby se dio la vuelta y se abrió camino entre los demás hacia el inclinado edificio de madera que
había en la esquina. La mayoría de los chicos se dispersó, no sin antes detenerse un rato a mirar a
Thomas.
El muchacho se cruzó de brazos, cerró los ojos y respiró hondo. El vacío que le consumía por
dentro pronto fue reemplazado por una tristeza que le aguijoneaba el corazón. Era demasiado.
¿Dónde estaba? ¿Qué era aquel lugar? ¿Era algún tipo de cárcel? Los chicos hablaban raro y a
ninguno de ellos parecía importarle si él vivía o moría. Las lágrimas amenazaron de nuevo con
inundar sus ojos, pero las contuvo.
—¿Qué he hecho? —susurró sin pretender que nadie le oyera—. ¿Qué he hecho para que me
manden aquí?
Newt le dio una palmada en el hombro.
—Verducho, lo que estás sintiendo ahora, lo hemos sentido todos. Todos hemos tenido un Primer
Día, cuando salimos de la caja oscura. Las cosas están mal, sí, y se pondrán mucho peor para ti
pronto, esa es la verdad. Pero, al final, lucharás bien. Sé que no eres una nenaza.
—¿Es esto una cárcel? —preguntó Thomas. Profundizó en la oscuridad de sus pensamientos,
tratando de encontrar una rendija a su pasado.
—Has hecho ya cuatro preguntas, ¿no? —contestó Newt—, bueno, no hay respuestas para ti, aún
no. Será mejor que por ahora estés callado y aceptes el cambio. Mañana será otro día.
Thomas no dijo nada y agachó la cabeza con los ojos clavados en el suelo rocoso y
resquebrajado. Una hilera de maleza de hojas pequeñas recorría el borde de uno de los bloques de
piedra, con florecitas amarillas asomándose como si buscaran el sol, que ya hacía rato que había
desaparecido detrás de los enormes muros del Claro.
—Chuck te irá bien —dijo Newt—. Es un pingajo un poco gordito, pero cuando se le trata es
buen chaval. Quédate aquí, ahora vuelvo.
Newt apenas había acabado la frase cuando, de improviso, se oyó un grito desgarrador en el aire.
Agudo y estridente, el chillido, que apenas era humano, retumbó en el patio de piedra; todos los
chicos que había a la vista se volvieron en dirección al ruido. A Thomas se le heló la sangre al darse
cuenta de que aquel horrible sonido provenía del edificio de madera. Incluso Newt pegó un brinco,
como si se hubiera sobresaltado, y arrugó la frente por la preocupación.
—Foder —exclamó—. ¿Es que los puñeteros mediqueros no pueden ocuparse del chico durante
diez minutos sin mi ayuda? —negó con la cabeza y le dio una patada suave a Thomas en el pie—. Ve
a buscar a Chucky y dile que él es el encargado de encontrarte un sitio para dormir —y entonces se
dio la vuelta y se dirigió al edificio, corriendo.
Thomas se dejó caer por la áspera superficie del árbol hasta que volvió a sentarse en el suelo; se
encogió contra la corteza y cerró los ojos, deseando poder despertarse de aquella terrible pesadilla
Empezó su nueva vida de pie, rodeado de fría oscuridad y aire viciado y polvoriento.
Todo era de metal. Una agitada sacudida movió el suelo bajo sus pies. Se cayó ante aquel
movimiento repentino y retrocedió a cuatro patas, con unas gotas de sudor cubriéndole la frente a
pesar del aire frío. Su espalda chocó contra una dura pared de metal y se deslizó por ella hasta que
dio con la esquina de la habitación. Se arrellanó en el suelo, con las piernas bien pegadas al cuerpo y
la esperanza de que pronto se le adaptaran los ojos a la oscuridad.
Con otro zarandeo, la habitación dio un tirón hacia arriba, como si se tratara de un viejo ascensor
en el hueco de una mina.
Unos discordantes sonidos de cadenas y poleas, como el mecanismo de una antigua fábrica de
acero, retumbaron en la habitación y agitaron las paredes con un diminuto chirrido ahogado. El
ascensor sin luz se balanceó hacia delante y hacia atrás mientras ascendía, y al chico le entraron
náuseas. Un olor a aceite quemado le invadió los sentidos y le hizo sentirse peor. Quería llorar, pero
no le salían las lágrimas; lo único que podía hacer era quedarse allí solo, sentado y a la espera.
«Me llamo Thomas», pensó.
Eso… eso era lo único que podía recordar de su vida.
No entendía cómo era posible. Su mente funcionaba a la perfección mientras trataba de averiguar
dónde se había metido. El conocimiento inundó sus pensamientos; le vinieron a la cabeza hechos e
imágenes, recuerdos y detalles del mundo y de cómo funcionaba. Se imaginó la nieve en los árboles,
la sensación de correr por una calle cubierta de hojas, de comer una hamburguesa, el pálido brillo de
la luna sobre un prado de hierba, nadar en un lago, la plaza de una ciudad con mucho movimiento y
cientos de personas corriendo de aquí para allá, ocupadas con sus asuntos.
Pero, aun así, seguía sin saber de dónde venía, cómo se había metido en aquel oscuro ascensor ni
quiénes eran sus padres. Ni siquiera sabía su apellido. Por un instante, le aparecieron en la cabeza
imágenes de gente, pero no reconoció a nadie y unas inquietantes manchas de colores sustituyeron sus
rostros. No podía pensar en ninguna persona que conociera ni tampoco recordaba una simple
conversación.
La habitación continuó ascendiendo y balanceándose. Thomas acabó por hacerse inmune al
incesante traqueteo de las cadenas que le llevaban hacia arriba. Pasó un largo rato. Los minutos se
convirtieron en horas, aunque era imposible estar seguro porque cada segundo parecía una eternidad.
No. Era más listo que eso. Si confiaba en su instinto, sabría que llevaba moviéndose
aproximadamente media hora.
Por extraño que pareciera, sintió que el miedo se retiraba como un enjambre de mosquitos
atrapado por el viento y daba lugar a una intensa curiosidad. Quería saber dónde se encontraba y qué
estaba sucediendo.
Con un crujido y después un golpe seco, la habitación ascendente se detuvo; aquel cambio
repentino hizo que Thomas dejara de estar acurrucado y saliera disparado contra la dura superficie.
Mientras se ponía de pie con dificultad, notó que la habitación cada vez se balanceaba menos, hasta
que al final no se oyó nada. Todo parecía estar en silencio.
Pasó un minuto. Dos. Miró en ambas direcciones, pero no vio nada más que oscuridad. Volvió a
tantear las paredes, buscando una salida, pero no había nada, sólo el frío metal. Gruñó, lleno de
frustración. Su eco se amplificó en el aire como el angustioso gemido de la muerte. Se desvaneció y
volvió a reinar el silencio. Gritó, pidió socorro y golpeó las paredes con los puños.
Nada.
Thomas regresó a un rincón, cruzó los brazos, se estremeció y el miedo volvió. Notó una
sacudida preocupante en el pecho, como si el corazón quisiera escaparse, huir de su cuerpo.
—¡Que… alguien… me ayude! —gritó, y las palabras le irritaron la garganta. Resonó un fuerte
ruido metálico y, asustado, contuvo el aliento al levantar la vista. Una línea recta de luz cruzaba el
techo de la habitación y Thomas vio cómo se expandía. Un sonido chirriante reveló dos puertas
correderas que se abrían a la fuerza. Después de tanto tiempo en la oscuridad, sintió un gran dolor en
los ojos provocado por la luz; apartó la mirada y se cubrió la cara con ambas manos.
Oyó unos ruidos —unas voces— y el miedo le oprimió el pecho.
—Mirad a ese pingajo.
—¿Cuántos años tiene?
—Parece una clonc con camiseta.
—Tú sí que eres imbécil, cara fuco.
—¡Tío, aquí abajo huele a pies!
—Espero que hayas disfrutado del viaje de ida, verducho.
—No hay billete de vuelta, chaval.
Thomas fue azotado por una ola de confusión recubierta de pánico. Las voces eran raras, tenían
algo de eco; algunas de las palabras que le decían eran extrañas y otras le resultaban más familiares.
Mientras entrecerraba los ojos hacia la luz y hacia los que estaban hablando, trató de adaptar la vista.
Al principio sólo vio unas sombras que se movían, pero no tardaron en tener forma de cuerpos, de
gente que se inclinaba sobre el agujero del techo y le miraba, señalándole. Y, entonces, como si las
lentes de una cámara se hubiesen enfocado, comenzó a ver los rostros más nítidos. Todos eran
chicos; algunos, jóvenes y otros, mayores. Thomas no sabía qué se había imaginado, pero, al ver
aquellas caras, se quedó desconcertado. Eran sólo adolescentes. Críos. Parte de su miedo
desapareció, pero no lo suficiente para calmarle el corazón, que le latía a toda velocidad.
Alguien bajó una cuerda desde arriba, con el extremo atado a una gran lazada. Thomas vaciló,
luego se metió en ella con el pie derecho y se agarró a la cuerda mientras tiraban de él hacia el cielo.
Unas manos, muchas manos, le cogieron de la ropa para subirle. El mundo parecía dar vueltas en un
remolino neblinoso de caras, color y luz. Un torrente de emociones le revolvió las tripas, se las
retorció y tiró de ellas. Quería gritar, llorar, vomitar. El coro de voces se había quedado en silencio,
pero alguien habló cuando tiraron de él para sacarlo por el borde afilado de la oscura caja. Y
Thomas supo que nunca olvidaría aquellas palabras:
—Encantado de conocerte, pingajo —dijo el chico—. Bienvenido al Claro.
Capítulo 2
Las manos que le ayudaban no dejaron de aferrarse a él hasta que Thomas se puso derecho y se
limpió el polvo de la camiseta y los pantalones. Todavía deslumbrado por la luz, se tambaleó un
poco. Se moría de curiosidad, pero aún se encontrab
Diferentes emociones luchaban por el dominio en su mente y su corazón. Confusión. Curiosidad.
Pánico. Miedo. Pero lo que las unía todas era la oscura sensación de completa desesperanza, como si
el mundo hubiese acabado para él, como si hubiera sido borrado de su memoria y hubiese sido
sustituido por algo horrible. Quería salir corriendo y esconderse de esa gente.
El chico de la voz áspera estaba hablando:
—… incluso eso es demasiado, me apostaría el hígado.
Thomas aún seguía sin verle la cara.
—¡He dicho que os calléis la boca! —gritó el moreno—. ¡Como sigáis dándole a la lengua, la
siguiente interrupción la corto por la mitad!
Thomas se dio cuenta de que aquel debía de ser el líder. Como no soportaba que se le quedaran
mirando embobados de aquella manera, se concentró en examinar el lugar que aquel chico había
llamado el Claro.
El suelo del patio parecía estar hecho de enormes bloques de piedra, muchos de ellos agrietados,
llenos de césped y hierbajos. Un extraño edificio de madera en ruinas, junto a una de las esquinas del
cuadrado, contrastaba mucho con la piedra gris. Unos cuantos árboles lo rodeaban. Sus raíces eran
como manos nudosas que se clavaban en el suelo de roca en busca de comida. En otra esquina del
recinto había un huerto en el que Thomas distinguió, desde donde él estaba, maíz, tomateras y árboles
frutales.
Al otro lado del patio había corrales de madera en los que se guardaban ovejas, cerdos y vacas.
Un bosquecillo ocupaba la última esquina; allí, los árboles más cercanos parecían estar enfermos y
al borde de la muerte. El cielo sobre sus cabezas era azul y estaba despejado, pero Thomas no vio ni
rastro del sol, a pesar de la claridad del día. Las sombras que se movían lentamente por las paredes
no revelaban la hora ni la dirección; podría haber sido temprano por la mañana o bien entrada la
tarde. Al respirar hondo para intentar calmar sus nervios, le asaltó una mezcla de olores: tierra
recién removida, estiércol, pino, algo podrido y algo dulce. De algún modo, supo que esos olores
correspondían a una granja.
Thomas volvió a mirar a sus captores, incómodo pero a la vez desesperado por hacer preguntas.
«Captores —pensó—. ¿Por qué ha aparecido esa palabra en mi cabeza?».
Examinó sus caras, repasó todas sus expresiones, los juzgó. Los ojos de un muchacho reflejaban
odio, lo que le dejó helado. Parecía tan enfadado que a Thomas no le habría sorprendido si se
hubiera acercado a él con un cuchillo. Tenía el pelo negro y, cuando sus miradas se cruzaron, el
chico sacudió la cabeza, se dio la vuelta y caminó hacia un poste de hierro grasiento con un banco de
madera al lado. Una bandera multicolor colgaba débilmente de la punta del poste y, al no hacer
viento, no se distinguía el dibujo que la decoraba. Conmocionado, Thomas permaneció con la vista
clavada en la espalda del chico hasta que este se dio la vuelta para sentarse y, entonces, apartó la
mirada enseguida.
De repente, el líder del grupo, que tendría unos diecisiete años, dio un paso adelante. Llevaba
ropa normal: una camiseta negra, unos vaqueros, unas zapatillas de deporte y un reloj digital. Por
algún motivo, la ropa que llevaba le sorprendió; era como si todo el mundo tuviese que llevar puesto
algo más amenazador, como el uniforme de un presidiario. El chico moreno tenía el pelo muy corto y
la cara bien afeitada. Pero, aparte de un constante ceño fruncido, no había nada más en él que le
asustara.
—Es una larga historia, pingajo —dijo el chico—. La irás aprendiendo poco a poco. Te llevaré
de Visita mañana. Hasta entonces… no rompas nada —extendió la mano—. Me llamo Alby —sin
duda, esperaba que le estrechara la mano. Thomas se negó. Una especie de instinto dominaba sus
acciones y, sin decir nada, le dio la espalda a Alby y caminó hacia un árbol que había al lado, donde
se dejó caer para sentarse con la espalda apoyada en la áspera corteza. El pánico volvió a crecer
dentro de él hasta tal punto que apenas pudo soportarlo. Pero respiró hondo y se obligó a intentar
aceptar la situación.
«Venga —pensó—, no averiguarás nada si te dejas llevar por el miedo».
—Pues cuéntamela —replicó Thomas, esforzándose por no alterar la voz—. Cuéntame esa
historia tan larga.
Alby miró a los amigos que tenía más cerca y puso los ojos en blanco. Thomas volvió a examinar
al grupo. Su cálculo original había estado cerca. Habría unos cincuenta o sesenta adolescentes y
otros un poco mayores, como Alby, que parecía ser de los más viejos, en aquel momento, Thomas se
dio cuenta con un estremecimiento de que no tenía ni idea de cuántos años tenía. Al pensarlo, le dio
un vuelco el corazón. Estaba tan perdido que ni siquiera sabía cuál era su edad.
—En serio —dijo, dejando de mostrar valentía—, ¿dónde estoy?
Alby fue hasta él y se sentó a su lado con las piernas cruzadas; el grupo de chicos le siguió y se
quedó detrás. Se asomaron unas cuantas cabezas aquí y allá; los chavales se inclinaban en todas las
direcciones para poder verlo mejor.
—Si no estuvieras asustado —respondió Alby—, no serías humano. Como actúes diferente, te
tiraré por el Precipicio, porque entonces significará que eres un psicópata.
—¿El Precipicio? —preguntó Thomas mientras le desaparecía la sangre de la cara.
—Foder —contestó Alby, y se restregó los ojos—. No vamos a empezar ese tipo de
conversación, ¿me captas? Aquí no matamos a los pingajos como tú, te lo prometo. Tan sólo evita
que te maten, intenta sobrevivir o lo que sea —hizo una pausa, y Thomas se dio cuenta de que su cara
debió de haberse puesto aún más blanca al oír la última parte—. Tío —añadió, y luego se pasó las
manos por su corto pelo mientras soltaba un largo suspiro—, no se me da muy bien esto. Tú eres el
primer judía verde desde que mataron a Nick.
Los ojos de Thomas se abrieron de par en par. Un chico salió del grupo y le dio una colleja a
Alby.
—Espera a la puñetera Visita, Alby —dijo con una voz pastosa y un acento extraño—. Al chaval
le va a dar un ataque al corazón y aún no ha oído nada —se agachó y le ofreció la mano a Thomas—.
Me llamo Newt, verducho, y todos estaremos muy contentos si perdonas a nuestro nuevo líder, que
por lo visto tiene una clonc en vez de cerebro.
Thomas extendió el brazo y estrechó la mano del chico. Parecía mucho más simpático que Alby.
Newt también era más alto que Alby, pero tal vez un año o así más joven. Su pelo rubio y largo le
caía por la camiseta y las venas se le marcaban en sus brazos musculosos.
—Cierra el pico, cara fuco —gruñó Alby, y tiró de Newt para que se sentara a su lado—. Al
menos entiende la mitad de mis palabras.
Se oyeron unas risas aisladas y, entonces, todos se reunieron detrás de Alby y Newt, incluso más
apiñados que antes, esperando a ver qué decían. Alby extendió los brazos con las palmas hacia
arriba.
—Este lugar se llama el Claro, ¿vale? Es donde vivimos, donde comemos, donde dormimos… y
nosotros nos llamamos los clarianos. Eso es todo lo que…
—¿Quién me ha enviado aquí? —preguntó Thomas, y el miedo por fin dio paso al enfado—.
¿Cómo…?
Pero Alby le interrumpió con la mano antes de que pudiera terminar y le agarró de la camiseta
mientras se inclinaba hacia delante sobre sus rodillas.
—¡Levántate, pingajo, levántate!
Alby se puso de pie y arrastró a Thomas con él. El chico se levantó, asustado de nuevo.
Retrocedió hacia el árbol, intentando apartarse de Alby, que estaba pegado a su cara.
—¡No me interrumpas, chico! —gritó Alby—. Atontado, si te lo contamos todo, te morirás aquí
mismo, justo después de conclarte en los pantalones. Los embolsadores se te llevarán a rastras y
entonces no nos servirás de nada, ¿te enteras?
—Ni siquiera sé de lo que me estás hablando —dijo Thomas despacio, sorprendido al oír lo
firme que sonaba su voz.
Newt cogió a Alby por los hombros.
—Alby, relájate un poco. En vez de ayudar, lo estás estropeando, ¿sabes?
Alby soltó la camiseta de Thomas y retrocedió, con el pecho moviéndose por su respiración
agitada.
—No tengo tiempo para ser amable, judía verde. Tu antigua vida se ha acabado y has empezado
una nueva. Aprende rápido las reglas, escucha y no hables. ¿Lo pillas?
Thomas miró a Newt, esperando su ayuda. Todo en su interior se revolvía y le dolía; las lágrimas
que aún no habían brotado hacían que le ardieran los ojos.
Newt asintió.
—Verducho, le entiendes, ¿verdad? —volvió a asentir.
Thomas estaba que echaba humo, quería darle un puñetazo a alguien. Pero se limitó a contestar:
—Sí.
—Muy bien —dijo Alby—. El Primer Día. Eso es lo que es hoy para ti, pingajo. Se está
haciendo de noche y los corredores no tardarán en regresar. Hoy la Caja ha llegado tarde y no
tenemos tiempo para la Visita. La dejaremos para mañana por la mañana, en cuanto nos despertemos
—se volvió hacia Newt—. Consíguele una cama y que se vaya a dormir.
—Muy bien —respondió Newt.
Los ojos de Alby volvieron a mirar a Thomas y se entrecerraron.
—Al cabo de unas semanas, estarás contento, pingajo. Estarás contento y nos servirás de ayuda.
Ninguno de nosotros, al igual que tú, sabía ni jota el Primer Día. Tu nueva vida empieza mañana.
Alby se dio la vuelta y se abrió camino entre los demás hacia el inclinado edificio de madera que
había en la esquina. La mayoría de los chicos se dispersó, no sin antes detenerse un rato a mirar a
Thomas.
El muchacho se cruzó de brazos, cerró los ojos y respiró hondo. El vacío que le consumía por
dentro pronto fue reemplazado por una tristeza que le aguijoneaba el corazón. Era demasiado.
¿Dónde estaba? ¿Qué era aquel lugar? ¿Era algún tipo de cárcel? Los chicos hablaban raro y a
ninguno de ellos parecía importarle si él vivía o moría. Las lágrimas amenazaron de nuevo con
inundar sus ojos, pero las contuvo.
—¿Qué he hecho? —susurró sin pretender que nadie le oyera—. ¿Qué he hecho para que me
manden aquí?
Newt le dio una palmada en el hombro.
—Verducho, lo que estás sintiendo ahora, lo hemos sentido todos. Todos hemos tenido un Primer
Día, cuando salimos de la caja oscura. Las cosas están mal, sí, y se pondrán mucho peor para ti
pronto, esa es la verdad. Pero, al final, lucharás bien. Sé que no eres una nenaza.
—¿Es esto una cárcel? —preguntó Thomas. Profundizó en la oscuridad de sus pensamientos,
tratando de encontrar una rendija a su pasado.
—Has hecho ya cuatro preguntas, ¿no? —contestó Newt—, bueno, no hay respuestas para ti, aún
no. Será mejor que por ahora estés callado y aceptes el cambio. Mañana será otro día.
Thomas no dijo nada y agachó la cabeza con los ojos clavados en el suelo rocoso y
resquebrajado. Una hilera de maleza de hojas pequeñas recorría el borde de uno de los bloques de
piedra, con florecitas amarillas asomándose como si buscaran el sol, que ya hacía rato que había
desaparecido detrás de los enormes muros del Claro.
—Chuck te irá bien —dijo Newt—. Es un pingajo un poco gordito, pero cuando se le trata es
buen chaval. Quédate aquí, ahora vuelvo.
Newt apenas había acabado la frase cuando, de improviso, se oyó un grito desgarrador en el aire.
Agudo y estridente, el chillido, que apenas era humano, retumbó en el patio de piedra; todos los
chicos que había a la vista se volvieron en dirección al ruido. A Thomas se le heló la sangre al darse
cuenta de que aquel horrible sonido provenía del edificio de madera. Incluso Newt pegó un brinco,
como si se hubiera sobresaltado, y arrugó la frente por la preocupación.
—Foder —exclamó—. ¿Es que los puñeteros mediqueros no pueden ocuparse del chico durante
diez minutos sin mi ayuda? —negó con la cabeza y le dio una patada suave a Thomas en el pie—. Ve
a buscar a Chucky y dile que él es el encargado de encontrarte un sitio para dormir —y entonces se
dio la vuelta y se dirigió al edificio, corriendo.
Thomas se dejó caer por la áspera superficie del árbol hasta que volvió a sentarse en el suelo; se
encogió contra la corteza y cerró los ojos, deseando poder despertarse de aquella terrible pesadilla
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